portada del disco Tucaratupapi

En música, la suma de estrellas no siempre da como resultado una banda estelar. De hecho, ese tipo de acontecimientos excepcionales, tan celebrados por algunos, casi nunca están a la altura de las expectativas que generan. Hay excepciones, claro: el concierto que organizó en 1953 la New Jazz Society de Toronto reunió en el mismo escenario a Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Bud Powell, Charles Mingus y Max Roach, un grupo de ensueño que los aficionados al jazz no tardaron en bautizar como “The Quintet”, así, en mayúsculas. En aquella extraordinaria ocasión no sólo se estuvo a la altura de las expectativas, sino que se desbordaron las más húmedas fantasías de todos y cada uno de los afortunados asistentes, incluso aquellas de los que hoy en día todavía se siguen acercando a la precaria grabación casera que hizo Mingus para su propio sello.

Con “Tucaratupapi” (Elemúsica, 2006) el G-5 se constituye en algo así como el “the quintet” (en minúscula, por las razones que expondré más adelante) de la rumba española moderna. Tanto Muchachito (Bombo Infierno) como Los Delinqüentes son hijos legítimos y reconocidos de Kiko Veneno. El jerezano Tomasito siempre ha ido más por libre, aunque se hace difícil imaginar su efervescencia humorística y surreal si antes no hubiera existido esa auténtica piedra fundacional que es “Veneno” (CBS, 1977).

Por desgracia, el resultado que arroja esta “lluvia de estrellas” es más decepcionante que otra cosa. Sí, hay momentos de brillantez, como no podía ser de otra forma con semejante cartel, pero la sensación predominante es la de que estamos ante canciones a medio cocinar, algo que no es de extrañar si tenemos en cuenta el despreocupado método de trabajo que siguió el grupo: en menos de una semana de reclusión entre olorosos vapores, la banda ya tenía los planos generales de los doce temas del disco.

Entre los escasos destellos de verdadera inspiración está “Calla”, una enigmática rumba en la que los miembros del grupo se van pasando el testigo de una absurda pero encantadora enumeración de situaciones, personas y objetos de todos los colores. “Perdío” es otra rumba avasalladora, que cuenta con la que tal vez sea la mejor letra del disco. Por su parte, el vertiginoso número hillibilly de “40 forajidos”, con sus destacables armonías vocales,parece esconder una feroz crítica a la industria musical. Hay que destacar asimismo esas bulerías delirantes de “Pitágoras”, en las que Tomasito ejerce de peculiar catedrático de la “matemática andaluza”, esto es, del compás flamenco. “La oreja baila sola” es una curiosa rumba zíngara que no desentonaría en la banda sonora de una película de Kusturica.

Podemos decir que “Tucaratupapi” viene a documentar una fiesta espontánea de unos buenos amigos (y mejores juerguistas). Como disco se antoja insuficiente, aunque esa espontaneidad es a la vez lo peor y lo mejor de esta reunión.

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