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Alejandro Díez (Los Flechazos, Cooper) ha iniciado una aventura editorial, Ediciones Chelsea, en la que da cobijo a las experiencias y reflexiones de una cada día mayor lista de amigos. Si bien el arranque de esta colección Mis Documentos lo hizo con su «Reflejos en el Retrovisor» (2013), donde él mismo comenzaba con esta revisión de documentos personales, en esta nueva entrega de la sección Música Para Leer reseñaremos los títulos confeccionados por Fernando Pardo (Sex Museum, Los Coronas) y Joaquín Felipe Spada (Los Canguros, Los Fresones Rebeldes, Cola Jet Set). Presentados de forma cómoda e impecable, los textos no se han escrito para la ocasión sino que cada volumen constituye una recopilación de material publicado previamente en fanzines, recortes de prensa, revistas, entrevistas o que sencillamente andaba perdido entre los papeles de cada uno de los autores. Es prevenido con esto como uno mejor afronta la lectura de estos volúmenes, en los que el perfil de cada protagonista va quedando definido con la combinación de diversos retazos.

Fernando Pardo - Cuando éramos eléctricos

 
CUANDO ÉRAMOS ELÉCTRICOS
Fernando Pardo
Colección Mis Documentos
Ediciones Chelsea, 2013

He de confesar que con Sex Museum soy víctima de un constante sentimiento de culpa. Paradigma envidiable de cómo mantenerse haciendo la música que les gusta y de gestionar su carrera de modo totalmente independiente y autónomo, me ocurre con ellos lo mismo que con ese amigo al que quieres llamar pero que sin embargo no terminas de encontrar el momento de hacerlo. Leer a Fernando Pardo en esta colección paliaba de alguna manera toda esta pereza imperdonable para entrar de lleno en sus discos.

Es precisamente gracias a un proyecto inconcluso del propio personaje por documentar la trayectoria y biografía de Sex Museum que uno tiene la oportunidad de llegar con «Los Chicos Eléctricos» a ciertas profundidades de la esencia de la banda, de sus períodos críticos y de la evolución realizada a partir de los mismos. Reflexiones desde su primer concierto en octubre de 1985, en el que se fragua el dejar atrás toda su vida anterior y apostar por un grupo de rock visceral.

Parte de ese pasado tiene que ver con una acreditada pertenencia a la escena mod del Madrid de los 80, detalle que sin duda habrá tenido algo que ver en la amistad que mantiene con Alejandro. Protagonista de la labor de investigación de campo realizada para documentar «¡Ahora! No Mañana. Los Mods en la Nueva Ola (1979-1985)» (Milenio, 2009), la presente recopilación se beneficia de las conversaciones mantenidas con Pablo Martínez Vaquero, autor de dicho libro. Mucha de la información que no encontró sitio en aquella revisión de la oleada mod, sirve aquí de interesante y en cierto modo desolador reflejo de aquellos días y de su violencia gratuita.

A través de algunas de las entrevistas y textos Fernando Pardo cuenta, mezclando las trayectorias de Sex Museum y Los Coronas, cómo es convivir en una gira con grandes artistas, sufriendo la ignorancia o el despecho de muchos de tus ídolos. O como ocurrió en uno de los capítulos más interesantes que contempla este libro, cuál fue la relación de la banda con Steven Van Zandt, miembro de la banda de Bruce Springsteen y que se mostró interesado en la música de los españoles para su propio sello discográfico. Del éxtasis ante la posibilidad de ver su música distribuida por todo el mundo a la desilusión de ver las condiciones del contrato que les ofrecía el norteamericano.

Involucrados directamente en la escena del barrio de Malasaña y su cuartel general El Ágapo, son varios los extractos que salen acerca de la reedición del disco «Ágapo Live» (Romilar-D, 1989) en el año 2011 o refiriéndose a la desaparición de protagonistas de todo aquello: «Y entonces un día Kike (Turmix) murió. Y con él murió La Malasaña en la que vivíamos«.

El libro termina con la crónica de la gira de Los Coronas por Australia. Relato que atrapa y que uno no lamenta ocupe en proporción uno de los mayores pedazos del libro. Aunque evidentemente hay momentos que resultan mucho más flojos o que al menos a mí me interesan menos (las disquisiciones sobre el Atlético de Madrid o sobre guitarras e instrumentos varios, por ejemplo) el balance es claramente positivo.

 

Felipe Spada

 
CONFESIONES EN LA PISTA
Joaquín Felipe Spada
Colección Mis Documentos
Ediciones Chelsea, 2013

Poco o nada conocía de ninguno de los grupos por los que ha pasado J. Felipe Spada salvo los nombres, y eso que no han sido pocos: Los Canguros, Los Bretones, Los Fresones Rebeldes o Cola Jet Set. Sí sabía de su pasado de activista mod, y por alguna razón aquello me valió como excusa más que suficiente para entrar con todas las ganas del mundo a leer su contribución a estos Mis Documentos de la editorial de su amigo Álex.

La lectura descubre a un personaje del que termina atrapando su pasión por la música, la que le lleva no sólo a gestionar un más que interesante fanzine, sino a detallar de forma impecable a la amiga a la que acaba de grabar una cinta casete, las características de las canciones y los grupos que ha elegido para ella.

Música entendida como elemento capaz de tocar alguna fibra del alma y generar unas ganas irrefrenables de hacer algo creativo. O viceversa, sentirse tocado para bien o para mal por sentimientos que te hacen componer música. De todo ello se habla en los textos, extractos de entrevistas que ha seleccionado Felipe Spada.

Atrae igualmente la manera en la que se habla, brevemente, de momentos y vicisitudes varios en la trayectoria de alguno de los grupos arriba citados. Idas y venidas, alegrías y desencuentros. Cuando habla de compañeros de escena como los Brighton 64 al documentar la reedición de aquel «Barcelona Blues» (Flor y Nata, 1983), o de cómo vivió el éxito comercial de Los Sencillos como muestra de lo que les hubiera podido acontecer a ellos mismos de haber tenido algo más de paciencia.

Cuadernos de viaje en escapadas por Italia o tocando en festivales en Liverpool aprovechando la mística de Los Beatles. Caben muchas cosas, pero quizás demasiado dispersas. De hecho sale algo mal parado de la comparación con el libro de Fernando Pardo; se evidencia un poco la brevedad e inclusión de facetas en exceso ortogonales a las cuestiones estrictamente musicales (la nota de queja en la comunidad de vecinos por asuntos de tuberías o la reseña de novelas). Todo ello termina jugando algo a la contra e induce a la sospecha de falta de material o de ganas de buscarlo. Aún con todo me doy por satisfecho con los momentos más apasionados de lo que deja ver Felipe Spada.

 

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como un fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de «indiegnado» (los sagaces juegos de palabra con el «indie» están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-Yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar).

Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Sí que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a continuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tosv, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestroso suficientes modscomo para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, «La Edad de Oro» (TVE), que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie(antes “música alternativa”) es aquello que salía en el «Generation Next Music» (1998) de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivió todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban a ver los unos a los otros; pero los propios grupos, a través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan.

Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazkin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixties y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes.

Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores.

Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional.

Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí?

Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de Internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante MySpace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk.

Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No Te Apures Mamá, Es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña.

Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver. ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.

El Popfest es un festival de indie pop que se celebra a lo largo y ancho del globo, desde Nueva York hasta Roma, organizado por pequeñas células independientes, unidas eso sí, por el mismo espíritu: autogestión y ausencia de patrocinadores, sin renunciar a colaboraciones puntuales con colectivos afines, y querencia por un estilo heredero de sellos legendarios como Sarah o K Records.

El año pasado, un grupo de foreros de People Like Us, se hicieron la siguiente pregunta: ¿Si era posible en Londres, Roma o Berlín, sería también posible en Madrid? Dicho y hecho. Se pusieron manos a la obra y parieron la primera edición del Madrid Popfest, con grupos tan míticos como Allo Darlin’, la reverencial presencia de Amelia Fletcher, y momentos impagables como cuando el bajista de The Orchids salió a cantar junto a los primeros la que quizá sea su canción más conocida, «Dreamin'».

En el apartado nacional, se contó con la participación de Autócratas, Zipper, Aias, Fred i Son y Cola Jet Set, los cuales sorprendieron a todos tocando hasta cinco versiones de Family, provocando un pogo de dimensiones descomunales que pilló por sorpresa al propio grupo cuando cerraron su concierto con «Al amanecer» de Los Fresones Rebeldes.

Obviamente, para poner en marcha todo un festival sin ningún tipo de patrocinio, fue necesario desarrollar durante todo el año una serie de fiestas de presentación, que sirvieron tanto para abrir boca como para recolectar fondos.

Así, LaFonoteca, por afinidad con la organización y su filosofía, se une a esta empresa por partida doble. Por un lado, el día 4 de febrero estaremos en Barcelona, en La [2] de Nitsa con los madrileños Zipper y los barceloneses Grushenka. Por otro, el día 10 de febrero, ahora en Madrid, en la sala Siroco podremos disfrutar de la presentación del debut homónimo en largo de la mano de Limbo Starr de Reina Republicana, acompañados inmejorablemente por Wild Honey y Zippper.

Estamos muy contentos de colaborar con una edición que va a contar con el inesperado regreso de Close Lobsters, y que refuerza la sección nacional con la incorporación de las siguientes bandas: Parade, Los Ginkas, Sundae, Doble Pletina, When Nalda Became Punk y Alborotador Gomasio. Un auténtico cartelazo.