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Fotografía de Fernando F. Rego

Los Planetas acudían a Oporto en una de sus contadas incursiones en el exterior para dar repaso en su decimoquinto aniversario al «Una Semana en el Motor de Un Autobús» (RCA, 1998), probablemente el disco mejor considerado por gran parte de sus acólitos. Aunque no de manera clara, pues tanto el icónico «Super 8» (RCA, 1994), el redondo «Unidad de Desplazamiento» (RCA, 2000) o el arriesgado -y necesario- golpe de timón de «La Leyenda del Espacio» (RCA, 2007) compiten en dura pugna por erigirse como el favorito. Yo no lo tengo claro del todo, pero sea como fuere, es a este al que los mismos Planetas rinden tributo, e incluso el cual se dignan a reeditar en condiciones. Por algo será.

Quince años es mucho tiempo, pero de inicio la actitud de Los Planetas en poco o nada había cambiado de esos conciertos desastrosos de la época cuya leyenda irían arrastrando. Y es que tras un arranque hipervitaminado del disco (el concierto lo fue recorriendo de principio a fin), el empuje de Eric a las baquetas no parecía ser suficiente para vencer el estado abúlico de Jota y los demás. El que sí que parecía disfrutar de lo lindo era Banin a los teclados, hasta el punto de sentir una incómoda intervención en muchas de las canciones, llevadas un tanto al terreno de Los Pilotos, más etéreo, plomizo y denso. Mal. Si el disco se va a recorrer de principio a fin, al menos queremos oírlo tal y como es, sin variación alguna.

El caso es que tras un momento de zozobra en el que mis acompañantes y yo dudamos si marcharnos o no ante el destrozo que estaban realizando (por momentos, canciones irreconocibles), sin darnos cuenta precisamente vino a enchufarnos una de las canciones con la letra más sonrojante del pop español. Y también de las más celebradas y coreadas. Sí, hablamos de «Cumpleaños total».

A partir de ahí la conexión con el público fue total. Da igual que el 98% congregado fuéramos españoles. Da lo mismo que el amigo de turno hubiera intentado arruinarnos el concierto tras lo visto / acaecido en Barcelona. Incluso que Jota haya sido incapaz de aprender a cantar en estos quince años, sí al menos a entonar. Y a empatizar. Los Planetas hicieron que revolotearan por mi cabeza muchos bonitos recuerdos, y que esbozara una sonrisa y les perdonara todo lo anterior. Y quizá fruto de esta redención colectiva ellos mismos comenzaron a disfrutar sobre el escenario. Como lo hacen los grupos que vuelven por la pasta pero que son aclamados por sus incondicionales, con la salvedad de no haberse ido nunca y de contar entre sus filas de (otrora) incondicionales a sus peores enemigos.

No harían fans nuevos, incluso muchos de los antiguos renegarían del asunto. Pero con «La Copa de Europa» el resto nos volvimos a extasiar y brindamos de nuevo por ello. Tanto que incluso se permitieron un bis sin nostalgia. «Alegrías de un incendio». Ni tan mal.

 

Muchos son quienes han descubierto recientemente al veterano Julio Bustamante, pero lo cierto es que este músico valenciano lleva más de treinta años componiendo canciones. Tras varios conciertos homenaje tanto en Barcelona como en su Valencia natal, este fin de semana visita Madrid para presentar su último disco “Viento Desatado” (Comboi, 2012) teloneados por La Ruleta China, actual proyecto de Fernando Márquez (Paraíso, La Mode) y Charlie Mysterio (Los Caramelos).

Fotografía de David Sagasta

¿Qué puedes contarnos de tus comienzos en el mundo de la música? ¿Cómo era el ambiente musical en el que te movías en los 70?
Comencé a escribir canciones en los 60, poco después empecé a actuar en solitario o en dúo, con mi hermano Tico o con otros músicos, formando parte a veces de grupos esporádicos. El ambiente de Valencia era muy underground y casi todos nos conocíamos, tanto aficionados como músicos y solíamos encontrarnos por garitos del barrio del Carmen donde sonaban discos que nos gustaban.

¿Qué recuerdas de esas primeras grabaciones con Remigi Palmero i Bon Matí? Como los discos de Pep Laguarda y otros contemporáneos, son grabaciones envueltas en una extraña magia, una fantástica mezcla de inocencia, calidez e imaginación que compensa con creces cualquier posible deficiencia técnica…
En aquella época, como ya he dicho, éramos todos amigos y de alguna manera compartíamos las mismas referencias y gustos musicales, interactuábamos entre nosotros y hacíamos lo mejor que sabíamos hacer, por el puro placer de tocar música. No teníamos ínfulas de ninguna clase y la creación fluía sin tener que rendir cuentas a nadie.

Si estamos en lo cierto, los temas de «Cambrers», tu primer disco en solitario, se comenzaron a gestar a la vez que «Humitat Relativa» (Zafiro, 1979). Sin embargo, el disco no se publicó hasta 1981, cuando ya tenías treinta años ¿Te costaba dar el paso de interpretar tus propios temas? ¿Te sentías más cómodo componiendo para otros?
En el 78, Tico (que venía de grabar baterías y flautas en «Brossa d’Ahir» (Ocre, 1977) de Pep Laguarda) y yo conocimos a Remigi en Altea, preparaba su primer disco solo tras su salida del grupo Els 5 Xics y me pidió algunas canciones… A partir de ahí empezó nuestra colaboración que siguió en «Cambrers» e In Fraganti. Entonces yo me proponía ser compositor, había hecho un par de singles para Epic, y mi idea era que otros grabaran mis canciones en catalán o castellano. Pero la gente de Tabalet Estudis, Remigi, etc., me decidieron a que cantara mis temas yo mismo. Después de tantos discos aún me siento, sobre todo, compositor de canciones, más que de discos. A la hora de hacerlos me como mucho el coco con el repertorio, porque siempre se van acumulando temas, así que me ayuda mucho el consejo de la gente más próxima, la banda, etc.

Valencia ha estado siempre presente en tu obra, desde tus composiciones para «Humitat Relativa», como «Radio Alger», hasta tu último disco «Viento Desatado», con temas como “Malvarrosa” o esa delicia titulada “València no s’acaba mai”. ¿Cómo te inspira tu ciudad?
Valencia es una fuente permanente de inspiración, también de preocupación y vergüenza. En mi faceta de columnista en el Diario de Levante he escrito bastante sobre todo esto a menudo, porque ya viene de lejos. De todos modos conviene desligar la imagen que da la derecha de la realidad cultural que siempre ha sido muy positiva, animada y fértil. Como ejemplo ahí está la respuesta de la unión de artistas y músicos en el festival y actividades de Primavera Valenciana de hace un par de meses, entre muchas otras.

Y culturalmente, ¿en qué momento crees que se encuentra la ciudad? ¿Hay algún nuevo grupo o propuesta musical que te interese?
Valencia está viviendo un gran momento efervescente a nivel cultural (diseño, literatura, pintura…) que choca contra la posición política cultural obsoleta y extremadamente conservadora que gobierna la ciudad y la Comunidad Autónoma. En los dos últimos años se han abierto muchos nuevos locales de exposiciones, librerías-cafeterías que programan presentaciones y showcases de músicos… En cuanto a grupos también hay una gran oferta de savia nueva muy interesante, bandas como Senior i El Cor Brutal, Tórtel, Maronda, Arthur Caravan, Limbotheque, Emma Get Wild, La Gran Alianza, Son los Grillos

Hablando un poco de la triste realidad que nos rodea, tú que comenzaste a hacer música en tiempos convulsos, ¿cómo vives la actual dictadura de los mercados? ¿Es de alguna manera comparable a aquellos años?
Debemos deshacernos de esta dictadura como lo hicimos, bien que mal, en los 70. Hay que unir todo este gran descontento en una fuerza frontal, para que no se disperse.

En “Viento desatado”, la canción que da título a tu nuevo disco, hablas con cierta esperanza de un nuevo tiempo en el que la gente recupera su dignidad…
En mi último disco hablo de esto en «Viento desatado» y en «Abril», que habla de lo que hizo posible en su día la República. Así están las cosas hoy, de nuevo.

“Hubo una vez un país que vio la luz en Abril / y aquella luz tan blanca quemaba en las gargantas /con un clamor tan grande que aún llega hasta aquí.” ¿Qué es y dónde está «Abril»?
«Abril» es un canto a los valores sociales y políticos que promovió la República y que ahora debíamos reclamar de nuevo. «Abril» late en el interior de todos nosotros.

Todo el mundo comenta que tu música destila madurez, serenidad, equilibrio. ¿Algo que decir en tu defensa?
Si mis canciones o mis textos destilan madurez o serenidad sin duda es porque es lo que busco cada día para mí y los demás.

Es cierto que este nuevo disco tiene un aire más melancólico, como de sentarse a mirar, tomar distancia, recapitular. ¿Se nota quizá el paso de los años?
Cumplir años no sirve de nada si no vas dejando atrás el lastre de lo que ya no sirve, lo que no te deja vivir en paz contigo y con el mundo.

Franco Battiato dice en su último disco algo así como “viva la juventud, que afortunadamente pasa”
En ese sentido estoy de acuerdo con la opinión de que ser joven es algo que lleva toda la vida aprender, o puedes quemar tu vida en tonterías de corto alcance. Batiatto por otro lado me gusta mucho, es un referente y en mi próximo disco le tributaré con una versión de “La estación de los amores”.

¿Cómo te sientes cuando chavales de veinte años te homenajean tocando tus canciones o haciendo documentales sobre tu figura?
Profundamente emocionado y agradecido.

¿Sabes si hay intención de plasmar ese homenaje en un disco tributo?
De hecho, se está preparando un disco que reúne versiones de mis canciones de bastantes de los músicos que intervinieron en los homenajes de Barcelona y Valencia. Si todo va como está previsto, aparecerá con la Rockdelux próximamente.

Estas nuevas generaciones reivindican sobre todo tus primeros trabajos, especialmente «Cambrers» y «Cargo de Mí» (Discos Medicinales, 1986). ¿Crees que son tus mejores obras o simplemente cuentan con un sonido más reconocible, más fruto de su época y, por tanto quizá son más fáciles de escuchar con cierto afán revivalista?
En los conciertos que comparto en festivales o salas con mis amigos Fred i Son, hacemos un repertorio basado en «Cambrers», «Cargo de Mí» o «Entusiastas» (Chewaka, 1998); tal vez de ahí también salga una recopilación en directo, pero en solitario no la pienso hacer: siempre estoy por grabar cosas nuevas. Evidentemente Cambrers es el disco del que más se ha escrito y ahora que hay muchos grupos interesados en el folk y los sonidos acústicos era fácil que les llegara a interesar.

Ahora se llevan mucho estos conciertos en los que un artista interpreta en exclusiva las canciones de su álbum más emblemático. ¿Te ves en el Primavera Sound tocando el «Cambrers»? ¿Qué opinión te merecen este tipo de macrofestivales?
Hace pocos años Remigi Palmero y yo montamos unos acústicos en los que interpretábamos temas de «Cambrers» y «Humitat Relativa». Lo pasamos muy bien, así que no es descartable vuestra idea sobre «Cambrers» en un futuro no lejano. No soy mucho de ir a festivales como espectador, pero cuando coincido en alguno me encanta el feeling que se crea entre los diferentes artistas en el backstage, el escenario y también con el público. Cuando se dan estas circunstancias, es mágico.

¿Cómo ha sido y cómo es actualmente tu relación con eso que llaman la industria de la música? Llevas unos años publicando tus discos en Comboi. ¿Qué tal con ellos? ¿Cómo funcionáis?
Estoy muy a gusto en Comboi, con mis discos en solitario. Somos amigos desde mucho antes que montarán el sello y nos entendemos más a nivel familiar que profesional.

Tus viejos LP se venden en Internet por 75€. ¿Eres coleccionista? ¿Qué opinas de la vuelta del vinilo como formato físico definitivo?
No soy coleccionista, soy minimalista, huyo de lo superfluo: amo a la gente y la cultura, no a los objetos ni nada que interfiera.

Dado lo inaccesible y disperso de gran parte de tu discografía, ¿te has planteado reeditar alguno de tus álbumes?
Tal vez, si hay una buena oferta, es posible alguna reedición de «Cambrers».

¿Puedes presentarnos a Paisanoas, la banda que te acompaña en directo? ¿Cómo es eso de compartir escenario con un hijo?
Compartiendo el grupo con Carlos Carrasco, Montse Azorín estoy muy cómodo, trabajamos y grabamos juntos desde hace años. Que finalmente Lucas, mi hijo, se decidiera a apoyarnos con su bajo ha traído solidez a la banda. Sus ideas siempre han estado ahí, como las del resto.

Por último, ¿puedes adelantarnos algo de tu próximo concierto en Madrid junto a La Ruleta China?
Hace tiempo que no actuamos en Madrid y La Boca del Lobo es un local que hemos pisado varias veces y me gusta. Tenemos la ocasión de presentar todas las nuevas canciones de «Viento Desatado» además de otros temas conocidos de mi discografía. Estoy seguro que va a ser un día especial y estoy encantando de compartir escenario con La Ruleta China, a los que no conozco como banda, pero si sus referencias que son altamente interesantes. Estoy expectante por verlos actuar.

Cuando me enteré de que el Primavera Sound este año tenía su réplica en Oporto creo que no tardé ni dos segundos en cambiar mi destino. Un festival en Porto, ese paraiso perduto, con sus casas azulejadas, su aromático y riquísimo café, sus terrazas, su bonito idioma… se me hacía sin duda demasiado irresistible para un lusófilo convencido como yo. La excusa perfecta para visitar de nuevo mi querida Porto, ciudad que muchos ven anclada en el tiempo y que yo noto sin prisa; que muchos encuentran ruinosa -quizá porque estén acostumbrados a que en sus respectivos lugares de origen se haya demolido la mayor parte de su centro histórico- y que yo siento envejecida pero latiendo y llena de vida. Una ciudad en la que pasear y dejarse perder por sus estrechas callejuelas repletas de rincones vírgenes con matorrales y flores silvestres, magníficas librerías y, quién sabe si fruto de ello, las pintadas con mayor carga emocional y filosófica que uno se haya podido encontrar a su paso. En definitiva, una ciudad perteneciente a un país con el que deberíamos estar hermanados -y no sólo por proximidad- y al que curiosamente siempre hemos ignorado de manera desdeñosa desde esa Europa próspera y septentrional de la cual nos jactábamos de pertenecer, comportándonos como ese arquetípico nuevo rico que ha olvidado dónde compraba hasta hace cuatro días sus toallas.

El por muchos denominado «Primavera Sound de los pobres», tenía peor cartel. ¿O quizá simplemente menos grupos? Seamos francos, mayor cantidad no es sinónimo de mayor calidad. Cuando uno es joven e inexperto el elemento festivo es naturalmente lo que prima en un festival; y cuando ya se cuenta con una edad el no ver a tal o cual grupo empieza a carecer de relevancia. Tener que planificar con días de antelación en varias hojas de rejilla los grupos que uno desea ver, los agobios y las carreras maratonianas de uno a otro escenario (algunas veces incluso antes de finalizar el concierto al que estás asistiendo) o, como decía alguna de las personas que sigo en Twitter (perdón por no recordar quién) la sensación perenne de que lo bueno está sucediendo en otro lado es, sencillamente, agotador y se sitúa a años luz de lo que considero habría de ser algo divertido. Conciertos bajo un sol ajusticiador, a horarios intempestivos o en condiciones impropias de un festival. Conciertos a todas horas y en todos los rincones… ¿Para qué? Haber visto, por orden a: Atlas Sound, The Drums y Suede el primer día. Yo La Tengo, Rufus Wainwright, The Flaming Lips, Wilco y Beach House, el segundo; Veronica Falls, The Weeknd, Wavves,Saint Etienne y The XX, el tercero; y de una tacada a Olivia Tremor Control y Jeff Mangun en la genial Casa da Musica el último día no es para mí peor cartel, sino separar el grano de la paja. Ni necesito, ni puedo asimilar más.

Oí por ahí que se esperaban algo más 20.000 personas en Oporto. A mí eso ya me suena a cifra imponente, pero al parecer es aún la mitad de lo congregado en Barcelona. Sea como fuere, esa es la cantidad en la que se puede asegurar, visto lo visto, el confort. En ningún momento tuve la sociofobia que se puede llegar a experimentar en un espacio masificado, ni siquiera cuando estaba diluviando y estábamos prácticamente todos guarecidos en la carpa donde tocaba Veronica Falls. No había prácticamente colas para nada; ni para los servicios, ni las barras (en las cuales se podía pagar en metálico). Muy leves para los diversos y variados puestos de comida. Algo más larga para conseguir las entradas especiales de Jeff Mangun, ya está. Moverse, ir de un sitio a otro, curiosear aquí y allá era un ejercicio rápido y poco doloroso.

En cuanto al público, conformado por anglosajones, españoles (la mitad de ellos gallegos) y portugueses en idéntica proporción, quedaría sospechoso hablar de que fuera más selecto, aunque con los guarismos expuestos sería del todo razonable. Pero si algo es evidente es que era muchísimo más joven, y no precisamente por ello más pasado de rosca o irrespetuoso, todo lo contrario. Entregado y apasionado con los grupos del momento, y hasta fanático con quien había que serlo. Dos datos: ni un sólo vaso de plástico se podía vislumbrar por el suelo, y más de una familia al completo, alguna de ellas arrastrando en su carrito el toque de queda lo máximo posible. Y una anécdota: un grupo de cinco jovenzuelos, rozando la minoría de edad, dando brincos, haciéndose fotos y pidiendo el setlist a un Jeff Mangun sorprendido y despojado de su coraza de tipo duro, embriagado de su alegría. ¿Por qué tanta diferencia? Un motivo clave puede ser la presumible edad menor de acceso a los conciertos en Portugal (el límite de consumo de alcohol se establece en los dieciséis), que el exotismo del destino en sí pueda conllevar una serie de implicaciones culturales o simplemente el hecho de que a más gente más morralla y a más moderno, más modernez en sentido peyorativo. Pero, sin duda, veo determinante el factor del precio.

Porque quizá no sea lo más romántico del mundo cerrar resaltando el aspecto pecuniario del asunto, pero, y más en los tiempos que corren, no me resisto a obviarlo. Con la venta de mi billete del Primavera Sound de Barcelona a precio inicial (el de la entrada conjunta con el PClub, 115€ más gastos de gestión), me dio para comprar el de Oporto (75€ más gastos de gestión) y subvencionar la mitad de mi viaje en avión con TAP (muchísimo más recomendable que Ryanair). No parece gran cosa, pero teniendo en cuenta que un AVE a Barcelona desde Madrid vale, como poco poquísimo 160€ i/v, la cosa empieza a cambiar. En cuanto al alojamiento, por un precio muy reducido, y de nuevo sin prisa alguna, reservé en un hostal céntrico, aseado y familiar. Por no hablar de los precios dentro del propio festival o de los desayunos con café, zumo y torradas y las merendolas de lanches y portonic (porto branco con agua tónica) que nos pegamos.

Aunque parezca lo contrario, no trato de comparar este festival con su hermano mayor. Ni siquiera con ningún otro. Y por supuesto que también hay cosas que eché de menos con respecto al de Barcelona, especialmente una mayor cantidad de grupos locales y, sobre todo, más puestos de sellos autóctonos con discos y bandas de allá, invisibles del todo. También fue un rollo el gran diluvio que hizo que el concierto de Death Cab For Cutie se suspendiera o tener que esperar una hora a la intemperie bajo esas condiciones para las entradas del auditorio. Fallos hay en todos lados. Lo que trato de reflejar es el sinsentido al que nos lleva el sistema socioeconómico en el que nos hallamos, el del crecer por crecer en lugar de mantenerse con honestidad y pureza en el lugar que corresponde.

En este sentido, la sensación de haber presenciado algo único e irrepetible, que por necesidad acabará pervirtiéndose no me la quita nadie. Ni a mí ni a todos los afortunados que decidieron viajar para allá. Enhorabuena a los premiados.

Gabrielle «Coco» Chanel: veo todo en blanco y negro

 
Decía Coco Chanel: «Para ser irremplazable uno debe ser diferente». La indumentaria es una vía rápida hacia la diferencia. Y la diferencia es, no ya un derecho, sino un deber de cualquier banda que se precie. Desde Josephine Baker hasta Lana del Rey música y moda siempre han sido amiguitas.

¿Qué hubiese sido de los Jam sin sus parkas? ¿De las bandas de jazz sin sus zoot suits? ¿De Loquillo sin sus Perfectos? ¿De los Specials sin sus pork pie hats? ¿De Kiss sin sus pantalones pitillo y su maquillaje? ¿De los bakalas sin sus chandals? Las pintas siempre han sido complemento de los acordes; la militancia en bandas y los postulados estéticos fueron indisolublemente unidos a lo largo del siglo XX.

¿Os acordáis del siglo XX? Era cuando en el primer mundo los obreros que salían grasientos de sus fábricas necesitaban escuchar soul para purgar sus armas.

En el siglo XXI ya no fabricamos casi nada en el primer mundo: nos regodeamos en el sector servicios y la sociedad del ocio. Y nos hemos especializado en dos cosas: el diseño de cosas bonitas y la producción de espectáculos entretenidos.

En el primer grupo, la moda. En el segundo, la música. Muchas veces, ambas disciplinas colaboran. Y así es como los modistos convierten a las grandes divas de la canción en sus musas.

· A Madonna le hace la ropa Jean Paul Gaultier.
· A Beyoncé le diseña el vestuario Thierry Mugler.
· Y Nichola Formichetti se pone las botas con Lady Gaga.

Así es también como Rayban, Levi’s, Vans o Converse esponsorizan los grandes festivales «independientes». O como Anna Calvi, Florence Welch y Annie Lennox actúan en directo en los desfiles de Karl Lagerfeld, Gucci o Dolce & Gabbana.

La moda ha invadido la música y el rumbo de la economía en el primer mundo ha desplazado vocaciones: los niños ya no quieren ser guitarristas, sino estilistas.
Ahora, eso sí: los guitarristas que quedan defendiendo el poblado pop en plan Asterix nunca habían contado con tantas herramientas para ponerse guapos. Y, sin embargo, el vestuario de las bandas nunca había sido tan aburrido y previsible como lo es en la actualidad. Y si hablamos del terreno nacional, más.

Hedi Slimane le diseñó el vestuario a Franz Ferdinand

Decía Coco Chanel: «Para ser irremplazable uno debe ser diferente». ¿Cuándo, dónde y cómo lo dijo? ¿En qué contexto y por qué pronunció estas palabras? ¿De verdad Mademoiselle se dedicaba a lanzar aforismos entre truja y truja? ¿Alguien ha escuchado el archivo .mp3 que prueba que de los labios de la inventora del bronceado, el traje de chaqueta y la bisutería salió semejante obviedad? Nops. Ni falta que hace.

Chanel no sigue vendiendo doce millones de gafas con su logotipo al año gracias a la transparencia informativa. Los Ramones no han puesto su emblema sobre las tetas de media humanidad confesando que en realidad llevaban pelucas. La maquinaria de la industria de la moda y la de la música pop se engrasa con el mismo aceite: la mitomanía. Y los mitos no se construyen sobre el rigor documental, sino sobre las anécdotas cargadas de bombo y las frases grandilocuentes.

Seguramente Chanel nunca dijo que para ser irremplazable, diferenciarse es esencial. Aunque el caso es que esa idea básica fue la que empujó un buena día a la novia del Beatle muerto, Stuart Sutcliffe, a cortarle a los cuatro fabulosos el pelo a la taza y a sugerirles que se vistiesen con trajes Chesterfield.

Ahora, los trajes Chesterfield pueden convertirse en una tendencia global que llene las calles de todo el mundo en un abrir y cerrar de ojos por obra y gracia de Amancio Ortega. Y también es posible encontrar merchandising de los Misfits en las boutiques de Inditex o en H&M. Mitomanía a granel, vamos. Pero tenemos malas noticias amigos: lucir en el pecho y con orgullo la portada del «Marquee Moon» (Elektra, 1975) no nos convierte automáticamente en Tom Verlaine. Ni ponerse «Hate» en la espalda nos da los superpoderes de Ian Curtis. Muchos músicos españoles hoy parecen pensar que ponerse una camiseta de algodón de su banda favorita con vaqueros es todo un fashion statement. Que hacer una referencia al mito les mitifica/mistifica. Que la imitación es una forma de creatividad. Pois non.

Aunque lo pueda parecer, el Milodón no ha venido hoy a deciros que la mayoría de los grupos españoles EN ACTIVO (este matiz es importante) son un poco vagos (estilísticamente) y que abrazan la estética ardilla (camisa de cuadros y denim) con una desfachatez que acatarra. El Milodón ha venido hoy a hablaros de las honrosas excepciones. De los que no se han conformado con ser remedos pulcros de Josele Santiago o clones castizos de Kurt Wagner o lolitas maduras con vestidos de lunares o imitadores de Justice. Esta gente quizá no pretenda ser imprescindible, como decía la Chanelona, pero que desde luego intenta la diferencia. Y el Milodón los trae hoy aquí por su sentido de deber para con el armario, y en consecuencia, para con el público: se nota que cuando vieron a Parchís de pequeños entendieron que lo de los cuatro colores era una parte importante de la puesta en escena.

Así que, ahí van:

Ariadna de Los Punsetes

Su rollo: Princesa gótica de Alexander McQueen
Su logro: Se cambia más de outfit que Anne Igartiburu en una gala de Nochevieja

La Bien Querida

Su rollo: Martirio de la nueva era: faldas de faralaes y chaquetas ejecutivas
Su logro: Aunque a veces tiene una pinta bien bizarra, hay que reconocer que se sale de la media. No así su partenaire, DaBeef

Lorena Álvarez y su Banda Municipal

Su rollo: Unos hipsters de Brooklyn van al descenso del Sella y de paso plantan unos puerros
Su logro: En el caso de Lorena Álvarez, hacer unas fundas de guitarra que pondrían los dientes largos a un monje budista.

Regiones Devastadas

Su rollo: Símbolos nacional-católicos y geometrías futuristas
Su logro: Darle vida al niño nazi de Mark Ryden con sus uniforme de boy scouts

Linda Mirada

Su rollo: Diosa de la selección vintage
Su logro: Ser antónimo (en todos los sentidos) de Russian Red

Pony Bravo

Su rollo: Nick Cave & The Bad Seeds meets Chiquito de la Calzada
Su logro: Devolverle a la camisa estampada la dignidad que le corresponde

Y no se nos ocurren más, así que se admiten muchas y muy enriquecedoras sugerencias.

Moraleja:
Queridos pobladores del reducto pop, amantísimos Asterix del rock: hay un mundo de posibilidades estéticas ahí fuera. Salid a descubrirlo. Sabemos que os gusta más el lavado a la piedra que un pedal de reverb. Pero no abuséis de los vestiditos naïf, de las camisetas y del denim, que es un verdadero coñazo. Aunque el mito Yves Saint Laurent dijese: «De lo que más me arrepiento es de no haber inventado los vaqueros».

Imagínese que va usted al mercado del barrio a comprar unas cerezas. Aunque sabe que hay alternativas más cómodas y baratas, usted es un tanto romántico y aprecia el bullicio y la variedad de colores y olores que ofrece una visita al mercado. Además, no le importa pagar un poco más por una fruta de buena calidad y una esmerada atención al cliente.

Tras esperar pacientemente el turno en el puesto de su frutero de confianza, le pide medio kilo de cerezas. Con una sonrisa de oreja a oreja y tras su mandilón verde, el señor Manuel López, con treinta años de profesión a sus espaldas, selecciona cuidadosamente las mejores cerezas, las más dulces y sabrosas. Las mete en una bolsa de papel y las pesa en su báscula, cerciorándose de que sigue tan certero como siempre en el cálculo intuitivo de pesos y medidas. Usted saca la cartera y alza jovialmente la voz:

—¿Qué se debe?

—Espere –contesta Manuel—, aún no he puesto todas las demás frutas del lote. Me falta algo de manzana, ciruela, piña, albaricoque, grosella, fresa y fresón, plátano, kiwi, melocotón, pitahaya, breva, melón, aguacate, níspero, pera, frambuesa y una buena sandía.

Ante su cara de pasmo, Manuel López le explica la nueva técnica de mercadotecnia:

—He decidido vender la fruta por lotes, así el cliente se beneficia de una relación cantidad-precio inigualable.

—Ah, qué buena idea —responde usted un tanto desconcertado— pero verá, lo cierto es que a mí sólo me apetecen unas cerezas y además no quiero gastar tanto dinero. ¿Podría venderme usted únicamente lo que le he pedido?

—No, es que si las vendemos sueltas nadie querrá comprarlas en el lote —argumenta Manuel—. Anímese caballero, verá como no encuentra nada igual en el mercado.

—Ya, si entiendo la lógica del asunto pero lo cierto es que las fresas me empalagan y las ciruelas me sientan mal. No me importaría quizás llevarme una sandía, o unas brevas, pero no tiene ningún sentido hacerme con el lote entero, no creo que pueda comerme todo eso antes de que se pierda. No lo voy a disfrutar y acabaría empachado.

—Pero hombre, ¡si le estoy ofreciendo una selección sin igual! —Replica Manuel—: toda su fruta local favorita, género importado de primera calidad, lo último en el campo de la fruticultura y algunos grandes clásicos.

—Sí, sí, ya veo —comienza usted a desesperar—. Las manzanas son todo un fiestón, los kiwis tuvieron su momento cuando llegaron a España hace años pero ya han perdido su encanto, la grosella me suena que es como un fruto silvestre pero no estoy seguro, y de la pitahaya no he oído hablar en mi vida. Agradezco el trabajo de selección pero es que ya le he dicho que preferiría llevarme sólo las cerezas.

—Pero piénselo bien, ¿no ve que es una oferta inigualable? ¿Dónde va usted a encontrar tanta variedad y tal cantidad de frutas por este precio?

—No, si viéndolo en esos términos lleva usted razón, pero es que a mí me gusta comer tranquilo, sin la presión de tener que acabármelo todo en sólo unos días. Me da la sensación de que si compro su lote me sentiría agobiado ante tanta oferta y no sabría bien qué elegir en cada momento. Es más, sinceramente, no creo que las condiciones de almacenamiento y conservación de toda esa variedad de fruta sean las óptimas. Aguacates y melones tienen necesidades distintas y usted me las quiere vender mezcladas en el mismo paquete.

—Bueno, haga lo que quiera —cambia el gesto don Manuel—, pero permítame que le diga que va usted listo porque cada vez hay menos sitios que vendan la fruta por separado. Esta fórmula está muy de moda últimamente y se está empezando a aplicar en todos lados. Hasta en el pueblo más pequeño y aburrido se puede usted encontrar con un lote de productos de temporada, aunque ninguno alcanza las cotas de calidad que yo ofrezco, claro está.

—Mire, déjelo, ya me buscaré otro frutero.

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