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En esta ocasión vamos a reseñar dos títulos de reciente aparición. Sus autores comparten la condición de apasionados de la música, a la que han convertido, de una u otra forma, en su razón de ser profesional: el primero como periodista y el último como ejecutivo de sellos discográficos.

JINETES EN LA TORMENTA
Diego A. Manrique
Espasa, 2012

Ahora que ya no le dejan hablar desde su «Ambigú» (RNE3), queda tan solo la posibilidad de disfrutar de Diego A. Manrique por medio de la palabra escrita. Colaborador habitual de El País, el libro recopila sus contribuciones para este periódico y su suplemento dominical durante estos últimos años, de los que recuerda, según cuenta ya al final en los agradecimientos, la tensión a la que se veía sometido para entregar los textos en el plazo estipulado por el periódico y la satisfacción de leerse una vez publicados.

Revisa en sus páginas trayectorias de un sinfín de grupos y artistas, presenta entrevistas y compara detalles de la carrera de varios de ellos. Generoso como es el libro en su grosor, tiene espacio suficiente para tratar a mucha gente, agrupando la enorme lista en diferentes secciones: Música negra, sección de malditos, de «colosos», de tropicalias y un último rincón en el que cabe sobre todo cuestiones alrededor de The Beatles pero que termina con la reseña hecha al libro de un compañero, Xavier Valiño y su estudio sobre la censura sobre las portadas de discos, «Veneno en Dosis Camufladas. La Censura en los Discos de Pop-Rock Durante el Franquismo» (Milenio, 2012).

Sorprende quizá lo reducido de la sección dedicada a grupos españoles, capítulo que el autor titula precisamente como «Los Mejores Años de Nuestra Vida». Este apartado se limita a un texto dedicado a la madrileña sala El Sol, recuerdos para artistas ya desaparecidos (Antonio Vega, Carlos Berlanga, Enrique Sierra, Álvaro Urquijo), escritos sobre el tándem SerratSabina, Fito, Kiko Veneno y una entrevista a Bebe que recuerdo haber leído con gusto en su momento en el suplemento dominical del periódico. Es esta última precisamente ejemplo de cómo le gusta a Diego A. Manrique presentar sus interviús. Poco amigo de mostrar el resultado de sus careos con los artistas con un simple listado de preguntas y respuestas, el autor empapa los textos con sus impresiones y su personal lectura del estado anímico del que tiene delante.

Introduce además a modo de presentación o comentario previo a cada texto un pequeño fragmento en el que, junto a los detalles para situar cronológicamente el momento en el que se escribió, no tiene problema alguno de reconocer, si procede, posibles equívocos o injusticias en lo que se publicó entonces. En ocasiones aporta curiosas anécdotas no incluidas en el texto original y que, en caso de creer a pies juntillas, nos informan por ejemplo de las sospechosas insinuaciones a las que se vio sometido por Lou Reed.

Sirve de mucho el texto de este «Jinetes en la Tormenta» -o al menos a mí me ha servido- para situarse en la historia de nombres que muy probablemente en otros foros, o presentado por diferentes guías, no me hubieran despertado demasiada curiosidad: Michael Jackson, Madonna, Prince, Amy Winehouse, Rolling Stones, Bee Gees, históricos del rock clásico o grandes damas del blues… De igual forma resulta todo un deleite dejarse llevar por la descripción que hace el periodista de la producción de The Clash en general y de lo contenido en los surcos de vinilos indispensables como el «London Calling» (CBS, 1979). Pocos mejor que Diego A. Manrique para contarnos todas estas cosas.

cintasCassetteCINTAS DE CASSETTE
La Cara B de la Música
Óscar García Blesa
Editorial Bubok, 2013

Sostiene Óscar García Blesa que su libro es un recorrido vital; un vistazo atrás recién cumplidos los cuarenta; un balance de lo vivido. Esta especie de road movie existencial trae, eso sí, la música como excusa e hilo conductor, y así la narración queda vertebrada a partir de conciertos, discos y bandas que por una u otra razón le dejaron alguna impronta. El aficionado a cuestiones musicales reconocerá además el crédito otorgado a obras como «High Fidelity» (1995), la novela escrita por otro enfermo de los vinilos como es el autor inglés Nick Hornby. Son continuas las referencias a espacios comunes como la construcción de listas, la disposición de los capítulos del libro a modo de canciones de una selección en cinta de cassette grabada o la inclusión de citas de diferentes momentos de la historia de dicho libro.

Es  su pasión por la música precisamente la que llevó al autor a montar un fanzine desde muy temprana edad, con el que se hizo con la excusa ideal para entrevistar a muchos de sus ídolos musicales del momento y conseguir pases de prensa para conciertos y festivales. Muy probablemente además fue la misma afición la que determinó su futuro profesional, el de directivo de compañías como Warner, RCA y en la actualidad de Real Networks. Su implicación directa en las entrañas de la industria discográfica abre un más que interesante punto de vista desde el que está escrita esta historia. Consciente quizá del papel de «malo» que muchas veces parece jugar este perfil en el mundo de la música, no rechaza el parapeto que le brinda Kiko Fuentes, directivo de Warner y compañero del autor en su paso por la compañía, en el prólogo inicial.

Lejos de entorpecer con todo ello el relato general, Óscar ofrece al lector momentos impagables e irrepetibles, impensables para el común de los mortales, de su contacto con muchos de los grandes nombres de la música. Comienza por ejemplo el libro con los preparativos frustrados del concierto que Alejandro Sanz iba a dar en la gala de los premios Grammy en versión latina con un MTV Unplugged que tuvo que retrasarse como consecuencia de los atentados al World Trade Center de Nueva York. Se cuentan las peripecias vividas aquellos días, en los que el grupo de directivos allí destacados terminaron como «refugiados» por una noche en la casa de Antonio Banderas y Melanie Griffith. Más adelante se relata cómo tuvo que lidiar el autor y protagonista del libro para sobrevivir a la tensión impuesta por las exigencias del séquito de Madonna en su visita a España.

Pero no es el texto una lista de anécdotas con notables de la canción. Donde realmente radica a mi juicio lo interesante de las historias que se cuentan es en el factor humano, entrañable que se ponen de manifiesto, tanto del artista como del fan del mismo. Valga como muestra el capítulo que comienza con el concierto que dio Nirvana en el Pabellón del Real Madrid de baloncesto y que termina con la descripción de una barbacoa en la casa de la madre de Dave Grohl, integrante primero de dicho grupo y posteriormente de Foo Fighters, en la presentación de un disco de esta última formación: «Desde que llegamos a su casa por la tarde, y hasta que nos marchamos de madrugada, no mencionó ni una sola vez qué tipo de planes teníamos previsto llevar a cabo en nuestros respectivos países con ‘In Your Honor’ (Roswell / RCA, 2005). Entendía y nos lo hacía saber con su actitud que sabríamos qué hacer con su disco. Mostró respeto por nuestro oficio del mismo modo que lo exigía con sus canciones. De verdad, y parece difícil de creer, aquella noche sólo intentó caernos bien. Evidentemente lo consiguió«.

Contadas con sincera agilidad y simpatía (recomiendo encarecidamente la lectura del relato del viaje para visitar en el Palacio de La Moncloa al entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero de un autobús lleno con artistas como Alejandro Sanz, La Oreja de Van Gogh, Café Quijano, Amaral, Álex Ubago, Estopa, Andy y Lucas, David Bisbal y Mago de Oz) atrapa leer cómo se desmorona la desconfianza de Jota (Los Planetas), conmueve la incomprensión de David Summers (Hombres G) al ver cómo su carrera en solitario no termina de despegar, el agradecimiento de un grande de la canción italiana como Claudio Blagioni ante la confianza depositada en él por el sello o la camadería con las bandas «menores» que tienen en nómina.

No son sólo bandas o artistas que el autor haya tratado por cuestiones laborales las que desfilan por las páginas del libro. Se habla de Bruce Springsteen y sus giras en concierto en España, del gusto personal para con la Creedence Clearwater Revival o Canned Heat, de las escuchas de discos de Depeche Mode en una estancia en los EE.UU., de Coldplay…

No desperdicia la ocasión para lanzar dardos al bando de la independencia cuando ésta se comporta de forma poco consecuente o intransigente: «Qué aburrida es la independencia más recalcitrante cuando insiste en poner zancadillas a las buenas canciones por el simple pecado de ser piezas populares. Las canciones se construyen para hacer que la gente lo pase bien y se emocione. Disfrútenlas sin prejuicios. Viva la vida«.

Este libro parece por su parte escrito precisamente desde el disfrute de la música. Recomendable y mucho para enfermos con síntomas similares.

Son muchos los recuerdos que me traen Automatics. Tantos que recibí la noticia de que volvían a tocar, al menos un concierto, con alegría mal contenida. Me hacen acordarme de las primeras ediciones del Festival Internacional de Benicassim, cuando todavía se celebraba en el velódromo de la ciudad costera, cuando todavía no era el camping con hilo musical de las hordas de jóvenes británicos en modo hooligan de playa en que devino la cosa. Lo vivido el viernes pasado, por tanto, tuvo mucho de ejercicio de nostalgia, como de alguna manera parece concebido el repaso a los años 90 programado en la sala El Sol. ¿Qué pasaría por la mente de Julio Ruiz, padrino de gran parte de aquella escena independiente, mientras los veía sobre el escenario después de tanto tiempo?

Me gustaron mucho los de Linares, garantizando en el repertorio gran parte de los mejores momentos de sus discos. A mí personalmente me hicieron feliz mostrando perlas de su patrimonio como «Suicide«, que vino casi en el mismísimo principio (fue la segunda), «French girlfriend» o «Electric captain«, que cerró la primera parte de la actuación… En el total de dieciocho temas que tocaron, quince en la parte principal de su concierto y otros tres como bises finales, hubo sitio para repasar cosas de »Cesárea» (Elefant, 1994)Añade este contenido -cuatro cortes-, de «Space Rock Melodies» (Elefant, 1997) -siete temas-, y de «Duty» (Elefant, 1999) -tres cortes-; hasta del breve «TV Preacher» (Elefant, 1999) cayó algo, el «My way«.

Sonaron con un punto más orgánico, quizás por el teclado que envolvía en muchas ocasiones las canciones para darles un matiz que no tenían antes. Me pareció reconocer momentos planeadores, recuperando el gusto que cultivaron en su momento por máquinas e innovaciones tecnológicas. «Revolution«, por ejemplo, casi cerrando la música en directo de la noche en El Sol, la ralentizaron al máximo, jugando casi hasta el límite con texturas de lo más denso. Incluyeron también una versión de «Sidewalking«, riéndose quizá de aquellos que les recriminaron en el pasado el encasillamiento con las directrices marcadas por The Jesus & Mary Chain. Eso, o que sencillamente les sigue gustando su música.

La reunión les ha pillado algo a trasmano ocupados como andan algunos de ellos en sus proyectos actuales (con Husband, por ejemplo, ultiman estos días la grabación de un nuevo disco), pero a tenor de lo vivido el pasado viernes, han sabido encontrar hueco en sus agendas para recuperar el tono de hace ya casi más de quince años. La sala además invita a crear el punto de unión justo entre la banda y el público, que nota el escenario cercano y accesible. A veces quizá demasiado para aquellos que prefieren vivir su minuto de aparente «gloria» aunque con ello entorpezcan la dinámica que el grupo está tratando de trabajar en escena.

Automatics, una de las bandas que mejor desarrolló lo que algunos denominaron como noise-pop vuelven a juntarse para, al menos, dar un concierto en enero en la sala El Sol de Madrid. Compañeros de viaje de grupos como Usura, Penélope Trip, El Inquilino Comunista, Parkinson DC, Los Planetas, Patrullero Mancuso y muchos más, fueron responsables de llenar la escena de los 90 del panorama nacional con cortinas sonoras tejidas a partir de guitarras y distorsiones inmisericordes. Facturaron canciones y discos que para muchos vinieron a poner banda sonora a toda una década, la de los 90. Aprovechamos la excusa de su inminente reunión para charlar con ellos sobre si tiempos pasados fueron mejores o no, sobre festivales de música, sobre su historia y los proyectos que les ocupan en estos momentos.

Pasado el tiempo, al hacer recuento de los años 90, de las bandas, sellos, fanzines, revistas y festivales uno sacaría la impresión de que se trataron de unos años especialmente activos. ¿Fue así? ¿Se vivió una época de efervescencia musicalmente hablando? ¿Qué diferencias marcaríais vosotros con respecto a otras etapas?
Sí que fueron unos años muy activos musicalmente, pero a diferencia de los 80 los grupos no pasaron de la escena alternativa al mainstream, creo que en parte por el tema de cantar en inglés (a excepción de Dover). Por lo demás, los movimientos musicales pasan, salen nuevos, se hacen revisiones de décadas pasadas, etc. La ruleta sigue dando vueltas.

¿Se apoya ahora a las nuevas bandas desde la radio, revistas, etc. como entonces?
No. ¿Qué radios? ¿Qué revistas? Sinceramente, Internet ha matado la música. Gracias a Dios ha resurgido el vinilo, para los que verdaderamente nos gusta la música y coleccionarla. Tal y como está actualmente el panorama es muy complicado funcionar con un grupo.

¿Fue real la aparente dispersión geográfica de focos de actividad de bandas: Asturias, Andalucía, Madrid, Barcelona? ¿Estuvo todo menos centralizado en los 90 quizá que en etapas anteriores?
Sí fue real, y a diferencia de los 80, que se centralizó casi todo en Madrid y su dichosa Movida, en los 90 había actividad musical en muchos puntos diferentes del país. Aparte de esto las compañías discográficas no había que buscarlas necesariamente en la capital.

¿Fueron los Automatics abanderados de lo que vino a llamarse noise-pop? ¿Hubo realmente una escena de bandas con actitudes muy similares con respecto a las querencias por el ruido, distorsión, etc.?
No, no fuimos abanderados de nada, nacimos en medio de la tormenta, si entendemos noise-pop como canciones pop ruidosas pues efectivamente encaja un poco en nuestra forma de componer, aunque en directo estábamos más cercanos al rock, esa fuerza no conseguimos llevarla al estudio. También es verdad que para muchos esas “querencias” por el ruido tapaban las “carencias” como músicos, algo parecido al movimiento punk, que con dos acordes tenías una canción.

¿De dónde os venía a vosotros la afición por ese tipo de sonidos? ¿Os cansaron las comparaciones con The Jesus & Mary Chain?
Normalmente refleja la música que oyes, y en los 90 es lo que salía del mercado anglosajón que sigue siendo (aunque nos pese) la referencia, y lo de The Jesus & Mary Chain pues nos lo tomábamos a chufla. Tanto es así que en directo tocábamos «Sidewalking» para que la comparación tuviese más peso.

¿Por qué decidís cantar en inglés?
Bueno, nuestro inglés era muy peculiar; de todas formas nuestra música no la entendíamos o tenía la sonoridad que buscábamos cantándola en español, había que adaptar la melodía de la voz como un instrumento más a las canciones y para eso el inglés encaja mejor. También fue decisión de Jose.

A lo largo de vuestra trayectoria mantuvisteis una fidelidad absoluta por Elefant Records. ¿Por alguna razón en concreto?
Por amistad. Ahora que ha pasado el tiempo te contaré que estuvimos a punto de fichar por Subterfuge. Nuestro manager nos puso en contacto con Carlos, nos reunimos y quedó prácticamente acordado el cambio, pero a última hora nos echamos para atrás y decidimos seguir con Elefant.

Yo fui uno de los muchos que os vieron en el Festival de Benicàssim. Desde las primeras ediciones, el festival ha cambiado mucho, pero ¿creéis que, al menos en los comienzos, fue representativo del espíritu musical del momento? ¿Os gustaba tocar en él?
Digamos que ese espíritu estuvo presente en las tres o cuatro primeras ediciones, después cambió de manos, se masificó y los grupos españoles cada vez contaban menos. A nosotros nos encantaba tocar en Benicàssim, además de servirnos de promo para darnos a conocer a un público más amplio.

Tocasteis fuera de España, en Inglaterra por ejemplo. ¿Recordáis algo de la experiencia? ¿Fue importante para el grupo?
Fue muy importante; nos sirvió para quitarnos los complejos, en Inglaterra la experiencia fue genial y al público le gustaba (para variar nos comparaban con Oasis). En Francia fue aún mejor porque Eurockeennnes es un festival importantísimo a la altura de un Glastonbury y recuerdo que nos calló una tromba de agua impresionante y la gente aguantó hasta el final.

¿Es real la pequeña fama de ariscos que os ganasteis para con el ambiente exterior de la banda? ¿Teníais buena relación con el resto de grupos del momento? ¿Con qué bandas tuvisteis un mayor contacto?
Eso es totalmente falso, el problema es que nosotros hacíamos 100% vida rock and roll y no pretendíamos ni queríamos adoptar la pose de otros, y en ese grupo se incluyen bandas y algunos nuevos periodistas musicales; en fin, que tocábamos y nos lo pasábamos en grande después del concierto. En cuanto a nuestra relación con el resto de grupos de aquella época era excelente además de haber compartido escenario multitud de veces con ellos: Los Planetas, Nothing, Pribata IdahoAñade este contenido, Mercromina, Chucho

En vuestros últimos discos se aprecian elementos de evolución en vuestro sonido, introducción de efectos técnicos, exploración de nuevas atmósferas… ¿Erais de los que os gustaba experimentar?
Sí, nos gustaba mezclar nuestras guitarras con efectos y samplers en alguna que otra canción. De haber seguido funcionando seguramente la tecnología habría formado parte de las canciones en un 50% junto con las guitarras.

¿Algún disco del que os sintáis especialmente orgullosos?
Bueno, supongo que cada miembro del grupo tendrá sus preferencias pero en lo que si estamos de acuerdo es que “Space Rock Melodies” (Elefant, 1997) fue el que hizo despegar a Automatics y las críticas fueron excelentes.

¿Cómo situariais en esa posible evolución sonora vuestro último trabajo «Wilson Love Me» (Elefant, 2001)?
La supuesta evolución de «Wilson Love Me» no es tal, fue el techo al que llegamos en ese momento, y la meta final de Automatics, creo que en nuestro interior sabíamos que la historia estaba finiquitada y era el broche final.

¿Qué os lleva a disolveros?
Principalmente por personas ajenas al grupo y por otras que se habían incorporado en la última etapa y que no formaban parte de la filosofía de Automatics. Todo esto propició la separación, otro error fue no hablar y volver a coger las riendas los tres miembros fundadores (Jose, Manolo y Poncho). Había un claro distanciamiento y eso finalmente propició la separación.

Volvéis en enero a tocar en la Sala El Sol, ¿cómo os decidís a reuniros de nuevo? ¿Qué formación traerá Automatics para la ocasión?
Luis Calvo, nuestro antiguo jefe (Elefant), se puso en contacto con nosotros para comentarnos lo que estaba organizando la sala El Sol y la posibilidad de juntarnos para un concierto. Hablamos y nos gustó la idea. Tocaremos los que hemos estado en la formación desde el principio hasta nuestra separación, además de ser los fundadores del grupo, Jose Lozano (voz), Alfonso Linares (guitarra) y Manuel Aranzana (guitarra). En el bajo estará Javier H. Aranzana, que es el bajista original, el que más tiempo ha estado con nosotros y que ha grabado “Cesarea” (Elefant, 1994), “Space Rock Melodies” y parte de “Duty” (Elefant, 1999). La batería la compartirán Antonio Salas y Alvaro de Blas, además nos echará una mano en los teclados David Morales.

¿Teneis intención de hacer algo más como Automatics?
No lo creo, segundas partes nunca fueron buenas, cada uno tenemos otras historias musicales que atender: Universal Circus entran ahora a grabar nuevo disco y Husband terminando el segundo LP, pero… ¡Nunca se sabe! Tampoco creíamos que volveríamos a juntarnos después de tantos años y fíjate. El tiempo dirá.