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Ángel VadilloAquí os dejo varios apuntes recogidos durante mi estancia en el Contempopránea 2012, festival al que acudo año tras año como parte ya casi de una tradición.

1. – Igual no lo has oído, pero el alcalde de Alburquerque (Badajoz) lleva cuarenta y dos días en huelga de hambre. Se llama Ángel Vadillo y se alimenta a base de agua con miel. Protesta frente al Ministerio de Industria contra la retirada de las primas a las renovables. Todo el pueblo está con él y la plaza está empapelada con carteles de apoyo. Al parecer, la televisión pública extremeña tiene prohibido difundir nada relacionado con el tema. Puedes ayudar (o al menos eso dicen) firmando aquí y si quieres seguir a Ángel Vadillo (que no es ningún DJ aunque tenga nombre de pincha poligonero) está como @Angelvadillo en Twitter.

2. – No he leído ni un titular en tres días, pero un amigo me dijo que la prima de riesgo superaba ya los 600 puntos básicos. Y mientras los Rusos Blancos y Cosmen Adelaida tocaban en el festival de la escena indie española, en varias ciudades había convocadas manifestaciones en contra de los recortes y también en contra de la subida del IVA a la cultura. Los recortes también estaban presentes en el festival, y este año no había el librito con los horarios y la información de las bandas. ¿Consecuencia? Que Klaus & Kinski tocaron a las diez de la noche y nadie se enteró. Tocaron para cien personas, máximo.

3. – La facilidad para ver un concierto en primera fila ha tocado su máximo (como la prima de riesgo). Con el concierto ya empezado, sólo tienes que avanzar entre la gente y casi sin decir perdón llegas a colocarte a cinco metros de tu artista favorito. No soy muy bueno con las cifras y las estimaciones de público, pero no creo que llegaran a mil personas las que se reunieron durante el concierto de La Casa Azul, cuyo puesta en escena se va pareciendo cada vez más a un showde Britney Spears.

4. – Hay grupos míticos del festival, véase La Habitación Roja, que saquen disco o no, siempre están ahí. Y siempre sucede lo mismo: la gente se entrega con los hits de toda la vida, pero las canciones nuevas se la traen al pairo.

5. – También hay otros grupos muy molones que no encajan en un escenario tan grande.

6. – Amaral atrajo a todo el pueblo (quinceañeras y cuarentones) y a los de alrededor. No soy fan de Amaral, pero conozco las canciones que todo el mundo puede tatarear porque no paran de sonar en la radio. Pues creo recordar que no se escuchó ninguna de esas, pero ella salvó el festival (al menos en tema de asistencia y no sé si económico). ¿Quién vendrá el año que viene para “rescatar” el festival? ¿Dani Martín? Él dice ser mucho más indie que algunos indies.

7. – La gente del pueblo es muy simpática y amable. Y hay bakalas bailando temas rollo indie en los garitos cercanos al festival. Y todo eso no tiene precio. Sólo por ello el festival debería seguir, aunque cada vez tenga más difícil su continuidad.

Vídeo de la actuación de Niños Mutantes, con mensaje:

 

Este post nació con la didáctica misión de revisar las bandas sonoras de las series de dibujos animados que ilustraron nuestra infancia (por nuestra me refiero a esa puretil franja de edad de los que hemos sobrepasado ampliamente los treinta). Pero ya sabemos como son las cosas, uno empieza queriendo y buscando algo y termina cogiendo y agarrando lo que se encuentra a su paso y perdiéndose por los intrincados e inescrutables caminos de Internet -y sus inseparables amiguitos: el gozoso Youtube, la sacrosanta Wikipedia y el amable Google-…

Así que como hoja de ruta o aviso a navegantes (según seáis de secano o de mar), ahí van unas declaraciones de intenciones a posteriori (que son las únicas que, en realidad, son de fiar):

1. La inutilidad absoluta es la intención última que se esconde tras este post. Soy fan a ultranza y sin complejos de las cosas que no sirven para estrictamente nada. Lo gratis. Como motor vital, como filosofía cotidiana.

2. No pretende haber aquí más nostalgia de la estrictamente necesaria. Tampoco trato de decir que los dibujos animados de antes y sus sintonías fueran mejores. Llevo más de una década sin televisión y no sé qué se cuece ahora en los seriales infantiles. Es sólo esa extraña idea de que muchas canciones de aquellos dibujos animados eran hitazos y que, quizá por su formato y audiencia, no fueron tratadas como las auténticas obras maestras que eran.

3. El criterio de selección, como ya he apuntado antes, tiene poco de científico, nada de objetivo y muy poco de historicista. Se trata más bien de un flaneo sin rumbo por mis recuerdos televisivos de niña; un recorrido vago -en ambas acepciones del término- por esa cosa tan caprichosa, imprecisa y maleducada que es la memoria. Así pues no se me rasguen las vestiduras en caso de olvidos atroces (la selección es tan subjetiva como difícilmente discutible) y errores palmarios, que los habrá (contrarrestar fuentes es una práctica en desuso; y ante la duda, siempre lo más delirante).

4. Con este post se refuerza una de mis más absurdas teorías y un personal plan educacional largamente acariciado en silencio. A saber: si es escuchar un trozo de una de estas sintonías y salirnos la letra completa de la canción treinta años después, ¿no sería un método de aprendizaje brutalmente efectivo, atrozmente mecánico, memorizar todos esos datos que te obligan a retener de pequeño y a recitar cual loro -nombres de ríos y cordilleras, tablas periódicas de elementos, capitales del mundo mundial…- en formato cancionero? Pasarían los años y los datosdatosdatos permanecerían incorruptos como los brazos -eso dicen- de algunos santos?

Realizadas estas advertencias, vamos al lío (lío que se resume en «cosas de las que uno se entera surfeando en el proceloso mar de la red de redes»):

1. La cancioncica de inicio de la almibarada serie «La Aldea del Arce» (esa pegadiza «Shamalele Shamala, nuestra aldea es genial») es obra del reblandecerebros Emilio Aragón. Sobre la interpretación de dicho hit hay cierta confusión: hay quienes aseguran que era Rita Irasema, mientras otros hablan de unos tal Monono y Su Banda. La letra era sobre pasarlo bien («y disfrutaremos de muchas aventuras»), desparramar («jugaremos de noche, jugaremos de día») y sobre lo guay que es el terruño («nuestra aldea es genial»).

2. Los temas que abrían y cerraban esa entrañable serie española llamada «David el Gnomo» eran de Rosario María Ovelar (letra) y de Javier Losada e Hilario Camacho (música), persona -esta última- responsable de aquella proustiana tonadilla que servía de inicio a «Tristeza de Amor», serie de la que soy incapaz de recordar nada salvo la canción («un juego crueeeel») y que salía Alfredo Landa. Hilario Camacho, por cierto, está muerto y era madrileño. Yo habría jurado que venía del otro lado del charco y que seguía siendo el hermano pobre y digno (suele ser lo mismo) de Joaquín Sabina.

3. La mítica y animosa opening song de «La Vuelta al Mundo» de Willy Fog la cantaba Mocedades, ese excelso grupo nunca bien ponderado, al que los dioses Martes y 13 hundieron en la miseria convirtiendo el incontestable himno «Eres tú» en una canción inducida por un feliz cunilungus.

4. La famosísima canción de la serie de la Marvel Comics, «Dragones y Mazmorras», fue interpretada en su adaptación al castellano no por Parchís, como muchas veces se ha dicho, sino por unos tal Dulce, grupo que pasó sin pena, ni gloria y que desapareció en un pestañeo. Probablemente el tema de «Dragones y Mazmorras» sea uno de los más inolvidables de nuestra infancia animada. Épica infantil de la buena.

5. Otra que gozó de gran popularidad y que ocupa un puesto de honor en mi memoria musical es la sintonía de «D’Artacan y Los Tres Mosqueperros» (reflexiónese unos instantes sobre la magada del humor encerrada en el título de la serie y en el hecho de convertir a los estirados mosqueteros franceses en canes). La cantaban unos tal Popitos (hermana y hermano, por lo que se ve; la chica luego fue azafata televisiva en programas de distinta índole). El gran hallazgo de esta composición era ese estribillo trotón en el que se repetía «D’Artacan» por dos veces. Sensación de velocidad inmediata.

6. La adaptación (por no decir calco, hasta las voces suenan igual) de la canción que abría la serie germanonipona «Vickie el Vikingo» también fue interpretada en su momento por Mocedades. Un temazo de esos que lo escuchas ahora y no te crees lo bueno que era. Muy acorde con la serie que era buen rollo y diversión total, y tan alejada del melodrama torturante y torturado de otros productos como «Heidi» y «Marco» que competían en lagrimeo y orfandad (trending topic de la época, por lo que se ve). Recientemente y por obra de Dani Martín y su Canto del Loco -hicieron una versión para la peli del niño vikingo- el bueno de Vickie pasó de ser el chavalito listo pelirrojo deshacentuertos a sonar como un calimochero broncas.

7. La serie de todas las princesitas del mundo, aka «Candy Candy», se emitió aquí con su sintonía en japonés. Tal cual. Estos dibujos son los responsables de que las niñas pronunciáramos como si tal cosa watashiba (o algo parecido) y de que dibujáramos los ojos de todo ser humano en forma de rectángulos con burbujas chispeantes dentro.

8. El pepinazo con el que empezaba «Mazinger Z» nunca jamás lo cantó Raphael, como se puede leer por ahí (aunque, todo sea dicho: no le podía pegar más). El tema fue interpretado por quien adaptó la canción original al castellano: Alfredo García Garrido, responsable de otras adaptaciones a nuestro idioma como la de «La Abeja Maya», la mencionada «Vickie» o «Pippi Calzaslargas»; y autor de esa cabronada imperdonable de «No te vayas mamá, no te alejes de mí, adiós mamá, pensaré mucho en ti» (los que crecisteis con el miedo permanente a quedaros sin madre y a tener que buscarla por medio mundo con un mono albino colgando del hombro, sabéis de lo que hablo…)

9. El superhit que abría la serie «Ulises 31» (esa en la que Ulises era un buenorro a lo Kris Kristoferson en sus años mozos) fue trasladada a nuestro idioma ni más ni menos que por José María Cano y Miguel Bosé. No sé quien la cantó, pero la tenía que haber ‘aullado’ Tino Casal.

10. Para terminar he dejado una serie que ya no forma parte de mi infancia, pero que me parece lo suficientemente delirante como para no ser olvidada: «Los Fruittis». En el año 91, cuando ya llevábamos más de diez años viendo anime bastante decente para la época, van y se despachan con una serie de ¡frutas!, hecha con una técnica de animación de cuando no existía la animación, y que encima duraba más que cualquiera de las anteriormente mencionadas (91 capítulos). Alcachofo, Nabo (el fruiti americano), Gazpacho (la piña andaluza), Pincho (el higo chumbo), Mochilo (el plátano canario con mochila) eran algunos de los protagonistas. En su momento fue considerada mierdosa total, pero con el tiempo -sabio e implacable juez- hemos podido comprobar que, en realidad, se trataba de una gozosa muestra de lisergia en estado puro. El tema de apertura, compuesto, por Josep Roig, era un adelantado himno a la tolerancia y a la multiculturalidad («Somos blancos, somos verdes/ somos negros y amarillos/ somos todos diferentes/ y estamos muy unidos»). Los Fruitis llegaron a salir en los dibujos de las galletas de Tosta Rica (ahí es nada).


Ahora vuestras cabezas están llenas de sintonías y de datos inútiles. Objetivo conseguido.

Me enseñaron en el instituto que “moda” es aquel valor aritmético que se repite con más frecuencia. Así que, según esta definición, un moderno en España debería ser cualquiera de esos chavales que lleva el pelo a lo Callejón o las chicas que los acompañan, con sus melenas extendidas y vestidos bodycon.

La música moderna, la que sale por las radiofórmulas, sirve de banda sonora para los programas en los que se aparean y las tiendas en las que compran o los anuncios de sus colonias: Shakira, Pitbull, Dani Martín, Amaia Montero, Andy y Lucas y demás. Aunque estos son argumentos meramente semánticos.

 


Luego está el hype, hipérbole en castellano, un fenómeno principalmente británico y estadounidense que consiste en la sobreexposición publicitaria de un artista, banda musical o película, independientemente de su calidad, para conseguir una respuesta altísima en cuanto a popularidad.

A todo el mundo le viene a la cabeza gente como los Artic Monkeys, los Libertines, Animal Collective o, más recientemente, Lana del Rey. Llenan las revistas, radios y programas de la tele, como en España esos artistas del párrafo anterior.

 

 

Y el moderno. O lo que la calle entiende por moderno. Moderno se llama a alguien que escucha los discos de vinilo de sus padres, viste ropa de segunda o tercera mano, gasta su tiempo libre haciendo punto o ganchillo y prefiere comerse los tomates de la huerta de su abuelo a una hamburguesa contrahecha.

El quid de la cuestión es que generalmente nos referimos a la palabra “moderno” como una mera traducción del concepto anglosajón “hype” y no en el sentido semántico tradicional castellano.

Pero es que a mí esa acepción del término no me convence mucho. O más bien no me gusta. No sé si tendré los argumentos filológicos suficientes para legitimarme en entender del castellano lo que me venga en gana, pero lo cierto es que entiendo la modernez como una tendencia estadística. Así que para lo otro prefería que acuñaran un término. Algo que delimitara a las claras el deseo de exclusividad, el aislamiento elitista y la tontuna consustancial. Un palabro nuevo y moderno de verdad: Almondigado, retonante, melitáusico, piriflitijaipel.