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estricnina-31-10-14
ESTRICNINA
Fanzine de Ruidos y Danzas (1982 – 1984)
Rafa Cervera
Efe Eme, 2014

Coordinado y dirigido por un jovencísimo Rafa Cervera, los tres números del fanzine «Estricnina» (1982 – 1984) ven la luz en diseño facsímil de la mano de Efe Eme, conservando incólume todo el encanto artesanal del original: retales mecanografiados, recortados y fotocopiados dispuestos de manera abigarrada, también sus dificultades de legibilidad por tamaño de fuente o escasa nitidez en las sucesivas copias.

He de reconocer que tras avanzar por las páginas del primer número (otoño de 1982), uno no llegaba a comprender del todo el valor de este supuesto ejercicio de arqueología, incluso veía cierta ausencia de pudor en el rescate de este material por lo descuidado de la gramática y cierta arrogancia en el tono, propia de una época y edad determinados, que impregnaba la práctica totalidad de los textos; vaya, que los 20€ en que se habían tornado las 125pts. del momento se me estaban haciendo caros. Sin embargo, gradualmente me fui zambullendo y, a partir del segundo ejemplar (invierno de 1983) pero, sobre todo, en el tercer y último número (verano de 1983), me di cuenta de que lo que estaba entre mis manos tenía mucha miga.

La relevancia que atesoraron los fanzines en la música independiente queda patente en un simple gesto: la propia casa disquera, Hispavox, proporciona nada menos que diez ejemplares del flexi de despedida de Alaska y los Pegamoides«En el Jardín / Volar» (Hispavox, 1982)– a la publicación, que los sortea entre sus lectores en una simpática «sopa de Bowie». O en el hecho de que Ana Curra abra las puertas de su casa para una jugosa entrevista y posterior sesión fotográfica provocativa en su propia habitación, mientras Eduardo ve la tele en el salón con total normalidad. Una entrevista, por cierto, en un momento peliagudo, con los Pegamoides recién disueltos, en la que se habla de sus proyectos al margen de Hispavox, desde Parálisis Permanente a Seres Vacíos, también acompañada por Eduardo, o Negros S.A. junto a Los Nikis.

Esa frescura y descaro con que irrumpieron en el panorama musical underground es el mismo combustible con que accedían a la casa de la propia estrella -aura que se fomenta de manera bidireccional-, o al camerino del post concierto de turno, aunque fuese el del mismísimo John Cale. Pero también es una actitud, la manera de tomarse muy en serio lo que se estaba haciendo, de sentirse responsable de estar sentando los mimbres de la modernidad musical y de llevarlo hasta las últimas consecuencias, con ese tono pontificante que en realidad tampoco difiere tanto de lo que uno podría encontrarse a día de hoy en el timeline de su Facebook.

El ansia de cambio y las ganas de sentar las bases de una profesionalización -con sus managers, sus distribuidoras y sus sellos independientes- goza de total reciprocidad, y los grupos no tienen el más mínimo tapujo en mostrar sus intenciones de petarlo, grabar en estudios en condiciones, tener infinidad de galas y, en definitiva, vivir decentemente de ello. Todo eso acarrea unas exigencias mínimas sobre algo que recién acababa de surgir: de trato, de logística y de ponderación de la prensa establecida y su poder (claro, no existía Internet), aunque sea para ponerla a parir o tildarla de reaccionaria. Tiempos de gloria, por tanto, para la figura del periodista, especie de semidios, pero también para la pluma amateur, que recibe estas maneras en igualdad de condiciones. No se eluden tampoco las cuestiones referentes a cifras de ventas (muy superiores en comparación a las de ahora), el afán de hacer industria y crecer enfrentándose a las grandes barreras del todo por hacer, con ánimo y vigor, pero en un momento político y social favorable. Que los males que aquejaban entonces: la falta de distribución, el poco público, el cainismo… sean exactamente los mismos que existen ahora, no hace sino impregnar todas estas ilusiones con una pátina de descorazonador desánimo.

Esta construcción de una industria independiente se plantea como trampolín de oportunidades, filosofía del todo acertada para el que suscribe estas líneas siempre y cuando no conlleve pervertir la propuesta artística. Me adscribo a las palabras de Servando Carballar (Aviador Dro) en «La Edad de Oro» (TVE): «Debemos aspirar a la radicalización de la masa, no a la especialización de la elite». Es precisamente un adelantado Servando, capo de la incipiente DRO, objeto de críticas por su supuesto veletismo -de la hostilidad panfletaria hacia Los 40 Principales a la connivencia en la aparición de sus grupos-. En general, estas diatribas sobre la pureza dan lugar a situaciones algo cómicas, como el hecho de que la colaboradora Lola Dilla abandone la revista al darse pábulo a periodistas profesionales tales como Manrique o Ignacio Julià. El primero firma una altanera y derrotista columna sobre la falta de talento en el concurso de maquetas del programa radiofónico «Don Domingo» (RNE) y el segundo se queja de la incapacidad para la modernidad de Barcelona.

Las traducciones de entrevistas y especiales provenientes de la prensa extranjera constituyen un aspecto más que interesante. En concreto me sorprende mucho cómo treinta años después los grandes tótems siguen vigentes: Warhol (interesantísima y completa radiografía del personaje y su filmografía), la Velvet Underground, Brian Eno, David Byrne (reportaje traducción copia-pega algo plomazo), Alan Vega y otros más propios del momento como Siousxie, la escena neoyorquina más salvaje -Lidia Lunch, NY Dolls, Cramps…-, el «No New York» (Antilles, 1979) producido por Brian Eno y la querencia por las oscuridades de bandas como Echo & The Bunnymen, Killing Joke, Bauhaus, Theatre Of Hate o Adam & The Ants.

En el apartado nacional, Madrid es el epicentro de todo. Se incluyen entrevistas a un despechado Carlos Berlanga, moldeando aún su nuevo proyecto, Dynarama; a Alaska, a Glutamato Ye-Yé sin su cantante (por la mili, esa traba que padecieron muchos grupos en su desarrollo), una muy poco productiva a Gabinete Caligari (sin Jaime Urrutia, por lo mismo) e incluso a Eduardo Benavente poco antes de su trágico fallecimiento. Las plasmadas intenciones de Bonezzi de convertirse en compositor total al fichar por una multi, renegando incluso del sonido de los Zombies, sujeto a limitaciones económicas y técnicas, cuadran mucho con las expectativas respecto a la música anteriormente expuestas… También se da cabida a textos seudo intelectuales -y pedantones- como el de Santiago Auserón recreando una historia en torno a la estatua del Jardín Botánico -es justo decir que Radio Futura nos proporciona la réplica en la que es, probablemente, la entrevista nacional más reveladora para tomarle el pulso a la actitud del momento, además de por el consenso de respetabilidad en torno a ellos, erigidos como faro de la modernidad bien entendida-. El Zurdo también se prodiga por partida doble, firmando un interesante artículo sobre el eclecticismo y concediendo una entrevista donde sin tapujos se identifica con corrientes ideológicas que acabarían por condenarle al ostracismo. Almodóvar, quien por entonces andaba ya tramando su «Laberinto de Pasiones» (1982), hace alarde a partes iguales de petardeo y pedantería, pero también pone en evidencia una envidiable mezcolanza y permeabilidad en la época entre las diferentes disciplinas artísticas.

Pero, sin duda, lo más valioso es la importancia que se concede y la exhaustividad con que se desgrana -por cercanía y orgullo patrio- a la escena valenciana, sus zonas -El Carmen, Pelayo- y bares -Barraca, Metrópoli- y, esto menos relevante, sus dimes y diretes (mucho cotilleo, mucha pulla privada…). Por la seccion «Duduá» desfilan bandas como: Glamour -desde La Banda de Gaal– (abrieron las puertas a los grupos valencianos a la estela de Mecano), Esgrima, Fanzine, Betty Troupe, Video, Europa (luego Última Emoción), Garage (de Carlos Goñi), Interterror… así como todos los grupos recogidos por el cassette editado por NORMA (Neo Organización para la Revolución Magnética Avanzada): Seguridad Social (aún respetados), Información y Turismo, AM-FM, Los Inhumanos, Arpía, D.N.A., SS.SS., Blue Moon, Gabotti (líder de Esgrima), Peligro Inminente y Tripp. En última instancia, otras bandas como Cinema, Ceremonia, Sade, ADN, Proceso Inverso, Manía, Mamma Luna y La Morgue… Un intenso y menos conocido hervidero de grupos.

En ocasiones es imposible no esbozar una sonrisa ante tanta inocencia y nostalgia, enviar dinero en un sobre, incluso dólares a ROIR Tapes, como el que lanza una botella al océano. Pero es inevitable no sentir cierta envidia ante la atemporalidad de las noticias, lo pausado de la cocción de las propuestas, con tiempo para consolidarse y madurar (como el propio fanzine, que mejora a cada número). Tan sólo recordar en este punto que la publicación era prácticamente anual… Inimaginable algo así hoy día. En este punto de inocencia y dulce anacronismo, querría destacar el artículo firmado por Jaime Gonzalo sobre ROIR y el enaltecimiento desde el sello de las supuestas bondades del cassette frente al vinilo: «Creemos que las cintas no son sólo el nuevo rostro del futuro, son también el modo más práctico y divertido de escuchar música actualmente. Los discos se encorvan, se rompen, carraspean, acumulan polvo, se rayan, cogen grasa al ser manejados, requieren demasiado espacio para ser almacenados. Los cassettes son más manejables, más almacenables, precisan de menos cuidados y duran mucho más sin sufrir tantos daños a causa del entorno. No necesitan un equipo reproductor caro para ser escuchados fielmente. Y la calidad de reproducción es tan buena como los discos y, a menudo, mejor. ¡Ah, y tiene un gran ventaja! Si te aburres de escuchar la misma cinta puedes borrarla y regrabarla». Tampoco vamos a negar su importancia en la difusión y accesibilidad de la música en el momento, pero…

Finaliza la entrega con un interesante cuestionario a Nacho Canut, Poch, Alejo, Almodóvar, Auserón y Enrique Sierra, del cual se pueden extraer un par de conclusiones: La Mode era el grupo más odiado por Derribos Arias y el fanzine más molón del momento quizá fuera Moulinsart. Curiosa paradoja que sirve como epílogo a un -ahora sí- más que loable ejercicio de arqueología cultural y musical.

¿Cómo se formaron Alaska y los Pegamoides, Paraíso o Radio Futura? ¿Dónde ensayaban y cómo fueron sus primeras actuaciones? ¿Cómo respondieron la España y el público de la época a este despertar musical?

«Música Moderna», escrito por Fernando Márquez, El Zurdo y publicado por primera vez en 1981 por La Banda de Moebius, habla de la creación de grupos como Zombies, Kaka de Luxe, Radio Futura, Las Chinas, Tequila o Los Elegantes, así como del contexto en el que se desarrolló esta nueva ola desde el punto de vista de uno de sus protagonistas; lo que hace de este libro una instantánea del panorama musical de la España de principios de los 80 y un documento fundamental para entender la postura del undergroundnacional en la actualidad.

Tras caer en la cuenta de que el libro estaba hoy por hoy descatalogado y era objeto de coleccionistas, Libros Walden y LaFonoteca decidimos reeditarlo, no con la intención de recuperar o recordar tiempos pasados, sino con la motivación de demostrar el vínculo ineludible que une a la escena musical actual con la que describe Fernando Márquez en su libro como el comienzo de la «música moderna» en España.

Tal y como comenta José Manuel Costa en el prólogo a la reedición, «‘Música Moderna’ es la visión de un músico, de un protagonista principal y eso le sitúa en un nivel de conversación al que ningún crítico o radiofonista, por muy cercano que estuviera, podía acceder. Esa mirada del artista como cronista no existe en ninguna parte y menos describiendo una fase tan temprana en la evolución del sujeto: la Nueva Ola. El Zurdo describía desde el absoluto presente un breve pasado que tendría un futuro igualmente efímero».

La reedición de Música Moderna incluye nuevo material, como el ya citado nuevo prólogo a cargo del periodista cultural José Manuel Costa y un libreto interior de fotografías de dos grandes cronistas visuales de la época: Miguel Trillo y Javier Senovilla, que ceden varias de sus instantáneas, algunas inéditas, para reflejar en imágenes la efervescencia que describe Fernando Márquez en las páginas del libro.

 

 

 

 

La reedición se presentará al público en La Fábrica el 19 de diciembre, y con concierto de La Ruleta China al día siguiente en la sala Siroco.

No. No se preocupen ustedes. No vamos a hacer un nuevo panegírico de La Movida ni de los años 80. No es esto, pero déjennos que refresquemos la historia. En la Nochevieja de 1979 fallece José Antonio Cano -batería del grupo Tos– en accidente de tráfico; aparcado en la cuneta cerca de La Navata y fuera del coche, recibe el impacto de otro vehículo. La Escuela de Ingenieros de Caminos y el propio grupo decidieron hacerle un homenaje y programaron un concierto para el 9 de febrero de 1980. Pasaron por él grupos sin disco y con ganas: Alaska y los Pegamoides, los propios Tos reconvertidos en Los Secretos, los actualmente rejuvenecidos Mamá, Nacha Pop, Paraíso, los Trastos -pese al veto de su compañía CBS- y Los Bólidos. MermeladaAñade este contenido y Mario Tenia y los Solitarios también actuaron, un poco como hermanos mayores.

El resumen del concierto aparece en el programa de televisión «Popgrama» (TVE, 1977-1981) de Diego Manrique y Carlos Tena. Apenas había pasado un mes; fue el 27 de febrero de ese mismo año. Pues bien, traspasemos décadas y pongámonos en el momento actual ¿Sería posible eso hoy? La respuesta es, tajantemente, no. La presencia de grupos sin disco o aún sin prestancia en la televisión actual sería vista con tal extrañeza que pasaría directamente a la categoría de lo absurdo.

Imaginemos, por poner casos al azar, que un programa de televisión recogiera un concierto de Espanto, Primogénito López, Los Ginkas, Doble Pletina y, por poner alguno de mayor prez, Manos de Topo. Marea pensar en lo impensable. Y sin embargo esto existió. Hubo una época, con dos canales y sin horarios apenas, finales de los 70 y los 80 en pleno, que fueron un hervidero. No solamente el «Popgrama», sino también el «FM2» (1988) que Manrique hizo con Christina Rosenvinge, el «Auambabulubabalambambu», el «Musical Express», el «Caja de Ritmos», el «Pista Libre», hasta un concurso de temática musical -el «Popqué»-. Incluso los programas convencionales como «Aplauso» o «Tocata», acogían actuaciones de grupos nuevos. Pongo un ejemplo, uno sólo: los Zombies en este último programa; inenarrable. Hoy todo esto se ha perdido irremediablemente, la labor pedagógica de la televisión en el campo musical -no digamos ya el resto de artes- es nula, cero, vacío.

Bien es verdad que hoy Internet acude a todo, abarca todo, fagocita todo. Pero no es lo mismo, disculpen. Internet es el medio ideal, puedes acudir a cualquier cantante, de cualquier grupo. Bien, pero hay un problema, ¿a cuáles? Internet representa muchas cosas buenas pero representa también un menosprecio increíblemente radical por la labor del periodismo musical, por el filtro, por la selección de alguien con criterio. No negamos que los miles de blogs que corren por ahí tengan increíbles propuestas, razonados criterios; no negamos incluso que el mercado funcione aquí, que los mejores han de ser los más buscados. Pero hay algo que no cuadra, los grupos nuevos no llegan a las masas -siempre hay, claro, Vetusta Morla, Love Of Lesbian– y la tele viene a ser un escaparate para viejunos y latinos, algo lógico, pero pobre si no quedan espacio para otras propuestas.

The Breakfast Club
The Breakfast Club

Si hubiese que hacer una pirámide demográfica con la población que compone la escena musical española, el gráfico nos saldría con forma de ataúd. Y esto no es una metáfora gótica ni una hipérbole siniestra: es que cuando la población envejece a ritmo muy superior al que aparecen nuevas generaciones las barras que representan el crecimiento de demográfico forman una figura con esta fúnebre forma. Que se lo digan a Japón. Los expertos en economía aseguran que en 2050, si siguen la tendencia actual, la población activa del país nipón será tan reducida como el público de un concierto de la Nueva Oreja de Van Gogh.

Dios les libre para entonces de otro Fukushima, porque todos los bomberos van a estar en un geriátrico.

Aunque la SGAE cuenta con datos sobre los músicos que les tributan, no hay un instituto nacional de estadística que se dedique a llevar el censo de músicos españoles (si lo hubiese, el director general sería, con toda seguridad, Kiko Veneno), pero el Milodón se atreve a asegurar sin miedo a equivocarse que el pop español pasa por una fase vegetativa: es decir, está envejecido y envejeciendo.

Aquí nos metemos en terreno peliagudo por dos razones:
a) Continuar con este argumento obliga a una definición previa de los términos «escena musical española» y por supuesto «pop» (antes de seguir leyendo, podéis haceros fans de este grupo de Facebook)

b) Seguir adelante con esta exposición entraña un riesgo: herir la sensibilidad de los músicos implicados. Es fácil quitarle importancia a la anécdota de esos niños que te paran por la calle pare pedirte la hora y te tratan de «usted» y te llaman «señor». Pero cuando hace tiempo que ya no eres aquel tipo esbelto y con abundante flequillo que cabía perfectamente dentro de unos pantalones pitillo y la tonsura natural o la feliz tripa del hombre casado hacen acto de presencia es más difícil defender que te hayan publicado ya cinco discos (y cuatro sean mediocres).

¿Hay alguien ahí, MacFly?
¿Hay alguien ahí, MacFly?

Supongamos que «escena musical española» y «pop» son dos palabra baúl en las que queremos meter cosas que suenan mucho por la radio y que son bastante conocidas por el público general: acudamos entonces a alguna lista tan ramplona y uniformizadora como el propio hecho de hablar genéricamente de «escena musical» y de «pop». Vayamos a ver cuáles son los diez nombres encabezan hoy por hoy la lista Promusicae de los discos españoles más vendidos.

Y dice así:

Pablo Alborán
Sergio Dalma
Estopa
Manolo García
Dúo Dinámico
Amaral
Bunbury
Alejandro Sanz
Amaia Montero
Luz (Casal)

Correcto.

Nombres todos que ya aparecían en aquellas lista de Afyve que tan felices nos hicieron en los tiempos del Rockopop de Beatriz Pecker. Con la sola diferencia de que entonces todos ellos tenían veinte años menos. Y de que en aquel tiempo la venta de discos podía llegar a convertirse en una fuente de ingresos seria para quienes quisieran vivir de la música. Únicamente Pablo Alborán -un chaval de veintitrés que ha conquistado al público nacional con una propuesta flamenca tan fresca como los jerseys de cuello vuelto de Carlos Cano– es la excepción que confirma la regla.

Premio al Artista Revelación

Diréis:

– Pero Milodón, todos sabemos que las listas de ventas oficiales, controladas por majors y cercenadas por mil motivos, en un mundo dominado por las descargas libres, la escuchas en streaming y la autoedición, no representan en absoluto la realidad de lo que está ocurriendo en el panorama musical español (¿»Panorama musical español»? Joder, sal de mí, José Luis Moreno).

Y tenéis razón. Los rankings de Promusicae son tan fiables en la medición del pulso de la escena como un gallo de Portugal en la predicción del tiempo.

Por este motivo, el Milodón ha hecho un somero repaso de las listas de Lo Mejor de 2011 publicadas por revistas especializadas en los ires y venires de la industria independiente (¿es necesario concretar a qué nos referimos con «independiente»? Qué cansancio. Que ese post lo escriba otro) con la esperanza de que estos espacios de probada sensibilidad underground y gran habilidad prospectiva (Rockdelux, Jenesaispop, MondoSonoro), capaces de subdividir la música popular contemporánea en más de cincuenta y seis categorías diferentes, arrojasen algo de luz sobre el asunto.

La esperanza era encontrar bandas de veinteañeros con cuerpos en plenitud física y mentes inquietas en estado de bullición. Erecciones prodigiosas e ideas nuevas. Los Lady Gaga, los XX, los MGMT, los Vaccines españoles. Los Niños de San Ildefonso del predio alternativo. Juventud, divino tesoro.

Veamos un resumen de los nombres más frecuentes en las listas independientes de los mejores trabajos del año que acabamos de despedir (los números no responden a un orden concreto).

1. Nacho Vegas
2. Manos de Topo
3. Antónia Font
4. Parade
5. La Casa Azul
6. Nudozurdo
7. Russian Red
8. La Bien Querida
9. Christina Rosenvinge
10. Pony Bravo
11. Sr. Chinarro
12. Lisabö
13. Bigott
14. The New Raemon, Francisco Nixon y Ricardo Vicente
15. Manel

Interpretación de datos para la ubicación de estas bandas dentro de la pirámide demográfica:

1. La etiqueta yogurín no le encaja, ¿verdad?.
2. Los Artic Monkeys, también fueron jóvenes promesas. Pero ya no.
3. Su gran hit se titula «Calgary 88». Aquí huele a tienda de segunda mano.
4. ¿¡Aún publican!?
5. Guille Milkyway sale en las fotos de la comunión de Tino el de Parchís
6. Como Lori Meyers o Vetusta Morla, FUERON jóvenes
7. Aplíquese el epígrafe anterior.
8. Véase Christina Rosenvinge.
9. Véase La Bien Querida.
10. Hay que haberle dado varias vueltas al tacómetro para hacer esas letras.
11. Grecian 2000, s’il vous plait.
12. Atendiendo a la entrada de la Wikipedia: “Es un grupo de rock del País Vasco fundado en Irún en 1998”.
13. Es un señor mayor con pelo en la cara.
14. Tres señores mayores, dos, con muchísimo pelo en la cara.
15. Voluntariosos, pero no críos.

Diréis:

-Pero Milodón, estas listas no reflejan, ni muchísimo menos, la riqueza de lo que ocurre en pequeñas salas de conciertos, donde grupos que han autoproducido maquetas o publicado con sellos mínimos sus disquitos de 10″, forman parte de una comunidad efervescente. En este hueco es donde están escondidos los talentos insultantemente jóvenes.

Y el Milodón os dice: si esto fuese así (que no lo es) el resultado sería igualmente desolador. O peor. Significaría que la chavalada con ideas y energía renovadas no consiguen hacer llegar su talento a los circuitos comerciales. Y al fin y al cabo se trata de que la cosa rule, ¿no?. ¿O acaso hubiese dejado John Peel que The Smiths se quedasen para siempre tocando en un asqueroso cuchitril de Manchester?

-O sea, Milodón, que tu opinión es que la gente mayor de veinticinco años no tiene derecho a componer, tocar y editar su música.

No. Por su puesto que lo tienen. De hecho, aún esperamos grandes cosas de muchos compositores mayores de cincuenta.

Pero si los mitos de la historia de la música pop (rock o como demonios queráis llamar a cualquier de los cincuenta y cuatro subgéneros que os guste) se suelen morir a los veintisiete años es porque han ofrecido lo mejor de sí mismos mucho antes. Alaska tenía catorce años cuando se subió por primera vez a un escenario. Antonio Vega veintitrés cuando compuso «La chica de ayer». Santiago Auserón veinticinco cuando editó «Música Moderna» (Hispavox, 1980) con Radio FuturaDavid Summers diecinueve cuando salieron sus primeros singles con Hombres G.

¿Se acabó la historia de la música española el día que Jota cumplió cuarenta años y llevamos seis celebrando El Entierro de la Sardina? ¿Deberíamos poner en marcha políticas de natalidad musical en los institutos, de la misma manera que los japoneses subvencionan el segundo hijo? Y sobre todo, ¿de verdad es Pablo Alborán la nueva esperanza del pop patrio?

– Milodón. El cantante de Los Planetas tenía treinta y dos cuando la banda lanzó «Una Semana en el Motor de un Autobús» (RCA, 1998). Cierto, amigos. Y quizá ahí radique parte del problema. Aunque esto y el análisis de las causas profundas de este funeral ya es un tema de debate para otro día.