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Jesús Ordovás

«Fiebre de Vivir»

EFE EME

 

Hace unos meses Jesús Ordovás entregaba «Esto no es Hawaii. La Cara Oculta de la Movida» (Efe Eme, 2017). Un libro que comenzaba con las escenas previas a la década de los ochenta, en pleno periodo del «rollo», para centrarse en la eclosión y auge de la tan explotada Movida madrileña. En «Fiebre de Vivir. Apocalípticos y Desintegrados en el Rock Español de los 70» (Efe Eme, 2017) Jesús se centra en aquellos intensos y reveladores años que van finales de la década de los sesenta a los inquietos años setenta, cuando el rock español se movía en el underground, entre el jipismo y los sonidos progresivos. Tiempo de escenas focalizadas principalmente en Sevilla, Barcelona y Madrid, y que en la segunda mitad del decenio, y a falta de nombre mejor, se definió como «el rollo». El título es un guiño al tercer disco que Moris publica en España, «Fiebre de Vivir» (Chapa, 1978)Añade este contenido.

El libro cubre un abanico de estilos realmente amplio, centrándose fundamentalmente en entrevistas realizadas por Jesús a lo largo de su dilatada carrera. Se echa en falta un análisis de las distintas escenas más profundo, y también del contexto social y político en el que nacen. Lo que predominan son las historias de primera mano, Jesús vivió intensamente todo aquella explosión, e impagables anécdotas como la de Mariscal Romero echando de la radio a Kiko Veneno, Raimundo Amador y el resto de Veneno, mediante la intervención de los «grises». El grupo iba a ser entrevistado pero llegan tarde, concretamente a dos minutos del final del programa, y bastante perjudicados.

El recorrido comienza con los grupos pop españoles que comienzan a triunfar y a vender en el mercado anglosajón, hablamos de Barrabás de Fernando Arbex y los Canarios de Teddy Bautista. Continúa con el Sonido Torrelaguna (este nace en los estudios que Hispavox tenía en la calle Torrelaguna, al borde de la autopista de Barajas. Sus responsables fueron Rafael Trabucchelli y Waldo de los Ríos) con tres interesantes entrevistas a Juan Reyzábal (Módulos), Guzmán y Miguel Ríos.

Se cubre el pop y el rock catalán (Pau Riba, SisaAñade este contenido y María del Mar Bonet), el rock andaluz (Gonzalo García Pelayo y Gualberto de Smash) y el rock madrileño (Micky, Moris, Hilario Camacho y Mariscal Romero).

La segunda parte del libro es la más interesante e intensa y se corresponde con dos extensos capítulos. En el primero, titulado «Rollos díscolos y movidas poprockeras«, Jesús recupera sus primeras colaboraciones en la revista Disco Exprés, anécdotas, escritos y recuerdos… el impacto de ver a Lou Reed en directo, festivales brillantes y apagados, Burning, Leño, Rosendo, Vainica Doble, Asfalto… En el último capítulo, «De qué va el rrollo«, se reproduce íntegramente el ensayo «De qué va el rrollo» (Ediciones de La Piqueta, 1977). 

Una revisión de todos aquellos momentos que sirvieron para establecer los cimientos del rock moderno en nuestro país.

 

JESÚS ORDOVÁS (Ferrol, 1947) es uno de los más reputados periodistas especializados en música. Fue pionero en el género de la biografía musical con volúmenes sobre Bob Dylan, Jimi Hendrix o Bob Marley que, desde 1972, escribió para la legendaria colección Los Juglares. También ha firmado, entre otros, libros sobre el «Rock ácido de California» (1975), «El rrollo» (1977), así como una precursora «Historia de la Música Pop Española» (1987), La revolución pop (2002) y «Los Discos Esenciales del Pop Español» (2010). Sus últimas obras son «Viva el Pop» (Lunwerg, 2013), «El Futuro ya Está Aquí» (Huerga y Fierro, 2014) y «John Lennon» (Sílex, 2014). Durante años mantuvo en Radio 3 el Diario Pop (donde nació Esto no es Hawaii), en televisión fue responsable de Ipop, en prensa ha colaborado, entre otras, en publicaciones como Triunfo, Mundo Joven, Disco Exprés, Vibraciones, Rockdelux, Ruta 66, Efe Eme, El País, El Mundo, El Faro de Vigo y Cuadernos Efe Eme.

 

Vainica Doble, la caricia popVainica Doble. La Caricia Pop
De madres de La Movida al Donosti Sound
Marcos Gendre
Editorial Milenio, 2014

Tras esta «sorprendente» portada, que poco o nada tiene que ver con el exquisito gusto gráfico que destilaron las Vainica a lo largo de su trayectoria, se esconde un completo estudio de Marcos Gendre en torno al mítico dúo, obra que surge con vocación completista de aquel libro de Fernando Márquez editado por Ediciones Júcar en 1983. La cuidada edición a cargo de Milenio incluye un libreto con fotografías, pinturas y cartelería de películas a las que compusieron sus bandas sonoras, procedentes del archivo familiar (sobre todo, de Elena Santonja) así como instantáneas de algunos de los grupos que según el autor continuaron su estela o se vieron influenciados.

Son ya varios los libros leídos y reseñados a Marcos Gendre, en los cuales hemos tenido la oportunidad de contribuir humildemente, y quizá sea en éste en el que el autor más se desmelene, posiblemente fruto de la gran admiración que parece profesar por las susodichas. Esta pasión le lleva en ocasiones a ser vehemente de más, como si el mito de las Vainica necesitara de revancha, tono que pienso podrá en ocasiones desconcertar al lector, que ya por encontrarse con el libro en cuestión entre manos no puede sino tratarse o bien de un fan irredento o bien de un curioso diletante sin necesidad alguna de acicate.

En este afán revanchista se intentan buscar finales felices a historias que no pueden tener mejor final que el ya evidente, que no es otro que Vainica Doble está escrito con letras de oro en las líneas de la historia del pop español. Así, por mucho que se desee, el disco de Elefant es emotivo y tierno, pero lejos queda de sus grandes obras, de ninguna manera equiparable a «Heliótropo» (Ariola, 1973) o «Taquicardia» (Nuevos Medios, 1984), dicho esto con perdón.

Otro punto en el que difiero con el autor es en el de intentar mostrar a las Vainica como víctimas de lo que no fueron más que sus propias decisiones artísticas, sin obviar que muchas de ellas -por no decir la mayoría- fueron acertadas y si la comercialidad les dio la espalda, antes se la dieron ellas de manera deliberada con sus actos, hecho éste en el que radica gran parte de su mito, por otro lado. Tan sólo cuando pretendieron acercarse a ella, ya de manera tardía y por motivos meridianamente económicos, es cuando fracasaron estrepitosamente en el intento; pero de que supieron aprovechar su momento no cabe la menor duda al contemplar el elenco de personalidades del que se rodearon y el interesante espectro de trabajos desarrollados en torno a la música: encargos para Tickets, Nuevos Horizontes o La Romántica Banda Local, canciones para programas y series de televisión tales como «Fábulas» (Jaime de Armiñán, 1968-1970) -desperdigadas en su discografía y recopilatorios posteriores-, portadas a cargo de ilustradores tan reputados como Eguillor o Iván Zulueta, musicazos y arreglistas como Pepe Nieto, Manuel Gálvez, Hilario Camacho o Gualberto en sus discos, actrices como Chus Lampreave o Amparo Baró entre sus amistades, viajes exóticos a enclaves recónditos e inusitados como Pakistán, relación con cineastas como Jaime de Armiñán, Jaime Chávarri, Borau o el clan Berlanga… Todo esto y más se cuenta con todo lujo de detalles en el libro en lo que supone un gran acierto.

Igualmente interesante es que se ahonde en su inclinación pictórica y su faceta cinematográfica, aspectos ambos más bien desconocidos, algo que es muy de agradecer por lo curioso y relevante del asunto, amén de por la calidad de las obras enumeradas.

A diferencia del libro de Fernando Márquez, se pierde inevitablemente la frescura de la primera persona en las propias entrevistadas, pero se gana en perspectiva y recorrido histórico. Es cierto que a veces se otorga demasiado protagonismo a las impresiones en forma de citas de diferentes personajes del ámbito musical, entre los cuales me incluyo. Tan cierto como que uno de los pasajes más interesantes es precisamente el que recoge íntegramente una entrevista de Jesús Ordovás a Carmen en 1976 con motivo del lanzamiento de «Contracorriente» (Movieplay-Gong, 1976), el testimonio de Paco Clavel, uno de los principales valedores y amigo del dúo en su última etapa, y una entrevista reciente a Elena Santonja, hermana de Carmen.

Si lo más intrascendente es el tedioso recorrido discográfico canción a canción, plagado de detalles técnicos inapreciables salvo escucha simultánea de la composición en cuestión, lo más jugoso llega con las conexiones musicales posteriores. El testigo que tomó Carlos Berlanga y su férrea reivindicación de las Vainica durante La Movida y una vez pasada ésta en su carrera en solitario, entroncó con el llamado Donosti Sound y una serie de bandas que dotaron de cierta idiosincrasia al pop español en castellano, a sus letras, evitando emular las fórmulas anglosajonas, enriqueciéndose de ellas pero ahondando en las raíces populares de aquí: la copla, el villancico, la música sacra… Se describe, como se ha dicho, la evolución lógica de los herederos de Berlanga en forma de agrupación denominada por la prensa como Donosti Sound y que englobaría a bandas con un componente común en su sonido tales como Aventuras de Kirlian, El Joven Bryan, La InsidiaAñade este contenido, Family, Le MansLa Buena Vida y, postreramente y como colofón a todo ello, Single.

Entre los grupos sucesores, más muertos que vivos, todo sea dicho de paso, una muestra un tanto personal por parte del autor: Parade, Refree, El Hijo, Kikí d’Akí, Pauline en la Playa, SerpentinaAñade este contenido, Grupo de Expertos Solynieve, Klaus & Kinski, Nosoträsh, Prin’ La LáAñade este contenido. Un listado válido para tener presente la constelación de grupos actuales influenciados de alguna manera por el universo vainiquero, la mayoría con un toque evidente, otros de cariz más subjetivo.

Más disparatado es el apartado denominado «telaraña en expansión», extenso name dropping en el que se fuerza a la práctica totalidad del indie patrio de calidad a verse infectado por un supuesto virus Vainica en expansión, con autores como Josele Santiago o Nacho Vegas incluidos, y que de alguna manera no hace sino identificar cualquier feliz anomalía para situarla en la misma órbita. Sinceramente, dudo que muchos de estos grupos citados conozcan a Vainica Doble más que de una manera superficial, aunque sí las profesen respeto como se lo podrán profesar a, qué se yo, otros imprescindibles como Triana.

Pero estas discrepancias que entran en el terreno de la subjetividad no pueden empañar un libro minucioso y preñado de detalles, a todas luces necesario, natural y digna continuación del de 1983 incluso para el propio Fernando, tal y como ha manifestado en su Facebook personal recientemente.

“El amor nos hará perros”

En el 1994 Surfin’ Bichos ponían el telón. El cansancio era grande, muy grande, y la ilusión ya no era la misma. Tras la publicación de «El Amigo de las Tormentas» (RCA, 1994) llega el fin. El grupo ya ni realiza gira y la promoción es prácticamente inexistente, la discográfica tampoco es que los apoyase con fuerza.

En 2006, doce años después de la separación, Surfin’ Bichos vuelven a reunirse para realizar una gira de despedida por la geografía española con los cinco componentes de 1994. La productora La Nube Studio retrata la gira, centrándose en los últimos cinco conciertos. Un trabajo en doble DVD dirigido por Rogelio Abraldes y producido por Carlos Valcárcel que nos transporta al pasado. En el primer DVD nos encontramos con el documental propiamente dicho y en el segundo, dedicado a los extras, imágenes inéditas de los directos del 89, trece canciones de la gira de reunión del 2006, el relato de Fernando Alfaro “Buzos Haciendo Surf” y muchas cosas más. Problemas de copyright impidieron que el documental estuviese parado unos años, pero por fin en 2012 podemos disfrutarlo.

En cien minutos se recogen los mejores momentos de aquellos conciertos y un montón de reflexiones de los miembros del grupo sobre la banda, los motivos de su separación y cómo volvieron a juntarse para esta gira. Un retrato íntimo –disfrutar de Alfaro guitarra acústica en mano entonando “Mi refugio” es emocionante- que nos permite, al igual que el libro “Sermones en el Desierto” (Avant Press, 2003) de Jota Martínez Galiana conocer de primera mano la historia de uno de los grandes grupos nacionales de todos los tiempos. Un grupo que conoció el éxito y el fracaso, que asumió la derrota con determinación y cuyos componentes encontraron en la música la manera de alcanzar la redención.

Además de los miembros de la banda, pasean por delante de las cámaras Manolo Rock –primer mánager de la banda- que nos enseña imágenes inéditas de unos Bichos primerizos allá por el 89 y muestra una gran sensatez-, Jota Martínez Galiana, Mariano Tejera, Jesús Ordovás, Julio Ruiz…

Un documental necesario e imprescindible que disfrutarán tanto los feligreses de la banda como los nuevos conversos que generará.

Aún recuerdo cuando en 2006 abrió el Fotomatón. Cómo no recordarlo si desde su inauguración hasta que me marché un año después a vivir a Londres nos pasamos allí los fines de semana enteros. Mis recuerdos de esa época son un tanto vagos. Recuerdo el humazo que lo inundaba todo, recuerdo al de la camisa blanca -nunca supimos si tenía una sóla o varias-, al que Javi le pegó un gancho de derecha mientras hacía uno de sus bailes acrobáticos… pero, sobre todo, recuerdo que era un sitio con un criterio musical inusitado con gran querencia hacia la escena nacional; tan pronto podías escuchar Animal Collective o Akron / Family como El Niño Gusano o Chucho. Buenos tiempos.

Sitio como era habitual de reunión, no es extraño que en uno de esos encuentros se fraguase, tercios en mano, esta criatura. O al menos la intención de ponerla en marcha. La conexión con el Fotomatón se seguiría ampliando una vez de regreso de Londres, ya en 2010, con la organización del que sería nuestro primer concierto en Madrid, el estreno de nuestros amigos de Tigres Leones junto a Los Ingenieros Alemanes. El sonido de la velada seguramente no fuera el mejor de la historia, pero yo recuerdo el concierto con especial cariño. En cierto modo, el hecho de que saliera tan bien nos animó a seguir adelante en esta parcela.

No crean que este ejercicio de nostalgia es gratuito, hay una explicación. Y es que seis años después el Fotomatón sigue dando guerra, dando rienda suelta a distintas iniciativas como la de La Butaca del Foto, su sección audiovisual, que en esta ocasión quiere rendir un bonito homenaje al programa que marcó a toda una generación: «La Bola de Cristal» (1984-1988, TVE). Está claro que la nostalgia que pueden despertar la Bruja Avería, la Bruja Truca, el Hada Video, Maese Cámara y Maese Sonoro es ilimitada. Como lo es el elenco de pirados al que este programa dio cabida de manera única e irrepetible, educando a los más pequeños con las locuras creativas de Alaska, Santiago Auserón, Kiko Veneno, Loquillo, etc.

Durante tres días por el Fotomatón pasarán distintos colaboradores para expresar sus impresiones sobre el programa y sus diferentes secciones. El lunes 28 se dedicará a Los Electroduendes, y ahí estará todo un especialista como Nico Grijalba aka Aviador Deluxe. Al día siguiente, será el turno de las secciones relacionadas con montajes de imágenes de archivo y escenas de ficción: El Librovisor y La Cuarta Parte. Gente tan reputada como Jesús Ordovás, David Saavedra (Rockdelux) e incluso el mismísimo Paco Quintanar, principal documentalista del programa, hablarán sobre ello. Y, por último, el miércoles 30 será el turno de la música. Ahí estaremos unos cuantos, -Jorge Obón (El Telescopio), Luis Brea, Juan Santaner (Marxophone) o yo mismo- charlando sobre las actuaciones en directo y los videoclips que se emitieron en el programa, también de los que produjo el mismo.

Poco puedo adelantar por la parte que me toca. Aparte de mi punto de vista personal como persona que no vivió el programa (soy del 82) pero que adora los 80 españoles, prepararé una serie de entrevistas a varios personajes involucrados intentando huir de lugares comunes, que es el riesgo que tiene tratar un tema tan manido como el de La Movida y sus derivados. Desde luego la iniciativa lo merece. Están todos invitados.

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como un fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de «indiegnado» (los sagaces juegos de palabra con el «indie» están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-Yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar).

Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Sí que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a continuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tosv, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestroso suficientes modscomo para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, «La Edad de Oro» (TVE), que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie(antes “música alternativa”) es aquello que salía en el «Generation Next Music» (1998) de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivió todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban a ver los unos a los otros; pero los propios grupos, a través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan.

Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazkin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixties y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes.

Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores.

Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional.

Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí?

Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de Internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante MySpace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk.

Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No Te Apures Mamá, Es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña.

Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver. ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.

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