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“GUÍA DEL MADRID DE LA MOVIDA” (ANAYA TOURING, 2020).

JESÚS ORDOVÁS Y PATRICIA GODES

 

 

Jesús Ordovás y Patricia Godes han elaborado una estupenda guía ilustrada sobre el Madrid de la Movida. Un minucioso recorrido por todos aquellos lugares que marcaron una de las etapas musicales más importantes de nuestro país. Ya sean bares, sus bares, sus salas de conciertos, emisoras de radio, tiendas de discos, discográficas o galerías de arte.

Hasta ahora, las personas y los personajes fueron protagonistas de este tipo de libros. En esta ocasión son los lugares los protagonistas. Porque tan importantes fueron Alaska, Nacha Pop, Radio Futura o Parálisis Permanente como el Rock-Ola, el Penta, la Vía Láctea o la Prospe.

 

 

La guía ofrece un recorrido por todos los barrios de la capital, desde los más célebres como Malasaña, Lavapiés a otros igual de importantes como Prosperidad, La Elipa, Carabanchel o Vallecas. Los barrios, sus locales y sus protagonistas llenan las páginas de este interesante trabajo. En cada capítulo se entrevista a un protagonista que nos descubre los secretos de ese barrio, contando anécdotas y curiosidades. Además se incluyen dos rutas especiales: La ruta de Almodóvar y La ruta de Alaska. Todo ello se completa con fotografías, muchas de ellas inéditas, y planos de las distintas zonas.

Un recorrido visual, colorido y muy completo que nos permite conocer y revisitar el Madrid de la Movida. Un libro que al mismo tiempo, es la excusa perfecta para visitar los distintos barrios de la ciudad con la guía en una mano y una cámara en la otra.

«ESPECTROS DE LA MOVIDA.

POR QUÉ ODIAR LOS AÑOS 80″

VÍCTOR LENORE

AKAL (2018)

EspectrosdelaMovida1

Liquidada ya la generación indie con su anterior “Indies, Hipsters y Gafapastas (Crónica de Una Dominación Cultural)” (Capitán Swing, 2014), Lenore dirige ahora su brigada de demolición hacia La Movida y a la década de los 80. «Nunca diez años habían resultado tan corrosivos para los vínculos sociales, a todos los niveles imaginables» declara al comienzo de una de las secciones en las que divide su ensayo el autor. Eso sí, lo hace tras haber amagado un pretendido paso atrás al confesar que «Resulta infantil el intento de demonizar una época determinada«. Pero no es más que eso, una finta antes de poner de manifiesto lo perjudicial y dañino de una década que, efectivamente es objeto de continuas revisiones, estudios y mitificaciones.

Vaya por delante que los principales damnificados de esta revisión a cuchillo, aparte de la (nutrida) lista de aludidos directos, serán, más que nada, todos aquellos instalados en la nostalgia personal de sus años de juventud. Lenore se recrea en el repaso por la cara B de toda aquella pretendida explosión de creatividad y luminosidad cultural acontecida con la transición a la Democracia. Se apoya para ello en la parte más sórdida de testimonios de primera mano o de una amplia bibliografía escrita por protagonistas que vivieron todo aquello. Bucea igualmente tanto por estudios y tratados sociológicos como por obra literaria de la que sonsacar el retrato más oscuro de la época.

Dice el autor que los 80 fueron el tiempo de la apuesta hedonista como amnesia política. La despreocupación de La Movida por todas las cuestiones socio-políticas hicieron que la clase obrera quedara eliminada de los papeles protagonistas de películas de cine y novelas; facilitó asimismo el desmoronamiento de lo logrado por el Partido Comunista en la lucha antifranquista quedando relegado a un trasnochado segundo plano por el boato socialista financiando la cultura y el arte para reservarse así la imagen de la modernez y progresía.

Por contra, el libro incide en la perpetuación de las opciones neoliberales de la sociedad de consumo y de una prolongación de maneras instauradas durante la dictadura de Franco para gestionar instituciones y censuras. Se describe así Prado del Rey como un ecosistema en el que conviven cuadros del antiguo régimen junto a los recién llegados socialistas. Según concluye en su análisis Lenore, no es que muchos de los protagonistas de La Movida hayan derivado en su madurez hacia posiciones conservadoras o reaccionarias, sino que siempre estuvieron en realidad emplazados en una ubicación a donde ha podido llegar la derecha tan pronto se percató del rédito que aquellos jovencitos despreocupados podrían darles. No en vano, señala el autor, han sido consistorios presididos por el Partido Popular los que no han tenido problema alguno, muchas décadas después, en organizar homenajes y celebraciones conmemorando La Movida.

Señalados nombres propios como Loquillo, Alaska, Nacho Canut o Mario Vaquerizo, y diseccionadas sus conductas propias de la despreocupación típica del momento para cualquier tipo de concienciación social que pudiera molestar el estricto bienestar personal, el análisis, en lo que a cuestiones políticas se refiere, se extiende a, por ejemplo, Los Nikis, otro exponente de «pop-rock ochentero de clase media» cuyas canciones parecían «himnos pensados para animar fiestas juveniles de un partido de ultraderecha«. El autor no ve en el manual escrito por Joaquín Rodríguez, su bajista, «NPI de Música» (Ediciones Chelsea, 2015), argumentos concluyentes que permitan dilucidar si el grupo efectivamente se mantenía al margen de disquisiciones políticas de ningún tipo. Por otro lado, los contraejemplos con «simpatías izquierdistas» como Pedro Almodóvar son ajusticiados tajantemente, recordando sus problemas con el fisco, siguiendo la máxima de la incompatibilidad de la ética de izquierdas con el fraude a la hora de pagar impuestos. Una búsqueda más exhaustiva por el elenco de nombres propios de La Movida hubiera debido incluir quizás a personajes como Germán Coppini, al que el reciente «Golpes Bajos. Escenas Olvidadas» (Efe Eme, 2018) de Xavier Valiño, retrata precisamente con una honda preocupación personal por cuestiones sociales, por mucho que no quedaran éstas reflejadas en las letras de Golpes Bajos.

Incurre igualmente Lenore en cierta relajación a la hora de definir con claridad el objetivo de sus exacervadas críticas: ¿Queremos derrumbar sólo La Movida o toda la década de los 80? En mucho de su análisis se adivinan las ganas de que la demolición se lleve por delante al periodo temporal por completo más allá de la simple escena artístico musical. La cuestión no es baladí, porque igualmente que en el libro se indica que las películas de Almodóvar terminaban circunscribiéndose a un sector bien concreto y delimitado de la población que no permitía una descripción completa de lo que era, por ejemplo, Madrid en ese momento (en acertada analogía al habitat cerrado de clase alta de Manhattan que poblaba las películas de Woody Allen), tampoco La Movida genera la fotografía completa de lo que fue la década. En su argumentación hace uso de aportaciones traídas de fuera de su estricto ámbito (Vulpess o La Banda Trapera del Río no son ciertamente «punk movidero») lo que complica de algún modo la distinción entre ambos ámbitos. De igual manera la existencia de otras opciones que él mismo señala como el rock urbano, la rumba de los barrios marginados o el «punk populachero y anarcoide» del rock radikal vasco muestra posibilidades que no se vieron afectadas por todas las carencias y deficiencias que el libro denuncia. Si como digo el objetivo son los 80 en general se estaría obviando todo lo que trajo consigo por ejemplo el punk en el País Vasco, en Barcelona o en el propio Madrid a la sombra de la corriente oficial. Títulos como «Que Pagui Pujol! Una Crónica Punk de la Barcelona de los 80» (La Ciutat Invisible, 2011) de Joni D o «Tropikales y Radikales. Experiencias Alternativas y Luchas Autónomas en Euskal Herriak (1985-1990)» (Gaztaka Gunea, 2007) de Jtxo Estebaranz, por citar sólo un par de libros, dan buena cuenta de dinámicas socio-políticas de la época ortogonales a la corriente neoliberal que, según Lenore, traban, desde los 80 todo vínculo social.

Más allá de las ejecuciones sumarias de famosos, con el grado de polémica y morbo que determinado sector del público sin duda celebrará, y de las opiniones personales a la hora de valorar a unos y otros grupos musicales, «Espectros de la Movida. Por Qué Odiar los Años 80» se lee bien, del tirón prácticamente. La nutrida aportación de textos y fragmentos de otras obras, lejos de aburrir, permite al autor exponer de forma estructural y elaborada sus argumentos, lo que sin duda, resulta todo un acierto. Polémico y ácido, el título se añade a la cada vez mayor y abultada bibliografía demonizando La Movida.

“ESCENAS OLVIDADAS. LA HISTORIA ORAL DE GOLPES BAJOS”

XAVIER VALIÑO

EFE EME (2018)

 

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Xavier Valiño publica «Escenas Olvidadas. La Historia Oral de Golpes Bajos«, prologado por Iván Ferreiro, que a su vez acaba de lanzar al mercado el tributo a la banda viguesa «Cena Recalentada» (Warner, 2018)… “Las canciones de Golpes Bajos eran diferentes, modernas, misteriosas y cargadas de emociones y ritmo, eran canciones provocadoras y cañeras. Letras oscuras que hablaban de miedos, moscas y un mundo cruel para las almas sensibles. Me atraparon al instante y ya nunca fui el mismo” explica Iván en el prólogo.

Golpes Bajos fueron uno de los grupos más originales de su generación. Mientras sus compañeros asimilaban los ritmos anglosajones, principalmente punk y new wave, ellos se centraron en desarrollar un sonido y un imaginario propios, realizando una labor introspectiva importante. Las letras de Germán hablan de forma directa y punzante sobre la frustración, el aislamiento, la soledad, la paranoia, la incomprensión o el ahogo vital y emocional, y lo hacen, sin intentar recrear ningún cliché concreto, con una gran naturalidad y cotidianeidad. Evidentemente, ellos también reconocen influencias postpunk (Joy Division, The Stranglers…), funk, sonido Motown… pero fueron varios pasos más allá.

El libro repasa toda la trayectoria de los de Vigo, desde aquellas aventuras primigenias como Coco y los del 1500 o Trenvigo a su ascenso fulgurante a raíz del mítico miniLP «Golpes Bajos» (Nuevos Medios, 1983). Un relato íntimo y riguroso contado por los cuatro protagonistas principales (la ausencia de Coppini es solventada con un impecable trabajo de investigación de Valiño, rescatando declaraciones suyas de multitud de entrevistas) y sus colaboradores más cercanos.

 

 

Una inmersión total que disecciona al milímetro a la banda más moderna de los 80. Se indaga en sus discos, en las canciones, en la forma de componer; se explican los métodos de trabajo, su posicionamiento ante la industria y la escena, su repercusión comercial… todo ello con una gran cercanía y sinceridad, algo realmente de agradecer a todos los participantes. No queda nada en el tintero: se analizan las idas y venidas, los desplantes y los aciertos, también las polémicas que los salpicaron, siendo una de las más importantes la famosa entrevista de Paloma Chamorro en «La Edad de Oro» (TVE) que deriva en la salida de Coppini de Siniestro Total.

 

 

En las páginas del libro hay también gran cantidad de anécdotas que convierten su lectura en algo ameno y divertido. Hay lanzamientos de objetos al escenario, encerronas, retratos de personajes diversos (y también periodistas de la época)… Un libro desnudo, intenso y sincero que es ante todo el mejor homenaje que podía hacerse a una de las más grandes bandas de los 80.

portada_la_movida_modernosa_prensa_copia-24375«La Movida Modernosa. Crónica de Una Imbecilidad Política», José Luis Moreno-Ruiz.
La Felguera Editores / Beat Generation Libros.
Madrid, 2016

«No puede tratarse de un ensayo con levita, ni de un manual, ni siquiera de un libro documental y periodístico, pues sería de una impostura intelectual absoluta hacer cualesquiera de estas cosas sobre nadería tal como lo fue aquello de la Movida madrileña, lo que no quiere decir que no se repasen aquí las inflexiones económicas y políticas que tuvo aquello, así como las de selección de personal que acompañó todo el asunto, pues no en vano se trató para unos cuantos de un magnífico negocio dinerario subvencionado, ¡ay!, con dineros públicos. Y hasta púbicos»

José Luis Moreno-Ruiz (Santander, 1953) se ha dedicado a muchas cosas, ha sido traductor -traduciendo al español obras de Joseph Conrad, Jack London, G. K. Chesterton, Herman Melville y Robert Louis Stevenson-, presentador y director de programas de Radio 3 en los 80 y principios de los 90 como «Rosa de Sanatorio», escritor y también colaborador de Javier Corcobado en los discos «Retratos de Añil» (Triquinoise, 1994)Añade este contenido y «La Enfermería del Postre» (Triquinoise, 1996)Añade este contenido. Precisamente Corcobado se encarga de realizar el prólogo de «La Movida Modernosa. Crónica de Una Imbecilidad Política» (La Felguera, 2016).

El libro se presenta como «un ajuste de cuentas con un país que marchaba de celebración en celebración mientras dejaba en la cuneta a una generación marcada por la heroína, el sida y el paro, patrocinando festivales pop, alianzas entre el artisteo y la tauromaquia, la moda o la música latina. Un verdadero y faraónico delirio nacional, o lo que es lo mismo: una crónica de la imbecilidad política«. Y es que estamos ante un libro que da una visión necesaria sobre la tan mitificada Movida madrileña. Sobre la Movida uno siempre se encuentra tres facciones, los defensores de la versión oficial de los hechos -la Movida fue una explosión cultural sin precedentes, el movimiento que trajo la luz a un país gris que acababa de salir de una dictadura-, los que la desmontan defendiendo su falsedad, clasismo, irrelevancia y copia de clichés anglosajones en su vertiente musical; y una tercera facción que se mantiene más al margen y que se queda con lo realmente importante: con los grupos y artistas que realmente le han marcado.

Moreno-Ruiz con gran acidez intenta desmontar (desde el recuerdo) la Movida, considerándola un movimiento promovido por el poder. Rechaza esa idea generalizada de movimiento contracultural, sobre todo a partir de los primeros 80, años en los que las subvenciones comenzaron a invadir fanzines, publicaciones, radios, festivales… y se comienzan a celebrar todo tipo de saraos con filiación política. Pero lo cierto es que se echa en falta un análisis más profundo del asunto. El libro se queda en una especie de ajuste de cuentas personal, en un conjunto de golpes de efecto y experiencias vitales y profesionales, pero en ningún momento pasa de ahí. La lectura hubiese sido más interesante y cautivadora si se hubiesen aportado datos concretos y objetivos sobre muchos de los artistas que pasaron a ser funcionarios públicos en unos casos, y personal laboral del Estado en otros. Moreno-Ruiz no sale de la crónica autobiográfica y biliosa, y aunque hay momentos de gran lucidez, la historia no termina de arrancar.

Recordamos que están hablando de la Movida porque por las páginas del libro pasean personajes como Bernardo Bonezzi (Zombies), Pedro Almodóvar (al que le caen unas cuantas) –“le hubiera gustado ser Chavela Vargas, pero tuvo que conformarse con una papada de obispo y el triunfo haciendo películas bien reputadas por los críticos cinematográficos de este corral, por la única y sola razón de que son españolas”-, Alaska, El Hortelano, la fotógrafa Ouka Leele y demás personajes.

Lo que no puede negársele a Moreno-Ruiz es su valentía a la hora de tratar el asunto, a la hora de retratar a los personajes de la farándula, a los incondicionales de los saraos y a la hora de contar todos los tejemanejes de Radio 3, que es donde arranca el libro, desde la trinchera de una radio en la que no era oro todo lo que relucía. La visión que da el libro de todos aquellos es de caspa vestida de purpurina (de los enanos toreros vestidos de David Bowie), de sexo, drogas y niños bien metidos a artistas; del PSOE soltando dinero público para que la cultura (y la contracultura) no pusiesen en peligro la estabilidad de la Transición… Pan y circo, SIDA, cocaína, heroína, los baños de garitos de Malasaña y los del Hotel Palace, fiestas, noches que se juntan con el día… todo ello planea por un libro necesario al que le falta enfoque y profundidad para desmontar realmente la Movida.

Si bien a los de Nueva York se les ha perdonado desde siempre su despreocupación total por nihilismos y veleidades político-sociales que se le supone al género, los Ramones madrileños, los de Algete, tuvieron en contra a gran parte de la comunidad más ortodoxa para con estas cuestiones. Víctimas directas del enfrentamiento entre escenas musicales, a Los Nikis, al igual que a Siniestro Total, por ejemplo, su aparente frivolidad y su estética les granjearon cierta antipatías desde otras geografías peninsulares en las que se estaba haciendo punk. A pesar de ello quedaron incluidos en recopilatorios míticos de la época, como aquel «Punk Ibérico» que circulaba en cinta de cassette por los mercadillos, reconociéndoles así su papel en esto de las guitarras poderosas. Siempre tuvieron claro que la música era una cuestión secundaria, que estudios al principio y trabajo posteriormente iban primero, por lo que, sobre todo, se propusieron pasarlo bien. Y bien que lo hicieron, además de transmitir algo especial que atrapó a legiones de fans que aún hoy en día, años después de su disolución, siguen venerándolos, como lo demuestra la reacción en su reaparición sorpresa en octubre de 2011 en un concierto de Airbag.

Los Nikis sirvieron igualmente de inspiración a multitud de bandas que hicieron del punk-pop su único credo. Joaquín, que tras la disolución del grupo se embarcaría en labores de producción con Javier Pelayo (ddt, Vigilante Gitano) y en un nuevo proyecto musical, Los Acusicas, responde a nuestras preguntas en un capítulo más de nuestra particular revisión de aquellos años.

¿Cómo descubrís a los Ramones? ¿Es el único grupo punk que os influencia?
Rafa tenía algún disco y ya era fan. El primer disco que me compré en mi vida fue el «Leave Home» (Sirex, 1977) de los Ramones de oferta por 200 pts. en Pan de Azúcar Jumbo. Reconozco que lo compré por la oferta. ¿El único? No. Supongo que nos influyeron todos los de la época.

¿Estarían Los Nikis en el mismo capítulo de la historia de la música que bandas como La Polla Records, Kortatu o Decibelios? ¿Qué os distingue o qué tenéis en común?
No te puedo contestar, porque nunca los he oído. No sé si me gustan o no. Tampoco sé si tenemos algo en común. Sólo podía escuchar lo que sonaba en las radios que yo escuchaba o los discos que me regalaban en DRO. Antes no era tan fácil como ahora escuchar la música de otro grupo y ponerme a escucharlos ahora me da pereza. Realmente todo lo de los 80 suena tan mal que me da mucha pereza escucharlo, empezando por Los Nikis.

¿Tuvisteis algún tipo de relación con bandas del punk que se hacía en el País Vasco o en Cataluña en aquella época?
No. Tuvimos relación con los gallegos y los de Madrid. ¿Loquillo es punk? Con él si tuvimos relación.

¿Qué repercusión llegasteis a alcanzar fuera de Madrid? ¿Gustaban Los Nikis en los primeros conciertos que disteis en otras ciudades? ¿Cómo era la acogida fuera de la capital?
Salimos muy tarde a tocar fuera de Madrid. Sobre el 84, creo. Llevábamos ya cuatro años tocando. La acogida fue buena después del «Marines a Pleno Sol» (DRO / Tres Cipreses, 1984) porque al menos les sonaba el nombre del grupo.

¿Fue fundamental para el punk despreocupado de Los Nikis el haber crecido en el Madrid de La Movida? ¿Hubierais llegado igual de lejos en otros ámbitos?
Realmente nosotros estábamos a 30 km. de La Movida, que entonces no se llamaba Movida ni nada. Y no teníamos coche. Tampoco salíamos por los sitios de moda, porque el último autobús salía a las 22.30h. Vamos, que sólo crecimos en «el Madrid de La Movida» a ratos cortos por las tardes.

¿Qué contactos tuvisteis con el punk dela capital de La UVI, Commando 9mm, Espasmódicos, OX Pow…? ¿Y de la vertiente más oscura, como Parálisis Permanente?
Con Parálisis bastante. Compartíamos a Johnny de batería. Con los demás cero. Yo creo que por lo del autobús que te he contado antes.

¿Por qué crees que se ataca desde posiciones punk ortodoxas a la música que hicisteis vosotros o Siniestro Total? ¿Es posible el punk sin hacer crítica social o política?
Nosotros no hacíamos punk ortodoxo. Era más bien cristiano porque todos habíamos hecho la Comunión. Y, siendo pijos, sería poco consecuente hacer crítica social, ¿no?

Hubo quien vio en vuestras pintas de niños bien, en las referencias a Ultras-Sur y retornos al imperio de la tortilla de patata razones para recelar, mientras que otros para saludar brazo en alto vuestras canciones. ¿Finalmente se politizó vuestra música desde fuera? ¿Como vivisteis toda esta polémica? 
Todo eso fue post-mortem, en los 90. En la época que estuvimos en activo la gente era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que nuestras letras sólo hablaban de chorradas como la tortilla de patatas, Brutus, el perro de Rafa o Charlton Heston en «El Planeta de los Simios» (Franklin J. Schaffner, 1968). En fin, cualquier tema chorras para evitar hacer canciones de amor.

¿Mereció la pena haber participado de todo lo vivido en aquellos años de La Movida? ¿Fueron tiempos creativos?
Tocar en un grupo es muy divertido en cualquier época. Yo creo que todas las épocas son creativas, lo que pasa es que nosotros somos subjetivos y nos gusta más la nuestra, pero para gustos, los colores.

¿Se han dicho muchas exageraciones o inexactitudes de aquella época pasado el tiempo?
Está todo muy mitificado. El otro día vi un documental en la tele sobre los 80 y mi conclusión fue: Qué gris y qué cutre. De verdad.

¿Por qué terminan Los Nikis? ¿Cansancio?
Bueno, llevábamos ya diez años tocando y yo no me veía con fuerzas para hacer otras doce canciones para un disco. Además, Emilio y Arturo se fueron a vivir a USA.

¿Cual es el secreto de la repercusión de Los Nikis?
Pues reconozco que a esa pregunta le he dado muchas vueltas. Han hecho diez nikifiestas en nuestro honor con gente que viene de toda España. Yo flipo. ¿El secreto? Yo creo que las letras y Emilio, que es insustituible.

Con Los Acusicas se recuperan a mi juicio los mejores momentos de tus letras, ¿En qué te sueles inspirar para escribirlas? ¿Qué diferencia el nuevo grupo con respecto a Los Nikis?
Te agradezco mucho el piropo. Me sienta mal cuando la gente idolatra las letras de Los Nikis y ni se fija en las de Los Acusicas, que son más de lo mismo, pero hechas con mas empeño porque la música no era mía sino de Mauro Canut y me sentía con más responsabilidad. Me ponía a mi mismo un listón muy alto para cada frase. Intento hacerlas de temas originales y que no haya hecho nadie antes. Por ejemplo, una canción de relleno contando su vida en primera persona. El grupo es parecido. Chunta-chun, dos minutos y fuera.

¿Cuándo comienzas a dedicarte a todas las cuestiones técnicas de la producción? ¿Resulta más gratificante que tocar tu propia música?
Empecé en los 90 con el «Mas de lo Mismo» (Hormigonera, 1998). Grabar a otros grupos, si me caen bien, es muy gratificante.

¿Tienes planes de seguir con Acusicas o algún otro proyecto?
Pues no, la verdad.

¿Cual es el balance que te sale después de todos estos años dedicados a la música? ¿Has tenido momentos especialmente malos?
Balance totalmente positivo. Como esto nunca ha sido un trabajo, sólo he hecho exactamente lo que me apetecía hacer en cada momento.

¿Cómo se os ocurrió la reaparición sorpresa en Madrid recientemente? ¿Qué sensaciones tuvisteis en el concierto? ¿Qué tal reaccionó el publico?
Fue idea mía. Yo quería que saliéramos a tocar sólo una canción y por sorpresa total. El que estuviera meando se lo perdía. Luego Johnny y Emilio se empeñaron en hacer seis canciones. Debo ser muy mal negociante porque al final tocamos seis. Yo he ido a casi todos los conciertos que ha dado Airbag en Madrid y sabía lo que iba a pasar conociendo al público de Airbag. A los demás les pilló por sorpresa y alucinaron. Nos aprovechamos de la mitificación de la que hablaba antes. La gente pensó que estaba ante un momento histórico y no se dieron cuenta de la realidad: Cuatro abuelos tocando seis canciones viejas. Punto pelota.

Aún recuerdo cuando en 2006 abrió el Fotomatón. Cómo no recordarlo si desde su inauguración hasta que me marché un año después a vivir a Londres nos pasamos allí los fines de semana enteros. Mis recuerdos de esa época son un tanto vagos. Recuerdo el humazo que lo inundaba todo, recuerdo al de la camisa blanca -nunca supimos si tenía una sóla o varias-, al que Javi le pegó un gancho de derecha mientras hacía uno de sus bailes acrobáticos… pero, sobre todo, recuerdo que era un sitio con un criterio musical inusitado con gran querencia hacia la escena nacional; tan pronto podías escuchar Animal Collective o Akron / Family como El Niño Gusano o Chucho. Buenos tiempos.

Sitio como era habitual de reunión, no es extraño que en uno de esos encuentros se fraguase, tercios en mano, esta criatura. O al menos la intención de ponerla en marcha. La conexión con el Fotomatón se seguiría ampliando una vez de regreso de Londres, ya en 2010, con la organización del que sería nuestro primer concierto en Madrid, el estreno de nuestros amigos de Tigres Leones junto a Los Ingenieros Alemanes. El sonido de la velada seguramente no fuera el mejor de la historia, pero yo recuerdo el concierto con especial cariño. En cierto modo, el hecho de que saliera tan bien nos animó a seguir adelante en esta parcela.

No crean que este ejercicio de nostalgia es gratuito, hay una explicación. Y es que seis años después el Fotomatón sigue dando guerra, dando rienda suelta a distintas iniciativas como la de La Butaca del Foto, su sección audiovisual, que en esta ocasión quiere rendir un bonito homenaje al programa que marcó a toda una generación: «La Bola de Cristal» (1984-1988, TVE). Está claro que la nostalgia que pueden despertar la Bruja Avería, la Bruja Truca, el Hada Video, Maese Cámara y Maese Sonoro es ilimitada. Como lo es el elenco de pirados al que este programa dio cabida de manera única e irrepetible, educando a los más pequeños con las locuras creativas de Alaska, Santiago Auserón, Kiko Veneno, Loquillo, etc.

Durante tres días por el Fotomatón pasarán distintos colaboradores para expresar sus impresiones sobre el programa y sus diferentes secciones. El lunes 28 se dedicará a Los Electroduendes, y ahí estará todo un especialista como Nico Grijalba aka Aviador Deluxe. Al día siguiente, será el turno de las secciones relacionadas con montajes de imágenes de archivo y escenas de ficción: El Librovisor y La Cuarta Parte. Gente tan reputada como Jesús Ordovás, David Saavedra (Rockdelux) e incluso el mismísimo Paco Quintanar, principal documentalista del programa, hablarán sobre ello. Y, por último, el miércoles 30 será el turno de la música. Ahí estaremos unos cuantos, -Jorge Obón (El Telescopio), Luis Brea, Juan Santaner (Marxophone) o yo mismo- charlando sobre las actuaciones en directo y los videoclips que se emitieron en el programa, también de los que produjo el mismo.

Poco puedo adelantar por la parte que me toca. Aparte de mi punto de vista personal como persona que no vivió el programa (soy del 82) pero que adora los 80 españoles, prepararé una serie de entrevistas a varios personajes involucrados intentando huir de lugares comunes, que es el riesgo que tiene tratar un tema tan manido como el de La Movida y sus derivados. Desde luego la iniciativa lo merece. Están todos invitados.

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como un fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de «indiegnado» (los sagaces juegos de palabra con el «indie» están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-Yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar).

Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Sí que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a continuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tosv, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestroso suficientes modscomo para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, «La Edad de Oro» (TVE), que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie(antes “música alternativa”) es aquello que salía en el «Generation Next Music» (1998) de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivió todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban a ver los unos a los otros; pero los propios grupos, a través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan.

Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazkin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixties y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes.

Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores.

Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional.

Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí?

Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de Internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante MySpace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk.

Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No Te Apures Mamá, Es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña.

Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver. ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.