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Fotografía de Fernando F. Rego

Los Planetas acudían a Oporto en una de sus contadas incursiones en el exterior para dar repaso en su decimoquinto aniversario al «Una Semana en el Motor de Un Autobús» (RCA, 1998), probablemente el disco mejor considerado por gran parte de sus acólitos. Aunque no de manera clara, pues tanto el icónico «Super 8» (RCA, 1994), el redondo «Unidad de Desplazamiento» (RCA, 2000) o el arriesgado -y necesario- golpe de timón de «La Leyenda del Espacio» (RCA, 2007) compiten en dura pugna por erigirse como el favorito. Yo no lo tengo claro del todo, pero sea como fuere, es a este al que los mismos Planetas rinden tributo, e incluso el cual se dignan a reeditar en condiciones. Por algo será.

Quince años es mucho tiempo, pero de inicio la actitud de Los Planetas en poco o nada había cambiado de esos conciertos desastrosos de la época cuya leyenda irían arrastrando. Y es que tras un arranque hipervitaminado del disco (el concierto lo fue recorriendo de principio a fin), el empuje de Eric a las baquetas no parecía ser suficiente para vencer el estado abúlico de Jota y los demás. El que sí que parecía disfrutar de lo lindo era Banin a los teclados, hasta el punto de sentir una incómoda intervención en muchas de las canciones, llevadas un tanto al terreno de Los Pilotos, más etéreo, plomizo y denso. Mal. Si el disco se va a recorrer de principio a fin, al menos queremos oírlo tal y como es, sin variación alguna.

El caso es que tras un momento de zozobra en el que mis acompañantes y yo dudamos si marcharnos o no ante el destrozo que estaban realizando (por momentos, canciones irreconocibles), sin darnos cuenta precisamente vino a enchufarnos una de las canciones con la letra más sonrojante del pop español. Y también de las más celebradas y coreadas. Sí, hablamos de «Cumpleaños total».

A partir de ahí la conexión con el público fue total. Da igual que el 98% congregado fuéramos españoles. Da lo mismo que el amigo de turno hubiera intentado arruinarnos el concierto tras lo visto / acaecido en Barcelona. Incluso que Jota haya sido incapaz de aprender a cantar en estos quince años, sí al menos a entonar. Y a empatizar. Los Planetas hicieron que revolotearan por mi cabeza muchos bonitos recuerdos, y que esbozara una sonrisa y les perdonara todo lo anterior. Y quizá fruto de esta redención colectiva ellos mismos comenzaron a disfrutar sobre el escenario. Como lo hacen los grupos que vuelven por la pasta pero que son aclamados por sus incondicionales, con la salvedad de no haberse ido nunca y de contar entre sus filas de (otrora) incondicionales a sus peores enemigos.

No harían fans nuevos, incluso muchos de los antiguos renegarían del asunto. Pero con «La Copa de Europa» el resto nos volvimos a extasiar y brindamos de nuevo por ello. Tanto que incluso se permitieron un bis sin nostalgia. «Alegrías de un incendio». Ni tan mal.