UN JARDÍN EN CADA PORO – UN JARDIN PARA SERGIO ALGORA

Hace unos días leí en las redes sociales que gracias a la plataforma Zaragoza Feliz Feliz, un jardín de la ciudad llevará el nombre de Sergio Algora. Creo que anteriormente se propuso que su nombre lo llevara una calle, pero finalmente será un jardín. Mucho más bonito, dónde va a parar. Instintivamente me vino a la cabeza la primera frase de “Mme. Dos Rombos”: “Un jardín en cada poro…..”

Por un momento pensé en cómo sería ese jardín. Me imaginé rayos de sol azules entrando entre las ramas de los árboles. Un barrendero con cabeza de pájaro, paseando su escoba (que no barre nada). Una terraza bar que abre a diario pero nunca a la misma hora. Un 600 en el que una chica espera fumando eternamente. Y en un banco de una terraza, Algora, que mira triste y sonriente al sol, apurando un gin tonic. Al final, el jardín Sergio Algora es una pequeña plaza que tiene una curiosa forma de disco de vinilo.

Mi devoción por el talento de Algora no fue instantánea. Nunca he prestado atención a las letras en primera instancia. Pero cuando lo he hecho, con algunos he tenido verdadera devoción por lo que escuchaba. Sólo escuché a El Niño Gusano en activo con su último disco, y ni siquiera era fan. A lo largo de los siguientes años, mientras mi avidez musical aumentaba, descubrí de verdad al grupo de Zaragoza. Lo que encontré en El Niño Gusano no lo veía (ni lo veo) en ningún grupo. Era un grupo casi soñado: las melodías pasaban de ser alegres a extrañas por segundos. La forma en la que ellos entendían el pop tenía algo cercano y patrio pero a la vez lejano, como de cuentos que nunca existieron, sonando muchas veces hasta grotescos. Y casi todo ello gracias a la lírica de Algora. Muchos entendieron surrealismo en las letras de Algora, pero quitando esos personajes imposibles, Algora era sobre todo poeta. Al igual que su admirado Syd Barrett, utilizó los juegos de palabras y las situaciones imposibles en el pop de una forma natural. Muy poca gente (ja) en el pop ha sido capaz de unir dos mundos tan ajenos y menos aún en aquella época, donde el inglés y las letras “generacionales” eran la forma más común de llegar al público.

Claro que lo de Algora estaba cerca de la poesía porque realmente es a lo que se dedicaba y lo que él consideraba que mejor se le daba. Publicó varios poemarios: «Envolver En Humo» (Lola, 1994), «Paulus e Irene» (Olifante, 1998), «Los Versos Dictados» (Aqua, 2005); «Otro Rey, la Misma Reina» (Juán Pastor, 2003); «Cielo Ha Muerto» (Diputación Provincial de Zaragoza, 2005). También libros de relatos: «No Tengo el Placer» (Xordica, 2009), «A los Hombres de Buena Voluntad» (Xordica, 2006). Y hasta teatro: «La Lengua del Bosque» (Chorrito de Plata, 2005).

En la obra de Algora siempre se mezcla el lenguaje poético con expresiones más duras. Lo mismo utiliza una lírica exuberante que te devuelve al barro con exabruptos propios de puticlub. Voluptuosidad, referencias a los clásicos y en otro segundo, una calle alumbrada con neones, monstruos… Todo ello lo hacía único dentro de su generación. Realmente, hacer que cada canción tenga un extraño significado y que su atractivo resida en ello es realmente uno de los mayores logros de El Niño Gusano. Ya que, si los estribillos eran realmente pegadizos (aquí hago responsable a Vinadé, que merecería otro capítulo aparte), se hacen totalmente inolvidables gracias a los personajes que inventaba Algora o a los versos repletos de imágenes imposibles. Y estaba su voz, siempre rozando lo desafinado, entonando una especie de alegre tristeza.

Como fan de la psicodelia, siempre quedó patente que bebía de los años dorados del pop como decía en una entrevista: Beach Boys, Byrds, Zombies, Barrett… Más tarde, aunque adoptó una versión de si mismo más acomodada a través de los discos de La Costa Brava, Sergio Algora siempre tuvo en cuenta que su acercamiento al pop no fue común. Sus canciones siempre respiraban cierta ironía, acompañadas del vocabulario de siempre. Aunque durante La Costa Brava sus canciones se llenaron de referencias del momento e incluso de historias sobre relaciones personales, faltaba la poesía grotesca y lisérgica del principio. Sin embargo, muchas de sus obras escritas pertenecen a esa época.

La última vez que le vi fue en Madrid en el 2007. Vino a un bar a leer sus poemas y a pinchar algunas canciones. Tímidamente me acerqué cuando terminó de leer y le compré “Los Versos Dictados”. Creo que no éramos más de quince personas. Un jardín es un homenaje bonito. No suelo mitificar a los artistas, pero de verdad, se me hace raro no leer y oír más a alguien que en cierta forma me ha acompañado durante mucho tiempo, disfrazado de canción o poema. De forma inconsciente, siempre siento que sigue por aquí. Supongo que será porque siempre acudo a él.

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