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UN DRAMA EN CUATRO ACTOS

Acto 1
Debían ser los albores de la década del 2000. Ese año, una amiga y yo llevábamos lotería. Decidimos poner tramos según cual fuera la cuantía de lo ganado para gastarlo en una u otra cosa. Nos tocó una cantidad ínfima que encajaba en el tramo de «gastárselo todo en discos de serie media en Madrid Rock». Cobramos la pasta y para allá que nos fuimos. Compramos unos cuantos discos (creo que unos diez o quince cada una). Entre mis adquisiciones, el directo en el Olympia de Julio Iglesias del año 76. Aún no sé qué me llevó a acometer tal acto. Nunca había sido nada de Julio. Y si ahora sigue sin estar bien visto defender al señor Iglesias, en aquel momento, era un acto vergonzante, una osadía suicida. Al llegar a casa con el botín, el primero que pusimos fue el de Julio y ahí descubri(mos) un cantante limitado, sí, pero único; unas composiciones maravillosas y unos arreglos precisos. Unos hitacos, vamos. Quemé ese disco una y otra vez. Pero no pasé de ahí. Al poco tiempo, Julio me dio mi primera victoria… Un concurso de tapas musicales (canción y tapa a juego). La mía fue una tortilla de patata decorada con un «Hey!« en pimientos rojos mientras sonaba «Quiero».

Acto 2
Julio se quedó ahí para mí. Reposando unos años. Agazapado. Esperando su oportunidad. Esta me vino hace un año y pico. Me convocaron a una batalla de DJ’s. Preparando mi arsenal de hits, me acordé de Julio. Y entonces sí, entonces me empollé toda su discografía. Y descubrí que hasta el 81 (más/menos) este señor (truhán a ratos) tenía un temazo tras otro, unas versiones de enloquecer («Pequeñas manzanas verdes», «Sweet Caroline»…); y que, para más mérito, muchos de los clásicos Yulio eran de su cosecha. Vamos, que el tipo era compositor. Me hice fan ya rendida y sin complejos. Y él, en gratitud inconsciente, me proporcionó otra victoria. Gané a mi contrincante en la batalla, entre otras cosas, descolocándole al cascarle «Hombre solitario», un temazo que hasta los más puristas del jurado no pudieron dejar de aplaudir (y yo de presumir…)

Acto 3
Y ahí ya me solté el pelo y empecé mi labor mesiánica. El proceso era/es siempre idéntico. Mencionas el nombre de Julio y la reacción es, en todos los casos, calcada: ojos en blanco, cara de ascopena, sonrisas irónicas, gestos de incredulidad. Entonces viene el órdago en cuatro pasos:

a. Bufff, Julio Iglesias
b. Déjame que te ponga algún tema
c. Bufffff

d. Ostras, pues no está mal
Así he conseguido más de un adepto/vicioso a/de la causa Julio. Pero aun así, casi todos alzan la ceja cuando escuchan hablar del tal Julio.

Diciembre 2011. «El Topo» (2011) -la película de espías dirigida por Tomas Alfredson, el tipo de «Déjame Entrar» (2008), un sueco cero sospechoso de poder ser ya no fan de Julio, sino tan siquiera de conocer su obra-. Cuando la peli esta a punto de terminar, durante una fiesta suena «La mer», la famosa canción de Trenet, pero interpretada por ¡Julio Iglesias! en su directo en el Olympia (por cierto: supuestamente, la película está ambientada en el 73 y la canción es del 76; creo que fui la única en darme cuenta de esta gilipollez). Sentí aquello como una pequeña victoria moral. Ahora todo el indie se iba a rendir a la evidencia, ahora sí, Julio iba a empezar a ser molón; ahora sí, Julio iba a ser respetado.

Poco después, el día después de Navidad, RTVE emitió un especial Julio Iglesias, una entrevista bien larga con la feroz Pepa Bueno (que acabó derritiéndose: se ve que el semental conserva intactas sus dotes de seductor) y me pareció otro pequeño triunfo, si no fuera porque, como casi siempre me ocurre con el Ente, no pude dejar de pensar ¿dónde cojones habéis metido TODAS las imágenes de archivo de este tipo? ¿Por qué no habéis sacado más documentos históricos? ¿Por qué repetís una y otra vez «La vida sigue igual», que sí, que fue su buque insignia, pero coñe, que hay otras? ¿Por qué no empaparse del mundo Yulio si vas a hacer un especial de hora y media, demonios? En fin… Mientras, el Facebook ardía en comentarios jocosos sobre lo casposo que había sido el programa y, por ende, la figura de Julio… En fin (bis)…

Epílogo
Así, que sí, que la vida sigue igual. Y que Julio Iglesias por algún extraño motivo, o por muchos motivos bien sencillos no es respetado, ni tragado, ni tolerado por demasiadas gentes aquí. Para unos porque es el epítome de lo rancio, de una España anacrónica y desfasada; para otros porque representa ese prototipo odioso de pijo millonario que ha tenido demasiada suerte en la vida; para otros tantos porque es lo contrario al indie; para el mainstream ilustrado porque es un hortera; para unos pocos porque no canta demasiado y es una estatua en el escenario (me enteré en la entrevista televisiva de marras que su falta de movilidad se debe al famoso accidente que sufrió y que casi le deja en silla de ruedas). Si Francia reivindica a su Aznavour o a su Claude François e Italia se santigua al nombre de Tozzi o de Di Bari, ¿a qué tanta manía a Julio acá? Cosas de la idiosincracia española, supongo.

Siempre he pensado que las canciones hay que escucharlas. Sin más. Así que háganse/háganme un favor: escuchen estos temas (me quedo, eso sí, casi a las puertas de los 80, lamentándolo y mucho por «Lo mejor de tu vida»); y luego ya odien a gusto si es que pueden. A mí me es imposible.

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