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El Baúl de Mis Recuerdos
Ed. Martínez Roca, 2014

María Isabel Llaudes Santiago, a la que el inefable Torrebruno bautizó para siempre como Karina, presenta sus memorias bajo el recurrente y casi obligado título de “El Baúl de Mis Recuerdos” (Martínez Roca, 2014). Unas memorias que inicia con su llegada a Madrid en 1959 y que da por finalizadas en 1977 con su salida de Hispavox. Con buen criterio nos ha ahorrado los años más tristes y menos triunfales de su vida.

Esta es la historia de una chica de provincias que mira con los ojos muy abiertos todo lo que la vida le deparaba en una gran ciudad que comenzaba a sacudirse la modorra de una noche oscura que duraba ya más de veinte años. Su afición al cine, sus amores platónicos porque no había otro remedio, su trabajo en la sección infantil de El Corte Inglés, su participación, como Maribel Llaudes, en el Festival de Benidorm y su entrada casi sin querer en el elenco de «Escala en Hi-Fi» (TVE, 1961-1967) para poner muecas a canciones de otras ocupan los primeros capítulos.

Y de pronto su conversión en princesa rubia, en muñeca de cera, en la Cupido que disparaba sus flechas del amor, que no era la Julieta de ningún Romeo, que iba de fiesta a tiempo de marcha y que finalmente se conformaba con rebuscar en el baúl de sus recuerdos. La abanderada de España en Eurovisión y en Osaka. Su invitación al Palacio de El Pardo, porque le gustaba mucho a Paco y donde no le dieron ni un vaso de agua…

Karina y sus canciones y Maribel y sus hombres: Tony Luz, su primer amigo, su primer novio, su primer marido; Rodrigo, el hombre al que más amó; y su hermano Paco, a veces desprendido, a veces aprovechado y siempre al quite ante cualquier peligro.

Un librito que no aporta demasiados datos desconocidos de la vida de la cantante, pero que revisa su trayectoria artística y vital, impregnando la lectura de ingenuidad. Una ingenuidad que no es una pose, sino una forma de enfrentarse a la vida, haciendo de la fragilidad una virtud y del éxito una mera circunstancia.

De narración flojilla, con vocabulario escaso y una cierta monotonía en sus renglones, pero lleno de sinceridad -que después de todo es la única virtud exigible a un libro de memorias-, aunque al finalizarlo uno piensa que tal vez hayan quedado cosas importantes dentro del tintero.