UN RAYO DE SOL

un rayo de sol
Los bañistas se aglomeran en la playa de Levante en Benidorm. Hacia 1998 / Grabado: Los Cuarenta Mártires de Sebaste (Anónimo)

 

Agosto. El mes de las vacaciones. El mes en el que un país entero, aún hoy, se paraliza en busca de descanso, de calor, de playa, de paraíso litoral, de pescado frito, cerveza fría, quemaduras de primer grado y medusas; de colas en las duchas, de chanclas, de colchonetas, de arquitectura de arena y de bandera verde, amarilla y roja; de no pierdas de vista la sombrilla de Mahou, de cangrejeras y de encargar paella para 8 el domingo.

Un tipo de turismo que se fomentó a partir de los años 60, con la llegada del bikini, las suecas, las alemanas, José Luis López Vázquez y canciones como «Un rayo de sol», de Los Diablos; la canción del verano pre Georgie Dann por autonomasia. Éxito de la España ye-yé gracias al cual Los Diablos, pese a su relativamente dilatada trayectoria, siempre serán recordados. Y es que «Un rayo de sol» recuerda a «Verano Azul» (Antonio Mercero, 1981-1982), al chiringo y a la esterilla de esparto. Lo tiene todo: Melodía pegadiza, medio ritmo, y un porrón de shalalás y oh-oh-ohs.

Este modelo de turismo alcanzó el cénit en los 80 y 90, con coches llenos hasta los topes, atascos tales que podía uno salir del coche a estirar las piernas, sombrillas privilegiadamente colocadas en primera línea de mar a partir de las 8 de la mañana y auténticos grand slams de palas de playa cada 50m. En la década pasada, se alcanzaron cotas elefantiásicas en cuanto a turismo playero y hoy, todo lo que nos queda, son moles de hormigón a escasos 20m. del agua que nos recuerdan aquel verano del 68 y «Un rayo de sol» en una selva de cemento.

El grabado representa a Los Cuarenta Mártires de Sebaste. Cuarenta soldados cristianos a los que el emperador/ general romano de turno ordenó desnudar y tirar al agua helada del lago Sebaste, en Armenia. En realidad, como martirio entra dentro de la categoría de ligeros, comparado con atar a alguien a una rueda dentada o cortarle los pechos. El caso es que uno de los cuarenta fue un poco díscolo, fue a darse un baño caliente, renegando de Dios, sólo para darse cuenta de que aparecía el Altísimo, así que volvió corriendo y se metió con sus compañeros, como si nada. Se congelaron, claro. Luego los quemaron, medio vivos. Una amabilísima historia gélida para estos días tan calurosos. Y sí, los he contado. Hay cuarenta. Incluyendo el que se escapa para darse un baño calentito.

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