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Es probable que el fenómeno de Hombres G en el panorama de la música pop-rock nacional no haya sido aún suficientemente estudiado. No seré yo quien se atreva a explicar los motivos del carisma y la vigencia de David Summers, Javier Molina, Daniel Mezquita y Rafa Gutiérrez, ni de las pasiones que han arrastrado a millones de fans a lo largo de España y Latinoamérica y que han mantenido su legado durante treinta años, incluyendo diez de ausencia discográfica y en directo.

Pero sí me detendré en su debut cinematográfico, “Sufre Mamón” (Manuel Summers, 1987), insólita pieza de cine musical que se arrima y esquiva, una y otra vez, a todos los tópicos y tendencias del género haciendo bandera de la amistad, el compromiso, la monotonía y la estrechez de miras como claves para el éxito. “Somos muy normalitos, todo empezó como una cosa de amigos” y frases similares (a recitar con voz arrastrada y cierta chulería castiza) se repiten una y otra vez a lo largo del metraje.

Es evidente que una película como “Sufre Mamón” sólo puede disfrutarse desde una óptica naif, nostálgica o trash. Surgida en plena efervescencia de la fama de la banda, cuando sus dos primeros álbumes superaban el millón de copias vendidas, dirigida por el padre del líder del grupo y realizador poco sospechoso de incorrección política (algún día habrá que analizar con detenimiento su personal cine de la pubertad pre-liberación sexual) y con no menos de cuatro Summers más repartidos entre el guión y el reparto, debería haber sido una triunfal hagiografía, una celebración eucarística repleta de canciones que se rindiera al talento y al gancho musical de sus cuatro protagonistas. O, siendo aún más ambiciosos, un delirio pop a mayor gloria de la banda que emparentara el film con los experimentos visuales de Richard Lester con los Beatles o, sin ir más lejos, de las películas de Los Bravos.

Nada más lejos de la realidad. Amén de ofrecer el lógico puñado de canciones que harían las delicias de los fans y que convertían algunas de sus proyecciones en auténticos happenings de cánticos colectivos (según narran los afortunados testigos de la época), la película carece de dinamismo, de excitación hormonal, de delirio silvestre o de punch visual. Como mucho, contiene ciertos toques de comedia gamberra adolescente, como el sensacional comienzo en el que David y Javi torturan a los curas del Menesianos o de curiosidades como los comienzos protopunks del grupo, a la sombra de Los Nikis. Sorprende ver a los Hombres G (por entonces, Los Residuos) con camisetas de The Clash o Dead Kennedys mientras arañan guitarrazos a “La cagaste Burt Lancaster”. Asimismo, Summers (padre) jamás hace ver que el grupo posea algún tipo de habilidad musical, a pesar de que cada actuación deja ver el indudable olfato de Hombres G para crear melodías directas y pegadizas, adobarlas con desvergonzadas referencias pop y rematarlas con unos estribillos irresistibles.

Sin embargo, el verdadero punto G de la película reside en un detalle que le hace alejarse de su propia insignificancia y asomarse con cautela a la vanguardia.

Ya de por sí, no es demasiado habitual asistir a biopics en que los propios artistas se interpreten a sí mismos (y no me refiero a una ópera rock, al rodaje de un concierto o a un documental, sino a un film de ficción que narra la forja y la ascensión de la leyenda de los biografiados). Pero además, «Sufre Mamón» apuesta por plasmar en pantalla los fantasmas liberados de la canción que le otorga su nombre (cuyo título real, “Devuélveme a mi chica”, siempre fue eclipsado) adaptando el argumento de su letra e introduciéndonos sin aviso, sin pistas y sin rupturas de puesta en escena o de guión, en la cabeza de David Summers, en sus ensoñaciones, en la pequeña ocurrencia que se transforma en soplo de inspiración y logra hacerse inmortal. Incluso llega al extremo de regalarnos, en la que resulta ser la mejor escena de la película, un plano cerrado de David durante el mágico momento en que escribe las líneas que todos sabemos recitar de memoria: “Estoy llorando en mi habitación / todo se nubla a mi alrededor / ella se fue con un niño pijo / en un Ford Fiesta blanco / y un jersey amarillo”.

Y ese instante de creación artística surge de la improbable imagen de Ricky Lacoste, líder del ficticio grupo Fiebre Amarilla y villano de trazo grueso sublimado por las musas de David, némesis del grupo e ideal de lo que Hombres G querían y estaban a punto de obtener: el éxito musical, la admiración por su sensibilidad en el escenario y por su adorable toque macarra fuera de él y, lo más importante, un harén (o ganado, según se indica en la cinta) de chicas-cocodrilo a sus pies.

Por supuesto, no falta el esperadísimo momento en que el grupo ataca con polvos pica-pica a Ricky y quema su jersey con un petardo, rematado con un combate de boxeo en el que David triunfa y logra eliminar al fantasma que le impedía realizar sus sueños y amenazaba con llevarse a su novia “zorra y pedorra”. Un papel que fue interpretado por Marta Madruga, compañera sentimental de toda la vida y a la sazón esposa de David, sin ninguna experiencia previa (ni posterior) en el cine, sugiriendo así malévolas implicaciones sobre el demonio de los celos surgidos del subconsciente.

Y así, de inesperada y tal vez inconsciente manera, Summers narra el proceso de creación artística de un tema fundamental en la historia de la música española, estableciendo además renovados vasos comunicantes en la relación entre música y cine, entre una canción y una película, entre realidad y ficción.