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ESTRICNINA
Fanzine de Ruidos y Danzas (1982 – 1984)
Rafa Cervera
Efe Eme, 2014

Coordinado y dirigido por un jovencísimo Rafa Cervera, los tres números del fanzine «Estricnina» (1982 – 1984) ven la luz en diseño facsímil de la mano de Efe Eme, conservando incólume todo el encanto artesanal del original: retales mecanografiados, recortados y fotocopiados dispuestos de manera abigarrada, también sus dificultades de legibilidad por tamaño de fuente o escasa nitidez en las sucesivas copias.

He de reconocer que tras avanzar por las páginas del primer número (otoño de 1982), uno no llegaba a comprender del todo el valor de este supuesto ejercicio de arqueología, incluso veía cierta ausencia de pudor en el rescate de este material por lo descuidado de la gramática y cierta arrogancia en el tono, propia de una época y edad determinados, que impregnaba la práctica totalidad de los textos; vaya, que los 20€ en que se habían tornado las 125pts. del momento se me estaban haciendo caros. Sin embargo, gradualmente me fui zambullendo y, a partir del segundo ejemplar (invierno de 1983) pero, sobre todo, en el tercer y último número (verano de 1983), me di cuenta de que lo que estaba entre mis manos tenía mucha miga.

La relevancia que atesoraron los fanzines en la música independiente queda patente en un simple gesto: la propia casa disquera, Hispavox, proporciona nada menos que diez ejemplares del flexi de despedida de Alaska y los Pegamoides«En el Jardín / Volar» (Hispavox, 1982)– a la publicación, que los sortea entre sus lectores en una simpática «sopa de Bowie». O en el hecho de que Ana Curra abra las puertas de su casa para una jugosa entrevista y posterior sesión fotográfica provocativa en su propia habitación, mientras Eduardo ve la tele en el salón con total normalidad. Una entrevista, por cierto, en un momento peliagudo, con los Pegamoides recién disueltos, en la que se habla de sus proyectos al margen de Hispavox, desde Parálisis Permanente a Seres Vacíos, también acompañada por Eduardo, o Negros S.A. junto a Los Nikis.

Esa frescura y descaro con que irrumpieron en el panorama musical underground es el mismo combustible con que accedían a la casa de la propia estrella -aura que se fomenta de manera bidireccional-, o al camerino del post concierto de turno, aunque fuese el del mismísimo John Cale. Pero también es una actitud, la manera de tomarse muy en serio lo que se estaba haciendo, de sentirse responsable de estar sentando los mimbres de la modernidad musical y de llevarlo hasta las últimas consecuencias, con ese tono pontificante que en realidad tampoco difiere tanto de lo que uno podría encontrarse a día de hoy en el timeline de su Facebook.

El ansia de cambio y las ganas de sentar las bases de una profesionalización -con sus managers, sus distribuidoras y sus sellos independientes- goza de total reciprocidad, y los grupos no tienen el más mínimo tapujo en mostrar sus intenciones de petarlo, grabar en estudios en condiciones, tener infinidad de galas y, en definitiva, vivir decentemente de ello. Todo eso acarrea unas exigencias mínimas sobre algo que recién acababa de surgir: de trato, de logística y de ponderación de la prensa establecida y su poder (claro, no existía Internet), aunque sea para ponerla a parir o tildarla de reaccionaria. Tiempos de gloria, por tanto, para la figura del periodista, especie de semidios, pero también para la pluma amateur, que recibe estas maneras en igualdad de condiciones. No se eluden tampoco las cuestiones referentes a cifras de ventas (muy superiores en comparación a las de ahora), el afán de hacer industria y crecer enfrentándose a las grandes barreras del todo por hacer, con ánimo y vigor, pero en un momento político y social favorable. Que los males que aquejaban entonces: la falta de distribución, el poco público, el cainismo… sean exactamente los mismos que existen ahora, no hace sino impregnar todas estas ilusiones con una pátina de descorazonador desánimo.

Esta construcción de una industria independiente se plantea como trampolín de oportunidades, filosofía del todo acertada para el que suscribe estas líneas siempre y cuando no conlleve pervertir la propuesta artística. Me adscribo a las palabras de Servando Carballar (Aviador Dro) en «La Edad de Oro» (TVE): «Debemos aspirar a la radicalización de la masa, no a la especialización de la elite». Es precisamente un adelantado Servando, capo de la incipiente DRO, objeto de críticas por su supuesto veletismo -de la hostilidad panfletaria hacia Los 40 Principales a la connivencia en la aparición de sus grupos-. En general, estas diatribas sobre la pureza dan lugar a situaciones algo cómicas, como el hecho de que la colaboradora Lola Dilla abandone la revista al darse pábulo a periodistas profesionales tales como Manrique o Ignacio Julià. El primero firma una altanera y derrotista columna sobre la falta de talento en el concurso de maquetas del programa radiofónico «Don Domingo» (RNE) y el segundo se queja de la incapacidad para la modernidad de Barcelona.

Las traducciones de entrevistas y especiales provenientes de la prensa extranjera constituyen un aspecto más que interesante. En concreto me sorprende mucho cómo treinta años después los grandes tótems siguen vigentes: Warhol (interesantísima y completa radiografía del personaje y su filmografía), la Velvet Underground, Brian Eno, David Byrne (reportaje traducción copia-pega algo plomazo), Alan Vega y otros más propios del momento como Siousxie, la escena neoyorquina más salvaje -Lidia Lunch, NY Dolls, Cramps…-, el «No New York» (Antilles, 1979) producido por Brian Eno y la querencia por las oscuridades de bandas como Echo & The Bunnymen, Killing Joke, Bauhaus, Theatre Of Hate o Adam & The Ants.

En el apartado nacional, Madrid es el epicentro de todo. Se incluyen entrevistas a un despechado Carlos Berlanga, moldeando aún su nuevo proyecto, Dynarama; a Alaska, a Glutamato Ye-Yé sin su cantante (por la mili, esa traba que padecieron muchos grupos en su desarrollo), una muy poco productiva a Gabinete Caligari (sin Jaime Urrutia, por lo mismo) e incluso a Eduardo Benavente poco antes de su trágico fallecimiento. Las plasmadas intenciones de Bonezzi de convertirse en compositor total al fichar por una multi, renegando incluso del sonido de los Zombies, sujeto a limitaciones económicas y técnicas, cuadran mucho con las expectativas respecto a la música anteriormente expuestas… También se da cabida a textos seudo intelectuales -y pedantones- como el de Santiago Auserón recreando una historia en torno a la estatua del Jardín Botánico -es justo decir que Radio Futura nos proporciona la réplica en la que es, probablemente, la entrevista nacional más reveladora para tomarle el pulso a la actitud del momento, además de por el consenso de respetabilidad en torno a ellos, erigidos como faro de la modernidad bien entendida-. El Zurdo también se prodiga por partida doble, firmando un interesante artículo sobre el eclecticismo y concediendo una entrevista donde sin tapujos se identifica con corrientes ideológicas que acabarían por condenarle al ostracismo. Almodóvar, quien por entonces andaba ya tramando su «Laberinto de Pasiones» (1982), hace alarde a partes iguales de petardeo y pedantería, pero también pone en evidencia una envidiable mezcolanza y permeabilidad en la época entre las diferentes disciplinas artísticas.

Pero, sin duda, lo más valioso es la importancia que se concede y la exhaustividad con que se desgrana -por cercanía y orgullo patrio- a la escena valenciana, sus zonas -El Carmen, Pelayo- y bares -Barraca, Metrópoli- y, esto menos relevante, sus dimes y diretes (mucho cotilleo, mucha pulla privada…). Por la seccion «Duduá» desfilan bandas como: Glamour -desde La Banda de Gaal– (abrieron las puertas a los grupos valencianos a la estela de Mecano), Esgrima, Fanzine, Betty Troupe, Video, Europa (luego Última Emoción), Garage (de Carlos Goñi), Interterror… así como todos los grupos recogidos por el cassette editado por NORMA (Neo Organización para la Revolución Magnética Avanzada): Seguridad Social (aún respetados), Información y Turismo, AM-FM, Los Inhumanos, Arpía, D.N.A., SS.SS., Blue Moon, Gabotti (líder de Esgrima), Peligro Inminente y Tripp. En última instancia, otras bandas como Cinema, Ceremonia, Sade, ADN, Proceso Inverso, Manía, Mamma Luna y La Morgue… Un intenso y menos conocido hervidero de grupos.

En ocasiones es imposible no esbozar una sonrisa ante tanta inocencia y nostalgia, enviar dinero en un sobre, incluso dólares a ROIR Tapes, como el que lanza una botella al océano. Pero es inevitable no sentir cierta envidia ante la atemporalidad de las noticias, lo pausado de la cocción de las propuestas, con tiempo para consolidarse y madurar (como el propio fanzine, que mejora a cada número). Tan sólo recordar en este punto que la publicación era prácticamente anual… Inimaginable algo así hoy día. En este punto de inocencia y dulce anacronismo, querría destacar el artículo firmado por Jaime Gonzalo sobre ROIR y el enaltecimiento desde el sello de las supuestas bondades del cassette frente al vinilo: «Creemos que las cintas no son sólo el nuevo rostro del futuro, son también el modo más práctico y divertido de escuchar música actualmente. Los discos se encorvan, se rompen, carraspean, acumulan polvo, se rayan, cogen grasa al ser manejados, requieren demasiado espacio para ser almacenados. Los cassettes son más manejables, más almacenables, precisan de menos cuidados y duran mucho más sin sufrir tantos daños a causa del entorno. No necesitan un equipo reproductor caro para ser escuchados fielmente. Y la calidad de reproducción es tan buena como los discos y, a menudo, mejor. ¡Ah, y tiene un gran ventaja! Si te aburres de escuchar la misma cinta puedes borrarla y regrabarla». Tampoco vamos a negar su importancia en la difusión y accesibilidad de la música en el momento, pero…

Finaliza la entrega con un interesante cuestionario a Nacho Canut, Poch, Alejo, Almodóvar, Auserón y Enrique Sierra, del cual se pueden extraer un par de conclusiones: La Mode era el grupo más odiado por Derribos Arias y el fanzine más molón del momento quizá fuera Moulinsart. Curiosa paradoja que sirve como epílogo a un -ahora sí- más que loable ejercicio de arqueología cultural y musical.

bingo princesaTras unos cuantos años saliendo por Madrid, si de algo me he dado cuenta en todo este tiempo es de lo difícil que es encontrar un sitio donde pongan buena música. Mi amigo Luismi siempre recuerda la anécdota de cuando vino a visitarme a Londres y en una cafetería de Dalston, el Jaguar Shoes, pusieron de principio a fin un disco de la Creedence, como si aquello fuera lo más normal del mundo. En Madrid están proliferando este tipo de espacios, pero a lo máximo que pueden (y podemos) aspirar, supongo que debido a las limitaciones de licencias, es a barruntar una cierta melodía proveniente de unos diminutos altavoces de PC. Si ya nos ponemos exquisitos y lo que pretendemos es escuchar, ya no digo las últimas novedades, pero si una buena selección confeccionada con cierto criterio en la que se intercalen un buen número de grupos españoles, la cosa se pone realmente complicada. Sí que es cierto que hay personas o entornos que se esfuerzan en reivindicar un poco nuestra cosecha, pero no hay un lugar referente y en la mayoría de casos escuchar una canción de un grupo patrio implica la nostalgia, el codazo, el guiño de ojo o, en el peor de los casos, la risión; como si al pinchar una buena muestra española se quisiera provocar una reacción: «Qué pícaro soy, fíjate con lo que he salido.»

Sin embargo, casi de casualidad, como suelen suceder estas cosas, en una tarde de puro aburrimiento iba con mis amigas Marta y Patri y descubrimos un lugar maravilloso. Un espacio limpio, con buen olor, divertido, con bebida barata (ni que decir tiene que ni rastro de garrafón) y aperitivos más que decentes, desde frutos secos a pequeños canapés. Un lugar que siempre había estado ahí, entre la sala Arena de toda la vida y los cines Renoir y cuya selección musical estaba elaborada sin prejuicios y, para más inri, con un porcentaje equitativo de números foráneos y locales. No se trataba del paraíso, sino del Bingo de Princesa.

«Chas!» de Álex & Christina, «Perlas ensangrentadas» y «Ni tú, ni nadie» de Dinarama; «Hoy no me puedo levantar» de Mecano. No daba crédito. «Devuélveme a mi chica» de Hombres G, «Un rayo de sol» de Los Diablos. El desenfreno había llegado y «Eres tú» de Mocedades venía a poner cartas en el asunto para luego dar paso a Rubi (aquí llegaba el guiño), los Casinos, y su novio que tocaba en un conjunto beat. Por supuesto no podía faltar el «Amante bandido» de Miguel Bosé. Y diréis: Pues un poquito de lo de siempre. Y yo os diré: Pues dado que el público al cual iba dirigido estaba conformado, en su amplia mayoría, por viudas septuagenarias, a mi, qué quieren que les diga, me parece una selección de lo más transgresora. Arriesgada como poco.

Por supuesto el sitio no es perfecto; la gente se lo toma demasiado en serio y no tiene el más mínimo interés en relacionarse, rezuman hostilidad por los cuatro costados -de hecho tuvimos algún que otro desencuentro, pero eso es otra historia. Aún así, yo estoy deseando volver.

Os dejo una sentida versión de la canción folk estadounidense «The house of the rising sun», popularizada por The Animals entre mil y una bandas más, de Sandro y los de Fuego, una de las formaciones primigenias de rock argentino que pudimos disfrutar en El Bingo de Princesa.

Y aquí el playlist completo de Spotify (las diez canciones citadas).

Dicen que el amor es el motor del mundo. El Eros, como señalaba Freud, es el instinto que, sublimado, da lugar a las más elevadas artes. Pero claro, no es él único sentimiento en el mundo. En lo musical, el amor ha sido el tema más recurrente, pero justo es decir que los anglosajones han coreado himnos que nada tenían que ver con corazones rotos y anhelos sentimentales. Temáticas como la perdida de la fe, la diferencia de clases o la vacuidad de la música electrónica han sido material para hits tan indiscutibles como «Losing my religion», «Common People» o «Panic». El asunto de las letras en el pop y el rock español, sin embargo, ha sido escasamente revisado. Críticos y oyentes a veces han manifestado un cierto conformismo con esta cuestión, desviando el análisis hacia otros aspectos de la música, y dando el visto bueno siempre que la letra no acabara directamente cargándose la canción.

Tal es así que en los 90 se llegó a ver el curioso fenómeno, no sólo del viraje a un inglés deficitario y de temáticas burdas; sino incluso que algunos grupos ni siquiera cantaban en ese idioma, y simplemente balbucearan un fraseo sin sentido que imitaba su dicción. Los pocos grupos de los 90 que rompieron desde el inicio con esa tendencia, solían solucionar el problema enterrando la voz en el sonido hasta hacerla prácticamente ininteligible, caso de Los Planetas o Sr. Chinarro, o tiraron por una suerte de surrealismo críptico, como hicieron El Niño Gusano. Hay algo evidentemente entrañable para nosotros, oyentes, en todo esto, que nos hace mirarlo con ternura y nostalgia. Sin embargo, no parece que los propios artistas sean tan benevolentes. Curiosamente, la mayoría de ellos han avanzado a lo largo de sus carreras hacia una música donde las letras se hacen cada vez más claras, las voces se oyen cada vez más altas, y se reniega un poco de esos primeros discos, que han acabado por convertirse en una especie de huella incómoda.

Sin embargo, no hay que desdeñar la identidad lírica que muchos grupos han conseguido en su manera particular de enfrentarse al escollo del texto. Las letras de desamor y resentimiento, en un lenguaje llano y certero, tan típicas de Jota de Los Planetas, por ejemplo, han acabado siendo una seña de identidad innegable. El problema quizá viene cuando aparecen sucedáneos que se agarran a esa temática como la única posible y, quedándose en lo superficial, acaban haciendo cada vez peores copias de la idea original. Afortunadamente, algunos heterodoxos de las letras de pop y rock español nos han enseñado que hay un camino más allá del amor, el lamento y la deriva existencial, y que ese camino no pasa necesariamente por el hermetismo, la poética vacía y la vaguedad argumental. Con esta excusa voy a repasar en diez nombres lo que para mi representa esa manera de entender el texto como algo narrativo y abierto a los más improbables temáticas.

Vainica Doble: Vainica doble es, sin duda, uno de los más extraños casos que se ha visto en esta tierra. Santonja y Van-Aerssen eran capaces de hacer una canción a una funcionaria («La funcionaria»), reclamar con psicodelia cañí los productos de la tierra («Déjame vivir con alegría») o abrir un disco con una amarga canción sobre una amistad decepcionante («Réquiem por un amigo»). En su lírica, los refranes y la terminología popular conforman un mundo tan personal e intransferible como sus giros y armonías vocales.

Mecano: Cuesta creer ahora la popularidad que alcanzó un grupo que a veces dedicó sus canciones a las temáticas más marcianas. Su primer éxito estaba inspirado en una resaca («Hoy no me puedo levantar»), pero no sólo eso, también fueron capaces de cantar a cementerios («No es serio este cementerio»), perras astronautas («Laika»), y excéntricos personajes («Dalai Lama», «‘Eungenio’ Salvador Dalí»). En las canciones de Mecano cabe desde la frivolidad esteta («Maquillaje»), a la trascendencia naïf («El fallo positivo»), pasando por el cuento gótico («Hijo de la luna»).

Antònia Font: Los mallorquines llevan colgada, casi desde el inicio, la etiqueta de exquisita rareza. Por cantar en mallorquín sin sonar a cançó catalana, por inspirarse casi exclusivamente en otros heterodoxos como Jaume Sisa, y por meternos en un mundo extraño, lleno de astronautas rimadores, robots con sentimientos, alpinistas-samurais, iglús y batiscafos. Con esa materia prima cocinan fantásticas historias, instan a los alienígenas a hacer una visita turística a este planeta de polvo y de mierda que es la tierra («Extraterrestres») o dedican una canción entera a las ocurrencias de su compositor, Joan Miquel Oliver, cuando está aburrido con un papel delante («Wa yeah!»)

Single: Quizá la depuración definitiva de la manera de entender la música de Ibón Errazkin, el hombre que creó el, posiblemente, primer grupo indie de la historia de España. Single es un grupo de barroquismo marciano, capaz también de hacer canción de cualquier cosa. Con ese estilo narrativo que bordea lo relamido para alcanzar lo genial, igual hacen una oda al trino de un pájaro («Pio Pio»), al amor platónico entre un perro y su dueña, desde el punto de vista del perro («Mi perrito librepensador») o la eterna procrastinación de dos amantes («Posponías»).

Airbag: Aunque gran parte de su repertorio encuentra la inspiración en las historias de amor y desengaño post-adolescente, hay otro grueso de las canciones de punk pop de la banda que encaran las temáticas más freaks. Han dedicado varias canciones a sus películas favoritas, como a «La Matanza de Texas» (Tobe Hooper, 1974) –«Familia de subnormales todos locos»-, a «El Resplandor» (Stanley Kubrick, 1980) –«El resplandor»– o «La Mujer Explosiva» (John Hughes, 1985) –«Ciencia explosiva»-, suelen hablar de cómics, videojuegos y ciencia ficción y han dedicado sus singles más exitosos a temas como el suceso de Roswell («Roswell 1947») o la mafia rusa («Mafia rusa en la Costa del Sol»).

Los Punsetes: El sarcasmo y el humor retorcido de Los Punsetes supuso un soplo de aire fresco para el panorama nacional. Lo que ha marcado la diferencia de su monolítico post-punk han sido sus particulares letras. Tras sorprender con un himno dedicado a la excesiva presencia policial en la noche de Malasaña («Dos policías»), han tenido palabras para la gente que mira en los accidentes («Accidentes»), los tipos que observan con asco a las parejas («Queridoalberto») o la tendencia de la naturaleza al desastre («Lo natural»). Entropía y misantropía, solo ellos podían hacer un estribillo mandando a tomar culo a tus amigos («Tus amigos») y conseguir que se coree en las discotecas.

Ornamento y Delito: Tan oscuros como Los Punsetes, pero sin recurrir al humor, o haciéndolo con tanta seriedad que no se le ve la gracia a la cosa. Ornamento y Delito presentan los temas más escabrosos con una crudeza que hiela la sangre. Así, adolescentes violentos («Policía»), licenciados abúlicos («Beñat») y ciudades corrompidas («Madrid») pueden ser objeto de un frío análisis, que revela lo grotesca que es la realidad cotidiana. Como la rara avis que son, pueden permitirse sacar un single («Bono es Dios») en que a través de una anécdota personal, abordan el origen de la gente que hoy copa el establishment musical.

Klaus & Kinski: Los murcianos han definido su peculiarísima personalidad no sólo a través del eclecticismo, sino también a través de sus textos. Así, pueden retorcer los refranes («Ojo por diente», «Lo que no cura mata»), dedicar un bolero a Mengele («Mengele y el amor»), hacer un charlestón político-económico para Bakunin («Carne de Bakunin») o darle sabor folk al lamento de un niño lleno de miedos («Mamá, no quiero ir al colegio»).

Raúl Querido: Conocido por su incontinencia creativa y por haber dedicado canciones con sorna a Christina Rosenvinge, Amaia Montero, Antonio Luque o Mai Meneses, entre otros, la canción para Raúl Querido es una libreta abierta a cualquier tipo de reflexión. Detrás del humor cafre y punk («Sostres Sostres», «NNO, Nana del Nuevo Orden») suele haber una provocación con enjundia, pero ante la tentación de leerle sólo en clave de postmodernidad, es recomendable acercarse al Raúl más reflexivo («Reinventar el domingo», «Invierno perpetuo») donde las inquietudes personales alcanzan una franqueza devastadora.

Astrud: En ese arte de hacer canción de cualquier cosa, nadie ha alcanzado un nivel tan depurado como Astrud. Todos los temas valen, desde un niño que acaba de enterarse de que no existen los Reyes Magos («Son los padres»), a las deletéreas personalidades de los poetas patrios («Nuestros poetas»), pasando por la añoranza de un bar que cerró («Acordarnos»). Salen victoriosos de casi cualquier reto, ya sea cantar a la grabación de un CD casero («CD»), dedicar un pasodoble a un chiste sobre la personalidad española («Hay un hombre en España»), abordar lo decorativo de las ansiedades neuróticas («Miedo a la muerte estilo imperio»), hacer una canción sobre afirmaciones que se hacen y se deshacen como si fueran un dibujo de Escher («Me desdigo») o dedicar una letra a la última vez que se hacen las cosas («La última»). Las canciones parecen hacer de diván para las angustias y fantasías de Manolo, y hasta cuando habla de amor, lo puede hacer de las maneras más exóticas, por ejemplo, con Noam Chomsky protagonizando un improbable idilio por la red («Noam Chomsky»).

El camino de los heterodoxos no acaba aquí, claro. Canciones de bandas nuevas como «Cruzo los dedos» de Doble Pletina, que aborda la desidia de una ciudad que se vuelve cada vez menos excitante, «Trovadores» de Solletico, que repasa la evolución de la música cantada a lo largo de la historia o «Sentido y referencia» de Los Lagos de Hinault, que analiza una conversación trivial desde distintos focos, son buenos ejemplos de que hay aún espacio y talento para salir de la obviedad a la hora de hacer una canción. Parece que sí, que hay vida más allá del amor.

De drcha. a izqda. Rafa Vizcaíno, Germán Bou, el ex Albatros Toni Sanjuán, Fede Moriel y Javi Cencillo

En el camino quedan muchas cosas, pero otras perduran en el tiempo y suelen ser aquellas que más esfuerzo han costado. En 1972 la ilusión y el esfuerzo fueron la base que teníamos un puñado de muchachos de no más de quince años y locos por la música. Los culpables: Beatles, Lou Reed, David Bowie, King Crimson, Genesis, Yes, Jethro Tull, Tangerine Dream y un largo etcétera de grandes genios y buenas influencias que nos guiaron por el sendero de la buena música. Por eso nunca nos importó el cansancio, los ensayos diarios, las viejas y estropeadas furgonetas de alquiler con las que recorríamos los pueblos tocando en las verbenas, y en cualquier escenario improvisado. Todo ello para poder seguir comprando esos instrumentos que tanto nos gustaban. Un dinero que era del mismo color que los sueños.

El camino que escogió cada uno, y las diferentes formaciones y estilos dieron la riqueza a aquellos años de esplendor, donde era habitual oír a cualquier grupo ensayar. Los que ya tengan algunos años y sean de Valencia, se acordarán que en aquella época, las zonas de Campanar, Avda. Burjassot, calle Sagunto, Benicalap, etc., estaban plagadas de improvisados locales de ensayo.

Pasaron los años y la música para todos seguía siendo tan solo una afición, un lugar de encuentro después del trabajo. Yo adopté la electrónicacomo profesión, la cual conocí desde muy niño, armonizándose perfectamente y sirviéndome de gran ayuda. En el año 1973 las tiendas de electrónica estaban bien surtidas y vendían todo tipo de componentes en consonancia a la demanda de la época. Yo mismo en ese año ya fabricaba y reparaba algunos pedales de efectos y amplificadores. En realidad la guitarra seguía siendo en esos años, todo un mundo lleno de posibilidades y de tecnología, pues en torno a ellas se fabricaban todo tipo de pedales de efectos y potentes amplificadores. Tan solo hay que escuchar a aquellos grupos míticos, con sus sonidos innovadores.

Me acuerdo de un local de ensayo que teníamos nosotros, en una de aquellas típicas casas viejas de la huerta. Pared con pared ensayaba un grupo llamado CotonpelAñade este contenido, para mí de lo mejorcito en rock progresivo junto a Iceberg y Pegasus. Disponían en aquel tiempo de un material de primera y su sonido era exquisito. Todo este tipo de grupos siempre tenían de algún técnico conocido que les llevaba el mantenimiento y la fabricación de algunos artilugios. Estos grupos ya disponían de sintetizadores como el Minimoog, Mellotron y algunos años después los Korg MS-20, Roland Juno-60, etc. También el piano eléctrico Fender Rhodes marcó época entre los músicos de funk soul y pop.

Los ordenadores vinieron mucho más tarde, más o menos a finales de los 80 y no era muy habitual el poseerlos. En toda España no había más de cuatro Atari, la gente de Mecano y poco más. Muchos guitarristas nunca vieron con buenos ojos la intrusión de los ordenadores, quizá porque creían que estaba muy distante de sus conceptos de música pura, o que solo eran para teclistas. Afortunadamente hoy las cosas han cambiado y se utilizan todo tipo de herramientas. Conozco a mucha gente que está en el mundo del jazz, a los cuales he impartido producción musical y están sacando lo mejor de los dos mundos.

Mi humilde granito de arena, va a ser, contaros mi propia experiencia y mi decisión de dedicarme plenamente a este oficio.

A finales de 1989, monté mi primer estudio dedicado a la grabación y composición musical para publicidad Rager Estudios. Las herramientas como la informática, el midi y la sincronización con magnetófonos,  me iban a ayudar mucho a la hora de elaborar jingles. Dentro del repertorio de pequeñas composiciones que recopilaba para la escucha de mis clientes, había otras tantas de mayor duración que iba elaborando a ratos, con un aire techno psicodélico y algo sinfónico, sobre todo las intros, recordando con cariño a Plastic y Sonatina Beni, formaciones de rock progresivo a las que pertenecí como guitarra y voz. Poco a poco estas maquetas fueron  tomando forma y su sonido estaba mucho más definido con pinceladas  entre el funk, el techno y la psicodelia. Este amasijo de experiencias contempladas desde la perspectiva de un guitarrista, hicieron diferente la elaboración de estas composiciones. El sonido technode la época era mucho más agresivo y provenía sobre todo de Alemania y Holanda.

Ese sonido enfocado al baile pero con melodías, gusto a varios de los responsables de la pirámide musical, opinando que podría tener salida. Me arriesgué y se lo presenté a la discográfica Area y se editó. Este primer tema se llamó «The Grial Saint» por Boa Club. Los temas más melódicos tenían un grupo virtual con este nombre. La intención de hacer grupos virtuales era para diferenciar unos estilos de otros dentro de la misma música electrónica, como ejemplo; B.M.Q., Magnetic Forces, más maquineros, Tragic Comedia y Sacene más sinfónicos, etc.

Pasó el tiempo y en marzo de 1991, la gente de Area, me presentó a Chimo Bayo. Yo por estar desconectado por completo del mundo de los DJ’s y la noche no lo conocía. Entonces le pedí que me consiguiera alguna grabación en vídeo de alguna de sus fiestas, y así fue. Era una sesión grabada en la sala Kapital de Madrid. De esta manera conocí a esta persona y así comencé a componer  la partitura de «Así me gusta a mí». A las pocas semanas cuando ya estuvo empastado el tema se llevo una prueba en cassette a la discoteca El Templo con toda la base y la secuencia principal para reproducirla a alta potencia. La audición gustó a las personas que en ese momento estaban en la sala y eso siempre es un buen comienzo. En el mes de mayo terminé el master final, y en junio ya estaban en la calle los primeros tres mil maxis. Esta primera tirada se hizo en color naranja.

Creo que la música en sí es un compendio de muchas cosas y hay que aprovechar y poner a su disposición todos los instrumentos y herramientas que nos brinda la tecnología digital y analógica. Por una parte la informática tiene la comodidad de la edición, el mundo de los arreglos es más fácil al poder escuchar un ciclo mientras se van ocurriendo muchísimas cosas. Por otro lado lo analógico, la fuente de calidad y calor de los buenos aparatos transistorizados y valvulares. Por ello, y para avezados con ganas de aprender, os voy a relatar paso a paso como se compuso, mezcló y masterizó este tema.

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