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Hacía tiempo que no refrescábamos nuestra sección Punk ¿Qué Punk?, en la que conversamos con muchos de los protagonistas del punk de los 80. La reactivamos ahora con una entrada de excepción ya que tenemos la gran suerte de contar con el testimonio de Fermín Muguruza. El artista de Irún fue, junto a su hermano Íñigo, componente primero de Kortatu y luego de Negu Gorriak, formaciones ambas sin las que probablemente, el punk del País Vasco no hubiera sido para nada lo mismo. No es, sin embargo, la musical la única faceta a la que ha dedicado sus esfuerzos, iniciando asimismo una actividad frenética tanto en cine como en teatro. Desde aquí, ya tuvimos ocasión de asistir a «Guerra» (2016), el espectáculo multimedia que puso en marcha junto a Refree y Albert Pla.

Fermín Muguruza se ha caracterizado siempre por su decidido posicionamiento social y político, sin desperdiciar oportunidad alguna por dejar impronta de su opinión en todas y cada una de las manifestaciones culturales y artísticas en las que se implica. Su actitud enérgica en defensa de aquello en lo que cree le ha colocado en numerosas ocasiones en el centro de polémicas, denuncias y enfrentamientos, que le han acompañado casi desde el principio de los tiempos, cuando Kortatu se erigía en una de las bandas más directamente implicada en la corriente más política de aquello que vino a denominarse Rock Radikal Vasco.

Convertido ya desde hace mucho en referente para muchas de las bandas que hoy en día mantienen viva la llama de lo que removió todo aquel punk de los 80, se le ha visto en colaboraciones recientes como la de poner voces en «Biolentzia 1984» de Kaleko Urdangak. De igual forma, en algunas de sus producciones, como «Zuloak» (2012) han participado componentes de grupos como Hexen.

Black is Beltza, la película de animación que presenta estos días, da continuidad al tebeo editado años atrás en colaboración con Harkaiz Cano y Jorge Alderete. Una historia que, como explicaba en su momento, se inicia a partir de una fotografía tomada en Nueva York a finales de los 60 en la que se veía una comparsa de las que desfilan durante las fiestas de San Fermín traida desde Pamplona en la que se había prohibido la participación de dos gigantes negros. A partir de dicho germen se cuentan las peripecias de un personaje vasco-francés en un hilo narrativo que conecta a Malcolm X, Andy Warhol, los servicios de espionaje cubanos, los Panteras Negras, El Ché… Con motivo de la edición del comic se organizaron en Bilbao actividades que involucraron a muchos de los artistas que ahora participan poniendo música a una banda sonora más que recomendable. Hemos logrado que, a pesar de la vorágine en la que se encuentra, nos haga un hueco en su apretada agenda para respondernos a un buen número de cuestiones.

Activismo sin descanso

Antes de nada, agradecerte el esfuerzo y el tiempo que nos dedicas. Desde el principio, casi desde la época de Kortatu te has mostrado incombustible, inagotable a la hora de afrontar proyectos de todo tipo, musicales, teatrales, cinematográficos. ¿De dónde sacas la energía, la fuerza para no parar?
Imagino que habrá algo genético, pero sobre todo está la pasión por todo lo que quiero vivir y contar.

¿Cuánto de ese esfuerzo en desarrollar tus inquietudes artísticas se va en defenderse de quienes tratan de frenarte o censurarte? ¿Desmoraliza las actitudes tan decididamente contrarias que despiertas en determinados sectores?
Hay mucho desgaste, incluso cansancio, pero también coraje, por lo tanto, no es desmoralizante en ningún momento ser consecuente con lo que pienso y defenderlo a través de mis propuestas culturales.

¿Tienes identificado el perfil de quienes se oponen radicalmente a todo lo que lleve el signo de Fermín Muguruza? ¿No hay posibilidad alguna de diálogo sobre todo si, por ejemplo, ha sido posible con personas como Eduardo Madina?
Creo que es bastante fácil, toda la derechona y el centro comercial odian todo lo que lleve mi firma. También las ortodoxias de cualquier ámbito, ya sean ideológicas o artísticas. Con Eduardo Madina no solo ha sido posible el diálogo, sino que nos hemos convertido en grandes amigos.

En cualquier caso, ¿de dónde crees que procede todo ese rechazo? ¿Qué lo ha originado? ¿Que mostrases abiertamente tus posturas políticas?
Soy un activista cultural antifascista y todo lo que propongo tiene una repercusión lo suficientemente considerable como para intentar acallarme.

En relación a toda esa cuestión de energías empleadas y desgastes, de imagen de incombustible, ¿cuál es el punto débil de Fermín Muguruza? ¿Qué es lo que realmente te desarma o de lo que cuesta reponerse?
No mostraré en público mi talón de Aquiles.

Black is Beltza, la película

Ya te vimos con Raül Refree en Guerra aquel montaje teatral que incluso pudimos reseñar en LaFonoteca, pero ¿de dónde surge la colaboración con Raül? ¿Cuándo fue esa primera vez en la que os embarcasteis en algo juntos?
En el año 2001 la revista Rockdelux cumplía su número 100 y organizó un espectáculo en el que Raül era su director. Yo interpreté junto a la banda que organizó para ese evento el tema de Public Enemy: «Don’t believe the hype»

La banda sonora de Black is Beltza me ha encantado. Creo que habéis logrado dotarle de vida propia e independiente respecto de la película. El esqueleto que monta Raül con sus composiciones, de todo tipo además, me parece buenísimo, pero háblanos por favor de aquellas en las que participas tú. ¿Cuáles has compuesto o simplemente colaborado que se hayan elaborado específicamente para la banda sonora? De las que habéis rescatado de tu repertorio, ¿por qué la versión tan personal de «Respect» con Negu Gorriak?
Todos los temas los creábamos juntos en la fábrica de creación Fabra i Coats de Sant Andreu. Raül hacía de médium para interpretar las emociones que yo quería potenciar en cada escena de cada secuencia, y para crear las canciones yo hice de maestro de ceremonias y Raül componía tras largas horas de charla sobre cada invitado o el tema que queríamos que interpretara. «Balazalak» de mi disco “Asthmatic Lion Sound System” (Talka, 2008) en versión acústica se me antojaba interesante para comenzar la película con esa frase que dice: “Están lloviendo casquillos de bala…” En cuanto a «Respect» de Otis Redding tenía que aparecer en la versión de Negu Gorriak: hachas afiladas para el rey del Soul que ante la alucinación de nuestro protagonista le cantará en euskera.

De igual forma guíanos un poco en los criterios que os han llevado a rebuscar entre el repertorio pasado de Sonido Gallo Negro, Manu Chao o Ceci Bastida, por ejemplo, que entiendo pedís prestado para incluir en el disco.
Sonido Gallo Negro es la banda de cumbia mexicana en la participa Jorge Alderete, el ilustrador del cómic «Black is Beltza» (Talka, 2014); Manu Chao, colaboró en el espacio expositivo cuando estuvo en Bilbao, y conocía de cerca la idea de la película. En ese momento concreto en el que interviene, con el avión aterrizando en México, Manu Chao con su «Seeds of Freedom» era indispensable. Ceci Bastida es la antigua cantante de Tijuana No!, grupo al que produje en el año 1994 y para el que escribí “La Esquina del Mundo” que ahora interpreta Ceci sobre una guitarra acústica grabada por Raül.

RosalíaAñade este contenido, Maika Makovski por el contrario, si no me equivoco, han elaborado cosas específicas para el proyecto, ¿no es así? Háblanos de tu relación con estas artistas. ¿Cómo interseccionan universos artísticos que, en principio uno diría, son tan dispares con el de Fermín Muguruza?
Los estereotipos son bien perniciosos, y en la música también. Mi universo es muy amplio y a mis trabajos me remito. Alguna gente no sabe que además de ser un gran amigo de La Mala, hemos colaborado juntos, por ponerte un ejemplo. Maika, además de colaborar en mi falso documental «Zuloak» (2012), tuvo durante años al guitarrista Oscar Benas, que es el mismo guitarrista que me acompaña en mis giras desde hace 20 años. Y Rosalía, venía a las actuaciones de Guerra para encontrarse con Raül con el que ya comenzaba a preparar la producción de su disco “Los Ángeles” (Universal, 2017). Ahí nos conocimos, y a los dos meses de editar el disco ya estábamos preparando la versión de «Catalina«.

¿Cómo se define un proyecto como Black is Beltza? ¿Cuándo ves clara la intención de embarcarte en una empresa de este calibre?
Black is Beltza es un artefacto transmedia con múltiples ramificaciones narrativas y un movimiento contra el racismo. Hace 10 años que comienzo con la idea, pero es a partir de noviembre del 2014 que todo empieza a coger forma con la edición del cómic y la inauguración de la exposición con sus actividades paralelas en Bilbao.

Aunque ya has hecho documentales, ¿es ésta la primera ocasión en la que haces una película de cine?
Son ya 12 años desde que firmé el primer documental, y llevo 10 films. Black is Beltza es un film de animación y me falta hacer ficción.

¿Cuánto hay en la animación y dibujos animados de Black is Beltza de la pasión por los comics y tebeos de tu juventud? Pasión que si no me equivoco compartías, por ejemplo, con Víctor de Vómito o que se dejaba ver en algunos pasajes del “Estado de las Cosas” (Soñua, 1985) con las menciones a Stefano Tamburini.
Mi pasión por los cómics y tebeos son el origen de este trabajo. Víctor de Vómito y yo teníamos la misma edad, fuimos a la misma escuela, teníamos las mismas inquietudes políticas y vitales. Cuando montamos la tienda de discos en Irun, él se encargaba de la sección de cómics.

Desde la época quizás inmediatamente posterior a Negu Gorriak la imagen que transmite Fermín Muguruza va ligada a un sinfín de viajes a una multitud de destinos multiculturales diferentes. ¿Tiene Black is Beltza algo de carrusel de geografías y sonidos diferentes por ello?
Mis viajes comienzan con Kortatu por toda Europa y con Negu Gorriak cruzando el Atlántico. Mi conocimiento de las ciudades por las que transcurre la acción de la película, me ayudó mucho en la confección de ese crisol de sonidos que quería construir. Black is Beltza es un viaje concreto a unas ciudades concretas por donde se movía un corredor logístico revolucionario, una red de apoyo en la que tuvo que ver mucho el propio Che Guevara.

¿Qué respuesta estais obteniendo con la película?
Algo increíble para una película independiente completamente alejada de lo mainstream, pues pronto llegaremos a los 20.000 espectadores con más de 7 semanas en cartelera.

Aunque sospecho que no es el momento, que estarás suficientemente ocupado con la promoción de la película, ¿tienes ya en mente el siguiente paso, algún nuevo proyecto?
No tengo nada en mente por el momento.

Punk golpe a golpe

Oía cómo decías recientemente que al encontrarte con Pako Eskorbuto en un aeropuerto sentiste algo parecido a encontrarte con otro superviviente de algo en el que sólo participasteis unos cuantos. ¿Con qué recuerdos o sentimientos te quedas de todo lo vivido en el pasado con Kortatu y Negu Gorriak?
Lo de Pako fue como una emoción, un instante que recorrió toda una época en un abrazo. Kortatu y Negu Gorriak son dos épocas muy distintas. Uno son los 80 y Negu los 90, cada uno de los grupos está atravesado por el contexto de esos años.

Kortatu ha sido para muchos banda sonora de juventud fundamental en sus vidas. ¿Os esperabais todo esto cuando empezasteis? ¿Qué sensación te produce ahora que ha pasado tanto tiempo?
Con 19 años no podía imaginar que pudiera responder a una pregunta como ésta a mis 55 años. La sensación es que en cada momento hice lo que sentí que tenía que hacer.

¿Era el punk finalmente un buena arma de lucha y protesta política? ¿Estuvo politizada la escena del Rock Radikal Vasco?
Todas las escenas estaban politizadas, pero la nuestra era radicalmente explícita.

Siempre quise saber tu opinión acerca de una de las cosas a las que aludía el prólogo que escribió Bernardo Atxaga al libro «El Estado de las Cosas de Kortatu. Lucha, Fiesta y Guerra Sucia» de Roberto Herreros e Isidro López (Lengua de Trapo, 2013). Te lo transcribo aquí: “Cabe preguntarse si hay algo que oponer a esa forma de militancia política practicada por Kortatu, tan decantada hacia un lado en concreto; un lado que, además –lo podemos ver ahora, cuando ETA parece haber abandonado las armas- creó mucho sufrimiento. Bien, la respuesta es afirmativa, y llegará, creo, el día en que el eco pregunte a Fermín Muguruza –como también me preguntará a mí, como nos preguntará a todos- sobre lo que escribió y cantó. Pero hay algo que se debe tener en cuenta: sin ideas firmes, sin ideología, sin un partido o un movimiento de apoyo, no hay fuerza, no hay protesta que dure”. ¿Qué te parece? ¿Te ha preguntado ya el eco acerca de lo que escribiste en las letras de las canciones de Kortatu?
Los gritos desgarrados de amigas y amigos torturados son todavía demasiado estremecedores e insoportables para percibir ecos que preguntarán a todos los lados, a los equidistantes también. Si se hubieran registrado en video esas sesiones de tortura que sistemáticamente se aplicaban a vascos y vascas, la idea del porqué de la lucha armada cambiaría totalmente. De momento solo tengo un clic ensordecedor del gatillo de un arma apuntando a mi compañera embarazada. No estaba cargada. Otras sí lo estuvieron.

Para terminar, no me resisto a preguntarte un detalle puntual acerca de Kortatu: El verdadero origen del nombre del grupo.
Kortatu fue un mugalari de ETA, asesinado por la Guardia Civil en 1976 cuando trataba de ayudar a otros clandestinos a cruzar el río Bidasoa, ese río que delimita el País Vasco norte y el sur en Irun, ciudad de donde proveníamos los miembros de la banda.

La selección literaria de hoy se centra en el Rock Radikal Vasco, con obras escritas por periodistas y protagonistas directos de la música que se hizo en Euskadi en los 80.

HRV-600x842HISTORIA DEL ROCK VASCO
Edozein herriko jaixetain
Elena López Aguirre
Ediciones Aianai, 2011

Tengo la sensación de que un proyecto de las dimensiones que se ha impuesto Elena López Aguirre, periodista y antigua guitarrista de Potato representa una empresa de alto riesgo. Como bien indica en la sección final de esta revisión de la crónica del rock vasco, condensar en unas pocas frases la trayectoria, muchas veces de años de duración, de todos aquellos grupos, sellos, salas, promotores, revistas, etc. es, cuando menos, complicado. Se expone de entrada al lamento del que no encuentre algún nombre en concreto o del que se decepcione de la brevedad con la que se mencione o trate a otro. Pero además, supongo que se ha de ser extremadamente cuidadoso en no apabullar al lector con una riada de datos e información. Y, sin embargo, sale bien airosa de la empresa. Poco amigo como soy de las guías de cualquier cosa creo que el libro trasciende la condición de mero listado de nombres y fechas. La suma de las pequeñas contribuciones individuales de los protagonistas citados termina conformando una gran historia, que no es sino la de la música, esa marea que subyace por debajo, de forma soterrada a veces, en el devenir de pueblos, ciudades y comunidades. Empapa el día a día, venciendo en su avance a la represión de reyes, la censura de dictadores, la cortedad de miras de militancias intransigentes o la mezquindad comercial de compañías discográficas. Imparable pues, elemento consustancial a la cultura de cualquier colectivo, entra en las casas por los aparatos de radio, por las verbenas de los pueblos, en salas de fiesta o night clubs, aprovecha determinaciones de concilios vaticanos para acercarse a salones parroquiales, se toca en frontones, polideportivos o en gaztetxes. Es de ese eje vertebrador del que realmente se habla.

Iniciada la crónica en la labor recopiladora y archivística de monjes y clérigos pasa rápido al ámbito de txistularis y bertsolaris, al de las orquestas de pueblo, al de los cantautores de una época de nubarrones en el cielo, de barbas pobladas y de faldas largas en repuesta a la frivolidad de las ye-yé. Recuperación de una lengua para forjar con bonitas melodías letras que cantaban de las excelencias de Mao Tse Tung.

Quedan reflejados los momentos de cambios y revolución, el paso del txistu, férreamente instaurado como símbolo nacional («Herria lantzen txistua jotzen» / «El pueblo trabajador toca el txistu«) a la electrificación, de las arcadias etéreas de una Euskadi pastoril a las ratas de Vizcaya y demás centros industriales que trajeron el punk. Se habla por supuesto de la irrupción del Rock Radikal Vasco, que arrasó todo en lo que la izquierda aberztale filosofeaba sobre si el rock podía o no ser considerado revolucionario. De las encrucijadas que los nuevos aires traían («Las rutinas del anti franquismo cobraban vigencia día a día y las canciones contra la policía, los maderos, txakurras, txibatos, txotas, cipayos, pitufos y pikoletos triunfaban mientras en la cara B, el antimilitarismo vitoreaba a la lucha armada«) se pasa al ska y al Euskadi tropical.

Entra todo, los que quedaron al margen en aquellos 80, el Donosti Sound, mods y rockers, la escena jazz vasca, el pop, la aparición del metal, el folk, Oskorri, Errobi, la Orquesta Mondragón, los mestizajes propuestos desde Negu Gorriak

No es necesariamente cronológico el hilo argumental que sigue Elena López, y así, no duda en romper toda rigidez que eso hubiera podido imponer, retrocediendo en el tiempo lo que haga falta al empezar un capítulo con respecto al final del anterior si es necesario; o incluso abrir un apartado nuevo dedicado a temas específicos: bandas de mujeres, la escena en Iparralde (el País Vasco francés), la visión desde el mundo académico (sociología, antropología, museos…), la industria en sí, con cachés, promotores e instituciones.

En resumen, completísimo ejercicio periodístico con una exposición más que agradable. Libro de consulta, libro para la reflexión.

 

HERTZAINAK. LA COhertzNFESIÓN RADICAL
Pedro Espinosa & Elena López
Ediciones Aianai, 1993

También es Elena López Aguirre responsable, a medias esta vez, de la biografía, a estas alturas ya antológica, de Hertzainak. Se trata de su primer libro y según tuve la suerte en su momento de constatar de primera mano, lo considera por tanto como «el más natural y el más querido«. Escribe en esta ocasión, o quizás fuera mejor decir, transcribe, en compañía de Pedro Espinosa, su compañero en proyectos vitales, Potato entre ellos. Y digo transcribe porque la historia está montada a través de las voces de sus protagonistas, allegados y testigos de las numerosas etapas por las que pasó la banda vitoriana. Únicamente falta Xabier Montoia -Gamma-, el cantante de la formación original y cuya salida del grupo supuso todo un pequeño seismo, que residía en Estados Unidos en el momento en que se escribió el libro.

Hertzainak nació en un caldo de cultivo de txistularis y bertsolaris, células políticas contestatarias y unas ganas enormes de romper con un montón de cosas y hacerlo cantando en euskera. Alrededor suyo muchos nombres, grupos y colectivos: Karra Elejalde, La Banda Municipal de Ska, el AEK (Coordinadora de Alfabetización y Euskaldunización). Fueron pioneros a la hora de iniciar y desarrollar muchas vertientes que luego seguirían otros (Cicatriz y Potato por poner dos ejemplos de bandas de su misma ciudad que participan en el relato) pero empeñados en que no se les pudiera encasillar en etiqueta alguna se dedicaron a ir quemando etapas diferentes a toda prisa, hasta terminar convirtiéndose en uno de los nombres más grandes del rock vasco, con giro incluido a una orquestalidad e intimismo -el de la confesión «Aitormena» (Oihuka, 1989)– que les acercó a un público mucho más amplio que el que conformaba sus audiencias originales. No todo lo amplio que ellos hubieran querido, ya que, como les ocurriera a Zarama, su apuesta idiomática a ultranza les cerraría el mercado en el resto de la Península.

El libro está plagado de interesantísimas anécdotas contadas de primera mano, de actuaciones interrumpidas por la irrupción de tanquetas de la policía y botes de humo, de viajes a Cuba…  Pero asimismo los autores no olvidan conceder hueco para poder escuchar a aquellos que trabajaron con Hertzainak, los que discutieron con ellos (que no fueron pocos), los que disfrutaron a su lado y los que finalmente despidieron a la banda alavesa. Letras de canciones, discografía, una sucinta cronología y un prólogo de otro imprescindible, Pablo Cabeza, terminan por rematar la presentación de un texto histórico.

 

FLORES EN LA BASURA
Los Días del Rock Radikal
Roberto Moso
Hilargi Ediciones, 2003

Roberto Moso es el cantante de Zarama, la banda que puede acreditar el haber editado el primer disco sencillo de punk cantado en euskera, el «Nahiko» (Discos Suicidas, 1982). Pero además es licenciado en Ciencias de la Información, habiendo ejercido de periodista en radio y prensa escrita desde muy pronto. De hecho fue uno de artífices de Muskaria, aquella primera revista-fanzine que se encargó de documentar los cambios vividos en la escena musical del País Vasco desde finales de los 70. Su doble condición de protagonista y cronista de aquella escena le ha hecho uno de los candidatos ideales para participar y dirigir algunas de las revisiones documentales del Rock Radikal Vasco. Este «Flores en la Basura», de título a caballo entre una de las estrofas del «God save the Queen» de los Sex Pistols y el significado del nombre de la banda, es un ejemplo, delicioso además, de sus capacidades para dejar por escrito la crónica de aquellos días.

Elige Roberto Moso una línea argumental personal, basada principalmente en su experiencia propia, lo que posibilita a mi juicio, casi desde el principio, un acercamiento inmediato entre lector y narrador. Sabremos pues de sus partidos de fútbol de juventud o del engorro que el servicio militar le supone a su incipiente carrera en Zarama. Pero igualmente, directamente implicados en lo que se cuenta en las líneas del libro, aparecerán Iosu Eskorbuto, que tocaría además con ellos en los primeros conciertos del grupo, La Polla Records, Zipper, una banda de rockeros-moteros a la que vencieron Zarama en uno de los primerísimos certámenes-concursos en los que participaron, RIP o Hertzainak, banda en la que terminaría tocando Gari, cantante primero de Zipper, precisamente.

Y es que, quizá escudado en esa cercanía con el receptor labrada con el buen talante deplegado, no tiene empacho en reconocer abierta y entrañablemente los problemas o pequeñas competiciones con estos compañeros de escena. Tiene uno la sensación de que Zarama vivió en una continua necesidad de demostrar al resto su condición de grupo lo suficientemente duro como para ser reconocidos con todo merecimiento en aquel devenir radical que se cocía en los 80 en Euskadi. Cuenta Roberto Moso en el libro cómo tuvieron por ejemplo que dejarse literalmente la piel para convencer o impactar a una audiencia que esperaba en realidad el momento de poder ver a La Polla Records. De todas maneras, no rezuma hiel de afilado ajuste de cuentas tardío todo ello, y no falta ni un solo reconocimiento a los méritos (discos, directos, etc.) de las demás bandas, detalle que sin lugar a dudas se agradece y que creo engrandece la crónica.

El libro se hace extremadamente corto, se lee prácticamente de un tirón y resulta rico en anécdotas referentes a conciertos, festivales, grabaciones, grupos y demás detalles que agradará sin duda al seguidor, no sólo de Zarama sino de esta música. Un auténtico lujo de crónica de aquellos años de alguien que los vivió y además sabe contarlo de forma entretenida y completa.