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De un tiempo a esta parte la presencia de mujeres en bandas del panorama independiente español se ha hecho cada vez más frecuente. Y no me refiero con ello a grupos «de chicas», aunque los haya habido tan buenos que hayan logrado escapar del tópico. Si aún, en pleno siglo XXI, puede resultar raro que una chica decida tocar un instrumento musical en un país donde la música es algo accesorio, optar por tocar la batería siempre me ha parecido un acto que denota un carácter bien marcado, tanto por el momento en que se suele tomar la decisión, muchas veces en un período de inestabilidad como la adolescencia, como porque probablemente sea el instrumento menos «femenino» de cuantos haya, dentro de los cánones socialmente estipulados.

Para la sevillana Rosa Ponce, de Tigres Leones y Hazte Lapón, dos de los grupos más pujantes de la escena madrileña, la elección fue casi algo de lo más natural, aunque no exenta de dificultades: «Supongo que con doce o trece años es mucho más atractivo una cosa que suena bien dando golpes que ponerte a estudiar notas y solfeo. Las pocas amigas que tenía por esa época no lo entendían muy bien, alguna decía que era un instrumento de chicos y otras sólo lo pensaban. Durante los primeros años no quería que se enteraran en clase, porque ya se reían bastante de mí y esto ya iba a ser el colmo. Luego ya nos hicimos mayores y vinieron los ‘¡que guay! yo siempre he querido tocar la batería’ por parte de las chicas que conocía. ‘Pero de pequeña pensaba que era un instrumento de chicos’, les faltaba decir».

Si Rosa empezó copiando los ritmos de Ben Gillies de Silverchair, Elisa Pérez (Cosmen Adelaida, Rusos Blancos), afirma haber copiado en ocasiones sin ningún pudor a Stephen Morris (Joy Division). ¿Ninguna mujer inspiradora a las baquetas? Por supuesto, ahí aparece la imprescindible Maureen Tucker de la Velvet Underground, «por su manera tan sencilla, efectiva y poco pretenciosa de tocar».

Elisa le quita hierro a los motivos por los cuales comenzó a tocar la batería: «Empecé por razones muy estúpidas. Tenía dos amigos que tocaban la guitarra y el bajo respectivamente, así que me pareció buena idea aprender a tocar la batería para montar un hipotético grupo que nunca tuvo lugar. Además siempre he sido bastante vaga y me gusta estar sentada, supongo». Aunque luego, sin embargo, encuentre razonamientos de mayor enjundia al buscarle el atractivo a un instrumento que carece de cables, botones o cuerdas: «Lo que ves el lo que hay y lo que suena si le das con un palo, hasta aquí no hay más misterio que el que tú quieras darle. En alemán se llama ‘schlagzeug’, que traducido es ‘chisme para golpear’, me gusta mucho que sea algo tan tonto. No extraña que con estas explicaciones Elisa sea conocida en el entorno por poseer un estilo, sea en broma o en serio, calificado como «muñonada» por su técnica, digamos, un tanto primitiva.


Un héroe de la batería para Elisa. Lo prometemos.

Este estilo primitivo al que me refiero parece ser un denominador común entre las entrevistadas, sobre todo cuando me dirijo a Sofía Pedreira, de los asturianos Indienella, o a María Costa del grupo gallego Franc3s. Las dos comenzaron a tocar la batería por necesidades del grupo, ambos con el espíritu K Records en órbita. Así, la primera define su estilo como «simple y cacharrero», y la segunda nos remite a la calificación de Eric de Los Planetas sobre sus modos, «en clave de coño».

«En casa me decían que no hiciera tanto ruido porque tocaba con demasiada energía. Cuando empezamos a tocar por Galicia, me decían de todo, sobre todo los heavies de cada pueblo, que no comprendían que no intentara ser John Bonhan, como intentaban ellos durante siglos en sus locales de ensayo». ¿España 1976? Negativo, díganselo a María.

The Fall, Bobby Gillespie, Beat Happening, los Gories… ¿qué pasa en tierras norteñas? Nos vamos al otro extremo septentrional. Cati, de Doble Pletina, parece la persona más idónea para tratar este tema, pues anda muy involucrada con la revista Tom Tom Mag, radicada en Brooklyn y única en el mundo dedicada a chicas bateristas. Es allí donde precisamente echó a rodar un proyecto llamado Tres Drums, junto con la editora de la revista y otra baterista.

Cati en Tres Drums

¿Por qué la batería y no cualquier otro instrumento, Cati? «En palabras de Karen Carpenter: Why not?. Puede que en los primeros conciertos hubiera gente más sorprendida o admirada por el hecho de que una chica tocara la batería, además en ese caso (con el grupo Amarillo) era la única chica del grupo y tal vez llamara más la atención».

De todas las entrevistadas podríamos pensar en Cati como la más ortodoxa y refinada, dada su formación y el grupo en el que milita. Sin embargo, en este otro proyecto del que nos informa, Tres Drums, se entrega mucho más a la improvisación. Por eso no extraña el conglomerado de influencias que cita al ser preguntada sobre ello: «Desde Karen Carpenter que es más clásica, hasta Greg Saunier de Deerhoof, los beats de Tune-Yards, Janet Weiss de Sleater Kinney, Marc Pell de Micachu & The Shapes. Últimamente me fijo bastante en baterías algo desestructuradas o que rompen un poco los ritmos más comunes, y en cualquier combinación de dos o más baterías».

Bateristas sin complejos, con un único modelo a seguir: el propio. Y un anhelo común: «tener pipa para la carga y descarga».

Sonido Muchacho es un colectivo que aparte de por su extrema juventud, destaca por su vitalidad (puede sonar a perogrullada, pero no siempre van necesariamente ligados), que se traduce en una hiperactividad casi ilimitada. En esta casa sentimos un gran afecto por ellos, no sólo por haber sido testigos de su nacimiento, sino también porque pronto comenzamos una colaboración fruto de la cual hemos estrechado lazos e incluso trazado algún que otro proyecto común.

El 2 de febrero fue un día grande para ellos. Aparte de en el sector audiovisual, Sonido Muchacho quieren abrir brecha en el sector musical, como sello discográfico: su primera referencia la constituye un 7″ de Tigres Leones, banda amiga a quien por cierto montamos su primer concierto tiempo ha junto a los fenecidos Ingenieros Alemanes, y este de la sala El Juglar era el primer concierto que organizaban. Si algo tienen son ganas de hacer las cosas bien, pero con la filosofía de ir aprendiendo por el camino, en lugar de abrir el libro en el punto de partida, filosofía que compartimos al 100%. Ahí se les veía tan nerviosos como ilusionados con los singles en su puestecito. Conmovedor.

Para iniciar esta andadura han escogido a los mejores compañeros de viaje; porque los Tigres Leones han demostrado que quieren cuidar cada paso que dan, y ello se ha reflejado en todo lo que acompaña a este su debut: portada -excelente, como de costumbre- de la mano de Ricardo Cavolo, y videoclip a cargo de Miguel Esteban, adelanto alabado no precisamente sin motivos por multitud de medios; un videoclip animado, animalista e hipnótico que se adapta a la melodía como un guante y que está inspirado en una famosa escena de Bill -Bojangles- Robinson bailando junto a Shirley Temple en «The Little Colonel» (1935) de David Butler.

Tigres Leones mostraron de nuevo sus fauces, y nos brindaron el que hasta ahora es su mejor concierto, encontrando Javi el punto de reverb deseado en la voz, y abandonando esos vericuetos ruidistas descontrolados por los que a veces se pierden. Con un inicio impactante, una línea de bajo altísima (muy ochentera), unas guitarras desbocadas (muy noventeras) y una batería -la fotógrafa Rosa Ponce- precisa como un reloj suizo; mostraron algunas de sus nuevas canciones que, como las del single, significan un nuevo paso hacia adelante en su corta pero intensa trayectoria. Por poner una pega, han de medir muy bien la longitud de sus conciertos, puesto que tanta gravedad e incluso un poco de mesianismo pueden acabar saturando.

Abriendo la velada estaban Coraje, grupo del ex Claveles Jordi en el cual milita Luis, de Sonido Muchacho, quedando todo en casa. A Coraje le costó entrar en juego más que en su excelso debut, pero era previsible dadas las circunstancias. Aún así, el grupo, que recoge la herencia rockera de los Clash, con sus inclinaciones reggae incluídas, y que tiene un puntito oscuro y chulesco a lo Gabinete Caligari, acabaron por ofrecer su mejor cara, dejándonos con ganas del siguiente concierto. Lo más grande de Coraje es que van a su bola, siendo aplicable en ellos la manida frase de ir por libre, ajenos a modas y tendencias, pues es verdad.

El debut de Sonido Muchacho en su vertiente discográfica fue todo un éxito. Os aseguro que no fui el único que llevaba en la cartera sus dos primeras referencias.