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Como si de un escaparate de tribus urbanas se tratara, hemos seleccionado en esta ocasión tres títulos que hablan por separado de mods, rockers y punks. Si bien los dos primeros, ambos del 2009, constituyen números consecutivos dentro de la colección de la Editorial Milenio, el tercero corresponde a la colección Los 80 Pasan Factura, de la editorial canaria Lágrimas y Rabia, centrada en la música de aquellas islas.

AhoraNo

¡AHORA! NO MAÑANA
Los mods en la nueva ola española 1979-1985
Pablo Martínez Vaquero
Editorial Milenio, 2009

Componen el núcleo importante del libro las biografías, comprendidas en el intervalo de tiempo que reza el título, de un buen puñado de bandas (Los Flequillos, Los Elegantes, Los Nocturnos, Telegrama, Sprays, Kamenbert, Brighton 64, EscándalosAñade este contenido, Pánico Speed, Scooters, Los Scooters y Los Negativos) que «fueron mods sencillamente porque decidieron serlo«, como dice el autor en el comienzo. Escritas inicialmente en un informe que apareció allá por el 1999 en una revista musical y dos portales cibernéticos, se han actualizado y completado con datos sobre las escenas del revival mod en Madrid y Barcelona, apuntes sobre bandas del momento con cierta relación, modzines y contribuciones externas.

El volumen dista mucho de ser una mera relación de fechas, conciertos y grabaciones, sino que el aporte de los protagonistas e implicados permite conocer no sólo de las bandas mencionadas, sino de la época y el ambiente en que se desenvolvieron con todo lujo de detalles y narrado de forma amena y dinámica.

Llama la atención al profano la importancia que adquiere en el universo mod las cuestiones cronológicas relacionadas con las generaciones a las que pertenece cada cuál. Al respecto se pronuncia Kiko Amat en su prólogo, donde no desperdicia la oportunidad de mostrar sus credenciales personales. Asimismo destaca la relevancia concedida a la estética, muchas veces por encima de la posible valía de la banda en cuestión. Pero por las mismas conmueve el sentimiento de pertenencia al movimiento: «Y es que, entre las mejores cosas que podían pasarte siendo mod en aquella España de la Transición, es que si encontrabas a un desconocido ataviado con una parka, o una gabardina con una diana o bandera británica cosida en ella, era motivo suficiente para que se entablase una camadería a prueba de clases sociales o ideologías«.

En el campo de las anécdotas, de las que lógicamente hay muchas, se encuentra una con la posibilidad de saber del pasado mod de artistas como Fernando Pardo (Sex Museum, Los Coronas) o Mario Martínez (La Unión), que es uno de los que aparece precisamente en la foto de la portada, o de las raíces musicales de Sergi Arola, que antes de dedicarse a cuestiones culinarias militó en una banda llamada Los Interrogantes.

Cierra un epílogo sobresaliente de Miguel Trillo, responsable además de mucho del material fotográfico del libro, en el que se resalta lo triste de tener que acabar la historia relatada con la muerte a puñaladas de un joven. Se refiere al triste suceso acontecido a las puertas de la sala Rockola en la que tocaba Pánico Speed, una de las bandas protagonistas. Su biografía se ve interrumpida por copiosa información acerca de las pesquisas y procedimientos judiciales, así como el tratamiento en la prensa de la noticia tras el acontecimiento que provocó la desaparación de los denominados Camel Boys, uno de los grupos de mods más nutridos de Madrid.

 

Rockers desterrados de la movidaROCKERS… DESTERRADOS DE LA MOVIDA
Laurén Jordán
Editorial Milenio, 2009

Laurén Jordán, miembro de Inoportunos y Gatos Locos, es el autor de este repaso por la escena rocker desde los 80. Protagonista por tanto del día a día que acompaña a la pertenencia a una banda, y bien relacionado con colegas y amigos de dicho mundo, a los que invita en diferentes momentos a participar de la narración, es mucha la información sacada de la propia experiencia la que llena las páginas más interesantes del libro.

Descoloca un tanto, eso sí, lo específico del título. No parece ser precisamente la descripción de abandono o destierro de las bandas rockers durante los años de La Movida madrileña el nudo argumental principal. Salvo la mención explícita hecha en el prólogo de Pedro J. Pérez (Nueva Ola 80), tampoco es que las referencias a aquella escena de la capital española sean constantes (y a mi juicio, ni falta que hace). De haber sido así sospecho que se hubiera requerido de una mayor profundidad en la descripción de personajes como Alberto García-Alix, por poner tan sólo un ejemplo. Además, en varias ocasiones se reitera el buen momento vivido por la música nacional durante aquella década en general, sin excluir género alguno.

La descripción de las bandas en las que se centra el autor es detallada. Gusten o no al lector, el libro proporciona información interesante sobre una buena relación de grupos. Si bien son inevitables los debates de lo acertado o no de la inclusión de unos en detrimento de otros, sorprende lo categórico de afirmaciones acerca de lo prescindible de los 90 en lo musical para rescatar casi en exclusiva a bandas como Los Rodríguez como enseña «heredera de los años 70 y 80«.

El curso de la narración se hace a veces algo anárquico. Algunos de los capítulos pueden contener cuestiones muy variopintas sin solución clara de continuidad: Consideraciones generales pueden venir seguidas casi inmediatamente por biografías concretas de bandas, experiencias en la producción del propio autor o encendidas deliberaciones sobre aspectos no directamente relacionados con la música. Pero, por contra, la descripción de la elaboración del disco homenaje a Elvis por parte de bandas nacionales, el consiguiente viaje para depositarlo en la residencia natal del cantante o las disquisiciones previas sobre el movimiento rocker son más que notables.

El volumen lo completa una jugosa cantidad de fotos y una lista de treinta discos recomendados.

Degeneración Troll
DEGENERACIÓN
Troll
Colección Los 80 Pasan Factura
Editorial Lágrimas y Rabia, 2010

«Degeneración» es la crónica de un superviviente, Alberto Troll. Relato despiadado, cruel y demoledor, ambientado en principio en el origen del punk en las Islas Canarias en los 80, el texto transciende sin embargo dichos límites para convertirse por contra en el « punto de vista donde los perdedores van a los restaurantes caros, y los ganadores tirados en la cuneta, brillan como estrellas viviendo en plenitud, comprobando que se puede sobrevivir… con tan poco».

Deambulan los personajes del libro movidos por un sólo afán, el de escapar; de la familia, de las Islas Canarias, de España, de un «sistema de vida hipócrita de la gente normal, que hacen lo que deben hacer y no realmente lo que quieren hacer». Prueban en su rumbo errante en casas okupadas, en sectas milenaristas, en parejas, por separado… Vagan por las calles, importunan al ciudadano de a pie con su transgresión de las más mínimas normas cívicas de convivencia, follan, se drogan…

Todo desde el más absoluto rechazo a cualquier estímulo social externo: «Así las cosas, todo aquel que pensase que había que luchar por cambiar algo en el mundo, allí o no tenía cabida, o no iba a durar mucho tiempo. Porque en esa situación de pura decadencia sin límites, al primero que se le ocurría hablar de cualquier movilización en defensa de no se qué coño importa ahora, recibía un rechazo total por parte de todos. Ese ‘todo mierda y todo a la mierda’, más allá de cualquier manipulación o engaño venida de los supuestos idealistas antisociales, esa lucha estéril asumida, se entendía perfectamente desde cualquier perspectiva antisocial. No nos habíamos olvidado del Johny Rotten con su destroy anarquista, cantando ‘No future for you, no future for me’ junto a Sid Vicious con su esvástica nazi, en una colosal apología del sin sentido, evitando alinearse a toda costa.»

La música es seleccionada como banda sonora de esta existencia al límite. Las letras de las canciones de Larsen, Decibelios, R.I.P., Eskorbuto, La Broma de Ssatán, Psicosis Crítica, Guerrilla Urbana y No describen, como era de esperar, el día a día de estos jóvenes embarcados en un viaje sin retorno. Pero además, habiendo sido el autor miembro de Hemorragia Sexual y Psicosis Crítica, aparece también el relato de los comienzos de estos primeros, así como de la violenta respuesta que generaba su música en los pueblos de la isla.

Autodestrucción con locura, SIDA, prostitución o drogadicción como alternativas. Un libro francamente sobrecogedor.

Hace casi un año la gente del Fotomatón me invitó a participar en un pequeño homenaje que iban a rendir a «La Bola de Cristal» (1984-1988, TVE). De primeras me sentí muy feliz por la invitación porque los 80 españoles es una de las etapas que más me apasionan, pero enseguida fruncí un poco el ceño por lo manido del tema. Sin embargo, pensé que mi participación podía ser interesante precisamente porque al no haber vivido «La Bola» en sí -soy del 82- podía aportar un punto de vista alejado de la nostalgia del programa. Además, se me proponía algo tan concreto como la elección de un par de videoclips producidos por el propio programa y charlar sobre ellos. Extraer algunas conclusiones socio-culturales de cierta relevancia a partir de estas dos piezas me pareció una buena idea.

El primero que elegí fue el correspondiente a «Una noche sin ti» de Ana Curra, de 1985. La carrera en solitario de Ana tras el trágico fallecimiento de Eduardo Benavente echaba a andar con este corta duración. Rociada en purpurina, envuelta en un aura de musa glam, y con unos arreglos basados en guitarras potentes al más puro estilo Dinarama.

Destaco del vídeo varias cosas, comenzando por la vigencia de los créditos a modo de calculadora, sobre todo a raíz del regreso al retrofuturismo y los sintetizadores a partir de «Drive» (Nicolas Winding, 2011). Y otra, el protagonismo absoluto del grupo. Esto enlaza directamente con un tema tratado en varias ocasiones con mi compañero Julián Molero o con Ignacio de Discos Garibaldi, gente que vivió la época intensamente, sobre cómo los grupos se metían en la piel de artista tanto dentro como fuera del escenario, estableciendo una barrera psicológicamente infranqueable para el fan, el cual no los veía ni por asomo como al vecino del quinto, sino como auténticas estrellas. Y bueno, aunque algo llevado al extremo, no está mal la reflexión en un momento en que los últimos videoclips que se están realizando en este país tienden a mostrar historias animadas o perversiones erotico-festivas con leche y sustancias viscosas en lugar del grupo en sí, algo que, particularmente, sí echo en falta: Reforzar la imagen de grupo como tal. Por supuesto hay excepciones, y los vídeos de David Iñurrieta, miembro de Terrier, para grupos como Cosmen Adelaida, Fabuloso Combo Espectro o Biznaga lo son. Imaginativos pero sin perder de órbita al grupo.

Respecto al segundo, escogí «La evolución de las costumbres» de La Mode, de 1986. Quise destacar esta grandísima canción de la etapa post Fernando Márquez -su favorita de dicha etapa, por cierto- para, partiendo del hecho de que el videoclip fuera rodado en Fuenlabrada, incidir en el aspecto clave de la deslocalización cultural de la época.

Pronto fui interrumpido por un compañero de charla, pues al parecer había incurrido en un error en la localización, supuestamente Aluche. Como ellos estaban muy convencidos y yo no (había sacado la información de un comentario del vídeo de Youtube y no había podido contrastarla) y en realidad Aluche tampoco estropeaba mi enfoque, seguí con mi errático discurso. Ahora, un año después, hago un inciso en este artículo para corroborar a través de Mario Gil vía Facebook que el vídeo fue grabado en Fuenlabrada «una fría mañana de marzo de 1986». Es más, tan sólo un momento después irrumpía en escena Diego Valladolid, bajista de Solletico, para hacernos de guía turístico particular para todos aquellos interesados:


«Se sale de aquí:


Los pisos que se ven en construcción a partir del 00.24, se ha convertido en esto:


Aquí giran a la Calle Málaga, un horror de cruce. Girad la cámara a derecha e izquierda y maravillaos, ¡es la gloria!


Éste es el puente por el que pasan a partir del 02:35, donde Mario Gil se pone a tocar las air drums:


…y más o menos aquí acaba todo:»


Gracias, Diego.

El caso es que aunque luego Mario comentara que en realidad había sido cosa de RTVE, que ellos no habían tenido nada que ver con la elección del paraje y sus gentes –«lo que no se escucha en el vídeo es el ruido ambiente: pitadas monumentales, insultos de los transeúntes, el motor del camión y tampoco se ven los duros que nos tiraban desde las aceras»– esta victoria poética me envalentona para reforzar mi reflexión, que no es otra que la de que el hecho que desde hace ya mucho tiempo todo el ocio cultural y/o nocturno se haya concentrado en el centro, concretamente en Malasaña y alrededores, está colaborando a su propia asfixia. La llamada gentrificación nos es del todo desconocida en Madrid, y apenas pocos destellos se han producido en este sentido, alguno en Lavapiés (que sí, sigue siendo céntrico), donde de un tiempo a esta parte hay una efervescencia cultural brutal, pero donde aún quizá falten un par de enclaves de reunión, de referencia, sobre todo en cuanto al ocio musical se refiere, si bien ahí andan el Juglar, el Teatro del Arte y no tan alejado el Rock Palace;  y en torno a todo lo que comienza a suceder en el CA2M de Móstoles, y El Matadero en Legazpi, si acaso también en esa rara avis que es La Faena II en Suanzes.

Pero reconozcámoslo. Llevamos años siendo vagos e indulgentes, llegando tarde a los conciertos por apurar los últimos tragos en el sofá de casa de algún amigo a cinco minutos andando del garito en cuestión. Si a día de hoy un programa como «La Bola de Cristal» en la parrilla de TVE se nos hace de todo punto inconcebible, un templo del ocio nocturno como Rock-ola, en la calle Padre Xifre (también cortesía de Diego, experto en Google Street View, como se ve), según los estándares actuales, todavía estaría ni más ni menos que a distancia de pereza. A tomar por culo, vaya. Será cosa de la evolución de las costumbres. A ver si se vuelven a dar la vuelta. La verdad que falta poco para ello. Necesidad manda.

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como un fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de «indiegnado» (los sagaces juegos de palabra con el «indie» están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-Yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar).

Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Sí que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a continuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tosv, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestroso suficientes modscomo para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, «La Edad de Oro» (TVE), que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie(antes “música alternativa”) es aquello que salía en el «Generation Next Music» (1998) de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivió todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban a ver los unos a los otros; pero los propios grupos, a través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan.

Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazkin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixties y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes.

Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores.

Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional.

Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí?

Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de Internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante MySpace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk.

Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No Te Apures Mamá, Es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña.

Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver. ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.