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Portada de Antonio Zapico
Portada de Antonio Zapico

Conocimos a Raquel Peláez hace ya tiempo por su fantástico blog del Milodón e incluso llegó a hacer alguna colaboración con nosotros más ligada a la música española. Es justo comenzar con esto para poner de manifiesto que al enfrentarnos a su libro ya sabíamos por dónde iban a ir los tiros, lo cual, obviamente, nos encantaba. Se han escrito muchas líneas sobre Madrid, recientemente y sin cesar sobre lo supuestamente hipster y lo que no, la enésima disertación sobre La Movida, las mil y una listas de los mejores -ponga un sustantivo aleatorio- de la ciudad… Pero se echaba en falta, o al menos yo lo echaba, un retrato generacional con los ingredientes que en este «¡Quemad Madrid! (O Llevadme a la López Ibor» (Libros del KO, 2014) se reúnen: diversión no exenta de crítica social, mordacidad, psicología y desnudez personal.

Al igual que Carmen (de) Posadas hacía ese repaso a la fauna y flora de la tardomovida en “Yuppies, Jet Set, La Movida y Otras Especies” (El Papagayo, 1987) desde un punto de vista más socioeconómico (aunque de manera muchísimo más superficial y no por deliberadamente snob, con más gracia), Raquel Peláez se atreve a erigirse como retratista de una generación, la de los nacidos entre mediados de los 70 y principios de los 80 (año arriba, año abajo) algo perdida y falta de tótems. Y esto es importante, aunque no crucial, porque si bien el lector de edad no comprendida en este rango pueda quedarse fuera de ciertas cuestiones -no sentirse uno de nosotros al leerlo-, sí que puede encontrar en estas líneas la distancia suficiente y el interés necesario como para aproximarse a ello sin sentirse espantado, más bien lo contrario. Porque lo de Raquel es con ojos de viajera pero con el plus de ser residente y militante, combinación de Lonely Planet particular y bitácora personal de una superviviente inquieta en una ciudad inhóspita y cálida a partes iguales como Madrid.

Escudriñando cada uno de los rincones, acudiendo a los lugares típicos, pero también alejándose de ellos, adelantándose a ese fenómeno de gentrificación, dulce cuando tiene que serlo, mordaz e hiriente cuando procede, Raquel hila ideas y conceptos con gran destreza y maestría y gracias a ello y a su precisa mirada de bisturí de cirujano se aproxima más a una suerte de Baroja con retranca gallega (ejem, perdón, berciana) que a una simple croniquita meliflua repleta de nostalgia y batallitas. Al fin y al cabo, nunca nadie ha descrito mejor Madrid que alguien de fuera, lo cual entronca y mucho con la idiosincracia de la propia ciudad. Y Raquel lo vuelve a demostrar con creces.

En este recorrido por los sitios menos turísticos de la ciudad, veáse el caso de barrios como el de La Elipa, pasan de manera natural personajes ligados a la música y grupos tales como Loquillo y Burning. Por supuesto que hay un capítulo entero dedicado a Malasaña y se tocan, aunque sin demasiado énfasis, aspectos de La Movida (pequeña aseveración lapidante del  Zurdo inclusive) pero en los modos de vida, en los barrios y los locales, se huye, aquí sí, de lugares comunes. Uno puede encontrar cartas abiertas a personajes tan dispares como Christina RosenvingeDavid Summers al mismo tiempo que se frecuentan sitios como Ciudad Pegaso, por citar uno que me toca de cerca por familia, donde por cierto -y me da la impresión es una de las pocas cosas que Raquel no conoce- Fabio McNamara se crió. La pasión con la que escribe Raquel nos hace desear estar por igual junto a Carmen Martín Gaite y su refugio en El Boalo como junto a Carlos Boyero y su refugio en el Sylkar (de las mejores tortillas de Madrid, lo digo con conocimiento de causa). Historia, arte, literatura… Pocos detalles se le escapan a esta madrileña de adopción que confiesa haber pasado su primer verano en Madrid a la fresca dando vueltas y leyendo un libro en la circular.

Pasando las páginas de «¡Quemad Madrid!» uno tiene el doble (qué digo, triple; o cuádruple, no sé) placer de disfrutar las historias personales en las que Raquel nos enreda, querer descubrir la infinidad de lugares que describe y se nos escapan, sorprenderse por la innumerable cantidad de anécdotas históricas bien traídas que relata y, desde el punto de vista que aquí más nos interesa, constatar la vinculación de la ciudad a una grandísima y vigente escena musical. Ilusiona que las historias de Raquel tenga una banda sonora -su banda sonora, por supuesto- y esperamos que el valiente que se atreva a hacer el siguiente retrato también le de una importancia capital a la música como en este libro se destila.

«¡Quemad Madrid!» no sólo es una lectura perfecta para el verano, desestresante y refrescante, sino un libro imprescindible para cualquier madrileño, donde madrileño adquiere aquí el término más amplio posible: oriundo, residente, simpatizante, crítico y turista.

«Madrid, que siempre fue un resumen larguísimo de todas las ciudades españolas, que tiene un bar con el nombre de cada pueblo de Iberia, por fin acepta que ser un pueblo grande -y no La Movida- es lo que la ha convertido siempre en la ciudad más divertida de Europa.»

¡Quemad Madrid! se presenta hoy mismo en Tipos Infames (San Joaquín, 3) con la actuación en acústico de Marcos Rojas, líder de Los Claveles. Sale editado por Libros del K.O. con prólogo de Santiago Lorenzo y simpáticas ilustraciones de Alfonso Zapico.

Gabrielle «Coco» Chanel: veo todo en blanco y negro

 
Decía Coco Chanel: «Para ser irremplazable uno debe ser diferente». La indumentaria es una vía rápida hacia la diferencia. Y la diferencia es, no ya un derecho, sino un deber de cualquier banda que se precie. Desde Josephine Baker hasta Lana del Rey música y moda siempre han sido amiguitas.

¿Qué hubiese sido de los Jam sin sus parkas? ¿De las bandas de jazz sin sus zoot suits? ¿De Loquillo sin sus Perfectos? ¿De los Specials sin sus pork pie hats? ¿De Kiss sin sus pantalones pitillo y su maquillaje? ¿De los bakalas sin sus chandals? Las pintas siempre han sido complemento de los acordes; la militancia en bandas y los postulados estéticos fueron indisolublemente unidos a lo largo del siglo XX.

¿Os acordáis del siglo XX? Era cuando en el primer mundo los obreros que salían grasientos de sus fábricas necesitaban escuchar soul para purgar sus armas.

En el siglo XXI ya no fabricamos casi nada en el primer mundo: nos regodeamos en el sector servicios y la sociedad del ocio. Y nos hemos especializado en dos cosas: el diseño de cosas bonitas y la producción de espectáculos entretenidos.

En el primer grupo, la moda. En el segundo, la música. Muchas veces, ambas disciplinas colaboran. Y así es como los modistos convierten a las grandes divas de la canción en sus musas.

· A Madonna le hace la ropa Jean Paul Gaultier.
· A Beyoncé le diseña el vestuario Thierry Mugler.
· Y Nichola Formichetti se pone las botas con Lady Gaga.

Así es también como Rayban, Levi’s, Vans o Converse esponsorizan los grandes festivales «independientes». O como Anna Calvi, Florence Welch y Annie Lennox actúan en directo en los desfiles de Karl Lagerfeld, Gucci o Dolce & Gabbana.

La moda ha invadido la música y el rumbo de la economía en el primer mundo ha desplazado vocaciones: los niños ya no quieren ser guitarristas, sino estilistas.
Ahora, eso sí: los guitarristas que quedan defendiendo el poblado pop en plan Asterix nunca habían contado con tantas herramientas para ponerse guapos. Y, sin embargo, el vestuario de las bandas nunca había sido tan aburrido y previsible como lo es en la actualidad. Y si hablamos del terreno nacional, más.

Hedi Slimane le diseñó el vestuario a Franz Ferdinand

Decía Coco Chanel: «Para ser irremplazable uno debe ser diferente». ¿Cuándo, dónde y cómo lo dijo? ¿En qué contexto y por qué pronunció estas palabras? ¿De verdad Mademoiselle se dedicaba a lanzar aforismos entre truja y truja? ¿Alguien ha escuchado el archivo .mp3 que prueba que de los labios de la inventora del bronceado, el traje de chaqueta y la bisutería salió semejante obviedad? Nops. Ni falta que hace.

Chanel no sigue vendiendo doce millones de gafas con su logotipo al año gracias a la transparencia informativa. Los Ramones no han puesto su emblema sobre las tetas de media humanidad confesando que en realidad llevaban pelucas. La maquinaria de la industria de la moda y la de la música pop se engrasa con el mismo aceite: la mitomanía. Y los mitos no se construyen sobre el rigor documental, sino sobre las anécdotas cargadas de bombo y las frases grandilocuentes.

Seguramente Chanel nunca dijo que para ser irremplazable, diferenciarse es esencial. Aunque el caso es que esa idea básica fue la que empujó un buena día a la novia del Beatle muerto, Stuart Sutcliffe, a cortarle a los cuatro fabulosos el pelo a la taza y a sugerirles que se vistiesen con trajes Chesterfield.

Ahora, los trajes Chesterfield pueden convertirse en una tendencia global que llene las calles de todo el mundo en un abrir y cerrar de ojos por obra y gracia de Amancio Ortega. Y también es posible encontrar merchandising de los Misfits en las boutiques de Inditex o en H&M. Mitomanía a granel, vamos. Pero tenemos malas noticias amigos: lucir en el pecho y con orgullo la portada del «Marquee Moon» (Elektra, 1975) no nos convierte automáticamente en Tom Verlaine. Ni ponerse «Hate» en la espalda nos da los superpoderes de Ian Curtis. Muchos músicos españoles hoy parecen pensar que ponerse una camiseta de algodón de su banda favorita con vaqueros es todo un fashion statement. Que hacer una referencia al mito les mitifica/mistifica. Que la imitación es una forma de creatividad. Pois non.

Aunque lo pueda parecer, el Milodón no ha venido hoy a deciros que la mayoría de los grupos españoles EN ACTIVO (este matiz es importante) son un poco vagos (estilísticamente) y que abrazan la estética ardilla (camisa de cuadros y denim) con una desfachatez que acatarra. El Milodón ha venido hoy a hablaros de las honrosas excepciones. De los que no se han conformado con ser remedos pulcros de Josele Santiago o clones castizos de Kurt Wagner o lolitas maduras con vestidos de lunares o imitadores de Justice. Esta gente quizá no pretenda ser imprescindible, como decía la Chanelona, pero que desde luego intenta la diferencia. Y el Milodón los trae hoy aquí por su sentido de deber para con el armario, y en consecuencia, para con el público: se nota que cuando vieron a Parchís de pequeños entendieron que lo de los cuatro colores era una parte importante de la puesta en escena.

Así que, ahí van:

Ariadna de Los Punsetes

Su rollo: Princesa gótica de Alexander McQueen
Su logro: Se cambia más de outfit que Anne Igartiburu en una gala de Nochevieja

La Bien Querida

Su rollo: Martirio de la nueva era: faldas de faralaes y chaquetas ejecutivas
Su logro: Aunque a veces tiene una pinta bien bizarra, hay que reconocer que se sale de la media. No así su partenaire, DaBeef

Lorena Álvarez y su Banda Municipal

Su rollo: Unos hipsters de Brooklyn van al descenso del Sella y de paso plantan unos puerros
Su logro: En el caso de Lorena Álvarez, hacer unas fundas de guitarra que pondrían los dientes largos a un monje budista.

Regiones Devastadas

Su rollo: Símbolos nacional-católicos y geometrías futuristas
Su logro: Darle vida al niño nazi de Mark Ryden con sus uniforme de boy scouts

Linda Mirada

Su rollo: Diosa de la selección vintage
Su logro: Ser antónimo (en todos los sentidos) de Russian Red

Pony Bravo

Su rollo: Nick Cave & The Bad Seeds meets Chiquito de la Calzada
Su logro: Devolverle a la camisa estampada la dignidad que le corresponde

Y no se nos ocurren más, así que se admiten muchas y muy enriquecedoras sugerencias.

Moraleja:
Queridos pobladores del reducto pop, amantísimos Asterix del rock: hay un mundo de posibilidades estéticas ahí fuera. Salid a descubrirlo. Sabemos que os gusta más el lavado a la piedra que un pedal de reverb. Pero no abuséis de los vestiditos naïf, de las camisetas y del denim, que es un verdadero coñazo. Aunque el mito Yves Saint Laurent dijese: «De lo que más me arrepiento es de no haber inventado los vaqueros».

Bajo el nombre de una de las recopilaciones míticas del punk ibérico de los 80, hemos decidido abrir una sección en el blog en la que dar cabida precisamente a este tipo de música. Para ello, pretendemos ir citando a los protagonistas de aquellos días para que en nuestro suplemento compartan con todos nosotros su visión retrospectiva, sus valoraciones y recuerdos. La idea es convocar, en la medida de lo posible, a representantes de las diferentes escenas tanto geográficas como estilísticas que se desarrollaron entonces. Si bien en algunos casos ya estuvieron en contacto con nosotros para asesorarnos y garantizar así la rigurosidad de las reseñas de las bandas que ya están en nuestro archivo, ahora buscamos el lado estrictamente personal de quienes participaron de forma activa y directa en aquella explosión que sacudió todo el país tras el arranque del punk al final de los 70 en el Reino Unido.

Comenzamos esta galería de entrevistas con una visita muy especial, la de Miguel Alférez, batería de una de las bandas más emblemáticas de aquella época: Decibelios. El grupo de Barcelona hizo de auténtica punta de lanza en géneros como el oi!, ska y punk-hardcore en general. Desde su debut con el sencillo “Paletas Putrefactos” (DRO, 1982) hasta su disco LP “Con el Tiempo y Una Caña” (1989, Twins), dejaron buena muestra de su rabia en discos que constituyen auténticos clásicos del género. Situados en el ojo del huracán por lo extremo de su propuesto no pudieron sustraerse de polémicas sobre su posible orientación política y cambios de estilo. De todo ello nos habla Miguel en la entrevista que os presentamos a continuación.

¿Piensas que Decibelios fue una banda pionera en la música oi! y de una forma de entender el ska de este país?
Bueno, no se si decir pionera, pero sí que fuimos los que de alguna manera dimos a conocer tanto la música oi! como el ska. En el 82 no había muchas bandas haciendo ska; recuerdo que en alguno de nuestros primeros conciertos por Madrid, cuando tocábamos el tema “Oi! Oi! Oi!”, mucha gente no sabía de que iba y nos preguntaban qué era eso del oi!

¿Qué recuerdas del ambiente, de la escena musical de Barcelona cuando empezasteis?
Lo que recuerdo es que había muchas bandas con muchas ganas de hacer cosas, pero muy pocos medios, apenas salas donde tocar y nadie te hacía mucho caso, veáse radios, revistas especializadas, prensa y no hablemos de las televisiones. Se tuvo que empezar de cero, a base de mucha voluntad y mucho esfuerzo por parte de mucha gente. Ahí empezaron a salir las radios libres, los fanzines, locales pequeños que programaban actuaciones, pero sin cobrar. Normalmente el caché de los grupos era barra libre y nada más, tenías que poner la furgoneta, desplazarte y después del concierto, recogerlo todo, cargar y para el local a descargar. Era la tónica habitual.

¿Fue con DRO que entablasteis contacto con la escena o los grupos de Madrid? ¿Qué impresión os causó lo que se hacía en Madrid cuando ibais de visita? ¿Con qué grupos de punk de la capital tocasteis o tuvisteis relación? ¿Había diferencias con Barcelona?
Nosotros hicimos algún bolo por Madrid y veíamos que los grupos estaban mejor organizados. Era frecuente que hubiera conciertos en cualquier Instituto o colegio con grupos como Alaska, Gabinete, Loquillo, Parálisis Permanente y aquí no era posible organizar este tipo de actos por falta de apoyo. Allí conocimos a un montón de bandas ya que cuando había concierto en el Rockola se podía ver la flor y nata de La Movida Madrileña, era como otro mundo. Recuerdo estar en un bar al lado de Rockola y coincidir con Antonio Flores, Eduardo Benavente o los Siniestro Total que también andaban mucho por Madrid. Si querías conseguir algo, tenia que ser vía Madrid. Por lo tanto las diferencias eran notorias.

Cuéntanos igualmente de vuestra relación e impresiones por lo que se hacía en el País Vasco por entonces. ¿Qué bandas os sorprendieron o gustaban más de lo que había por allí? ¿Notaste la politización del punk vasco de la que se ha hablado tanto?
Nosotros realizamos bastantes conciertos por el País Vasco y también nos sorprendió su propia autogestión. Casi cada fin de semana había algún concierto que solían organizar el algún frontón o en alguna sala. Lo de la politización no era muy notable en aquella época, creo que también los grupos se buscaban la vida como podían, allí coincidimos con gente como Eskorbuto, La Polla Records, RIP, MCD, Vulpess o Kortatu y teníamos muy buena relación con todos ellos. Pienso que comos todos los grupos de cualquier punto de España, perseguían lo mismo, tocar en directo y poder editar tus canciones en algún sello independiente que en aquella época tenía más valor que fichar por cualquier multinacional.

¿En qué momento notáis que Decibelios se está convirtiendo en una banda importante?
No sé si Decibelios llegó a convertirse en una banda importante, al menos en aquella época, porque desde dentro del grupo, vivíamos el día a día normal, seguíamos con nuestros trabajos y ensayábamos cada día. Sí que es cierto que a partir de la edición del segundo disco “Oi!” (DRO, 1985) y posteriormente el “Vacaciones en el Prat” (DRO, 1986) cogimos más nombre, teníamos más conciertos, aparecíamos más en televisión, pero el grupo seguía siendo el mismo que cuando empezó, cuatro tíos unidos por la música y por una gran amistad. Con el paso de los años quizás Decibelios ha llegado a formar parte de la historia musical de este país y muchos grupos jóvenes tienen a Decibelios como una referencia y eso es un orgullo para nosotros.

Me imagino que resulta inevitable mencionar a Decibelios y no pensar en toda la polémica en la que se vio envuelta la banda respecto a sus posibles tendencias políticas ¿Piensas que se os maltrató injustificadamente en su momento?
Quizás sí, pero sobre todo fue debido a la desinformación y manipulación que hubo por parte de mucha gente. Tampoco nos preocupaba mucho por aquel entonces, pues teníamos muy claro lo que éramos y cuales eran nuestros objetivos, pero no siempre lo controlas todo y hubo muchas cosas que se nos fueron de las manos. Con los años se ha llegado a decir muchas cosas, pero en su gran mayoría son falsas, pues nadie ha sacado información directa del grupo, sino que hablan de lo que han oído, o de lo que les han contado, vamos como el cuento de la portera.

¿Qué es lo primero que te viene a la memoria cuando echas la vista atrás pensando en toda aquella época? ¿Nostalgia, algún tipo de ganas de cambiar algo de lo que hicierais?
Cuando miro atrás lo que veo son diez años compartidos con otras tres personas que fueron una parte importante de mi vida. No siento nostalgia, porque el tiempo pasa y en esta vida vas cubriendo etapas y Decibelios fue una etapa en mi vida. En cuanto a lo de cambiar algo, pues no sé, quizás, beberme más cervezas de las que me bebí.

¿El peor momento del que te acuerdes durante la trayectoria de la banda?
Quizás el palo del “Vacaciones en el Prat». Fue un disco que hicimos con mucho esfuerzo y mucha ilusión; tener que destruir cinco mil copias fue bastante duro. Pero como se suele decir, nos caemos para aprender a levantarnos.

¿Resultó tan decepcionante todo lo que ocurrió en el concierto en el que grabasteis «Vivo’s 88»?
Con el tiempo sí, en su momento no, porque no fuimos conscientes de lo que pasó en la sala. Lo he dicho ya un millón de veces, desde el escenario no ves si unos tíos están con el brazo en alto o el portero se está tirando a la guardarropa. Como el “Vacaciones” el “Vivo’s” (DRO, 1988) fue un disco que hicimos con mucha ilusión, hacia tiempo que no tocábamos en Barcelona y nos apetecía hacer un buen concierto delante de nuestra gente y grabarlo en directo. Fue una gran inversión por parte de DRO a los que también les apetecía mucho y mucho trabajo por la nuestra. De hecho, creo que el disco quedó muy bien, pero ciertos medios de comunicación magnificaron en demasía lo que ocurrió y eso no ayudó mucho.

¿Fuisteis conscientes en algún momento de toda la repercusión que llegaríais luego a tener?
La verdad es que no, porque cuando empiezas una historia como es montar una banda de rock, siempre tienes ilusión en que funcione, pero todos éramos conscientes de lo difícil que era en aquella época y más con el estilo putrefacto, punk, oi!, ska que nosotros hacíamos, así que nunca imaginas que treinta años después, tengas tantos seguidores como tiene Decibelios. Como he dicho, es un orgullo.

¿Cómo fue la relación de la banda con sus seguidores? Tengo entendido que había quienes os pedían una respuesta más enérgica contra el sector más politizado del público o quienes no aceptaban de buen grado cambios de estilo con respecto a vuestros primeros trabajos. ¿Cómo se conjuga el hacer lo que realmente os apetece y soportar la presión de vuestros seguidores?
Siempre tuvimos seguidores fieles y los que estaban cerca de nosotros nos conocían muy bien. En cuanto a las presiones, para nosotros no existían, sólo los medios de comunicación presionaban sobre el tema tras el concierto del “Vivo’s”, pero como siempre Decibelios seguía el camino que creía más conveniente al margen de los rumores.

¿Queda algo por decir que no hubierais dicho entonces? En vuestra música, en las respuestas a las críticas…
Jamás nos cortamos un pelo al momento de poner las cosas claras, de hecho creo que éramos el único grupo que decía las cosas tal como eran sin ningún tapujo. ¿Algo pendiente? No creo que nos quedara nada, hicimos y dijimos lo que había que decir, pero te vuelvo a repetir: la manipulación periodística es una lacra. Me recuerda mucho al periodismo deportivo, lo mismo te encumbran como te hunden en la miseria, se llama el poder de la pluma.

Siento curiosidad por saber cómo empezáis a trabajar con Rosendo y cómo resultó la experiencia.
Nuestra relación con Rosendo fue increíble, él vino a Barcelona para escuchar los temas que íbamos a grabar y enseguida surgió una buena amistad, estuvimos casi un mes en Madrid grabando y Rosendo parecía nuestra niñera, se preocupaba de que todo estuviera a punto, nos venia a buscar al hotel con su coche, nos traía cerveza al estudio de grabación, como te digo increíble, aparte de que es un profesional como la copa de un pino.

Tengo especial predilección por alguno de los temas de vuestro repertorio: «Matar o morir», «Ningún nombre de mujer»… ¿hay alguna canción de la que te sientas especialmente contento? ¿Algún disco en especial?
Los discos, suelen decir los músicos que son como hijos y que es muy difícil decantarte por uno u otro. A mi me pasa algo parecido, me gustan todos los discos, pues todos ellos fueron compuestos con la misma pasión y entrega, aunque si tuviera que elegir uno, quizás me quedaría con el “Oi!”. Creo que es el disco que mejor define la rabia de Decibelios, en cuanto a composiciones, letras, diseño, etc.

¿Qué ha sido lo más gratificante a nivel personal de tu pertenencia a una banda como Decibelios?
Sin duda la gran amistad que se forjó entre los cuatro. Diez años son muchos, sobre todo si los vives intensamente como los vivimos nosotros. Creo que conocer a Fray y Manel, aparte de que Manolo es mi hermano, fue lo más gratificante que te queda con los años.

¿Cuáles son a tu juicio las razones para haberos convertido en una banda de referencia del género?
Pueden haber varias, pero creo que la mas importante fue que la gente vio en nosotros a una banda diferente, auténtica y que hablaba de problemas reales, problemas que de hecho siguen vigentes, esa forma directa de denunciar las injusticias, unido a la música y los shows que montábamos en directo nos hizo un grupo diferente.

¿Sientes después de todo el tiempo que ha pasado el reconocimiento al grupo?
Han pasado más de veinte años desde la disolución de Decibelios y mucha gente sigue escribiéndonos y escuchando nuestra música, otros grupos que empiezan hacen versiones nuestras… No necesitamos ningún reconocimiento para satisfacer ningún ego personal, el reconocimiento está ahí y es un orgullo ver que la gente no te olvida.

En breve celebráis aniversario del nacimiento de la banda, ¿qué estáis planeando para la ocasión? ¿Qué habéis hecho en aniversarios anteriores?
Bueno cuando estábamos en activo montábamos auténticas bacanales, con fiesta, cerveza y algún directo. Ahora se cumple el 32 aniversario del grupo y en principio hemos quedado los cuatro para reencontrarnos y repasar todos estos años que no nos hemos visto, al menos no como nos veíamos antes y celebrarlo a nivel privado. Lo que venga después ya se verá.

Me imagino que uno no se embarca en una banda como Decibelios simplemente por cuestiones musicales. ¿Sentíais ganas de cambiar o criticar aquello que no os gustaba de entonces? ¿Cuál es el balance de ese posible enfrentamiento con lo que criticabais? ¿Te llevas alguna cicatriz de todo aquello?
Todas las batallas dejan cicatrices. Cuando nació Decibelios, teníamos muy claro que iba a ser diferente; no sé, es una cosa que sientes enseguida. Indudablemente queríamos cambiar cosas, denunciar injusticias, apoyar causas perdidas, pero el sistema es indestructible y por más que luches es difícil lograr algo positivo. Pero nos queda la satisfacción de que al menos durante diez años fuimos un grano en el culo del sistema.