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Kétchup / Las Rodilleras
Kétchup / Las Rodilleras

 

Pulverización de cristales en el suelo de la cocina. Se te ha caído un vaso, que no ha dudado en deshacerse en pedazos de todos los tamaños al llegar abajo. Te agachas para recogerlos, pero con uno de ellos te pinchas y de la yema del dedo asoma una gota de sangre. Te quedas mirándola unos instantes, atraído por ella como por las llamas de un fuego, antes de llevarte el dedo a la boca y succionar la dulzura del tibio fluido.

La imagen de la sangre nos lleva a pensar en un vino denso, pimentón líquido, cerezas licuadas, kétchup a borbotones. Ay, el kétchup… El kétchup tuvo que existir porque las patatas fritas pedían a gritos chapotear en algo. Su historia incluye ese punto de genialidad que diferencia una creación de otra: tiene como origen al ketsiap chino, una salsa picante que acompañaba el pescado y la carne pero que no incluía el tomate entre sus ingredientes, algo que se ocurrió al señor Heinz. Desde entonces, kétchup y sangre han convivido juntos como símil. La de kétchup que sale en una película, decimos, cuando tiene escenas con mucha “sangre”. Bien lo sabe, por ejemplo, Peter Jackson, que dirigió una de las cintas consideradas más sanguinolentas de la historia del cine —Braindead (Tu madre se ha comido a mi perro)— y que parece rodada durante una tomatina de Buñol.

El kétchup con patatas fritas es infancia pura. Una niñez que no se nos ha borrado; continúa en nosotros. Es un plato tan ligado a aquella época de nuestra vida como las rodilleras que nos cosía nuestra madre para alargar la vida de los pantalones o las que nos poníamos en el patio del colegio para no desollarnos las rodillas cuando nos tocaba de portero. No llegaremos aquí al extremo de Paquita la del Barrio, que en una de esas canciones suyas rebosantes de resentimiento recomendaba a su expareja unas rodilleras para que las usara con su propia madre si se ponían ambos en determinada posición. Nos quedamos con otras Rodilleras, el trío de chicas que residían en Londres cuando grabaron Horror Pleni (Disundead Records/Cruda Realidad, 2009). El álbum es un catálogo de garage-punk truculento y onda siniestra, cobijado bajo el espíritu de The Cramps. Gore musical, podría decirse, ya desde los títulos de algunos de los temas: Festín caníbal, Roja como la sangre, Sosa cáustica u Homicida. En esta última, nuestra favorita del disco, cantan: “Llevo dos muertos en el maletero / soy una homicida total”.

 

Atención, la salsa de tomate casera, cuando hierve, es tremendamente bulliciosa y escandalosa. A poco que no tengas cuidado con las tapaderas, paredes, encimeras y puertas de armarios lucen como si se hubiese cometido un asesinato en la cocina. Y pueden tomarte por un asesino en serie, por el carnicero de Milwaukee, por otro homicida total.

 

Twitter: @goghumo