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Parálisis Permanente - Adictos a la lujuria
El incombustible Marcos Gendre ha vuelto recientemente a la carga con otro capítulo de la historia musical de nuestro país, esta vez, la correspondiente al mítico grupo Parálisis Permanente a través de Quarentena Ediciones; un libro que viene a plasmar toda la leyenda que envuelve a la formación y en concreto a su líder indiscutible, Eduardo Benavente; pero que también efectúa un importante repaso a los prolegómenos y a lo que aconteció tras aquel fatal accidente de tráfico que le hizo perder la vida con tan sólo veinte años. En este punto, bastante tabú, se otorga la palabra a quien posiblemente más sufrió con todo ello: Ana Isabel Fernández, Ana Curra, pareja sentimental y creativa, quien responde sin tapujos y sin eludir las cuestiones más polémicas. Aquellas referentes a las drogas, a la ausencia de royalties procedentes del grupo por no figurar como miembro oficial al tener en la época contrato exclusivo con Hispavox e incluso las motivaciones que le hicieron presentar hace ya dos años y con otros miembros, «El Acto» (DRO, 1982). Interesante en este punto conocer las impresiones de Rafa Balmaseda, bajista, y la naturalidad y sencillez con que se explica su ausencia en esta gira, suprimiendo cualquier tipo de suspicacia: viviendo en otra ciudad y con una vida organizada en torno a otras prioridades se hacía imposible su presencia, sin más.

Se plantea el libro como una recopilación exhaustiva de testimonios y pareceres, recortes y entrevistas de la época y del momento actual. Por ahí pasan desde Patricia Godes, asumiendo un papel protagonista al ser responsable de uno de los prólogos, hasta el recientemente fallecido Javier Benavente, hermano de Eduardo y presente en la formación inicial, Jesús Ordovás, cronista de excepción de la época, de quien se reproduce a modo de epílogo una interesantísima entrevista inédita a Ana y Eduardo que desempolvara para su libro «La Revolución Pop» (Calamar, 2003) tras la extinción de Alaska y los Pegamoides… Así hasta completar el recorrido completo de la banda, llegando hasta la actualidad.

Y esta es, fundamentalmente, la virtud del libro: erigirse como aglutinador de un universo un tanto disperso. Adolece, quizá por las mismas, de un poquito de ritmo, al tratar de hilvanarse tantísimas citas, episodio en el cual participamos humildemente mi compañero TGL y un servidor. De este se reproduce íntegramente la crónica del ensayo al que pudo de manera privilegiada asistir cuando Ana Curra y sus nuevos secuaces estaban preparando la consabida presentación de «El Acto». Se echa en falta la pluma del escritor que, cuando se lanza, demuestra tenerla bien afilada, y en ocasiones la lectura se hace un tanto tediosa por lo ya comentado y por una homogeneización ortotipográfica algo descuidada.

Se habla del antes: desde los inicios de Eduardo en Plástico, el ingreso de Ana y Eduardo en los Pegamoides, su alianza musical y vital, sus viajes a Londres, la deriva hacia la oscuridad y la gestación de dos proyectos paralelos: el propio Parálisis Permanente, junto a Nacho y Johnny Canut, y Seres Vacíos, creado inicialmente para dar salida a las canciones de Ana que no tenían gran aceptación en Pegamoides -recordar en este punto que la mítica «Quiero ser Santa» de Parálisis Permanente fue compuesta por Ana Curra y la propia Olvido-… En definitiva, todo el meollo de grupos y subgrupos, ajenos y propios, que pululaban en la misma órbita hasta el momento clave de 1982 en que ven la luz dos discos capitales del pop español, el «Grandes Éxitos» (Hispavox, 1982) de los Pegamoides y «El Acto», tras un single compartido ese mismo año con Gabinete Caligari (Jaime Urrutia incluso llegó a formar parte de la formación inicial de Parálisis).

Quizá lo más curioso para los que ya estábamos al tanto de estas asociaciones sea el acopio de testimonios desperdigados en diferentes medios a lo largo de los años, lo cual nos permite conocer un poco más de las diferentes personalidades entrevistadas, además de un ingente cuadernillo con fotos y memorabilia cedidos por el entorno y allegados. Uno encuentra especialmente interesante los relacionados con Servando Carballar y todo lo que rodea a DRO y, en general, al surgimiento de la nada de una industria musical independiente. Pero cada uno puede encontrar su porción de interés en este libro, sea fanático o sea profano. A mí, entre medias de ambos, me ha descubierto entre otras cosas esta actuación televisiva más bestia si cabe que el ínclito piloto de «La Edad de Oro» de Paloma Chamorro. Y en realidad, es por detalles como este que el libro ya vale la pena.

ParalítikosHalloween no existe, es una patraña. La celebración a base de disfraces de zombies, entrañas a flor de piel llamando a la provocación facilona y demás no es sino un invento de highschool estadounidense. Aun así, el metro de Madrid hervía con multitud de jóvenes (y no tan jóvenes) que acudían ataviados de esa guisa a las mil y una fiestas convocadas en la ciudad. Esa misma noche en el Wurlitzer Ballroom Paralítikos ofrecían su celebración particular. Pero ellos no necesitan fechas señaladas en el calendario para acercarse al lado oscuro, para cantarle a la parca: «El enterrador tenia razón / donde esté la motosierra que se quite lo demás«. Este es el tipo de visitas al camposanto que proponen los cántabros, no para depositar flores en la tumba de los familiares precisamente.

Repetía además el Wurli programación en tonos oscuros. Si hace un tiempo emparejó a Gruppo Paralelo con Kante Pinrelico, la pasada Noche de Difuntos fueron Espermatozombies los que oficiaron de anfitriones en el foro abriendo cartel para Paralitikos.

La última vez que había visto a los madrileños fue cuando presentaron su sencillo «Rumble Hits» (Rumble, 2011) en la sala Fax. Ha llovido bastante desde entonces; el grupo ha cambiado la formación, quedándose Nieto como único guitarrista. A mi juicio han consolidado su sonido, con un firme paso hacia registros siniestros, sin llegar a cruzar hacia las profundidades abisales de sus compañeros de cartel. Juegan quizá un poco al borde de este tipo de palos, como hacen por ejemplo los ya mencionados Gruppo Paralelo, banda que es por otro lado prima hermana de Espermatozombies. Pero sobre todo han madurado, y mucho, en su puesta en escena. Rut se mueve felina entre la contundencia física de Arturo y Nieto, mientras, desde atrás, Cecilia, sin concesión alguna en la aparente uniformidad en la presencia estética de la banda, se erige a las baquetas como uno de los valores seguros del sonido del grupo.

Espermatozombies se extendieron en una actuación generosa, que poco o nada tuvo que ver con el que hubiera dado un convidado de circunstancias con poco margen para mostrar sus capacidades. Sufrieron alguno de los problemas de sonido que luego se repetirían después con Paralitikos, pero evidenciaron que están en franca progresión. Gusta escuchar el nuevo material que tienen combinado con los que se están convirtiendo en pequeños clásicos. Me consta que muchos que no los habían escuchado antes disfrutaron de verdad con momentos como «La gente es gilipollas«.

Paralitikos cuenta en su formación con Rafa Balmaseda (Parálisis Permanente, Seres Vacíos, Vidas Ejemplares) desde que el 9 de junio pasado se subiera con ellos al escenario en Leioa a improvisar algún tema de Parálisis Permanente. Es un fichaje de autentico lujo, claro; especialmente para una banda que proclama abiertamente la deuda para con la mítica banda del malogrado Eduardo Benavente. Pero Paralitikos no es un mero grupo tributo, ni mucho menos. Finalizaron, eso sí, en lo que parece también una concesión para con el recién llegado, con versiones de «Adictos a la lujuria«, «Jugando a las cartas» y «Nacidos para dominar«, y durante el concierto no dejaron de tocar la canción que le han dedicado a Ana Curra en su último trabajo, «Diva perdida«. Ésa era además su parte de trato con la gran dama del punk oscuro nacional, ausente esa noche por su presentación de «El Acto» (DRO, 1982) en Murcia, pero que había prometido un viaje astral para acompañar a los Paralitikos.

Lastrados un tanto por los defectos del sonido que aquejaban esa noche a la Wurli (por lo visto se habían estropeado los monitores de la mesa del técnico), se atrincheraron los cántabros en la reverberación para el micro de Rikarditiko y en tratar de lidiar con los momentos en los que mayor divorcio parecía existir entre su guitarra y la línea que trazaban bajo y teclado por otro lado. A pesar de todas las dificultades lograron traspasar las mil y unas tormentas que trae su nuevo disco, «La Senda de los Antihéroes» (Artimaña, 2012), a los asistentes.

Es de largo, a mi juicio, su mejor disco, plagado de temas rotundos que ponen los pelos de punta. «¿Cómo pudieron olvidar la herencia de Nietzsche? ¿Por qué dejaron de creer en causas malditas? ¿Dónde ocultaron la grandeza de los antiheroes?«, cantan en la canción que da título al álbum. A lo largo de su trayectoria han pasado por más de una turbulencia. El disco es la mejor respuesta de madurez posible a todo ello, un zarpazo definitivo en su paranoica cruzada para con el medio hostil al que se enfrentan.

Su presentación en directo conmocionó la otra noche en el Wurli. Al menos a mi; me gusta mucha el afterpunk tal cual lo plantean y practican Paralítikos. No se detienen en exceso en tejer atmósferas planeadoras (salvo en la línea nueva que propone Elizia en los temas que canta ella, todo un acierto como quedó de manifiesto oyendo en directo «Songs of the darkness«), y basan todo en una puesta en escena sobria, fiel a unos parámetros propios de un género que sigue una liturgia y ritual oscuro prescindiendo de cualquier malabarismo o pirueta. Apuestan por contra en la agresividad propia del punk, en el desgarro y coros siniestros.

No olvidaron reservar un hueco para grandes perlas de su patrimonio: «Se murió por el camino«, «La motosierra«, «La ninfómana«… hasta el himno «Paralítikos«, incluido en su «Alas de Cuervo» (Horror Business, 2005).

Paralítikos no admiten medias tintas, no perdonan a un rebaño que se deja dirigir por mediocres, por los ciegos. Ellos cantan a los antihéroes, a los desheredados que creen en Nietzsche, a los que no tienen claro dónde reposarán sus huesos al morir. Ellos confían en los apóstatas, en los suicidas, en los herejes… Esa es la Noche de Difuntos tal y como la entienden Paralítikos.

Ana Curra El Acto cartel

Y por fin llegó el 9 de marzo; por fin llegó la presentación de Ana Curra de «El Acto» (DRO, 1982), y de la relectura de la práctica totalidad del repertorio de Parálisis Permanente. Se cerraba un período de preparación de la banda y de encendido debate en las autopistas de silicio de foros y blogs acerca de la empresa de la artista madrileña. A ella nos acercamos hace unos meses, visitándola en el local de ensayo y haciéndole una de las primeras entrevistas que concedió.

Mucha era la expectativa creada y el llenazo registrado en la sala Kapital de la calle Atocha hablaba bien a las claras del interés que había despertado la iniciativa. Tanto que tocó verlo desde el segundo piso de un local que hasta entonces era, ignorante de mi, lugar del chunda-chunda de legiones de jovenzuelos. En este tipo de citas los detalles cuentan, dan idea del tono, las ganas y las intenciones. Por eso resultó ilustrativo comprobar en el arranque del concierto la flexibilidad (literal) en escena y el puñetazo que dio sobre las teclas. Arrebatado golpe de efecto de la que otrora pasara por una teclista excesivamente ortodoxa a la que todos pedían que cambiara el solfeo por pasión.

Salió la banda contenida asegurándose de no descarrilar llevados por una explosión de ganas por demostrar qué es lo que traían preparado. Se mostraban solemnes, sobre todo en los primeros temas, en evidente contraste con Ana, quien con diferencia fue la que más kilómetros recorrió sobre el escenario. Dejó claro el buen estado de forma física por el que atraviesa, aunque yo hubiera apostado por los modos de liturgia del resto. El mensaje que quería transmitir la diva era otro muy distinto: anoche se trataba de un requiem festivo para el que además pidió de inmediato la adhesión total e incondicional. Anoche toda la Kapital era de los de Ana, que son muchos y todos convencidos.

No era manifiesto gratuito, ya que a pesar de la ya larga experiencia de toda la formación en estos menesteres no se pudo evitar que la semana última antes del concierto fuera una sucesión de consignas, ánimos y arengas para la movilización, como si de crear la atmósfera previa a una final de campeonato mundial o de vísperas de examen de reválida u oposición. Además, con todas las dentelladas sufridas en las jornadas previas, cualquier alianza era bienvenida, especialmente si venían del lado de históricos de la banda como Rafa Balmaseda. El bajista subió a las tablas durante un par de temas («Quiero ser santa» y «Esa extraña sonrisa«) en los que Ana se vio arropada por doblete tanto en guitarra como en el bajo.

Si bien el sosiego inicial le vino de perlas a los temas de atmósferas más densas, pronto se vio que si algo caracteriza a la nueva interpretación que propone Ana Curra para los temas de Parálisis Permanente pasa por resaltar lo que tienen de punk rock de combate. Las bestias pardas con las que se ha pertrechado no hacían sino esperar, cuchillo en boca, una señal de su líder para soltar una descarga propia de división acorazada. Ni las baquetas de Rafa Le Doc, ni el bajo de Manolo UVI, ni la guitarra de José Battaglio han ganado su reconocimiento tejiendo oscuridades de atmósferas góticas precisamente. Daba gusto verlos bramar los coros de los temas más combativos.

Tampoco fue César Scappa un mero subalterno. Siendo de los más cercanos a Ana y el propio Eduardo, se reservó la voz principal de «Esto no es«, algo que me consta no estaba decidido desde los primeros ensayos. Lo hizo además con un recuerdo previo para Toni Vázquez y Enrique Sierra, recientes pérdidas de la promoción de los 80.

Para el ausente más presente en el corazón de muchos, Eduardo, Ana Curra decidió interpretar un solo de teclado en un lapso de separación tras uno de los breves pasos por camerino que la banda hizo en la recta final. Ejecutado con la imagen del ya icono de aquellos días en la pantalla tras el escenario, coincidió con la que pasaría por la jugada tonta del concierto. Meditaba yo movido por los acordes del teclado de Ana sobre el pudor del momento, cuando se escuchó a una de las chicas de detrás, para nada adolescentes por otro lado, explicando que la imagen correspondía al novio de la cantante «que murió en un accidente». ¿Es ésta la falta de preparación de la que se quejan los profesores de Historia?

Cuidada escenografía por otro lado, con un escenario a medida, un entorno de teatro, con plateas a las que dedicar saludos o gestos y una pantalla enorme posterior que informaba al público de cuando salía la banda del estricto marco de «El Acto». Únicamente me pareció apreciar error en este sentido con «Adictos a la lujuria«, que el grupo ejecutó sin el logo del consabido disco como adorno.

Las quinielas eran para adivinar los temas reservados para el bis, sobre todo cuando el grupo parecía no parar en gastos al principio, derrochando candidatas claras para ello. Al final resultaron «Un día en Texas» y «Autosuficiencia». Yo creo que fueron las que más intensas me parecieron. Junto a «Unidos», una de mis favoritas, eso sí. Puestos a contribuir a herejías, ¿a nadie más le parece «Jugando a las cartas» con un punto excesivamente jovial para las siniestralidades de «El Acto»?

Habrá quienes hayan extrañado la voz de Eduardo, las atmósferas góticas de hace veinte años… Pero es que esto no es Paralisis Permanente, sino la deuda de Ana Curra y cuatro amigos para con todo aquello. A mi me alegra el haberlo visto y me quedo con la sensación de que gustaron incluso a muchos que iban convencidos de que no iba a ser así.