Etiqueta: radio futura

“SEMILLA DEL SON. CRÓNICA DE UN HECHIZO” (LIBROS DEL KULTRUM, 2019).

SANTIAGO AUSERÓN

 

714PyvDzarL

 

 

Santiago Auserón siempre sintió atracción por los ritmos latinos, algo que queda patente en los últimos discos de Radio Futura y en sus aventuras como Juan Perro. Cuba y su son, fueron un flechazo muy intenso, hasta tal punto que Santiago ya en el año 91 decidió llegar a cabo una intensa investigación que aquí queda recogida en papel.

Hay que tener en cuenta que 1991 es ocho años antes que «Buena Vista Social Club» (Wim Wenders, 1999) y cinco antes que el desembarco de Ry Cooder en la isla para grabar con Ibrahim Ferrer. En ese sentido, Santiago es uno de los primeros en acercar a España el Son, lo hizo con la antología pionera en área de habla hispana «Semilla del Son» (Animal Tour / RCA / BMG, 1991) y con sus posteriores escritos sobre la isla que le cambió la vida.

Santiago viaja a Cuba con el entusiasmo del investigador que ama profundamente lo que hace, de ello nos damos cuenta en cuanto comienzan a avanzar las páginas del libro. Contactando con músicos y productores locales, enseguida se pone a buscar grabaciones históricas olvidadas, la mayoría muy deterioradas y al borde de perderse para siempre. Es esencial en ese sentido, la ayuda del poeta y periodista musical Bladimir Zamora, y la colaboración de los especialistas del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana.

En el libro nos cuenta como fueron los viajes de los músicos cubanos a Madrid y Sevilla, el desarrollo de la antología de Compay Segundo, además de darnos algunas claves sobre Ry Cooder y Wenders. A Santiago no le convencen sus trabajos sobre la isla, ve que se preocuparon más del dinero y de vender un producto que de llevar a cabo una divulgación real sobre el tema.

Un libro breve, que se devora con una facilidad pasmosa, y que sirve para conocer de primera mano cómo fue ese fundamental rescate del son cubano.

 

estricnina-31-10-14
ESTRICNINA
Fanzine de Ruidos y Danzas (1982 – 1984)
Rafa Cervera
Efe Eme, 2014

Coordinado y dirigido por un jovencísimo Rafa Cervera, los tres números del fanzine «Estricnina» (1982 – 1984) ven la luz en diseño facsímil de la mano de Efe Eme, conservando incólume todo el encanto artesanal del original: retales mecanografiados, recortados y fotocopiados dispuestos de manera abigarrada, también sus dificultades de legibilidad por tamaño de fuente o escasa nitidez en las sucesivas copias.

He de reconocer que tras avanzar por las páginas del primer número (otoño de 1982), uno no llegaba a comprender del todo el valor de este supuesto ejercicio de arqueología, incluso veía cierta ausencia de pudor en el rescate de este material por lo descuidado de la gramática y cierta arrogancia en el tono, propia de una época y edad determinados, que impregnaba la práctica totalidad de los textos; vaya, que los 20€ en que se habían tornado las 125pts. del momento se me estaban haciendo caros. Sin embargo, gradualmente me fui zambullendo y, a partir del segundo ejemplar (invierno de 1983) pero, sobre todo, en el tercer y último número (verano de 1983), me di cuenta de que lo que estaba entre mis manos tenía mucha miga.

La relevancia que atesoraron los fanzines en la música independiente queda patente en un simple gesto: la propia casa disquera, Hispavox, proporciona nada menos que diez ejemplares del flexi de despedida de Alaska y los Pegamoides«En el Jardín / Volar» (Hispavox, 1982)– a la publicación, que los sortea entre sus lectores en una simpática «sopa de Bowie». O en el hecho de que Ana Curra abra las puertas de su casa para una jugosa entrevista y posterior sesión fotográfica provocativa en su propia habitación, mientras Eduardo ve la tele en el salón con total normalidad. Una entrevista, por cierto, en un momento peliagudo, con los Pegamoides recién disueltos, en la que se habla de sus proyectos al margen de Hispavox, desde Parálisis Permanente a Seres Vacíos, también acompañada por Eduardo, o Negros S.A. junto a Los Nikis.

Esa frescura y descaro con que irrumpieron en el panorama musical underground es el mismo combustible con que accedían a la casa de la propia estrella -aura que se fomenta de manera bidireccional-, o al camerino del post concierto de turno, aunque fuese el del mismísimo John Cale. Pero también es una actitud, la manera de tomarse muy en serio lo que se estaba haciendo, de sentirse responsable de estar sentando los mimbres de la modernidad musical y de llevarlo hasta las últimas consecuencias, con ese tono pontificante que en realidad tampoco difiere tanto de lo que uno podría encontrarse a día de hoy en el timeline de su Facebook.

El ansia de cambio y las ganas de sentar las bases de una profesionalización -con sus managers, sus distribuidoras y sus sellos independientes- goza de total reciprocidad, y los grupos no tienen el más mínimo tapujo en mostrar sus intenciones de petarlo, grabar en estudios en condiciones, tener infinidad de galas y, en definitiva, vivir decentemente de ello. Todo eso acarrea unas exigencias mínimas sobre algo que recién acababa de surgir: de trato, de logística y de ponderación de la prensa establecida y su poder (claro, no existía Internet), aunque sea para ponerla a parir o tildarla de reaccionaria. Tiempos de gloria, por tanto, para la figura del periodista, especie de semidios, pero también para la pluma amateur, que recibe estas maneras en igualdad de condiciones. No se eluden tampoco las cuestiones referentes a cifras de ventas (muy superiores en comparación a las de ahora), el afán de hacer industria y crecer enfrentándose a las grandes barreras del todo por hacer, con ánimo y vigor, pero en un momento político y social favorable. Que los males que aquejaban entonces: la falta de distribución, el poco público, el cainismo… sean exactamente los mismos que existen ahora, no hace sino impregnar todas estas ilusiones con una pátina de descorazonador desánimo.

Esta construcción de una industria independiente se plantea como trampolín de oportunidades, filosofía del todo acertada para el que suscribe estas líneas siempre y cuando no conlleve pervertir la propuesta artística. Me adscribo a las palabras de Servando Carballar (Aviador Dro) en «La Edad de Oro» (TVE): «Debemos aspirar a la radicalización de la masa, no a la especialización de la elite». Es precisamente un adelantado Servando, capo de la incipiente DRO, objeto de críticas por su supuesto veletismo -de la hostilidad panfletaria hacia Los 40 Principales a la connivencia en la aparición de sus grupos-. En general, estas diatribas sobre la pureza dan lugar a situaciones algo cómicas, como el hecho de que la colaboradora Lola Dilla abandone la revista al darse pábulo a periodistas profesionales tales como Manrique o Ignacio Julià. El primero firma una altanera y derrotista columna sobre la falta de talento en el concurso de maquetas del programa radiofónico «Don Domingo» (RNE) y el segundo se queja de la incapacidad para la modernidad de Barcelona.

Las traducciones de entrevistas y especiales provenientes de la prensa extranjera constituyen un aspecto más que interesante. En concreto me sorprende mucho cómo treinta años después los grandes tótems siguen vigentes: Warhol (interesantísima y completa radiografía del personaje y su filmografía), la Velvet Underground, Brian Eno, David Byrne (reportaje traducción copia-pega algo plomazo), Alan Vega y otros más propios del momento como Siousxie, la escena neoyorquina más salvaje -Lidia Lunch, NY Dolls, Cramps…-, el «No New York» (Antilles, 1979) producido por Brian Eno y la querencia por las oscuridades de bandas como Echo & The Bunnymen, Killing Joke, Bauhaus, Theatre Of Hate o Adam & The Ants.

En el apartado nacional, Madrid es el epicentro de todo. Se incluyen entrevistas a un despechado Carlos Berlanga, moldeando aún su nuevo proyecto, Dynarama; a Alaska, a Glutamato Ye-Yé sin su cantante (por la mili, esa traba que padecieron muchos grupos en su desarrollo), una muy poco productiva a Gabinete Caligari (sin Jaime Urrutia, por lo mismo) e incluso a Eduardo Benavente poco antes de su trágico fallecimiento. Las plasmadas intenciones de Bonezzi de convertirse en compositor total al fichar por una multi, renegando incluso del sonido de los Zombies, sujeto a limitaciones económicas y técnicas, cuadran mucho con las expectativas respecto a la música anteriormente expuestas… También se da cabida a textos seudo intelectuales -y pedantones- como el de Santiago Auserón recreando una historia en torno a la estatua del Jardín Botánico -es justo decir que Radio Futura nos proporciona la réplica en la que es, probablemente, la entrevista nacional más reveladora para tomarle el pulso a la actitud del momento, además de por el consenso de respetabilidad en torno a ellos, erigidos como faro de la modernidad bien entendida-. El Zurdo también se prodiga por partida doble, firmando un interesante artículo sobre el eclecticismo y concediendo una entrevista donde sin tapujos se identifica con corrientes ideológicas que acabarían por condenarle al ostracismo. Almodóvar, quien por entonces andaba ya tramando su «Laberinto de Pasiones» (1982), hace alarde a partes iguales de petardeo y pedantería, pero también pone en evidencia una envidiable mezcolanza y permeabilidad en la época entre las diferentes disciplinas artísticas.

Pero, sin duda, lo más valioso es la importancia que se concede y la exhaustividad con que se desgrana -por cercanía y orgullo patrio- a la escena valenciana, sus zonas -El Carmen, Pelayo- y bares -Barraca, Metrópoli- y, esto menos relevante, sus dimes y diretes (mucho cotilleo, mucha pulla privada…). Por la seccion «Duduá» desfilan bandas como: Glamour -desde La Banda de Gaal– (abrieron las puertas a los grupos valencianos a la estela de Mecano), Esgrima, Fanzine, Betty Troupe, Video, Europa (luego Última Emoción), Garage (de Carlos Goñi), Interterror… así como todos los grupos recogidos por el cassette editado por NORMA (Neo Organización para la Revolución Magnética Avanzada): Seguridad Social (aún respetados), Información y Turismo, AM-FM, Los Inhumanos, Arpía, D.N.A., SS.SS., Blue Moon, Gabotti (líder de Esgrima), Peligro Inminente y Tripp. En última instancia, otras bandas como Cinema, Ceremonia, Sade, ADN, Proceso Inverso, Manía, Mamma Luna y La Morgue… Un intenso y menos conocido hervidero de grupos.

En ocasiones es imposible no esbozar una sonrisa ante tanta inocencia y nostalgia, enviar dinero en un sobre, incluso dólares a ROIR Tapes, como el que lanza una botella al océano. Pero es inevitable no sentir cierta envidia ante la atemporalidad de las noticias, lo pausado de la cocción de las propuestas, con tiempo para consolidarse y madurar (como el propio fanzine, que mejora a cada número). Tan sólo recordar en este punto que la publicación era prácticamente anual… Inimaginable algo así hoy día. En este punto de inocencia y dulce anacronismo, querría destacar el artículo firmado por Jaime Gonzalo sobre ROIR y el enaltecimiento desde el sello de las supuestas bondades del cassette frente al vinilo: «Creemos que las cintas no son sólo el nuevo rostro del futuro, son también el modo más práctico y divertido de escuchar música actualmente. Los discos se encorvan, se rompen, carraspean, acumulan polvo, se rayan, cogen grasa al ser manejados, requieren demasiado espacio para ser almacenados. Los cassettes son más manejables, más almacenables, precisan de menos cuidados y duran mucho más sin sufrir tantos daños a causa del entorno. No necesitan un equipo reproductor caro para ser escuchados fielmente. Y la calidad de reproducción es tan buena como los discos y, a menudo, mejor. ¡Ah, y tiene un gran ventaja! Si te aburres de escuchar la misma cinta puedes borrarla y regrabarla». Tampoco vamos a negar su importancia en la difusión y accesibilidad de la música en el momento, pero…

Finaliza la entrega con un interesante cuestionario a Nacho Canut, Poch, Alejo, Almodóvar, Auserón y Enrique Sierra, del cual se pueden extraer un par de conclusiones: La Mode era el grupo más odiado por Derribos Arias y el fanzine más molón del momento quizá fuera Moulinsart. Curiosa paradoja que sirve como epílogo a un -ahora sí- más que loable ejercicio de arqueología cultural y musical.

¿Cómo se formaron Alaska y los Pegamoides, Paraíso o Radio Futura? ¿Dónde ensayaban y cómo fueron sus primeras actuaciones? ¿Cómo respondieron la España y el público de la época a este despertar musical?

«Música Moderna», escrito por Fernando Márquez, El Zurdo y publicado por primera vez en 1981 por La Banda de Moebius, habla de la creación de grupos como Zombies, Kaka de Luxe, Radio Futura, Las Chinas, Tequila o Los Elegantes, así como del contexto en el que se desarrolló esta nueva ola desde el punto de vista de uno de sus protagonistas; lo que hace de este libro una instantánea del panorama musical de la España de principios de los 80 y un documento fundamental para entender la postura del undergroundnacional en la actualidad.

Tras caer en la cuenta de que el libro estaba hoy por hoy descatalogado y era objeto de coleccionistas, Libros Walden y LaFonoteca decidimos reeditarlo, no con la intención de recuperar o recordar tiempos pasados, sino con la motivación de demostrar el vínculo ineludible que une a la escena musical actual con la que describe Fernando Márquez en su libro como el comienzo de la «música moderna» en España.

Tal y como comenta José Manuel Costa en el prólogo a la reedición, «‘Música Moderna’ es la visión de un músico, de un protagonista principal y eso le sitúa en un nivel de conversación al que ningún crítico o radiofonista, por muy cercano que estuviera, podía acceder. Esa mirada del artista como cronista no existe en ninguna parte y menos describiendo una fase tan temprana en la evolución del sujeto: la Nueva Ola. El Zurdo describía desde el absoluto presente un breve pasado que tendría un futuro igualmente efímero».

La reedición de Música Moderna incluye nuevo material, como el ya citado nuevo prólogo a cargo del periodista cultural José Manuel Costa y un libreto interior de fotografías de dos grandes cronistas visuales de la época: Miguel Trillo y Javier Senovilla, que ceden varias de sus instantáneas, algunas inéditas, para reflejar en imágenes la efervescencia que describe Fernando Márquez en las páginas del libro.

 

 

 

 

La reedición se presentará al público en La Fábrica el 19 de diciembre, y con concierto de La Ruleta China al día siguiente en la sala Siroco.

“Politiqueo, eso es politiqueo. Niños, que no os dais cuenta”, nos decía a mis hermanos y a mí el creador de nuestros días mientras cenábamos al tiempo que negaba con la cabeza. Siempre que lo decía mi padre iba ya sin camiseta porque se acercaba el verano, y nosotros hacíamos caso omiso. Daba igual que nuestro padre pudiera tener razón (y en cierto modo quizá la tuviera), ahí estábamos los tres ilusionados pegados a la tele, porque la canción española ese año era buena y la letra muy bonita. Y si un danés no la apreciaba es que era realmente un tontaina; de fondo y siendo parte casi ya de la banda sonora del Festival de Eurovisión, una voz grave, firme, muy timbrada. Una voz cálida y segura: “Qué bien habla Uribarri”, decía mi madre. Ahí nos enteramos de su nombre, esa voz que se parecía a la de Constantino Romero, pero que no era, se parecía… ¿Serían familia? Probablemente no, descartábamos enseguida ese pensamiento. Lo que sí teníamos claro es que era casi de la nuestra. Vale que sólo la escuchábamos una vez al año, pero también es cierto que lo hacíamos con ilusión, como la visita de el tío hermano de tu madre que vive fuera de la ciudad y que te trae regalos.

Porque la voz de Uribarri es una de esas voces que siempre han estado ahí. Empezó en la radio muy joven y tras abandonar la carrera de Derecho, se presentó a «Caras Nuevas» (TVE, 1957-1958), una suerte de «Operación Triunfo» (2001-2011) para comunicadores cuyo premio consistía en que TVE te hiciera un contrato. Más de cuarenta años después vio cómo una concursante de un programa de talentos rompía registros de seguimiento en España de su amado festival, curiosa forma de cerrar un círculo. Dentro del ente público hizo casi de todo: fue la voz y la cara de los únicos informativos en la televisión en España y todo el país se agolpaba en la tele (propia o del vecino) para ver «Cesta y Puntos» (TVE, 1965-1971).

Pero la música seguía reclamándole un lugar en su carrera, desde dentro de su corazón entre leonés y madrileño burbujeaba la necesidad de estar vinculado a ella. No lo hacía desde que ponía algún que otro minisurco en Radio Juventud, allá cuando empezaba. Así vino «Aplauso» (TVE, 1978-1983), espacio que dirigió durante años. Por allí pasaron desde los Jackson Five hasta Raphael, Camilo Sesto, Radio Futura o Mecano, pasando por Tip y Coll, Martes y Trece o Las Hermanas Hurtado; incluso al principio se atrevió a dirigir el programa y a ponerse delante de las cámaras, con su amplia sonrisa y su talento innato para la comunicación como contrapunto una guapísima Silvia Tortosa, de la que siempre me he confesado fan desde que pude ver «Pánico en el Transiberiano» (Eugenio Martín, 1972) haciendo de condesa rusa.

Cualquier palo dentro de la comunicación televisiva era viable para José Luis: tertulias, contenido taurino, magazines vespertinos… incluso hacer de adivino. Volviendo a lo que decía antes de mis hermanos y yo viendo el festival, no podíamos creernos lo que hacía ese hombre, ¡sabía ya las puntuaciones! Seguro que hacía trampa, o la haría si no fuera porque un hombre tan amable no podía hacer esas cosas. De ahí la conclusión: era adivino.

Años después y ya uno contando con la suficiente madurez mental como para saber por qué sabía Uribarri las puntuaciones, pude verlo en una entrevista que le hicieron en la tele. Una jauría de los más mediáticos periodistas cardíacos le preguntaron por el hecho, él se encogió de hombros con humildad; simplemente, contestó, no era una cuestión de saber más que nadie ni de ser un estudioso, sino de experiencia. El amor que sentía por su profesión le hizo volver a trabajar en el Festival tras ser cesado después de dieciocho años de comentarista. Hasta el final estuvo trabajando; porque no era más que un hombre experimentado y de la vieja escuela, que le tocó ser periodista en una época en la que las noticias te las daba el gobierno, y que sin haber tocado nunca el delay de un ampli está vinculado a la música popular española de forma irremediable para siempre. Gracias por todo, José Luis; Uribarri: twelve points.