VAINICA DOBLE: ANALOGÍAS DEL PRODIGIO

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Portada reedición Vainica Doble por Elisa Pérez.

Lo conmovedor de los terneros al ser paridos. La frescura de lo cotidiano abierto al asombro. Una rebeldía tejida por derecho. La belleza inimitable de lo auténtico. De lo sencillo como propuesta de síntesis. La síntesis, equilibrio de la taquicardia. La ternura como una caricia nutrida. Algo de todo esto hizo que Vainica Doble se convirtiera en un territorio musical presidido por lo luminoso (no exento de lo amargo, lo melancólico, lo crítico), en el que lo adocenado estuvo siempre proscrito. Aunque sospecho que, como ocurre con las personas, no son sus atributos, sus cualidades diseccionadas lo que amamos de ellas, sino ese magma indefinible, indómito a cualquier explicación racional.

Cuando se habla de Vainica Doble hay un sustantivo recurrente para calificarlas: ingenuidad. “Candor, falta de malicia”, define la RAE. Pero, como cualquier definición, está huérfana de matices. Ingenuo viene del latín ingenuus, literalmente “nacido libre”. In- (en el interior, dentro, nacido en) y genus (nacimiento, linaje, por extensión puro, legítimo, natural). Decir que algo o alguien es ingenuo, más allá de las connotaciones un tanto peyorativas que ha ido adquiriendo el término en su devenir, supone algo tan hermoso como decir que algo o alguien está cerca del origen. Que su mirada, o su modo de habitar el mundo, no está edulcorada, sino que mantiene un estrecho vínculo con la esencia.

De ahí que una de las más acertadas definiciones de Vainica Doble que recoge este libro sea, a juicio de quien esto escribe, la de Jaime Chávarri: «Son todo eso que los demás corrompen intentando ser».

Este libro que, reeditado veinticinco años después de su publicación, mantiene su lozanía, no sólo por las palabras de las propias Carmen Santonja y Gloria Van Aerssen conversando con Fernando Márquez, “El Zurdo”, charlas de brasero y mesa camilla en las que, a modo de filandón de antaño, recogen la enjundia del periplo vital y musical de estas dos amigas que se reivindican desde lo exacto, sin rencores enquistados, hipérboles disonantes, o falsa humildad de olor a cerrado. Hablan de ellas, de sus desatinos y de sus desajustes, así como de sus hallazgos y sus analogías de prodigio, con ternura y humor. La ternura les aleja de lo insustancial; el humor, de la gravedad pomposa de ciertos cráneos privilegiados.

Los testimonios directos de quienes las conocieron (Jaime de Armiñán, Alberto Lorca, Caballero Bonald, Carlos Tena, Juan de Pablos…) aderezan con un sinfín de imágenes, anécdotas y reflexiones, lo que significó y aún significa la propuesta musical de Vainica Doble. Y se completa, esta invitación al encuentro, con los apuntes de Fernando Márquez, “El Zurdo”, meticulosos, observadores, analistas. El Zurdo no escribe desde la erudición, hacerlo hubiera sido alumbrar un cadáver, firmar un texto muerto; tampoco desde la memoria, que produce tantas veces narraciones notariales, certificados de existencia con rigor pero huecos, sino que lo hace desde el recuerdo (re-, de nuevo, cordis, corazón), colocando en lo que recuerda un apasionamiento que no lo ciega, sino que, puesto que ama, reconoce y habita las zonas de penumbra, los huecos, las faltas, al tiempo que comparte lo certero, la belleza y esa pulsión de ambas por pasar al otro lado sin estruendo.

En el verano del 82, El Zurdo recibe el encargo directo de María Calonje, por aquel entonces cabeza de la editorial Júcar, de escribir un libro sobre las Vainicas para la colección Los Juglares, con la feliz coincidencia de que Álvaro, el hijo de Gloria, acababa de incorporarse como bajista de La Mode.

Con un prólogo catalizador de las parafilias del propio Fernando para con ellas, una larga y estructurada entrevista con ambas (época feliz con aquel doblete de discos en Guimbarda y sus correspondientes bolos y otro en camino no mucho después, el doble álbum «Taquicardia» para Nuevos Medios), unas cuantas opiniones avainicadas de quienes las conocían, las reseñas de El Zurdo sobre los discos aparecidos hasta la fecha, un poema/respuesta a Mari Carmen por su «Tigre del Guadarrama» (que, tiempo después, cantaría, musicado por Parade, en el disco Los Fantasmas del Paraíso) y la clásica selección de letras de canciones propia de la colección.

El libro estuvo listo en poco tiempo, pero su publicación se iba dilatando sin explicación. Una tarde de promoción de «El Eterno Femenino», Cucha Salazar (pareja y mano derecha de Mario Pacheco en Nuevos Medios) comentó a El Zurdo, según él mismo refiere, que la demora no fue sino un correctivo por el apoyo de Fernando a Alianza Popular. Finalmente, estaría en librerías en julio del 83. Desde entonces, la sostenida demanda del libro ha llevado a LaFonoteca y Libros Walden a recuperarlo, con la correspondiente actualización del material.

Poco antes del lanzamiento de «Carbono 14», año 96, dentro de la megalomanía inherente a este proyecto, las Vainicas, por primera vez en su vida, se habían agenciado una manager, que propuso a Fernando (para mayor glamour, en el patio del hotel Palace) recuperar el libro de Júcar en una versión más sintética y actualizada, de manera que pudiera fundirse a modo de librodisco. Pese a haber sido entregado y puntualmente retribuido, el trabajo salió sin el texto.

A la muerte de Mari Carmen, Fernando recibe la propuesta de retomarlo, como capítulo dentro de un colectivo dedicado a Jaime de Armiñán que publicaría en 2001 el Instituto Valenciano de Arte Moderno (a la sazón bajo la tutela de Jorge Berlanga), incorporando no sólo «Carbono 14» sino lo aparecido tras este disco. La última versión del mismo, corregida y ampliado, fue subida a la página web personal de Fernando, Línea de Sombra.

Como un canto de presencia de ellas mismas, de Carmen, de Gloria, de Gloria, de Carmen, este libro convoca su intensidad, ajena al consumo de coñac con sifón. En estos tiempos (tan de simulacro, de apariencia, fatuos y afectados) se agradece el respiro de lo poético de las cosas bien hechas. No es trucha pequeña. Lo de Vainica Doble, más bien, es una ballena azul.

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