portada del disco Juez y Parte

Nos encontramos ante un disco bastante significativo en la carrera de Sabina, estamos a mediados de los 80 y el jienense se junta con la banda Viceversa, que le acompaña en sus conciertos. Tal es la química que el disco es publicado por “Joaquín Sabina y Viceversa”. De la colaboración, que ciertamente no duró demasiado, es importante destacar que supone el encuentro de Sabina con el guitarrista Pancho Varona, con el que formó una fructífera sociedad que dura hasta nuestros días. Tal es el grado de afinidad que Sabina incluso es padrino de una de las hijas de Varona.

Empieza el disco con un rock más marcado y más ochentero en “Whisky sin soda” donde apreciamos la clara presencia de sintetizadores, y las guitarras de Pancho Varona llenando los espacios entre las estrofas. El mensaje optimista que transmite de disfrutar de la vida es ratificado en una canallesca “Cuando era más joven “; aquí Joaquín recuerda sus años mozos, con un halo casi de nostalgia aclara que ya está domesticado. Quizá sea un producto de las vivencias personales, quizá sea simplemente un guiño a todos los que ya ven que no son tan jóvenes, que su vida es ahora diferente, y que anhelan las cosas que no han vivido.

Un cambio de tercio en “Ciudadano Cero” musicalmente de corte sinuoso, cuenta la historia del hombre ignorado por todos que decide darse a conocer quizá de la peor manera, para seguir con “El joven aprendiz de pintor”, en la que Sabina sigue con la tónica de contar historias entre autobiográficas y solamente probables (esta tiene más pinta de ser de las primeras); a ritmo de una melodía de melaza denuncia la hipocresía de la gente que te rodea cuando te acompaña el éxito: “¿Y qué decir del crítico que indignado me acusa de jugar demasiado a la ruleta rusa? / Si no me hubiera arriesgado tal vez me acusaría / de quedarme colgado en Calle Melancolía”. Párrafo demoledor, muy en serio tiene que hablar uno en sus canciones para poner como ejemplo sus propios discos.

Vuelve un ritmo más movido y con apuntes de guitarra ad hoc (la multitud de recursos de Pancho Varona es digna de destacar) en “Rebajas de Enero”. Aquí estamos ante una de esas canciones que se hacen carne, se hace tangible y se tiende a tomar como propia con algo tan sencillo como una historia de amor como la de una persona cualquiera: “Y contra pronóstico han ido pasando los años / tenemos estufa, dos gatos, tele en color / si dos no se engañan mal pueden tener desengaños / ¿emociones fuertes? Buscadlas en otra canción”

Tras otra canallesca oda a los sinvergüenzas en “Kung Fu” aparece la emocionante “La balada de Tolito”, otra canción con aura, con gancho, con pellizco; sobre un buscavidas y artista ambulante: “Mago de las barajas y la sonrisa / malabarista errante de las plazuelas / botas de andar sin prisa ni mediasuela. / Empieza la función, pongan atención / el circo cabe en el asiento del vagón”. Como anécdota comentar que Arturo Pérez Reverte en un artículo comentó que le gustaba mucho esta canción, y que conoció a Tolito, o quizá a otro que no era Tolito que pero que bien podría ser él.

Con maneras de rockabilly entra “Incompatibilidad de caracteres”, donde Sabina nos cuenta con muchísima ironía ese constante tira y afloja entre hombres y mujeres: ”Cada vez que digo que sí / ella en cambio opina que no / siempre que prefiero dormir / ella insiste en hacer el amor / si la engaño con una rocker / ella me la da con un mod / cada vez que yo ligo un póker / ella lleva una escalera de color”.

Gratísima sorpresa la que nos aguarda luego; otro de los himnos de la discografía del cantante; la historia de una chica que pudo tenerlo todo y que nos rechazó a todos como el que rechaza un vaso de agua, y que ahora se arrastra, probablemente porque eligió mal y eso que pudo haber elegido a cualquiera. Efectivamente hablo de “Princesa” y su primer y demoledor verso: “Entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre muñeca”. Curiosamente no es una canción que terminara de convencer a Sabina completamente; sin embargo el público manda, el propio artista lo reconoció en su momento: “Después de escrita, tardé mucho en cantarla y grabarla porque pensé que se me había ido la mano en el tono agresivo contra la chica. Fue el público quien la impuso. Hoy es insustituible en mis conciertos.”

Cierra un extraño ejercicio de reggae llamado “Quédate a dormir”, que no pasa de mera anécdota, especialmente ante un disco de muy buena factura, con un sonido muy conseguido, rockero y melódico a partes iguales, con una instrumentación más plena, por verbigracia de Viceversa, con los que Sabina volvería a grabar en breve.

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