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LaFonoteca, Disco: 11324
portada del disco 11324

Nada frena a Lupers, ni tan siquiera las distancias entre sus componentes, aunque éstas puedan ser transoceánicas. Y es que, aunque dos de sus miembros, Kiko (bajista) y Miguela (cantante), marcharon a Chile durante dos años, diseñaron la manera de poder seguir componiendo canciones.

Dispuestos a que la llama no se apagara, los dos exiliados grabaron con el móvil la canción "Frutillos", en la que, como confiesa la pareja, no cuentan más que lo que les estaba pasando en el momento de grabarla: Miguela se estaba haciendo polvo los dedos en lo que tocaba la batería, y se presenta a ella y a Kiko.

Se la envian por whatsapp al resto de la banda que la recompone y da forma y estructura en los estudios Drive Divisions de Santander y, completado con otros tres temas, lo devolvieron a la otra orilla del Atlántico donde añadieron la voz de Miguela en un estudio que encontraron situado en un centro juvenil.

Escucha a los viejos, ellos siempre tienen la razón, dicen con ironía en el tema con el que abren el disco.

Pero si en "Viejos" se mostraban cortantes y amenazantes es en "Frutillos" donde más oscura suena su música, llevada por un bajo dominante, y un juego de voces que se interpelan en francés.

Pasa como un susipo la primera cara, dejando muy buenas sensaciones. La cara B arranca con la presentación de Yus que da paso a "Haz el Trump" con cierto aire a cuando Siniestro Total se metían, si no a hacer versiones suyas, sí a capturar el espíritu de los Kinks.

El compromiso de la banda con cuestiones de género está más que demostrado y garantizado. Con una pequeña maravilla conjungando música y melodías vocales, "Lorena Bobbit", parecen querer seguir presionando: no soy ni tu puta ni tu trofeo. Claro ¿no?

Impresiona la capacidad de los de Santander para explayarse por palos diferentes, explorando secuencias distintas. Suenan así tanto a The Bags, como a X-Ray Spex. Una versatilidad para hacer a la banda grande sin lugar a duda.

Como broche de oro el diseño gráfico de Bruno, un mono saltador queriendo indicar la posibilidad de salvar la distancia que separa Chile de Santander (precisamente los 11.324 kilómetros que marca el título del disco) como indica la leyenda o historia que relata la posibilidad de que los primates pasaran así, a brincos entre maderas, de una costa a otra, hace miles de años.

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