portada del disco Extraños Juegos

Del Aviador Dro y sus Obreros Especializados siempre se ha dicho que eran los Devo españoles, muchas veces empleado como elemento devaluador de su obra. Sin embargo, bajo el que suscribe estas líneas (libre de ser acusado de patriotismo barato), no sólo en España en los primeros 80 se consiguió manufacturar un pop nuevaolero sin complejos en su vertiente más electrónica, sino que tanto los primigenios trabajos del Aviador como esta primera entrega de Zombies, superan con creces el primer álbum de los de Akron (no sin ello restar valor a su evidente labor pionera). Recogieron su testigo, sí, pero la situación específica que enmarcaba a La Movida, la carestía de medios y, debido a ello, la agudeza de ingenio como arma para suplir ese y otros handicaps (como el regulero dominio musical), hacen poder calificar esta etapa no de menos que irrepetible para todos aquellos que amamos la esencia más pura del punk: el manido do-it-yourself.

Dicho esto, ya sabemos los elementos que identificarían este excelente primer trabajo de Zombies: ritmos sintéticos y desaforados, presencia de graves, letras surrealistas e imaginativas, todo ello revestido con un deje de robot amanerado en la voz de Bonezzi, que se erige como notoria característica propia.

Si “Contacto en Zurich” es un viaje "retrofuturista" en el tiempo, en otro país, en otra ciudad, con otra identidad, en otro tiempo de la historia, “No puedo perder mi tiempo”, es la puesta en práctica, el movimiento, de las consignas nuevaoleras. Un dinamismo que contrasta con ese acento pausado y silábico ya mencionado y que culmina orgásmicamente en un grandioso estribillo en crescendo. La instrumental “La venganza de Tchulu” pone sonido (tecnológico y mecánico) a las novelas de H.P. Lovecraft y su magia negra, ocultismo y paranormalidad. Tiene un cierto regustillo al desasosiego logrado por el “Bacanal” de Parálisis Permanente años después, si bien es cierto se hace un poco larga.

Por fin llega el gran e incuestionable hit. “Groenlandia”, con sus cajas chinas le da un toque personal a una canción tan sencilla como original, que busca el amor en los más recónditos recovecos, cráteres de Marte y anillos de Saturno incluídos. Canción imprescindible en cualquiera de los cansinos recopilatorios de La Movida, y que sería versionada por grupos tan dispares como La Honorable Sociedad o Bom Bom Chip. “Extraños juegos” es, increíblemente, aún más pintoresca: un tema naif absolutamente sadomasoquita.

“Cleopatra y la serpiente”, con sabor pegamoide (lo es más aún “La energía de Plutón”), es la más poética del lote, inspirada en la muerte de Cleopatra, quien se cree que, tras haber sido acusada por Octavio de graves cargos como magia, incesto, lujuria o adoración de ídolos animales, elegía poner fin a su vida introduciendo su mano en un cesto de frutas en el que se hallaba un áspid. Nos encontramos en la parte más interesante del disco, al empalmar con la buenísima "Orquídeas marchitas". Con ese bello título ya queda todo dicho.

La seductora “Aloha” hubiera sido un broche perfecto a un album sorprendente y original que se erige como de los mejores de la época, pero la alocada “La rebelión de los objetos”, tampoco lo desmerece en demasía.

Muy muy bueno.

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