¿VIVIR DE LA MÚSICA?

Cuando alguien se ha preparado en un campo determinado o tiene aptitudes para algo concreto es más que razonable que aspire a poder desarrollarse profesionalmente hasta poder vivir de ello. Cierto es que tal y como están las cosas uno parece incluso tener que agradecer el tener un puesto de trabajo, pero no hace demasiado tiempo estábamos acostumbrados a oír esta frase en distintos ámbitos. ¿Y en el musical? Es de suponer que alguien que cultiva una pasión tan grande por la música habría de dejarlo todo si tuviera la más mínima oportunidad. ¿Seguro? ¿Aun teniendo un trabajo bien remunerado y/o que nos gusta? ¿Es esto posible o simplemente irreal? Nos ceñimos, por supuesto, a lo que todos conocemos como escena independiente, porque como bien indica Saray, de Hazte Lapón, oncóloga, a pesar de los pesares «a David Bisbal no le va nada mal, la verdad».

Anntona, de Los Punsetes, productor audiovisual, no lo duda: «Me encantaría probar, al menos uno o dos años, aunque no creo que me alejara del todo de mi trabajo, que me gusta bastante». Tampoco parece pensárselo demasiado Marc, publicista y diseñador gráfico al frente de uno de los grupos revelación del año pasado, Doble Pletina: «En caso de que me alimentase, sí». Ahora bien, ¿es esta pretensión básica posible? Anntona es rotundo: «No. Apostaría a que el 90% de los grupos que te gustan actualmente no viven de la música. De hecho estoy seguro que un buen 70% de ese 90% pierde dinero haciendo música».

Bueno, pues voy a ello. Rodrigo de Triángulo de Amor Bizarro, uno de los grupos más punteros de nuestra escena, define la situación como para ir tirando y con suerte: «No ves ningún futuro a largo plazo, pero vas haciendo cosas mientras dure». Marina de Klaus & Kinski, autores ya en febrero de uno de los discos del año, nos muestra un panorama mucho más desalentador: «Imposible. No sé dónde está el punto, pero vivir con lo que nosotros facturamos, no se puede».

Una de las claves la apunta Guille Wild Honey, quien también trabaja en el sector audiovisual: «Creo que no existe una red profesional real. La clase media es inexistente, pero es un problema estructural; no hay ni público, ni circuito de salas consolidado, ni una idea de explotar música de manera seria, por ejemplo, en el extranjero». Hugo de Prisma en Llamas y Margarita, diseñador gráfico, cree que el problema es endémico: «Este país siempre ha funcionado de una manera un tanto oscura frente a la cultura». El reivindicativo Raúl Querido, empleado en las oficinas de una conocida cadena de televisión, va un paso más allá y apunta a la Administración sin exculpar a la sociedad, de la que por cierto, todos formamos parte: «No deja de ser una manifestación de fenómenos bastante generalizados en nuestro entorno, como la dejadez y el enchufismo de la Administración, el nepotismo extremo de prácticamente toda la sociedad y la habitual falta de aprecio por la cultura o las formas de ocio que se salen un poco de lo habitual».

En los casi tres años que estuve viviendo en Londres, pude observar que, al igual que aquí, tan sólo se fantasea con la posibilidad de vivir de la música. La competencia es brutal y las cifras que se mueven ahora nada tiene que ver con las de antes. Pero a diferencia de España, sí que parece existir un tejido industrial que lo hace factible. Guilhem Fraisse, nuestro técnico de sonido en los conciertos que organizábamos allí nos contaba que era poco menos que imposible llegar. Pero también nos contaba cómo su grupo Black Cherry iba a tocar en Glastonbury el verano siguiente. No hace falta ser muy espabilado para saber que la proyección que te da tocar en Glastonbury, aunque sea a las cuatro de la tarde, no es la misma que la que te da tocar en el Contempopránea… pero, ¿y en el Primavera Sound o en el FIB? ¿Tanto nos cuesta vender nuestros productos al exterior? Si atendemos a la repercusión que tienen nuestros vinos o nuestro aceite fuera de nuestras fronteras, la respuesta parece clara: sí. Volviendo a la música, que aún Latinoamérica siga siendo un terreno por explorar es bastante sintomático; como lo es que el mismo grupo de Guilhem, a pesar de las artimañas de las que se sirviera su manager para conseguirlo, haya logrado ya girar por Estados Unidos o, sin ir más lejos, que un grupo como A Grave With No Name, a quienes ví en un pubeto junto a otras veintipico personas más, vayan a tocar en La Boite en Madrid la semana que viene. ¿Hechos aislados? Me temo que no. Los grupos anglosajones están más acostumbrados a girar, y en numerosísimas ocasiones, aunque nos escueza aceptarlo, esto se sigue percibiendo encima del escenario.

¿De veras no hemos mejorado nada en todo este tiempo? ¿Tan malos emprendedores somos? David Rodríguez (La Estrella de David), que lleva en la brecha desde la eclosión del indie en España, nos confiesa que es profesional por accidente: «¡Y que dure! En los 90 ni por accidente ni por hostias. Ahora, claro, estoy al borde de la miseria. Pero bueno, como la mayoría de los españoles». Parece, por tanto, que algo vamos aprendiendo porque, dicho sea de paso, estos accidentes cada vez son más frecuentes; aunque también lo es que muchos respondan, como bien indica Lolo de Hazte Lapón, psiquiatra, al hecho de entrar en un círculo de influencias y reconocimiento: «Evidentemente, esto sólo está al alcance de algunos grupos. Por eso hay gente que ha tocado veinticinco años y está viviendo de la música ahora, cuando sus amigos y colaboradores han constituido el circuito que domina la programación de festivales».

Entonces, si eso de que el directo era lo que iba a salvar a los músicos de la crisis discográfica era mentira, ¿ahora qué hacemos? Según Raúl Querido, la solución a corto plazo pasa por la especialización en actividades relacionadas: «Difícilmente se puede vivir de los directos, pero al menos creo que se debería poder vivir de las actividades de corte profesional y especializado relacionadas con lo anterior: produciendo buenos discos, organizando buenos directos… Está por ver». Eso mismo pero en otro marco laboral es lo que indica Guille: «El tiempo y el esfuerzo que le puedo dedicar a la música es muy limitado. Dejaría mi trabajo si pudiera tener perspectivas de hacer algo relacionado con la música pero en una industria real, algo tipo hacer música para televisión o publicidad».

Está claro que uno los factores que preocupan a nuestros entrevistados a la hora de plantearse pegar el salto es la inestabilidad económica. Marc asegura que «como cualquier autónomo, no tener garantías de cobrar en un futuro ni un sueldo fijo al mes» serían algunas de las principales contras, aunque como bien indica Raúl «hablar de estabilidad laboral es ya casi utópico». Laura, también en Doble Pletina y profesional de uno de los sectores más sumidos en la crisis, la arquitectura, piensa al respecto: «Vivir de la música en España es muy difícil, como lo es vivir de cualquier profesión hoy en día en este país. Si pudiera vivir de la música estaría seriamente preocupada por mi futuro laboral, del mismo modo que lo estoy ahora». En este sentido, Rodrigo dice estar contento con la decisión tomada: «Nada nos asegura, tal y como está el panorama, que si hubiésemos continuado en los trabajos que teníamos antes estuviéramos mejor económicamente que ahora».

Dejando de lado el aspecto pecuniario y atendiendo a exigencias creativas, entramos en un terreno repleto de interrogantes. Raúl Querido afirma que dejaría su profesión por la música, con matices: «No me convence enfocar mi faceta como compositor e intérprete de manera profesional, por lo que ello impone de servidumbre creativa». Lolo incluso ve sus ventajas en el hecho de no vivir de ello: «Puedes imponer tu propio ritmo y ser totalmente selectivo con tu propio material. No sentirte en la necesidad de hacer canciones para un público masivo permite también hablar de todo cuanto quieras». La música convertida en trabajo; Jaume, de Doble Pletina, ingeniero ferroviario, sentencia: «Mejor no mezclar negocios y placer». Incluso para otros, como Saray, la música no es más que un hobby: «Si la música me diera para vivir dejaría de ser atractiva para mí». Eso sí, un hobby al cual se le dedica mucho, mucho, pero que mucho… tiempo. ¿Compensa la pechada?

«Lo bueno es que tu música no se ve afectada nunca por temas comerciales y económicos. Hay libertad absoluta. Entiendo que cuando vives de ello hay una parte que implica hacerlo con miras comerciales y eso puede afectar un poco a tu creatividad. Eso sí, hay que hacer malabarismos con la organización de tu tiempo. Pero esto se vive con alegría», dice Hugo. Para Lolo, hacer música es un forma de vivir: «Yo no podría dejarla hoy y dedicarme a mis pacientes como si nada. Incluso para la música más minoritaria hace falta una dedicación y una constancia que nada tienen que ver con un hobby al uso. La música es una forma de vida».

El tiempo, la hora, ¿¡qué hora es!? Dilucidamos de todo este embrollo que poderse dedicar a la música en exclusividad también tiene sus ventajas. Rodrigo no se arrepiente: «Hacemos lo que queremos, a nuestro ritmo y no tenemos jefe, y en cierta medida dependemos de nosotros mismos». Anntona abre la caja a un universo de posibilidades: «Supongo que si me dedicara plenamente a la música lo haría todo mejor: tocaría mejor, compondría más, cuidaría más los directos y los discos y sería algo más ambicioso en general». ¡Qué desazón! ¡Qué de potencial desperdiciado! Pronto nos alivia de este sufrimiento: «Ninguna de esas cosas está garantizada, al menos en mi caso».

¿Está entonces nuestra música condenada a ese amateurismo que tanto nos gusta según qué propuesta? Lolo replica: «Cuando Faulkner escribía mientras trabajaba en un prostíbulo, ello no le convertía en un amateur. Cuando la música es un simple entretenimiento no funciona, se nota porque se extingue ella sola». ¿¡Se va a extinguir la música!? «Si tuviera que volver a trabajar en otra cosa, pues tampoco pasaría nada. Música voy a seguir haciendo siempre». Me quedo más aliviado tras estas palabras de Rodrigo. La única certeza es que el trabajo no nos hará libres.

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Comentarios

  1. Creo que el amateurismo funciona muy bien cuando hay recursos suficientes para poder vivir de otra cosa. El indie en españa era eso, gente bien que puede hacer la música que le da la gana. Pero esto lleva directamente al esnobismo, o a convertir el pop en objeto de alta cultura, es decir algo que solo puede hacer la gente acomodada, lo cual produce monstruos como el revisionismo en clave cultureta del punk o del hardcore.

    Aunque esta vía me parece muy elitista me parece la más genuinanmente indie, la aristocracia al fin al cabo siempre es radical, lo que no me convence es la via intermedia del indie a partir de finales de los noventa, con esa pretensión de hacer cosas artys y a la vez ser populares. Eso ha llevado al indie a ser absorvido por el mercado de la chabacanería y ese deseo de ser diferentes y raros de los indies ha sido sustituido por querer ser aceptado por todos los públicos. En ese intento ha sido muy un triste ver como algún artísta indie que hacía música peligrosa en los 90 ha entrado en el número 20 de las lísta de éxitos con una música inofensiva.

    Por eso es muy triste de los pijos de españa ya no quieran saber nada del pop, ya no hay gente de buen vivir, almas nobles con aspiraciones de genio. Todos quieren ser emprendedores, que asco.

    Vivir de la música sólo tiene sentido si alguien paga por la excepcionalidad, pero mientras no haya verdaderos aristócratas dispuestos a perder dinero con la música el negocio de la música no se diferenciará en nada de vender patatas, ipods, o condones.

    Los emprendedores sólo pueden invertir en cosas productivas. Cultura y productividad son términos contradictorios, a no ser que todos acabemos haciendo el paripé o acerquemos el negocio del indie al de la prostitución pura y dura.

    La otra opción es militar en las calles desde la resistencia del proletariado del siglo 21, echémosle un par de años de crisis aguda y volveremos a vivir una nueva música popular hecha sin medios.

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