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Recientemente y con motivo de su primera exposición en Madrid, Javier Aramburu ha vuelto a estar en boca de todos; aunque a decir verdad, nunca lo ha dejado de estar, bien sea por la mitología que rodea al universo Family, bien por las pequeñas píldoras gráficas con las que nos ha ido obsequiando a cuentagotas desde su decisión de dejar de lado la ilustración de portadas, Single mediante, principalmente.

Cuando uno repasa la obra de Aramburu no puede sino experimentar una sensación de respeto absoluto, pues hablamos de una persona -no vamos a descubrirla a estas alturas- que ha dado color, y de qué manera, a gran parte de los discos más míticos de los 90 y, por ende, del undergroundespañol. Curiosamente, a la mayoría de esos que ajenos a la moda del tiempo han conservado toda su esencia, aupándose en los altares del reconocimiento general y envejeciendo mejor que bien. No todo lo de Aramburu, por cierto, lo ha hecho del mismo modo. Ahí quedan carteles y flyersrelacionados con Contempopráneas y Benicàssims, vericuetos poperos plasticosos y cosas anodinas mucho más comerciales que ustedes mismos pueden juzgar en este fantástico blog recopilatorio de su obra.

Me gustaría destacar, atendiendo a mis gustos personales, cinco portadas geniales. El criterio empleado para ello es un compromiso entre lo estético y lo musical, pero primando más lo primero, pues sino estaríamos hablando de citar de una tacada «Un Soplo en el Corazón» (Elefant, 1993) de Family, el «Soidemersol» (Siesta, 1997) de La Buena Vida, el «Super 8» (RCA, 1994) de Los Planetas y un par más que podrían estar entre las que confeccionó para los lanzamientos en Elefant de Vainica Doble, Décima Víctima, Alaska y los Pegamoides y Carlos Berlanga; precisamente, ninguna de ellas de mis preferidas, pero simbolizando una asociación del todo natural.

Allá va, pues, mi selección:


 
Ana D – «Satélite 99» (Elefant, 1997)
Una rareza tan exigua como misteriosa como «Satélite 99» encuentra su mejor aliado en el arte de Aramburu, así como los textos de Javier Corcobado e Ibon Errazkin y las múltiples versiones que nos hallamos deconstruidas en el disco lo encontraron en la hiriente voz de Ana D. Un universo concentrado en un madejado de flores por el que Ana asoma tímidamente la cabeza, quizás reivindicando su huequito en la historia del popespañol. Una portada dulce, delicada y enigmática para un feliz accidente.
 
 
 

 
Apenino – «En la Hora Azul» (Jabalina, 2003)
Tras Dar Ful Ful, Apenino, o lo que es lo mismo Marco Maril, nos entrega este breve EP que entronca con el estilo más puramente Family, saliendo airoso del envite y dando forma a un trabajo tan disfrutable como la maravillosa portada con vistas al mar con la que Aramburu desdibujó el tiempo y la distancia. Una portada que sugiere de manera fehaciente lo que nos vamos a encontrar dentro.
 
 
 
 

 
Aventuras de Kirlian – «Aventuras de Kirlian» (DRO, 1989)
El do-it-yourself del pop viene presentado por una portada simple pero magnética, como las propias composiciones del grupo. Todo el arte gráfico de la corta pero interesantísima discografía de Aventuras de Kirlian, como no podía ser de otro modo, corre a cargo de Javier, quien se inclina para este disco por los colores grises, taciturnos y apagados, representativos de la saudade característica del Sonido Donosti, escena a la que el grupo en cuestión da el pistoletazo de salida. «Un día gris en una casa…»
 
 
 

Single – «Pío, Pío» (Elefant, 2006)
Quizá sea la de este «Pío, Pío» de las portadas más recientes de Aramburu la más hermosa. Teresa, convertida ya a estas alturas en una musa absoluta, de perfil e inundada en verdes besa a un pajarillo sin que sepamos cuál de los dos es más delicado, dando lugar a una de esas portadas que incitan a comprar el disco aun sin tener idea de lo que uno se puede encontrar dentro. O mejor aún, dando por sentado lo excelso del contenido a partir de la magnífica portada. Luego ya cuando uno descubre lo que hay dentro, no puede sino rendirse ante tan sublime asociación gráfica y musical.
 
 
 

Le Mans – «Mi Novela Autobiográfica» (Elefant, 1997), «Yin Yang» (Elefant, 1998) y «Aquí Vivía Yo» (Elefant, 1998).
Y, para terminar, la mejor despedida posible y una pequeña trampa por mi parte, al tratarse no de una sino de tres portadas. No se me ocurre una manera más sobria, sutil y elegante de decir adiós. Sin dramas ni ruido. Una despedida eterna, como su obra.
 
 
 
 
La mística de Aramburu, su aura de artista inaccesible extensible a su entorno, el misterio. Indudablemente ha sido, y posiblemente sea aún durante los próximos años, el portadista de la independencia española por antonomasia.

Ángel VadilloAquí os dejo varios apuntes recogidos durante mi estancia en el Contempopránea 2012, festival al que acudo año tras año como parte ya casi de una tradición.

1. – Igual no lo has oído, pero el alcalde de Alburquerque (Badajoz) lleva cuarenta y dos días en huelga de hambre. Se llama Ángel Vadillo y se alimenta a base de agua con miel. Protesta frente al Ministerio de Industria contra la retirada de las primas a las renovables. Todo el pueblo está con él y la plaza está empapelada con carteles de apoyo. Al parecer, la televisión pública extremeña tiene prohibido difundir nada relacionado con el tema. Puedes ayudar (o al menos eso dicen) firmando aquí y si quieres seguir a Ángel Vadillo (que no es ningún DJ aunque tenga nombre de pincha poligonero) está como @Angelvadillo en Twitter.

2. – No he leído ni un titular en tres días, pero un amigo me dijo que la prima de riesgo superaba ya los 600 puntos básicos. Y mientras los Rusos Blancos y Cosmen Adelaida tocaban en el festival de la escena indie española, en varias ciudades había convocadas manifestaciones en contra de los recortes y también en contra de la subida del IVA a la cultura. Los recortes también estaban presentes en el festival, y este año no había el librito con los horarios y la información de las bandas. ¿Consecuencia? Que Klaus & Kinski tocaron a las diez de la noche y nadie se enteró. Tocaron para cien personas, máximo.

3. – La facilidad para ver un concierto en primera fila ha tocado su máximo (como la prima de riesgo). Con el concierto ya empezado, sólo tienes que avanzar entre la gente y casi sin decir perdón llegas a colocarte a cinco metros de tu artista favorito. No soy muy bueno con las cifras y las estimaciones de público, pero no creo que llegaran a mil personas las que se reunieron durante el concierto de La Casa Azul, cuyo puesta en escena se va pareciendo cada vez más a un showde Britney Spears.

4. – Hay grupos míticos del festival, véase La Habitación Roja, que saquen disco o no, siempre están ahí. Y siempre sucede lo mismo: la gente se entrega con los hits de toda la vida, pero las canciones nuevas se la traen al pairo.

5. – También hay otros grupos muy molones que no encajan en un escenario tan grande.

6. – Amaral atrajo a todo el pueblo (quinceañeras y cuarentones) y a los de alrededor. No soy fan de Amaral, pero conozco las canciones que todo el mundo puede tatarear porque no paran de sonar en la radio. Pues creo recordar que no se escuchó ninguna de esas, pero ella salvó el festival (al menos en tema de asistencia y no sé si económico). ¿Quién vendrá el año que viene para “rescatar” el festival? ¿Dani Martín? Él dice ser mucho más indie que algunos indies.

7. – La gente del pueblo es muy simpática y amable. Y hay bakalas bailando temas rollo indie en los garitos cercanos al festival. Y todo eso no tiene precio. Sólo por ello el festival debería seguir, aunque cada vez tenga más difícil su continuidad.

Vídeo de la actuación de Niños Mutantes, con mensaje:

 

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como un fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de «indiegnado» (los sagaces juegos de palabra con el «indie» están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-Yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar).

Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Sí que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a continuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tosv, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestroso suficientes modscomo para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, «La Edad de Oro» (TVE), que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie(antes “música alternativa”) es aquello que salía en el «Generation Next Music» (1998) de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivió todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban a ver los unos a los otros; pero los propios grupos, a través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan.

Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazkin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixties y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes.

Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores.

Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional.

Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí?

Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de Internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante MySpace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk.

Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No Te Apures Mamá, Es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña.

Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver. ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.