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“CUATRO MILLONES DE GOLPES” (2017)

ERIC JIMÉNEZ

PLAZA & JANÉS

CuatroMillonesdeGolpes

 

Eric Jiménez se llama en realidad Ernesto Jiménez Linares, pero tal y como explica en su biografía sostuvo el mote que le dieron desde pequeño para toda su carrera musical posterior. Y, efectivamente, sí fue batería de Lagartija Nick y Los Planetas como indica su editorial como presentación, pero, tras iniciarse en esto de tocar la batería movido por su Granada natal de procesiones y tambores, tiene en el grupo de punk oscuro K.G.B. su primer bautismo musical. Además, son varias y sonadas las colaboraciones con quienes, atraídos por su forma de darle a las baquetas han requerido alguna vez de sus servicios. Sin ir más lejos, Enrique Morente a la cabeza, al que se acerca de manera irreversible con las colaboraciones que el genial maestro del flamenco sostuvo con Lagartija Nick para la elaboración de aquel híbrido irrepetible e innovador que fue “Omega” (El Europeo, 1996).

Apostando por un estilo brutalmente sincero, escribiendo con las vísceras al descubierto, Eric da repaso en su libro, no sólo a los millones de golpes que efectivamente ha dado a su batería, sino, como biografía que es, a los otros tantos golpes que dice haber recibido a lo largo de su vida. Aparecen así los detalles en los que transcurrió su peculiar infancia en una pensión que regentaba su madre, los altos y bajos con las parejas que ha tenido y las consecuencias de los excesos cometidos por su manera de ser. No tiene problema alguno en admitir la sensación permanente que, casi desde pequeño, le atormenta de necesitar sentirse querido, y de cómo el déficit que ha percibido en ello a lo lardo de diferentes etapas de su existencia le ha llevado a sumirse en profundas depresiones.

El libro contiene claro jugosa información del devenir de los grupos en los que militó, y así el fan de Los Planetas, por ejemplo, verá satisfecha su posible ansia acerca de detalles sobre los mismos. Algunos, como los referentes a la grabación de “Una Semana en el Motor de un Autobús” (RCA, 1998), ya se podían encontrar en la revisión que hizo Nando Cruz de aquel disco y de los avatares por los que pasaba el grupo en el momento de su grabación en su libro, pero en este caso la voz que los narra es lógicamente la de uno de los protagonistas. Aporta Eric Jiménez en su texto la visión de las cosas y de las canciones que le tocó interpretar que sólo puede aportar un batería, situado siempre al fondo, mostrando todo desde un punto de vista diferente al que más comúnmente se suele tener de este tipo de cosas. Lo hace a la vez que da detalles de las sensaciones físicas que puede despertar tocar la batería, de cómo hasta las costillas sienten la vibración en el momento de tocar o de cómo el bombo se convierte en realidad en un corazón. Es desde esta perspectiva como se analizarán muchos de los temas emblemáticos tanto de Lagartija Nick como de Los Planetas.

Abundan igualmente las valoraciones personales sobre un sinfín de cosas diversas como las diferentes escenas que conoció, los festivales y su organización o los motivos que le llevaron en su momento a escribir en su cuenta de Facebook una carta dirigida a Bob Dylan cuando les tocó telonearle en una de sus visitas a España. Lo hace quien plantea su autobiografía en los siguientes términos: “En fin, es mi vida, es lo que pienso, y cuando escriban la suya que digan lo que piensan, pero ahora es mi turno”, considerando la escritura como una experiencia redentora: “Relatar todo esto ha sido un ejercicio que me ha servido para empezar a perdonar o entender a todos aquellos que me han hecho cosas malas de forma directa o indirecta. Me he visto en el final del túnel y han pasado todas las imágenes de mi vida que dicen que pasan antes de palmarla”, para continuar afirmando lo gratificante de sentirse vivo para sobrepasar todas las desgracias y momento malos. Repite en más de una ocasión que los únicos que le han salvado la vida “han sido el público y la batería”.

Por todo ello, “Cuatro Millones de Golpes” es pues un libro que se disfrutará sin duda alguna, requiriéndose, eso sí, al lector el aceptar las normas que impone el autor al implicarse emocionalmente de esta manera en su escritura.

Fotografía de Fernando F. Rego

Los Planetas acudían a Oporto en una de sus contadas incursiones en el exterior para dar repaso en su decimoquinto aniversario al «Una Semana en el Motor de Un Autobús» (RCA, 1998), probablemente el disco mejor considerado por gran parte de sus acólitos. Aunque no de manera clara, pues tanto el icónico «Super 8» (RCA, 1994), el redondo «Unidad de Desplazamiento» (RCA, 2000) o el arriesgado -y necesario- golpe de timón de «La Leyenda del Espacio» (RCA, 2007) compiten en dura pugna por erigirse como el favorito. Yo no lo tengo claro del todo, pero sea como fuere, es a este al que los mismos Planetas rinden tributo, e incluso el cual se dignan a reeditar en condiciones. Por algo será.

Quince años es mucho tiempo, pero de inicio la actitud de Los Planetas en poco o nada había cambiado de esos conciertos desastrosos de la época cuya leyenda irían arrastrando. Y es que tras un arranque hipervitaminado del disco (el concierto lo fue recorriendo de principio a fin), el empuje de Eric a las baquetas no parecía ser suficiente para vencer el estado abúlico de Jota y los demás. El que sí que parecía disfrutar de lo lindo era Banin a los teclados, hasta el punto de sentir una incómoda intervención en muchas de las canciones, llevadas un tanto al terreno de Los Pilotos, más etéreo, plomizo y denso. Mal. Si el disco se va a recorrer de principio a fin, al menos queremos oírlo tal y como es, sin variación alguna.

El caso es que tras un momento de zozobra en el que mis acompañantes y yo dudamos si marcharnos o no ante el destrozo que estaban realizando (por momentos, canciones irreconocibles), sin darnos cuenta precisamente vino a enchufarnos una de las canciones con la letra más sonrojante del pop español. Y también de las más celebradas y coreadas. Sí, hablamos de «Cumpleaños total».

A partir de ahí la conexión con el público fue total. Da igual que el 98% congregado fuéramos españoles. Da lo mismo que el amigo de turno hubiera intentado arruinarnos el concierto tras lo visto / acaecido en Barcelona. Incluso que Jota haya sido incapaz de aprender a cantar en estos quince años, sí al menos a entonar. Y a empatizar. Los Planetas hicieron que revolotearan por mi cabeza muchos bonitos recuerdos, y que esbozara una sonrisa y les perdonara todo lo anterior. Y quizá fruto de esta redención colectiva ellos mismos comenzaron a disfrutar sobre el escenario. Como lo hacen los grupos que vuelven por la pasta pero que son aclamados por sus incondicionales, con la salvedad de no haberse ido nunca y de contar entre sus filas de (otrora) incondicionales a sus peores enemigos.

No harían fans nuevos, incluso muchos de los antiguos renegarían del asunto. Pero con «La Copa de Europa» el resto nos volvimos a extasiar y brindamos de nuevo por ello. Tanto que incluso se permitieron un bis sin nostalgia. «Alegrías de un incendio». Ni tan mal.

 

En esta ocasión vamos a reseñar dos títulos de reciente aparición. Sus autores comparten la condición de apasionados de la música, a la que han convertido, de una u otra forma, en su razón de ser profesional: el primero como periodista y el último como ejecutivo de sellos discográficos.

JINETES EN LA TORMENTA
Diego A. Manrique
Espasa, 2012

Ahora que ya no le dejan hablar desde su «Ambigú» (RNE3), queda tan solo la posibilidad de disfrutar de Diego A. Manrique por medio de la palabra escrita. Colaborador habitual de El País, el libro recopila sus contribuciones para este periódico y su suplemento dominical durante estos últimos años, de los que recuerda, según cuenta ya al final en los agradecimientos, la tensión a la que se veía sometido para entregar los textos en el plazo estipulado por el periódico y la satisfacción de leerse una vez publicados.

Revisa en sus páginas trayectorias de un sinfín de grupos y artistas, presenta entrevistas y compara detalles de la carrera de varios de ellos. Generoso como es el libro en su grosor, tiene espacio suficiente para tratar a mucha gente, agrupando la enorme lista en diferentes secciones: Música negra, sección de malditos, de «colosos», de tropicalias y un último rincón en el que cabe sobre todo cuestiones alrededor de The Beatles pero que termina con la reseña hecha al libro de un compañero, Xavier Valiño y su estudio sobre la censura sobre las portadas de discos, «Veneno en Dosis Camufladas. La Censura en los Discos de Pop-Rock Durante el Franquismo» (Milenio, 2012).

Sorprende quizá lo reducido de la sección dedicada a grupos españoles, capítulo que el autor titula precisamente como «Los Mejores Años de Nuestra Vida». Este apartado se limita a un texto dedicado a la madrileña sala El Sol, recuerdos para artistas ya desaparecidos (Antonio Vega, Carlos Berlanga, Enrique Sierra, Álvaro Urquijo), escritos sobre el tándem SerratSabina, Fito, Kiko Veneno y una entrevista a Bebe que recuerdo haber leído con gusto en su momento en el suplemento dominical del periódico. Es esta última precisamente ejemplo de cómo le gusta a Diego A. Manrique presentar sus interviús. Poco amigo de mostrar el resultado de sus careos con los artistas con un simple listado de preguntas y respuestas, el autor empapa los textos con sus impresiones y su personal lectura del estado anímico del que tiene delante.

Introduce además a modo de presentación o comentario previo a cada texto un pequeño fragmento en el que, junto a los detalles para situar cronológicamente el momento en el que se escribió, no tiene problema alguno de reconocer, si procede, posibles equívocos o injusticias en lo que se publicó entonces. En ocasiones aporta curiosas anécdotas no incluidas en el texto original y que, en caso de creer a pies juntillas, nos informan por ejemplo de las sospechosas insinuaciones a las que se vio sometido por Lou Reed.

Sirve de mucho el texto de este «Jinetes en la Tormenta» -o al menos a mí me ha servido- para situarse en la historia de nombres que muy probablemente en otros foros, o presentado por diferentes guías, no me hubieran despertado demasiada curiosidad: Michael Jackson, Madonna, Prince, Amy Winehouse, Rolling Stones, Bee Gees, históricos del rock clásico o grandes damas del blues… De igual forma resulta todo un deleite dejarse llevar por la descripción que hace el periodista de la producción de The Clash en general y de lo contenido en los surcos de vinilos indispensables como el «London Calling» (CBS, 1979). Pocos mejor que Diego A. Manrique para contarnos todas estas cosas.

cintasCassetteCINTAS DE CASSETTE
La Cara B de la Música
Óscar García Blesa
Editorial Bubok, 2013

Sostiene Óscar García Blesa que su libro es un recorrido vital; un vistazo atrás recién cumplidos los cuarenta; un balance de lo vivido. Esta especie de road movie existencial trae, eso sí, la música como excusa e hilo conductor, y así la narración queda vertebrada a partir de conciertos, discos y bandas que por una u otra razón le dejaron alguna impronta. El aficionado a cuestiones musicales reconocerá además el crédito otorgado a obras como «High Fidelity» (1995), la novela escrita por otro enfermo de los vinilos como es el autor inglés Nick Hornby. Son continuas las referencias a espacios comunes como la construcción de listas, la disposición de los capítulos del libro a modo de canciones de una selección en cinta de cassette grabada o la inclusión de citas de diferentes momentos de la historia de dicho libro.

Es  su pasión por la música precisamente la que llevó al autor a montar un fanzine desde muy temprana edad, con el que se hizo con la excusa ideal para entrevistar a muchos de sus ídolos musicales del momento y conseguir pases de prensa para conciertos y festivales. Muy probablemente además fue la misma afición la que determinó su futuro profesional, el de directivo de compañías como Warner, RCA y en la actualidad de Real Networks. Su implicación directa en las entrañas de la industria discográfica abre un más que interesante punto de vista desde el que está escrita esta historia. Consciente quizá del papel de «malo» que muchas veces parece jugar este perfil en el mundo de la música, no rechaza el parapeto que le brinda Kiko Fuentes, directivo de Warner y compañero del autor en su paso por la compañía, en el prólogo inicial.

Lejos de entorpecer con todo ello el relato general, Óscar ofrece al lector momentos impagables e irrepetibles, impensables para el común de los mortales, de su contacto con muchos de los grandes nombres de la música. Comienza por ejemplo el libro con los preparativos frustrados del concierto que Alejandro Sanz iba a dar en la gala de los premios Grammy en versión latina con un MTV Unplugged que tuvo que retrasarse como consecuencia de los atentados al World Trade Center de Nueva York. Se cuentan las peripecias vividas aquellos días, en los que el grupo de directivos allí destacados terminaron como «refugiados» por una noche en la casa de Antonio Banderas y Melanie Griffith. Más adelante se relata cómo tuvo que lidiar el autor y protagonista del libro para sobrevivir a la tensión impuesta por las exigencias del séquito de Madonna en su visita a España.

Pero no es el texto una lista de anécdotas con notables de la canción. Donde realmente radica a mi juicio lo interesante de las historias que se cuentan es en el factor humano, entrañable que se ponen de manifiesto, tanto del artista como del fan del mismo. Valga como muestra el capítulo que comienza con el concierto que dio Nirvana en el Pabellón del Real Madrid de baloncesto y que termina con la descripción de una barbacoa en la casa de la madre de Dave Grohl, integrante primero de dicho grupo y posteriormente de Foo Fighters, en la presentación de un disco de esta última formación: «Desde que llegamos a su casa por la tarde, y hasta que nos marchamos de madrugada, no mencionó ni una sola vez qué tipo de planes teníamos previsto llevar a cabo en nuestros respectivos países con ‘In Your Honor’ (Roswell / RCA, 2005). Entendía y nos lo hacía saber con su actitud que sabríamos qué hacer con su disco. Mostró respeto por nuestro oficio del mismo modo que lo exigía con sus canciones. De verdad, y parece difícil de creer, aquella noche sólo intentó caernos bien. Evidentemente lo consiguió«.

Contadas con sincera agilidad y simpatía (recomiendo encarecidamente la lectura del relato del viaje para visitar en el Palacio de La Moncloa al entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero de un autobús lleno con artistas como Alejandro Sanz, La Oreja de Van Gogh, Café Quijano, Amaral, Álex Ubago, Estopa, Andy y Lucas, David Bisbal y Mago de Oz) atrapa leer cómo se desmorona la desconfianza de Jota (Los Planetas), conmueve la incomprensión de David Summers (Hombres G) al ver cómo su carrera en solitario no termina de despegar, el agradecimiento de un grande de la canción italiana como Claudio Blagioni ante la confianza depositada en él por el sello o la camadería con las bandas «menores» que tienen en nómina.

No son sólo bandas o artistas que el autor haya tratado por cuestiones laborales las que desfilan por las páginas del libro. Se habla de Bruce Springsteen y sus giras en concierto en España, del gusto personal para con la Creedence Clearwater Revival o Canned Heat, de las escuchas de discos de Depeche Mode en una estancia en los EE.UU., de Coldplay…

No desperdicia la ocasión para lanzar dardos al bando de la independencia cuando ésta se comporta de forma poco consecuente o intransigente: «Qué aburrida es la independencia más recalcitrante cuando insiste en poner zancadillas a las buenas canciones por el simple pecado de ser piezas populares. Las canciones se construyen para hacer que la gente lo pase bien y se emocione. Disfrútenlas sin prejuicios. Viva la vida«.

Este libro parece por su parte escrito precisamente desde el disfrute de la música. Recomendable y mucho para enfermos con síntomas similares.

Recientemente y con motivo de su primera exposición en Madrid, Javier Aramburu ha vuelto a estar en boca de todos; aunque a decir verdad, nunca lo ha dejado de estar, bien sea por la mitología que rodea al universo Family, bien por las pequeñas píldoras gráficas con las que nos ha ido obsequiando a cuentagotas desde su decisión de dejar de lado la ilustración de portadas, Single mediante, principalmente.

Cuando uno repasa la obra de Aramburu no puede sino experimentar una sensación de respeto absoluto, pues hablamos de una persona -no vamos a descubrirla a estas alturas- que ha dado color, y de qué manera, a gran parte de los discos más míticos de los 90 y, por ende, del undergroundespañol. Curiosamente, a la mayoría de esos que ajenos a la moda del tiempo han conservado toda su esencia, aupándose en los altares del reconocimiento general y envejeciendo mejor que bien. No todo lo de Aramburu, por cierto, lo ha hecho del mismo modo. Ahí quedan carteles y flyersrelacionados con Contempopráneas y Benicàssims, vericuetos poperos plasticosos y cosas anodinas mucho más comerciales que ustedes mismos pueden juzgar en este fantástico blog recopilatorio de su obra.

Me gustaría destacar, atendiendo a mis gustos personales, cinco portadas geniales. El criterio empleado para ello es un compromiso entre lo estético y lo musical, pero primando más lo primero, pues sino estaríamos hablando de citar de una tacada «Un Soplo en el Corazón» (Elefant, 1993) de Family, el «Soidemersol» (Siesta, 1997) de La Buena Vida, el «Super 8» (RCA, 1994) de Los Planetas y un par más que podrían estar entre las que confeccionó para los lanzamientos en Elefant de Vainica Doble, Décima Víctima, Alaska y los Pegamoides y Carlos Berlanga; precisamente, ninguna de ellas de mis preferidas, pero simbolizando una asociación del todo natural.

Allá va, pues, mi selección:


 
Ana D – «Satélite 99» (Elefant, 1997)
Una rareza tan exigua como misteriosa como «Satélite 99» encuentra su mejor aliado en el arte de Aramburu, así como los textos de Javier Corcobado e Ibon Errazkin y las múltiples versiones que nos hallamos deconstruidas en el disco lo encontraron en la hiriente voz de Ana D. Un universo concentrado en un madejado de flores por el que Ana asoma tímidamente la cabeza, quizás reivindicando su huequito en la historia del popespañol. Una portada dulce, delicada y enigmática para un feliz accidente.
 
 
 

 
Apenino – «En la Hora Azul» (Jabalina, 2003)
Tras Dar Ful Ful, Apenino, o lo que es lo mismo Marco Maril, nos entrega este breve EP que entronca con el estilo más puramente Family, saliendo airoso del envite y dando forma a un trabajo tan disfrutable como la maravillosa portada con vistas al mar con la que Aramburu desdibujó el tiempo y la distancia. Una portada que sugiere de manera fehaciente lo que nos vamos a encontrar dentro.
 
 
 
 

 
Aventuras de Kirlian – «Aventuras de Kirlian» (DRO, 1989)
El do-it-yourself del pop viene presentado por una portada simple pero magnética, como las propias composiciones del grupo. Todo el arte gráfico de la corta pero interesantísima discografía de Aventuras de Kirlian, como no podía ser de otro modo, corre a cargo de Javier, quien se inclina para este disco por los colores grises, taciturnos y apagados, representativos de la saudade característica del Sonido Donosti, escena a la que el grupo en cuestión da el pistoletazo de salida. «Un día gris en una casa…»
 
 
 

Single – «Pío, Pío» (Elefant, 2006)
Quizá sea la de este «Pío, Pío» de las portadas más recientes de Aramburu la más hermosa. Teresa, convertida ya a estas alturas en una musa absoluta, de perfil e inundada en verdes besa a un pajarillo sin que sepamos cuál de los dos es más delicado, dando lugar a una de esas portadas que incitan a comprar el disco aun sin tener idea de lo que uno se puede encontrar dentro. O mejor aún, dando por sentado lo excelso del contenido a partir de la magnífica portada. Luego ya cuando uno descubre lo que hay dentro, no puede sino rendirse ante tan sublime asociación gráfica y musical.
 
 
 

Le Mans – «Mi Novela Autobiográfica» (Elefant, 1997), «Yin Yang» (Elefant, 1998) y «Aquí Vivía Yo» (Elefant, 1998).
Y, para terminar, la mejor despedida posible y una pequeña trampa por mi parte, al tratarse no de una sino de tres portadas. No se me ocurre una manera más sobria, sutil y elegante de decir adiós. Sin dramas ni ruido. Una despedida eterna, como su obra.
 
 
 
 
La mística de Aramburu, su aura de artista inaccesible extensible a su entorno, el misterio. Indudablemente ha sido, y posiblemente sea aún durante los próximos años, el portadista de la independencia española por antonomasia.

De un tiempo a esta parte la presencia de mujeres en bandas del panorama independiente español se ha hecho cada vez más frecuente. Y no me refiero con ello a grupos «de chicas», aunque los haya habido tan buenos que hayan logrado escapar del tópico. Si aún, en pleno siglo XXI, puede resultar raro que una chica decida tocar un instrumento musical en un país donde la música es algo accesorio, optar por tocar la batería siempre me ha parecido un acto que denota un carácter bien marcado, tanto por el momento en que se suele tomar la decisión, muchas veces en un período de inestabilidad como la adolescencia, como porque probablemente sea el instrumento menos «femenino» de cuantos haya, dentro de los cánones socialmente estipulados.

Para la sevillana Rosa Ponce, de Tigres Leones y Hazte Lapón, dos de los grupos más pujantes de la escena madrileña, la elección fue casi algo de lo más natural, aunque no exenta de dificultades: «Supongo que con doce o trece años es mucho más atractivo una cosa que suena bien dando golpes que ponerte a estudiar notas y solfeo. Las pocas amigas que tenía por esa época no lo entendían muy bien, alguna decía que era un instrumento de chicos y otras sólo lo pensaban. Durante los primeros años no quería que se enteraran en clase, porque ya se reían bastante de mí y esto ya iba a ser el colmo. Luego ya nos hicimos mayores y vinieron los ‘¡que guay! yo siempre he querido tocar la batería’ por parte de las chicas que conocía. ‘Pero de pequeña pensaba que era un instrumento de chicos’, les faltaba decir».

Si Rosa empezó copiando los ritmos de Ben Gillies de Silverchair, Elisa Pérez (Cosmen Adelaida, Rusos Blancos), afirma haber copiado en ocasiones sin ningún pudor a Stephen Morris (Joy Division). ¿Ninguna mujer inspiradora a las baquetas? Por supuesto, ahí aparece la imprescindible Maureen Tucker de la Velvet Underground, «por su manera tan sencilla, efectiva y poco pretenciosa de tocar».

Elisa le quita hierro a los motivos por los cuales comenzó a tocar la batería: «Empecé por razones muy estúpidas. Tenía dos amigos que tocaban la guitarra y el bajo respectivamente, así que me pareció buena idea aprender a tocar la batería para montar un hipotético grupo que nunca tuvo lugar. Además siempre he sido bastante vaga y me gusta estar sentada, supongo». Aunque luego, sin embargo, encuentre razonamientos de mayor enjundia al buscarle el atractivo a un instrumento que carece de cables, botones o cuerdas: «Lo que ves el lo que hay y lo que suena si le das con un palo, hasta aquí no hay más misterio que el que tú quieras darle. En alemán se llama ‘schlagzeug’, que traducido es ‘chisme para golpear’, me gusta mucho que sea algo tan tonto. No extraña que con estas explicaciones Elisa sea conocida en el entorno por poseer un estilo, sea en broma o en serio, calificado como «muñonada» por su técnica, digamos, un tanto primitiva.


Un héroe de la batería para Elisa. Lo prometemos.

Este estilo primitivo al que me refiero parece ser un denominador común entre las entrevistadas, sobre todo cuando me dirijo a Sofía Pedreira, de los asturianos Indienella, o a María Costa del grupo gallego Franc3s. Las dos comenzaron a tocar la batería por necesidades del grupo, ambos con el espíritu K Records en órbita. Así, la primera define su estilo como «simple y cacharrero», y la segunda nos remite a la calificación de Eric de Los Planetas sobre sus modos, «en clave de coño».

«En casa me decían que no hiciera tanto ruido porque tocaba con demasiada energía. Cuando empezamos a tocar por Galicia, me decían de todo, sobre todo los heavies de cada pueblo, que no comprendían que no intentara ser John Bonhan, como intentaban ellos durante siglos en sus locales de ensayo». ¿España 1976? Negativo, díganselo a María.

The Fall, Bobby Gillespie, Beat Happening, los Gories… ¿qué pasa en tierras norteñas? Nos vamos al otro extremo septentrional. Cati, de Doble Pletina, parece la persona más idónea para tratar este tema, pues anda muy involucrada con la revista Tom Tom Mag, radicada en Brooklyn y única en el mundo dedicada a chicas bateristas. Es allí donde precisamente echó a rodar un proyecto llamado Tres Drums, junto con la editora de la revista y otra baterista.

Cati en Tres Drums

¿Por qué la batería y no cualquier otro instrumento, Cati? «En palabras de Karen Carpenter: Why not?. Puede que en los primeros conciertos hubiera gente más sorprendida o admirada por el hecho de que una chica tocara la batería, además en ese caso (con el grupo Amarillo) era la única chica del grupo y tal vez llamara más la atención».

De todas las entrevistadas podríamos pensar en Cati como la más ortodoxa y refinada, dada su formación y el grupo en el que milita. Sin embargo, en este otro proyecto del que nos informa, Tres Drums, se entrega mucho más a la improvisación. Por eso no extraña el conglomerado de influencias que cita al ser preguntada sobre ello: «Desde Karen Carpenter que es más clásica, hasta Greg Saunier de Deerhoof, los beats de Tune-Yards, Janet Weiss de Sleater Kinney, Marc Pell de Micachu & The Shapes. Últimamente me fijo bastante en baterías algo desestructuradas o que rompen un poco los ritmos más comunes, y en cualquier combinación de dos o más baterías».

Bateristas sin complejos, con un único modelo a seguir: el propio. Y un anhelo común: «tener pipa para la carga y descarga».

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como un fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de «indiegnado» (los sagaces juegos de palabra con el «indie» están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-Yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar).

Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Sí que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a continuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tosv, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestroso suficientes modscomo para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, «La Edad de Oro» (TVE), que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie(antes “música alternativa”) es aquello que salía en el «Generation Next Music» (1998) de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivió todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban a ver los unos a los otros; pero los propios grupos, a través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan.

Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazkin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixties y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes.

Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores.

Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional.

Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí?

Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de Internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante MySpace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk.

Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No Te Apures Mamá, Es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña.

Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver. ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.

Era abril de 1998 y en la calle Velarde del barrio madrileño de Malasaña no se hablaba de otra cosa, era el primer fin de semana tras la salida de «Una Semana en el Motor de un Autobús» (RCA, 1998). Los Planetas habían vuelto a cerrar un LP con una canción de más de nueve minutos, y qué canción. «Por lo menos tendré la certeza, de que existo, de que puedo decidir…», repetíamos sin parar.

«Desde ahora, HASTA EL DÍA QUE ME MUERA!»… ¿Sería el nacimiento de un nuevo himno generacional?, nos preguntábamos.

Cuatro días después, en un Continente (ahora Carrefour) me compré el «Pop» (RCA, 1996), que aún no lo había escuchado. Allí estaba ese precioso CD de portada rosa, en el carro de la compra, entre paquetes de embutido y detergente para lavadoras. Al volver a casa solo tenía quince minutos para cambiarme y marcharme. Como por aquel entonces no tenía discman (ni yo, ni nadie), nada más entrar por la puerta puse a grabar el CD en una cinta para poder escucharlo en el metro; grabé la primera canción y luego salté a la novena, para hacerme una pequeña idea de lo que sería el final del disco y para ver si terminaba con una «Caja del diablo» o con una «Copa de Europa» (como todos sabéis el «Pop» comienza con «db», un tema de nueve minutos y termina con «Punk», de minuto y medio).

Han pasado trece años ya y aún lo recuerdo con claridad. Estar semi tumbado en los tres últimos asientos del vagón del metro, terminada «db» y sus estimulantes últimos cuatro minutos de magia sónica, comenzó «Aeropuerto». Recuerdo subir el volumen y no entender ni una sola palabra de la estrofa, recuerdo el pelotazo, el cambio de intensidad del estribillo: «Siento que no te quiero, no importa», la vuelta a la estrofa ininteligible, las entradas ridículas de la batería… Pero, sobre todo, recuerdo la piel de gallina y el escalofrío en mis brazos, el pensar que esa canción era especial, jodidamente especial, me decía a mí mismo mientras rebobinaba una y otra vez para poder volver a escucharla con la esperanza de poder rescatar una a una las frases de esa maravillosa letra.

«En el sitio en que vivías, cuando estábamos saliendo, escuchábamos aviones despegar, aunque estábamos muy lejos.»

Luger

Como continuación a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid nacía este año el festival Enjoy After Arco vinculado de manera más que acertada a la sala Joy Eslava. Desde la organización, a la hora de desgranar los objetivos de su nacimiento se esgrimía la necesidad de dar una continuidad nocturna, buscando una programación «arriesgada e interesante, alejada de lugares comunes». No parece que escoger a Los Planetas para amenizar la velada con sus discos cumpla precisamente esta premisa, pero en lo que al apartado de directos se refiere no pondremos objeción alguna, pues aunque Triángulo de Amor Bizarro pueda resultar a estas alturas una obviedad, también lo es que actualmente es, de largo, el grupo más en forma del panorama musical español. Y es que estamos hablando del único grupo capaz de adoptar la posición que otrora ocuparan Los Planetas, su carácter totémico y referencial.

De primeras costaba asimilar que desde un marco como el que estamos tratando se apostase de una forma tan tajante por las guitarras en detrimento de la música electrónica, mucho más ligada a la modernidad. Con la cabeza como aquella canción de Blas y las Astrales uno se podría imaginar un «afterparty lounge chill out» de caras estiradas y música aséptica. Pero ahí estaban las guitarras, demostrando que ahora mismo son tendencia.

En una sala tan agradecida como la Joy Eslava -probablemente la de mejor sonido en Madrid- los de Boiro desplegaron todo su arsenal de ruido, aunque con un puntito menos atronador de lo esperado e incluso con una nitidez inusitada en las voces. Además de un repertorio plagado de hits -con mención especial a «El himno de la bala», «Amigos del género humano» y la más celebrada por el público «De la monarquía a la criptocracia»– tuvieron tiempo de probar hasta cuatro nuevas canciones, dos de ellas englobadas en su vertiente más punk de guitarras aceleradas, y otras dos -a priori más interesantes para un servidor-, de tinieblas y oscura gravedad. Su presencia, con una cada vez más locuaz y pizpireta Isa como líder indiscutible sobre el escenario, la batería incontestable de hits, y la entrega de una legión de fans dispuestos a darlo todo en cada uno de sus conciertos, hacen que estos devengan en fiestas inolvidables.

Mucho más arriesgada fue la elección al día siguiente de Lüger, quinteto madrileño que no para de crecer y cuyo techo se establecerá donde ellos quieran, en un momento en que todo el mundo parece coquetear con el kraut, pero ninguno de una forma tan rabiosa y vehemente como ellos. Como aquellos Acid Mothers Temple que telonearan en junio de 2010, se mostraron hipnóticos y apabullantes, capaces de provocar sentimientos encontrados entre sus pasajes de sosiego y aquellos otros de regurgitante desenfreno. Cohesionados como nunca, inmutables como siempre, hicieron válido aquello de parecer un grupo de fuera. Y van…

Me presento: Me llamo Marcos y llevo tocando el bajo en Cosmen Adelaida desde abril de 2007. Esto ha supuesto, aparte de una más que considerable reducción de mi tiempo libre -y no tan libre-, unas cuantas alegrías y algún que otro disgusto normalmente aparejado a una alegría anterior o posterior, no soy tan masoquista. También me ha permitido vivir, desde la posición privilegiada que da el escenario, toda clase de tópicos y frases recurrentes sobre el pop de bajo octanaje comercial y con el amateurismo por bandera. La mayor parte de ellos son ciertos.

Cuando se me propuso rellenar con texto unos espacios en blanco que afeaban el aspecto de la web lo primero que se me ocurrió fue echar la vista atrás. Era un intento de encontrar algo interesante que contar en los cinco años que llevo en el grupo. Después de todo, estoy en esa perspectiva privilegiada del escenario y además toco el bajo, lo cual es doblemente privilegiado en este caso: Mientras que el cantante se lleva las presiones y los agasajos, yo me puedo dedicar a observar a los que presionan y agasajan al cantante. Mirando al pasado una idea vino rápidamente a mi cabeza: Nadie compara a nadie ya con Los Planetas.

Los Planetas por pichardomilciadesEvidentemente, esto es falso. Todavía hay muchos grupos a los que achacamos el sambenito de estar influenciados por los granadinos, pero hace un lustro era una constante, un mantra. La primera lectura que se desprende de esto, aparte de la pereza de la gente (y de los periodistas musicales) a la hora de encontrar influencias en la música de un grupo, es que Los Planetas han sido la banda más importante del pop (indie) español en los últimos veinte años, que es como decir que es la banda más importante del pop (indie) español, a secas.

Desde los primeros 90 hasta hace relativamente poco tiempo su influencia ha sido constante, a pesar de que ya con «Encuentros Con Entidades» (RCA, 2002) la gente empezó a cuestionarse su reinado. No está mal si tenemos en cuenta que llevaban casi diez años en el trono. Ha sido al desarrollar su personalidad como grupo, eso que les hace apartarse de las modas y mirar hacia los libros de historia (del pop español), cuando definitivamente han dejado de ser profetas en su tierra (sic). Los aires flamencos no han terminado de calar en el indie a pesar de que en un primer momento los recibió como algo fresco en el panorama algo anodino de mediados de la pasada década.

Una segunda lectura, consecuencia de la anterior, es que no ha habido ningún otro grupo español que haya sabido excitar al fan medio de la misma forma. Ninguno ha conseguido un consenso entre el público como para marcarlo generacionalmente, ni siquiera mi admirado Fernando Alfaro (me postro ante él) y sus continuas reinvenciones para seguir igual. Nadie comparó en su momento a Cosmen Adelaida con otro grupo nacional más, tras los de Granada solo surgían variadas referencias foráneas.

El panorama ha cambiado con la llegada de la nueva década. Los Planetas ya no marcan la tendencia pero tampoco ha tomado nadie el testigo. Paradójicamente, la gente ha comenzado a hablar de grupos nacionales para calificar a las nuevas bandas. Sin embargo, en lugar de concentrarse las miradas en un puñado de referencias, estas se han multiplicado. Ni siquiera hablamos de los grandes nombres en activo, que siguen siendo los mismos después de diez años o más. No hay más que mirar las últimas listas anuales: pocas repiten podio. Podríamos hablar sobre que es consecuencia del cambio en la industria y la cultura musical. Quizá en otro momento.

A decir verdad, si la gente ha dejado de comparar a Cosmen Adelaida con Los Planetas es porque hemos dejado de parecernos a ellos. Están muy presentes en nosotros, al menos en mí. Todos sus discos me parecen buenos, con mención especial a «Super 8» (RCA, 1994), «Una Semana en el Motor de un Autobús» (RCA, 1998) y «La Leyenda del Espacio» (RCA, 2007) -yo lo considero lo mejor que han hecho. Pero es cierto que poco a poco un grupo va haciendo su propio camino y, aunque la influencia externa es constante y muchas veces inconsciente, esta no modifica el núcleo que, como una hormiguita, has fabricado con tesón y paciencia, mucha paciencia.

The Breakfast Club
The Breakfast Club

Si hubiese que hacer una pirámide demográfica con la población que compone la escena musical española, el gráfico nos saldría con forma de ataúd. Y esto no es una metáfora gótica ni una hipérbole siniestra: es que cuando la población envejece a ritmo muy superior al que aparecen nuevas generaciones las barras que representan el crecimiento de demográfico forman una figura con esta fúnebre forma. Que se lo digan a Japón. Los expertos en economía aseguran que en 2050, si siguen la tendencia actual, la población activa del país nipón será tan reducida como el público de un concierto de la Nueva Oreja de Van Gogh.

Dios les libre para entonces de otro Fukushima, porque todos los bomberos van a estar en un geriátrico.

Aunque la SGAE cuenta con datos sobre los músicos que les tributan, no hay un instituto nacional de estadística que se dedique a llevar el censo de músicos españoles (si lo hubiese, el director general sería, con toda seguridad, Kiko Veneno), pero el Milodón se atreve a asegurar sin miedo a equivocarse que el pop español pasa por una fase vegetativa: es decir, está envejecido y envejeciendo.

Aquí nos metemos en terreno peliagudo por dos razones:
a) Continuar con este argumento obliga a una definición previa de los términos «escena musical española» y por supuesto «pop» (antes de seguir leyendo, podéis haceros fans de este grupo de Facebook)

b) Seguir adelante con esta exposición entraña un riesgo: herir la sensibilidad de los músicos implicados. Es fácil quitarle importancia a la anécdota de esos niños que te paran por la calle pare pedirte la hora y te tratan de «usted» y te llaman «señor». Pero cuando hace tiempo que ya no eres aquel tipo esbelto y con abundante flequillo que cabía perfectamente dentro de unos pantalones pitillo y la tonsura natural o la feliz tripa del hombre casado hacen acto de presencia es más difícil defender que te hayan publicado ya cinco discos (y cuatro sean mediocres).

¿Hay alguien ahí, MacFly?
¿Hay alguien ahí, MacFly?

Supongamos que «escena musical española» y «pop» son dos palabra baúl en las que queremos meter cosas que suenan mucho por la radio y que son bastante conocidas por el público general: acudamos entonces a alguna lista tan ramplona y uniformizadora como el propio hecho de hablar genéricamente de «escena musical» y de «pop». Vayamos a ver cuáles son los diez nombres encabezan hoy por hoy la lista Promusicae de los discos españoles más vendidos.

Y dice así:

Pablo Alborán
Sergio Dalma
Estopa
Manolo García
Dúo Dinámico
Amaral
Bunbury
Alejandro Sanz
Amaia Montero
Luz (Casal)

Correcto.

Nombres todos que ya aparecían en aquellas lista de Afyve que tan felices nos hicieron en los tiempos del Rockopop de Beatriz Pecker. Con la sola diferencia de que entonces todos ellos tenían veinte años menos. Y de que en aquel tiempo la venta de discos podía llegar a convertirse en una fuente de ingresos seria para quienes quisieran vivir de la música. Únicamente Pablo Alborán -un chaval de veintitrés que ha conquistado al público nacional con una propuesta flamenca tan fresca como los jerseys de cuello vuelto de Carlos Cano– es la excepción que confirma la regla.

Premio al Artista Revelación

Diréis:

– Pero Milodón, todos sabemos que las listas de ventas oficiales, controladas por majors y cercenadas por mil motivos, en un mundo dominado por las descargas libres, la escuchas en streaming y la autoedición, no representan en absoluto la realidad de lo que está ocurriendo en el panorama musical español (¿»Panorama musical español»? Joder, sal de mí, José Luis Moreno).

Y tenéis razón. Los rankings de Promusicae son tan fiables en la medición del pulso de la escena como un gallo de Portugal en la predicción del tiempo.

Por este motivo, el Milodón ha hecho un somero repaso de las listas de Lo Mejor de 2011 publicadas por revistas especializadas en los ires y venires de la industria independiente (¿es necesario concretar a qué nos referimos con «independiente»? Qué cansancio. Que ese post lo escriba otro) con la esperanza de que estos espacios de probada sensibilidad underground y gran habilidad prospectiva (Rockdelux, Jenesaispop, MondoSonoro), capaces de subdividir la música popular contemporánea en más de cincuenta y seis categorías diferentes, arrojasen algo de luz sobre el asunto.

La esperanza era encontrar bandas de veinteañeros con cuerpos en plenitud física y mentes inquietas en estado de bullición. Erecciones prodigiosas e ideas nuevas. Los Lady Gaga, los XX, los MGMT, los Vaccines españoles. Los Niños de San Ildefonso del predio alternativo. Juventud, divino tesoro.

Veamos un resumen de los nombres más frecuentes en las listas independientes de los mejores trabajos del año que acabamos de despedir (los números no responden a un orden concreto).

1. Nacho Vegas
2. Manos de Topo
3. Antónia Font
4. Parade
5. La Casa Azul
6. Nudozurdo
7. Russian Red
8. La Bien Querida
9. Christina Rosenvinge
10. Pony Bravo
11. Sr. Chinarro
12. Lisabö
13. Bigott
14. The New Raemon, Francisco Nixon y Ricardo Vicente
15. Manel

Interpretación de datos para la ubicación de estas bandas dentro de la pirámide demográfica:

1. La etiqueta yogurín no le encaja, ¿verdad?.
2. Los Artic Monkeys, también fueron jóvenes promesas. Pero ya no.
3. Su gran hit se titula «Calgary 88». Aquí huele a tienda de segunda mano.
4. ¿¡Aún publican!?
5. Guille Milkyway sale en las fotos de la comunión de Tino el de Parchís
6. Como Lori Meyers o Vetusta Morla, FUERON jóvenes
7. Aplíquese el epígrafe anterior.
8. Véase Christina Rosenvinge.
9. Véase La Bien Querida.
10. Hay que haberle dado varias vueltas al tacómetro para hacer esas letras.
11. Grecian 2000, s’il vous plait.
12. Atendiendo a la entrada de la Wikipedia: “Es un grupo de rock del País Vasco fundado en Irún en 1998”.
13. Es un señor mayor con pelo en la cara.
14. Tres señores mayores, dos, con muchísimo pelo en la cara.
15. Voluntariosos, pero no críos.

Diréis:

-Pero Milodón, estas listas no reflejan, ni muchísimo menos, la riqueza de lo que ocurre en pequeñas salas de conciertos, donde grupos que han autoproducido maquetas o publicado con sellos mínimos sus disquitos de 10″, forman parte de una comunidad efervescente. En este hueco es donde están escondidos los talentos insultantemente jóvenes.

Y el Milodón os dice: si esto fuese así (que no lo es) el resultado sería igualmente desolador. O peor. Significaría que la chavalada con ideas y energía renovadas no consiguen hacer llegar su talento a los circuitos comerciales. Y al fin y al cabo se trata de que la cosa rule, ¿no?. ¿O acaso hubiese dejado John Peel que The Smiths se quedasen para siempre tocando en un asqueroso cuchitril de Manchester?

-O sea, Milodón, que tu opinión es que la gente mayor de veinticinco años no tiene derecho a componer, tocar y editar su música.

No. Por su puesto que lo tienen. De hecho, aún esperamos grandes cosas de muchos compositores mayores de cincuenta.

Pero si los mitos de la historia de la música pop (rock o como demonios queráis llamar a cualquier de los cincuenta y cuatro subgéneros que os guste) se suelen morir a los veintisiete años es porque han ofrecido lo mejor de sí mismos mucho antes. Alaska tenía catorce años cuando se subió por primera vez a un escenario. Antonio Vega veintitrés cuando compuso «La chica de ayer». Santiago Auserón veinticinco cuando editó «Música Moderna» (Hispavox, 1980) con Radio FuturaDavid Summers diecinueve cuando salieron sus primeros singles con Hombres G.

¿Se acabó la historia de la música española el día que Jota cumplió cuarenta años y llevamos seis celebrando El Entierro de la Sardina? ¿Deberíamos poner en marcha políticas de natalidad musical en los institutos, de la misma manera que los japoneses subvencionan el segundo hijo? Y sobre todo, ¿de verdad es Pablo Alborán la nueva esperanza del pop patrio?

– Milodón. El cantante de Los Planetas tenía treinta y dos cuando la banda lanzó «Una Semana en el Motor de un Autobús» (RCA, 1998). Cierto, amigos. Y quizá ahí radique parte del problema. Aunque esto y el análisis de las causas profundas de este funeral ya es un tema de debate para otro día.