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O rei das tartas
O rei das tartas

No entendía de qué iba aquello, el rasgueo de acústica, la percusión básica, un teclado de melodía serpenteante y su voz, de ultratumba, recitando sin cesar. Parece que la canción arranca en un estribillo, sí, pero no. Es un hechicero, una sirena que seduce con su canto desde ultramar, que dice «ven, ven». No entendía nada, pero no podía evitarlo, necesitaba acercarme, estar junto a él, sentir su voz susurrante al oído, que su mantra me hiciera cerrar los ojos y mecerme en él. “Vete a tu casa. Sal de la tarta”. Ya fuera un sinsentido, un poeta de la improvisación, un refranero, no importaba, era él, su estrella. Sus sílabas, palabras y frases se sucedían y juntas formaban un halo de misterio, seducción y sugerencia taciturna. Era árabe, andaluz y europeo.

Intentar descifrar el significado de las letras de su primera época puede ser tarea complicada, pero según el humor de cada cual, bien vale el intento.

Llegados a este punto, esta es la realidad velada sobre “Sal de la tarta”, mítica canción de Sr. Chinarro.

Don Confitero, alter ego de Carlos Folgueira, pastelero de profesión y natural de Mondoñedo, Lugo, más conocido como Bigotón o El Rey de las Tartas, murió súbitamente a los 59 años de una brusca bajada de azúcar. Carlos fue el artífice del mayor y más agresivo plan de promoción turística que se recuerda. Consiguió lo que pretendía, que su ciudad estuviera en boca de todos, e incluso participar en el programa de televisión 1, 2, 3. Su legado dejó una franquicia, “O Rey das Tartas”, valor seguro para la iniciativa empresarial, y miles de estómagos agradecidos como el del rey de España, Isabel Pantoja, Rocío Jurado, Manuel Fraga, Adolfo Suárez o Julio Iglesias.

Turistas llegados de todas partes del mundo visitan hoy la casa donde nació, convertida en museo, y llenan el buche una y otra vez de sus adictivas tartas en la tienda familiar, situada en los bajos de la misma finca, en la calle Alta.

Pese a que los postres resultan indigestos pues provocan el vómito al momento, el negocio sigue siendo próspero y atrae a miles de clientes, que forman colas en la puerta mientras no paran de regurgitar, sentir arcadas y devolver todo lo que han comido para seguir comprando. Es tradición vomitar una tarta para atragantarse con la siguiente, vomitarla también, y así sucesivamente. Todos los días, una hilera de visitantes frente a la tienda familiar compran y compran, vomitan y vomitan, una y otra vez, no quedando nunca saciados. Es el círculo sin fin, el negocio perfecto.

Riachuelos de bizcocho, nata, chocolate, trufa, fresa, disueltos por los jugos gástricos, recorren las calles de la localidad. Se ha dado el caso de, en temporada de gran afluencia, cuando los desechos son por toneladas, al estar el pueblo en cuesta y la tienda en la calle alta, la riada resultante tomar gran velocidad y llevarse a algún vecino por delante. Uno murió ahogado, cuentan.

Y todo gracias al ingrediente secreto: los pelos de su bigote.

En los años 50, Confitero era un adolescente regordo e imberbe. Tenía trece años y en el colegio se burlaban de él por, entre otras cosas, no haber desarrollado aún pelo alguno. A su vez, eran muchos de sus compañeros quienes relataban sus primeros escarceos con mujeres. Bigotón sentía gran curiosidad, pero al aparentar ser varios años menor, qué mujer querría estar con él, pensaba. La idea le iba rondando la cabeza día tras día y así pasaron semanas. Seguía escuchando historias cada vez más interesantes pero él no podía hacer nada, las mujeres le huían.

Y aquel 29 de febrero, mientras hurgaba insistentemente en su nariz para deshacerse de aquella sólida mucosidad petrificada, apareció ella, imponente, enorme, del tamaño de un elefante, con unas ubres como soles y una luz parpadeante llamándole desde la entrepierna que decía “Carlos ven, ven”. Confitero se abalanzó sobre ella y, al ser de buen apetito, empezó a devorar ansioso la luz, con tanto tesón que se atragantó con una vellosidad de la esplendorosa mujer. Se apartó, carraspeó, intentó toser, pero no pudo evitarlo, sintió una honda arcada que le hizo vomitar, tan profunda que estuvo expulsando por su boca por horas. Una vez hubo acabado, se sacó del bolsillo un pañuelo para limpiarse y, cual fue su sorpresa, le había crecido bigote, un tanto erizado pero bigote al fin y al cabo. Nadie se dará cuenta de que es rizado, pensó.

Tal fue la suerte de Confitero que ya de por vida pudo alardear de bigote y de haber conocido mujer, siendo el orgullo de Mondoñedo y espejo de los visitantes, que le rinden pleitesía vomitando sus tartas.

Esta es la letra original:

«Don Confitero, su portal no tiene timbre,
está plagado de guindas, llevo cirios, santidad.
Hay trozos en la acera de mi caballo de Troya,
muñecas de bandera, regimiento, sal del bar.
Poco a poco aprendo a silbar, tengo cosas de bombero,
merodean con cuchillos, calendarios de taller.
Son el plano que un mago trazó para los que son manitas,
con su tira de la manta, con su ¡quinto trae el mantel!
Don confitero, un monje duerme en el armario,
un espino en la maceta, un mal sastre en el percal,
una promesa en la garganta, una bruja en el hechizo,
paso las noches en vela si veo luz, tu luz de cera.
Veo, veo, veo, ¿qué ves? Blanco espíritu merengue,
fosa de las Marianas, mi cuchara al delantal.
Vete a tu casa,
 sal de la tarta.
Santa Trinidad, hoy tú moras en su alcoba, 
tus manzanas
con gusanos, hago sidra en el balcón.


Espero mi invitación, sed de banquete, tiro copas,
 sota, caballito y rey,
cuelgo los hábitos, me voy.
Veo, veo, veo, ¿qué ves?, ¿ves como salgo de la tarta?
¿Ves como salgo de la tarta?, ¿Ves como salgo de la tarta?
 
Vete a tu casa, 
sal de la tarta.»

** Bibliografía:
Mondoñedo
O Rei das Tartas

UN DRAMA EN CUATRO ACTOS

Acto 1
Debían ser los albores de la década del 2000. Ese año, una amiga y yo llevábamos lotería. Decidimos poner tramos según cual fuera la cuantía de lo ganado para gastarlo en una u otra cosa. Nos tocó una cantidad ínfima que encajaba en el tramo de «gastárselo todo en discos de serie media en Madrid Rock». Cobramos la pasta y para allá que nos fuimos. Compramos unos cuantos discos (creo que unos diez o quince cada una). Entre mis adquisiciones, el directo en el Olympia de Julio Iglesias del año 76. Aún no sé qué me llevó a acometer tal acto. Nunca había sido nada de Julio. Y si ahora sigue sin estar bien visto defender al señor Iglesias, en aquel momento, era un acto vergonzante, una osadía suicida. Al llegar a casa con el botín, el primero que pusimos fue el de Julio y ahí descubri(mos) un cantante limitado, sí, pero único; unas composiciones maravillosas y unos arreglos precisos. Unos hitacos, vamos. Quemé ese disco una y otra vez. Pero no pasé de ahí. Al poco tiempo, Julio me dio mi primera victoria… Un concurso de tapas musicales (canción y tapa a juego). La mía fue una tortilla de patata decorada con un «Hey!« en pimientos rojos mientras sonaba «Quiero».

Acto 2
Julio se quedó ahí para mí. Reposando unos años. Agazapado. Esperando su oportunidad. Esta me vino hace un año y pico. Me convocaron a una batalla de DJ’s. Preparando mi arsenal de hits, me acordé de Julio. Y entonces sí, entonces me empollé toda su discografía. Y descubrí que hasta el 81 (más/menos) este señor (truhán a ratos) tenía un temazo tras otro, unas versiones de enloquecer («Pequeñas manzanas verdes», «Sweet Caroline»…); y que, para más mérito, muchos de los clásicos Yulio eran de su cosecha. Vamos, que el tipo era compositor. Me hice fan ya rendida y sin complejos. Y él, en gratitud inconsciente, me proporcionó otra victoria. Gané a mi contrincante en la batalla, entre otras cosas, descolocándole al cascarle «Hombre solitario», un temazo que hasta los más puristas del jurado no pudieron dejar de aplaudir (y yo de presumir…)

Acto 3
Y ahí ya me solté el pelo y empecé mi labor mesiánica. El proceso era/es siempre idéntico. Mencionas el nombre de Julio y la reacción es, en todos los casos, calcada: ojos en blanco, cara de ascopena, sonrisas irónicas, gestos de incredulidad. Entonces viene el órdago en cuatro pasos:

a. Bufff, Julio Iglesias
b. Déjame que te ponga algún tema
c. Bufffff

d. Ostras, pues no está mal
Así he conseguido más de un adepto/vicioso a/de la causa Julio. Pero aun así, casi todos alzan la ceja cuando escuchan hablar del tal Julio.

Diciembre 2011. «El Topo» (2011) -la película de espías dirigida por Tomas Alfredson, el tipo de «Déjame Entrar» (2008), un sueco cero sospechoso de poder ser ya no fan de Julio, sino tan siquiera de conocer su obra-. Cuando la peli esta a punto de terminar, durante una fiesta suena «La mer», la famosa canción de Trenet, pero interpretada por ¡Julio Iglesias! en su directo en el Olympia (por cierto: supuestamente, la película está ambientada en el 73 y la canción es del 76; creo que fui la única en darme cuenta de esta gilipollez). Sentí aquello como una pequeña victoria moral. Ahora todo el indie se iba a rendir a la evidencia, ahora sí, Julio iba a empezar a ser molón; ahora sí, Julio iba a ser respetado.

Poco después, el día después de Navidad, RTVE emitió un especial Julio Iglesias, una entrevista bien larga con la feroz Pepa Bueno (que acabó derritiéndose: se ve que el semental conserva intactas sus dotes de seductor) y me pareció otro pequeño triunfo, si no fuera porque, como casi siempre me ocurre con el Ente, no pude dejar de pensar ¿dónde cojones habéis metido TODAS las imágenes de archivo de este tipo? ¿Por qué no habéis sacado más documentos históricos? ¿Por qué repetís una y otra vez «La vida sigue igual», que sí, que fue su buque insignia, pero coñe, que hay otras? ¿Por qué no empaparse del mundo Yulio si vas a hacer un especial de hora y media, demonios? En fin… Mientras, el Facebook ardía en comentarios jocosos sobre lo casposo que había sido el programa y, por ende, la figura de Julio… En fin (bis)…

Epílogo
Así, que sí, que la vida sigue igual. Y que Julio Iglesias por algún extraño motivo, o por muchos motivos bien sencillos no es respetado, ni tragado, ni tolerado por demasiadas gentes aquí. Para unos porque es el epítome de lo rancio, de una España anacrónica y desfasada; para otros porque representa ese prototipo odioso de pijo millonario que ha tenido demasiada suerte en la vida; para otros tantos porque es lo contrario al indie; para el mainstream ilustrado porque es un hortera; para unos pocos porque no canta demasiado y es una estatua en el escenario (me enteré en la entrevista televisiva de marras que su falta de movilidad se debe al famoso accidente que sufrió y que casi le deja en silla de ruedas). Si Francia reivindica a su Aznavour o a su Claude François e Italia se santigua al nombre de Tozzi o de Di Bari, ¿a qué tanta manía a Julio acá? Cosas de la idiosincracia española, supongo.

Siempre he pensado que las canciones hay que escucharlas. Sin más. Así que háganse/háganme un favor: escuchen estos temas (me quedo, eso sí, casi a las puertas de los 80, lamentándolo y mucho por «Lo mejor de tu vida»); y luego ya odien a gusto si es que pueden. A mí me es imposible.

Escucha la lista de canciones elaborada por Blanca Lacasa en Spotify