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Espinacas con bechamel / Ciudad Jardín
Espinacas con bechamel / Ciudad Jardín

 

Los efectos de la alimentación pueden tener consecuencias físicas más allá de la mera nutrición. Me refiero a fenómenos como que, por ejemplo, se te engrosen las orejas después de comer alcachofas —y que retornen a su tamaño natural al terminar la digestión—, o adquirir algún tipo de superpoder por la ingesta de alguna bebida o comida. Siempre he querido ser uno de esos personajes de ficción que aumentan su fuerza o sus potencias después de un lingotazo o un bocado de algo.

Pienso en la pócima de «Alicia en el País de las Maravillas» (Lewis Carroll, 1865), con la que la protagonista podía crecer o menguar (entre otros ingredientes llevaba orina de moscardón, dedos humanos con mantequilla y salivazo de la reina blanca). O la pócima que fortalece a Astérix y demás vecinos de su aldea, brebaje cuyo secreto mágico, según el druida, reside en que hay que cortar el indispensable muérdago con una hoz de oro.

No será una sorpresa si afirmo que aún más fascinación siento cuando se trata de alimentos más reales. Los mogwai, por ejemplo, se transformaban en terroríficos gremlins simplemente por cenar después de la medianoche. Recordemos también a Súper Ratón, una especie de Superman roedor, cuyos poderes le venían de que una vez se quedó encerrado en un supermercado por la noche y las únicas cosas que tenía para comer eran superqueso, superpán, supergalletas y supercereales, y luego se vitaminaba y mineralizaba. O mi favorito de todos: Popeye el Marino y sus espinacas, que engullidas de una sentada le conferían una fuerza capaz de derribar a tipos de aspecto patibulario que le doblaban en tamaño y podrían ser campeones de los pesos pesados; con todo, la mayor dificultad que encontraba Popeye en sus aventuras no eran tanto los aprietos en que le ponían sus enemigos como hacerse con una lata de espinacas y conseguir comerlas para poder soltar mamporros de plomo. Qué extraña pareja aquella, Popeye y su novia Olivia: él siempre parecía mucho mayor y ella tan extremadamente delgada que hoy día no tendría cabida en un espacio infantil.

Otra extraña pareja, esta musical, fue la que dio origen a la banda Ciudad Jardín. Y decimos extraña por lo singular de sus resultados sonoros y el mundo tan propio y fascinante que crearon. Rodrigo de Lorenzo y Eugenio Haro Ibars —ambos guitarristas antes en Ella y los Neumáticos y Glutamato Ye-Yé, respectivamente— demostraron tener superpoderes para plasmar una obra que urge reivindicar, sobre todo aquel primer álbum oficial (hubo otro anterior que no pudo editarse hasta años después), el de la falsa foto de Robert Capa del miliciano herido, a la que añadieron, abajo a la derecha, una impresión de las Torres Blancas de Madrid porque a sus pies estuvo el templo del Rock-Ola y porque además suponía un guiño arquitectónico, campo artístico que siempre ha interesado a Lorenzo. Tan es así que el nombre Ciudad Jardín hace alusión a las utopías urbanísticas de Arturo Soria y Ebenezer Howard.

«Falso» (Fonomusic, 1985) es un auténtico lujo musical. Corren por él, trotonas, las líneas de bajo, los ritmos entrecortados y a veces un punto tribales, las guitarras lacerantes, los gritos como epilépticos, un saxo desbocado, el buen gusto de versionear a Brian Eno y frases rebosantes de ingenio. «Emmanuel negra en el valle de los zombies» es una pieza del mejor post-punk, bailable y espasmódica a la vez, como James White & The Contortions pero con más melodía. Lo mismo que en «Sector de agitadas», una jungla urbana llena de gente desquiciada frente a una «zona de tranquilas». (Por cierto, los integrantes de los actuales Perapertú fueron poco antes parte del combo Sector de Agitadas. Ambos muy recomendables.)

Respecto a la ironía de Ciudad Jardín, probablemente no andará muy equivocado quien piense que la interpretación correcta de sus letras es exactamente la contraria de lo que afirman: ¿nunca han sido tan felices como viendo pasar vacas?, ¿no quieren volver a París porque ya no se estila? Lo confirman ellos mismos en cierto momento: «Nada es lo que crees», si es que no estaba ya claro desde el título del disco. Porque en «Falso» todo pretende ser falso; incluso reivindican la falsedad con fervor: «No soy auténtico / Odio lo auténtico / ¡Soy falso, falso!». No sería verdad. El siguiente disco lo titularon «Auténtico» (Fonomusic, 1986).

Tiene la bechamel algo de falsa, de encubridora. Sobre unas espinacas con curry y gratinada no nos convertirá en superhéroes, pero potenciará nuestros instintos y satisfará a nuestro estómago.

Twitter: @goghumo

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