Super 8

A más de tres lustros de su salida es difícil valorar «Super 8» (RCA, 1994) de una manera extemporánea. Su significado es tanto y tan intenso en la música independiente, que puede hacer difícil desvelar su valores reales. Que los tiene y muchos.

Los Planetas siempre fueron y son un grupo diferente, que marcaba los caminos por los que el resto de los grupos de la escena (término que a día de hoy carece de significado pero que, entonces, marcaba unos límites muy claros de lo que se movía dentro del subsuelo independiente en España). El grupo más importante del momento, el que más esperanzas aglutinaba, el modelo a seguir dentro del universo del indie… grababa su debut para una multinacional. Aunque pueda parecer una cuestión colateral generó no pocos debates en el momento, desde los que elogiaban el paso porque les daba mucha libertad por los medios que iban a disponer, a los que les acusaban de prematura muerte antes casi del nacimiento en las garras de la multi.

El tiempo, a su manera, ha dictado veredicto. Haberse quedado anclados dentro del movimiento independiente hubiese frenado una meteórica carrera que comenzó allí. Y «Súper 8» es un ejemplo perfecto de esto.

Con un sonido compacto, deudor de sus maestros como The Jesus and Mary Chain, Sonic Youth y otros adalides del ruido, pero también con miras mucho más amplias, con citas a los neozelandeses The Chills, a The Troggs o a los Joy Division, el disco es una auténtica declaración de principios. Jamás en España se había grabado nada parecido y mucho menos dentro de una empresa discográfica tan poderosa. Capas de ruido que cubren las voces -las más de las veces ininteligibles-, textos ambiguos(“10.000” ó “Jesús” son muy representativas en este sentido), una portada que se convertiría en todo un icono generacional y… canciones.

Canciones enormes, como la que abre el disco, “De viaje”, en la que la psicodelia pop que tantos buenos frutos les iba a rendir en toda su carrera ya se muestra en plenitud. J parece tocado por la musa de las melodías y empieza su fábrica de hits implacable. “¿Qué puedo hacer?” se convierte en el himno definitivo del indie en los 90, con un video dirigido por el cineasta de culto Jess Franco, un corto de Serie Z con el grupo pletórico y sus camisetas a rayas, sus gafas de sol y un aspecto de antiestrellas tan querido en la década pasada.

El disco bascula entre las pequeñas torturas del amor y las referencias a las drogas y otros ámbitos del mundo adolescente. Esa es su mayor virtud, la del reflejo casi perfecto de la cotidianeidad de la edad, tan clara que sus seguidores las hacen suyas como si las hubieran vivido en carne propia, aún sin salir de la habitación. Pero también es la mayor limitación del disco.

El reducido abanico de referentes, lo corto de la propuesta, juegan en contra de un disco que contiene pasajes de belleza en los textos inalcanzables para la media, como en “Brigitte” o en “Desorden”, donde se rinde un sentido homenaje a uno de los ídolos de la banda, Ian Curtis, relatando flashes de su suicidio mezclado con versos de “Pictures of you” de The Cure.

Letras que serían imitadas una y otra vez por docenas de grupos, sin mucho éxito en este sentido, siendo patente su huella (y las diferencias abismales en resultados) en bandas como Deneuve o La Habitación Roja.

La espesa y larga “La caja del diablo” cierra un disco que es ambicioso y modesto a una, y en el que esa indecisión se convierte en una pequeña losa que, lejos de sepultarlos, sirve de primera piedra para una carrera ejemplar, casi sin parangón dentro del pop-rock hecho en este país.

Grupo:

Hablar, escribir sobre grupos o artistas insignes,...

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Tracklist:

  1. De viaje
  2. Qué puedo hacer
  3. Si está bien
  4. 10.000
  5. Jesñs
  6. Estos ñltimos días
  7. Brigitte
  8. Rey Sombra
  9. Desorden
  10. La caja del diablo

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