portada del disco Alegria

Decía el filósofo rumano E.M. Cioran que “sólo la música puede crear una complicidad indestructible entre dos seres”. Viene muy a cuento al hablar de “Alegria” (Drac / Virgin, 2002). En este disco la banda mallorquina pasa de ser un grupo a ser algo importante, imprescindible, en al vida de sus seguidores (a la manera en la que puedan serlo para sus seguidores grupos como The Smiths, Los Planetas o Belle & Sebastian, o sea, con un componente personal tan fuerte que podríamos llamarlo vital). "Alegria" es muy importante por lo que es y por lo que significa. Lo que significa es la ampliación del espectro de una banda en un estado de gracia increíble hacia otros horizontes personales, pero también de repercusión. Con este disco aparece en la mayoría de las listas de la prensa musical en España y deja de ser un secreto para catalanoparlantes, conquistando el resto del país.

Es un disco de paradojas. Paradojas con forma de juego. El disco comienza con una canción llamada “Final”, por ejemplo, y siendo un crisol de estilos es, sin embargo, su disco más uniforme, completo y acertado. Un piano presente a lo largo del disco nos da la bienvenida y apenas abandona ninguna de las canciones del mismo. Un piano melancólico y expresivo, sin meterse en berenjenales de complejidad en los arreglos, pero que discurre con soltura, punteando cada uno de los rincones de esta breve joya del pop (ninguna de sus 10 canciones llega a los 4 minutos).

El disco transmite una sensación de abandono y desgarro inmensa, lo cual es curioso porque los dos temas titulares (hay otra canción con el mismo título que cierra el álbum) así como “Patxanga” y otros momentos del mismo se pueden calificar de música festiva, anclada en lo popular (muchas parecen sacadas de estilos de derribo, de fiestas mayores de pueblos, de lo más popular de la música tradicional). Pero al igual que otras músicas que podemos denominar “festivas” como el pasodoble, bajo una capa superficial de jolgorio lo que subyace es muchísima saudade.

Las letras alucinadas (y alucinantes) de Joan Miquel Oliver, genio a la sombra de la extraordinaria voz de un Pau Debon más entonado que nunca, convencido de todas sus inmensas capacidades expresivas de una garganta privilegia para el arte del pop, son más certeras que todo lo que habían sido antes, aun recuperando muchos de los entramados ya presentes en su obra anterior (por ejemplo el amor por la ciencia ficción con un aire de Serie B, poblada de naves espaciales y extraterrestres).

Si todo el disco está a un nivel inalcanzable para la media, haciendo referencia a las letras encontramos uno de los puntos álgidos en la sensacional “Alpinistas-Samurais”, que contiene algunos versos de vida cotidiana, tan cotidiana, que resulta hiperrealista, casi como la descripción de un plano en un guión de cine para, en el verso siguiente, inventar una imagen imposible de belleza desgarradora (“I un àngel desplega ses ales i deixa el cel ple de claror”).

La mezcolanza de estilos ya apuntada da una variedad desbordante, exuberante, pero que nunca hace pensar en la dispersión. Desde el pop más o menos clásico de la breve y bella, bella, bella, “Productos de neteja" o a la  final “Patxanga”; de la rumba catalana de “Asteroide num.15000” a la influencia de la música andina en “Tristesa” o los aires entre aflamencados y de jazz latino de “...alegria”.

La única que flojea en el conjunto es “Vos estim a tots igual”. No me refiero a que estemos ante una mala canción en absoluto. Es una maravilla: pero rodeada de canciones de doce, esta a la que sólo le daría un nueve parece una cosa menor aún dentro de su grandeza.

Y sobre todo “Alegria” contiene “la canción definitiva” de la banda. Un acto de grandeza creativa, de talento, de infinita sabiduría en lo musical y en el texto. La canción más conocida y a la vez la mejor (no siempre van de la mano). Un himno equivocado del solipsismo, de estar aislado del mundo y de uno mismo, que al final se nos descubre como otra cosa, como la imposibilidad de escapar de esa soledad, de nuestra seguridad, de nuestra pequeña torre de marfil hecha de hielo polar. Cuando uno ha de reconocer que esa soledad auto impuesta en realidad era impuesta y que lo único que desearíamos era que no existiese. Me refiero, claro, a “Dins aquets Iglu”, canción que cumple otra de las máximas de Cioran: “lo que no es desgarrador es supefluo (al menos en la música)”.

Pues estamos ante un disco absolutamente desgarrador porque no hay en él nada que podamos considerar superficial o accesorio. Cada una de las piezas que lo componen parece pensada, medida al máximo para embriagar los sentidos del oyente, para pinzarle el alma.

Antes de escribir esta crítica tuve la tentación de dejarla en blanco. Considero que estamos ante uno de los discos más perfectos y maravillosos de toda la historia del pop español de cualquier época, que transciende al hecho de ser cantado en catalán para ser disfrutado al máximo por quien se tumba en la cama y enciende el reproductor dispuesto a sumergirse en una experiencia poco comparable dentro de nuestra música.

Si el famoso aforismo de Huxley de Después del silencio, lo que está más cerca de expresar lo inexpresable es la música ", mi intento por expresar todo lo que condensa esta obra que eleva al pop a la categoría de arte no es más que eso: un intento por expresar lo inexpresable.

La música la ponen ellos.

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