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Portada de Antonio Zapico
Portada de Antonio Zapico

Conocimos a Raquel Peláez hace ya tiempo por su fantástico blog del Milodón e incluso llegó a hacer alguna colaboración con nosotros más ligada a la música española. Es justo comenzar con esto para poner de manifiesto que al enfrentarnos a su libro ya sabíamos por dónde iban a ir los tiros, lo cual, obviamente, nos encantaba. Se han escrito muchas líneas sobre Madrid, recientemente y sin cesar sobre lo supuestamente hipster y lo que no, la enésima disertación sobre La Movida, las mil y una listas de los mejores -ponga un sustantivo aleatorio- de la ciudad… Pero se echaba en falta, o al menos yo lo echaba, un retrato generacional con los ingredientes que en este «¡Quemad Madrid! (O Llevadme a la López Ibor» (Libros del KO, 2014) se reúnen: diversión no exenta de crítica social, mordacidad, psicología y desnudez personal.

Al igual que Carmen (de) Posadas hacía ese repaso a la fauna y flora de la tardomovida en “Yuppies, Jet Set, La Movida y Otras Especies” (El Papagayo, 1987) desde un punto de vista más socioeconómico (aunque de manera muchísimo más superficial y no por deliberadamente snob, con más gracia), Raquel Peláez se atreve a erigirse como retratista de una generación, la de los nacidos entre mediados de los 70 y principios de los 80 (año arriba, año abajo) algo perdida y falta de tótems. Y esto es importante, aunque no crucial, porque si bien el lector de edad no comprendida en este rango pueda quedarse fuera de ciertas cuestiones -no sentirse uno de nosotros al leerlo-, sí que puede encontrar en estas líneas la distancia suficiente y el interés necesario como para aproximarse a ello sin sentirse espantado, más bien lo contrario. Porque lo de Raquel es con ojos de viajera pero con el plus de ser residente y militante, combinación de Lonely Planet particular y bitácora personal de una superviviente inquieta en una ciudad inhóspita y cálida a partes iguales como Madrid.

Escudriñando cada uno de los rincones, acudiendo a los lugares típicos, pero también alejándose de ellos, adelantándose a ese fenómeno de gentrificación, dulce cuando tiene que serlo, mordaz e hiriente cuando procede, Raquel hila ideas y conceptos con gran destreza y maestría y gracias a ello y a su precisa mirada de bisturí de cirujano se aproxima más a una suerte de Baroja con retranca gallega (ejem, perdón, berciana) que a una simple croniquita meliflua repleta de nostalgia y batallitas. Al fin y al cabo, nunca nadie ha descrito mejor Madrid que alguien de fuera, lo cual entronca y mucho con la idiosincracia de la propia ciudad. Y Raquel lo vuelve a demostrar con creces.

En este recorrido por los sitios menos turísticos de la ciudad, veáse el caso de barrios como el de La Elipa, pasan de manera natural personajes ligados a la música y grupos tales como Loquillo y Burning. Por supuesto que hay un capítulo entero dedicado a Malasaña y se tocan, aunque sin demasiado énfasis, aspectos de La Movida (pequeña aseveración lapidante del  Zurdo inclusive) pero en los modos de vida, en los barrios y los locales, se huye, aquí sí, de lugares comunes. Uno puede encontrar cartas abiertas a personajes tan dispares como Christina RosenvingeDavid Summers al mismo tiempo que se frecuentan sitios como Ciudad Pegaso, por citar uno que me toca de cerca por familia, donde por cierto -y me da la impresión es una de las pocas cosas que Raquel no conoce- Fabio McNamara se crió. La pasión con la que escribe Raquel nos hace desear estar por igual junto a Carmen Martín Gaite y su refugio en El Boalo como junto a Carlos Boyero y su refugio en el Sylkar (de las mejores tortillas de Madrid, lo digo con conocimiento de causa). Historia, arte, literatura… Pocos detalles se le escapan a esta madrileña de adopción que confiesa haber pasado su primer verano en Madrid a la fresca dando vueltas y leyendo un libro en la circular.

Pasando las páginas de «¡Quemad Madrid!» uno tiene el doble (qué digo, triple; o cuádruple, no sé) placer de disfrutar las historias personales en las que Raquel nos enreda, querer descubrir la infinidad de lugares que describe y se nos escapan, sorprenderse por la innumerable cantidad de anécdotas históricas bien traídas que relata y, desde el punto de vista que aquí más nos interesa, constatar la vinculación de la ciudad a una grandísima y vigente escena musical. Ilusiona que las historias de Raquel tenga una banda sonora -su banda sonora, por supuesto- y esperamos que el valiente que se atreva a hacer el siguiente retrato también le de una importancia capital a la música como en este libro se destila.

«¡Quemad Madrid!» no sólo es una lectura perfecta para el verano, desestresante y refrescante, sino un libro imprescindible para cualquier madrileño, donde madrileño adquiere aquí el término más amplio posible: oriundo, residente, simpatizante, crítico y turista.

«Madrid, que siempre fue un resumen larguísimo de todas las ciudades españolas, que tiene un bar con el nombre de cada pueblo de Iberia, por fin acepta que ser un pueblo grande -y no La Movida- es lo que la ha convertido siempre en la ciudad más divertida de Europa.»

¡Quemad Madrid! se presenta hoy mismo en Tipos Infames (San Joaquín, 3) con la actuación en acústico de Marcos Rojas, líder de Los Claveles. Sale editado por Libros del K.O. con prólogo de Santiago Lorenzo y simpáticas ilustraciones de Alfonso Zapico.

En una entrevista reciente aparecida en El País, Pete Seeger decía: «Mi audiencia ideal siguen siendo los niños. Son divertidos y te hacen sentir optimista incluso cuando te invade el pesimismo«. Sea pues bien porque se trata de un público especial, bien por haberse percatado los organizadores de conciertos de que así, facilitando las cosas a los padres, amantes de la música en directo, se aseguran audiencia, o porque existe un interés de acercar rock y pop a los más pequeños, el caso es que lo de organizar eventos musicales dirigidos a los más pequeños es ya práctica extendida.

Hace tiempo que festivales como el Sónar de Barcelona, por ejemplo, incluyen en sus programaciones actuaciones en franja horaria y propuesta dirigida a los críos. La Casa Encendida de Madrid lleva igualmente unas cuantas temporadas en las que ha contado con grupos como Litoral, Mañana, Maga o Lori Meyers, entre otros, para sus conciertos para niños. La galería Ink And Movement (iam) de Madrid también ha sido escenario de las actuaciones de grupos como The Pains Of Being Pure at Heart (EEUU), Dolores, Natalia Lafourcade (México), Doble Pletina o Javiera Mena (Chile). Los madrileños L-Kan, en un pase que completaron hace unas fechas con ese proyecto que llevan en paralelo Belén su cantante y Luis llamado Bla, se hicieron hueco en dicho recinto de exposiciones en junio y la llenaron de globos y pianos de juguete. De esa guisa, y distribuyendo raquetas de tenis y baquetas para improvisados violines, dieron rienda suelta a la desinhibición hormonal de alguna de sus letras. En el Día de la Música, recientemente celebrado en el Matadero de Madrid, una programación especial incluía actuaciones entre otros de The New Raemon, The Cabriolets, Ginferno o Christina Rosenvinge, que había preparado unos «cuentos enchufados» para los más pequeños.

Con cierta solera ya tras varias ediciones, el Menudo Fest también lleva preparando pases de sábado y domingo en el Rock Palace de Madrid presentando sobre las tablas a bandas como Espasmódicos, Los Caballos de Dusseldorf, Fast Food, Sugus, Reverbduo… El estreno tuvo lugar con los conciertos de Juana Chicharro y Vigilante Gitano, metamorfoseados para la ocasión en Cobras Púrpuras. El éxito de los conciertos lo evidencian los llenos absolutos que se registran en cada uno de ellos, congregándose más público a veces que para ver a la banda en cuestión en un bolo normal.

Proxe, cantante de estos últimos, comprobó cómo se tuvo que quedar gente fuera de la sala en el día de su concierto, porque el Rock Palace no daba abasto. Desde entonces los organizadores, con objeto de evitar estas situaciones tan incómodas, ponen a la venta el número exacto de localidades del aforo máximo. Cuando le preguntamos por la experiencia se refiere precisamente a este overbooking: «¿A quién le puede parecer negativo? Si acaso pagamos el pato de ser la prueba… Había demasiada gente y fue un poco de agobio«. Le preguntamos por la razón del cambio de nombre de la banda para actuar delante de los críos, y nos responde que se debió a que probablemente la broma que lleva implícita Vigilante Gitano pudiera no entenderse «entre el público infantil«, cosa que les trae sin cuidado cuando se trata de audiencias de adultos. Eliminaron de sus letras también cualquier alusión a las drogas. Interesados en saber las razones que le llevan a él a llevar a sus hijos a estos conciertos, nos dice que intenta compartir con ellos las «cosas que nos gustan a todos«.

Hemos querido cerrar esta reseña con una entrevista con Dani y Marta, los organizadores del Menudo Fest y a los que ya conocemos de aventuras musicales conjuntas como Webelos y Grupo Sub-1.

¿Como se os ocurre la idea de organizar los conciertos para niños?
Marta: Ser madre ha sido el punto de inicio. Entrar en un nuevo mundo de necesidades infinitas, una oferta cultural muy ñoña y las ganas locas de seguir viendo rock and roll. Ahora por las noches me cuesta más: me levanto temprano para estar con mi hija, y no importa a qué hora me haya ido a la cama el día anterior. Poder hacer y compartir el rock and roll en horario diurno es estupendo, para las dos.

Dani: Siempre que hemos tocado para un público infantil y/o menor de edad ha sido muy divertido y nos lo hemos pasado muy bien tanto nosotros como el público. La idea de lanzarnos a esta aventura es de Marta, y cuando lo propuso acepté con los ojos cerrados.

¿Cuál es la idea principal, llevar los niños al rock, el rock a los niños? ¿Que vaya toda la familia junta?
D: La idea es que vaya toda la familia junta, por supuesto. Y no solo la familia, también grupos de amigos. Los grupos que programamos en Menudo Fest son los mismos grupos que por la noche tocan en el mismo sitio para adultos, son por tanto grupos que gustan a los adultos; no son los típicos grupos para niños diseñados en un laboratorio de marketing. Los conciertos están adaptados para los niños lógicamente (se toca a menos volumen y a veces se cambian las letras, pero poco más), pero son conciertos de r ‘n’ r que gustan a los adultos. Así que los adultos pueden disfrutar de estos conciertos tanto o más que los niños. No es el típico espectáculo en el que el adulto se aburre y solo disfruta el niño. No es para nada ese tipo de evento ñoño e infantiloide. La idea es que los niños puedan ver a un grupo de r ‘n’ r de verdad, no una versión excesivamente edulcorada y poco realista. Y que disfruten tanto padres como hijos. Es un evento para todos los públicos, no un “concierto para niños”.

M: la idea es compartir. Porque adaptamos los conciertos para agradar a grandes y pequeños. Hacemos actividades entre grupo y grupo para acercarnos más a los instrumentos, conocer distintos ritmos musicales y hacer de estrella del rock en el escenario. A los padres nos encanta que nuestros hijos vean a los grupos que nos gustan a nosotros y a ellos les encanta, sobre todo, tocar la batería.

¿Os planteáis llevar los conciertos a colegios o centros infantiles?
M: Es complicado llevar las necesidades técnicas de un concierto en directo a un colegio, se disparan los presupuestos. No es imposible, pero estando como están las cosas, por ahora cuando se ha planteado se ha tenido que desechar. El Menudo Fest necesita estar en un sitio preparado para el rock and roll.

¿Tenéis algún tipo de criterio estilístico a la hora de seleccionar los grupos?
M: Estamos en fase beta, probando qué es lo que mejor funciona. Y creemos que los grupos de punk rock, rock and roll, garage, surf, rockabilly, tienen un largo recorrido. Son muy asequibles para todos y sobre todo muy divertidos. Nuestro criterio se basa más en pensar en que los grupos tengan un poco de coherencia melódica y que encuentren un punto de comunicación con los más pequeños.

D: Por ahora el criterio es que sean grupos divertidos y que puedan gustar a los niños. Grupos de r ‘n’ r, principalmente. Hemos tenido grupos de power pop, de punk, de surf, de garage… y tenemos previsto tocar otros estilos. Como dice Marta, estamos probando…

¿Alguna anécdota que recordéis en especial con algún grupo?
D: Pues anécdotas hay muchas, a pesar de nuestra corta andadura. Cuando los niños se convierten en los protagonistas e “invaden” el escenario ya te puedes imaginar lo que pasa… Además cada grupo que toca llega con sus ideas y todos aportan cosas nuevas y suceden cosas como que ves a todos los niños bailando el limbo o tocando el pito… por no hablar de las “estrellas” que se suben a cantar karaoke. Una de las cosas que más llama la atención es cuando los músicos traen a tocar a sus propios hijos. Gran parte de los grupos que traemos tienen hijos y a algunos ya les pica el gusanillos de la música. El hijo del bajista de New Demolators se subió a tocar un tema al bajo, el hijo pequeño de Reverbduo se preparó una canción con cuatro amiguetes suyos del colegio y subieron a cantarla, la hija del batería de Sugus demostró que toca la guitarra mucho mejor que los dos guitarristas del grupo y que hace unos punteos de flipar…

M: Sí, nos encanta cuando los grupos llevan a sus críos a tocar y se preparan una canción. Fue impresionante ver a la hija de Luis de Sugus tocando la guitarra. Y ver a los chavales dando brincos maquillados como el gato de Kiss…

Dani y Marta al despedirse nos confiesan que el festival tiene cuerda para rato. El curso pasado acabaron con la actuación que dieron el día 7 y 8 de julio Lukas y Mallory Knox. La nueva etapa comienza con el concierto que darán TurboEsqueletos, grupo formado a la sazón para este evento y que presentan disco, junto a Teacher Teacher. Eso sí, esta vez en 40 Café el mediodía del 7 de octubre. Hagan cola que vuelve la diversión.

The Breakfast Club
The Breakfast Club

Si hubiese que hacer una pirámide demográfica con la población que compone la escena musical española, el gráfico nos saldría con forma de ataúd. Y esto no es una metáfora gótica ni una hipérbole siniestra: es que cuando la población envejece a ritmo muy superior al que aparecen nuevas generaciones las barras que representan el crecimiento de demográfico forman una figura con esta fúnebre forma. Que se lo digan a Japón. Los expertos en economía aseguran que en 2050, si siguen la tendencia actual, la población activa del país nipón será tan reducida como el público de un concierto de la Nueva Oreja de Van Gogh.

Dios les libre para entonces de otro Fukushima, porque todos los bomberos van a estar en un geriátrico.

Aunque la SGAE cuenta con datos sobre los músicos que les tributan, no hay un instituto nacional de estadística que se dedique a llevar el censo de músicos españoles (si lo hubiese, el director general sería, con toda seguridad, Kiko Veneno), pero el Milodón se atreve a asegurar sin miedo a equivocarse que el pop español pasa por una fase vegetativa: es decir, está envejecido y envejeciendo.

Aquí nos metemos en terreno peliagudo por dos razones:
a) Continuar con este argumento obliga a una definición previa de los términos «escena musical española» y por supuesto «pop» (antes de seguir leyendo, podéis haceros fans de este grupo de Facebook)

b) Seguir adelante con esta exposición entraña un riesgo: herir la sensibilidad de los músicos implicados. Es fácil quitarle importancia a la anécdota de esos niños que te paran por la calle pare pedirte la hora y te tratan de «usted» y te llaman «señor». Pero cuando hace tiempo que ya no eres aquel tipo esbelto y con abundante flequillo que cabía perfectamente dentro de unos pantalones pitillo y la tonsura natural o la feliz tripa del hombre casado hacen acto de presencia es más difícil defender que te hayan publicado ya cinco discos (y cuatro sean mediocres).

¿Hay alguien ahí, MacFly?
¿Hay alguien ahí, MacFly?

Supongamos que «escena musical española» y «pop» son dos palabra baúl en las que queremos meter cosas que suenan mucho por la radio y que son bastante conocidas por el público general: acudamos entonces a alguna lista tan ramplona y uniformizadora como el propio hecho de hablar genéricamente de «escena musical» y de «pop». Vayamos a ver cuáles son los diez nombres encabezan hoy por hoy la lista Promusicae de los discos españoles más vendidos.

Y dice así:

Pablo Alborán
Sergio Dalma
Estopa
Manolo García
Dúo Dinámico
Amaral
Bunbury
Alejandro Sanz
Amaia Montero
Luz (Casal)

Correcto.

Nombres todos que ya aparecían en aquellas lista de Afyve que tan felices nos hicieron en los tiempos del Rockopop de Beatriz Pecker. Con la sola diferencia de que entonces todos ellos tenían veinte años menos. Y de que en aquel tiempo la venta de discos podía llegar a convertirse en una fuente de ingresos seria para quienes quisieran vivir de la música. Únicamente Pablo Alborán -un chaval de veintitrés que ha conquistado al público nacional con una propuesta flamenca tan fresca como los jerseys de cuello vuelto de Carlos Cano– es la excepción que confirma la regla.

Premio al Artista Revelación

Diréis:

– Pero Milodón, todos sabemos que las listas de ventas oficiales, controladas por majors y cercenadas por mil motivos, en un mundo dominado por las descargas libres, la escuchas en streaming y la autoedición, no representan en absoluto la realidad de lo que está ocurriendo en el panorama musical español (¿»Panorama musical español»? Joder, sal de mí, José Luis Moreno).

Y tenéis razón. Los rankings de Promusicae son tan fiables en la medición del pulso de la escena como un gallo de Portugal en la predicción del tiempo.

Por este motivo, el Milodón ha hecho un somero repaso de las listas de Lo Mejor de 2011 publicadas por revistas especializadas en los ires y venires de la industria independiente (¿es necesario concretar a qué nos referimos con «independiente»? Qué cansancio. Que ese post lo escriba otro) con la esperanza de que estos espacios de probada sensibilidad underground y gran habilidad prospectiva (Rockdelux, Jenesaispop, MondoSonoro), capaces de subdividir la música popular contemporánea en más de cincuenta y seis categorías diferentes, arrojasen algo de luz sobre el asunto.

La esperanza era encontrar bandas de veinteañeros con cuerpos en plenitud física y mentes inquietas en estado de bullición. Erecciones prodigiosas e ideas nuevas. Los Lady Gaga, los XX, los MGMT, los Vaccines españoles. Los Niños de San Ildefonso del predio alternativo. Juventud, divino tesoro.

Veamos un resumen de los nombres más frecuentes en las listas independientes de los mejores trabajos del año que acabamos de despedir (los números no responden a un orden concreto).

1. Nacho Vegas
2. Manos de Topo
3. Antónia Font
4. Parade
5. La Casa Azul
6. Nudozurdo
7. Russian Red
8. La Bien Querida
9. Christina Rosenvinge
10. Pony Bravo
11. Sr. Chinarro
12. Lisabö
13. Bigott
14. The New Raemon, Francisco Nixon y Ricardo Vicente
15. Manel

Interpretación de datos para la ubicación de estas bandas dentro de la pirámide demográfica:

1. La etiqueta yogurín no le encaja, ¿verdad?.
2. Los Artic Monkeys, también fueron jóvenes promesas. Pero ya no.
3. Su gran hit se titula «Calgary 88». Aquí huele a tienda de segunda mano.
4. ¿¡Aún publican!?
5. Guille Milkyway sale en las fotos de la comunión de Tino el de Parchís
6. Como Lori Meyers o Vetusta Morla, FUERON jóvenes
7. Aplíquese el epígrafe anterior.
8. Véase Christina Rosenvinge.
9. Véase La Bien Querida.
10. Hay que haberle dado varias vueltas al tacómetro para hacer esas letras.
11. Grecian 2000, s’il vous plait.
12. Atendiendo a la entrada de la Wikipedia: “Es un grupo de rock del País Vasco fundado en Irún en 1998”.
13. Es un señor mayor con pelo en la cara.
14. Tres señores mayores, dos, con muchísimo pelo en la cara.
15. Voluntariosos, pero no críos.

Diréis:

-Pero Milodón, estas listas no reflejan, ni muchísimo menos, la riqueza de lo que ocurre en pequeñas salas de conciertos, donde grupos que han autoproducido maquetas o publicado con sellos mínimos sus disquitos de 10″, forman parte de una comunidad efervescente. En este hueco es donde están escondidos los talentos insultantemente jóvenes.

Y el Milodón os dice: si esto fuese así (que no lo es) el resultado sería igualmente desolador. O peor. Significaría que la chavalada con ideas y energía renovadas no consiguen hacer llegar su talento a los circuitos comerciales. Y al fin y al cabo se trata de que la cosa rule, ¿no?. ¿O acaso hubiese dejado John Peel que The Smiths se quedasen para siempre tocando en un asqueroso cuchitril de Manchester?

-O sea, Milodón, que tu opinión es que la gente mayor de veinticinco años no tiene derecho a componer, tocar y editar su música.

No. Por su puesto que lo tienen. De hecho, aún esperamos grandes cosas de muchos compositores mayores de cincuenta.

Pero si los mitos de la historia de la música pop (rock o como demonios queráis llamar a cualquier de los cincuenta y cuatro subgéneros que os guste) se suelen morir a los veintisiete años es porque han ofrecido lo mejor de sí mismos mucho antes. Alaska tenía catorce años cuando se subió por primera vez a un escenario. Antonio Vega veintitrés cuando compuso «La chica de ayer». Santiago Auserón veinticinco cuando editó «Música Moderna» (Hispavox, 1980) con Radio FuturaDavid Summers diecinueve cuando salieron sus primeros singles con Hombres G.

¿Se acabó la historia de la música española el día que Jota cumplió cuarenta años y llevamos seis celebrando El Entierro de la Sardina? ¿Deberíamos poner en marcha políticas de natalidad musical en los institutos, de la misma manera que los japoneses subvencionan el segundo hijo? Y sobre todo, ¿de verdad es Pablo Alborán la nueva esperanza del pop patrio?

– Milodón. El cantante de Los Planetas tenía treinta y dos cuando la banda lanzó «Una Semana en el Motor de un Autobús» (RCA, 1998). Cierto, amigos. Y quizá ahí radique parte del problema. Aunque esto y el análisis de las causas profundas de este funeral ya es un tema de debate para otro día.

Dicen que el amor es el motor del mundo. El Eros, como señalaba Freud, es el instinto que, sublimado, da lugar a las más elevadas artes. Pero claro, no es él único sentimiento en el mundo. En lo musical, el amor ha sido el tema más recurrente, pero justo es decir que los anglosajones han coreado himnos que nada tenían que ver con corazones rotos y anhelos sentimentales. Temáticas como la perdida de la fe, la diferencia de clases o la vacuidad de la música electrónica han sido material para hits tan indiscutibles como «Losing my religion», «Common People» o «Panic». El asunto de las letras en el pop y el rock español, sin embargo, ha sido escasamente revisado. Críticos y oyentes a veces han manifestado un cierto conformismo con esta cuestión, desviando el análisis hacia otros aspectos de la música, y dando el visto bueno siempre que la letra no acabara directamente cargándose la canción.

Tal es así que en los 90 se llegó a ver el curioso fenómeno, no sólo del viraje a un inglés deficitario y de temáticas burdas; sino incluso que algunos grupos ni siquiera cantaban en ese idioma, y simplemente balbucearan un fraseo sin sentido que imitaba su dicción. Los pocos grupos de los 90 que rompieron desde el inicio con esa tendencia, solían solucionar el problema enterrando la voz en el sonido hasta hacerla prácticamente ininteligible, caso de Los Planetas o Sr. Chinarro, o tiraron por una suerte de surrealismo críptico, como hicieron El Niño Gusano. Hay algo evidentemente entrañable para nosotros, oyentes, en todo esto, que nos hace mirarlo con ternura y nostalgia. Sin embargo, no parece que los propios artistas sean tan benevolentes. Curiosamente, la mayoría de ellos han avanzado a lo largo de sus carreras hacia una música donde las letras se hacen cada vez más claras, las voces se oyen cada vez más altas, y se reniega un poco de esos primeros discos, que han acabado por convertirse en una especie de huella incómoda.

Sin embargo, no hay que desdeñar la identidad lírica que muchos grupos han conseguido en su manera particular de enfrentarse al escollo del texto. Las letras de desamor y resentimiento, en un lenguaje llano y certero, tan típicas de Jota de Los Planetas, por ejemplo, han acabado siendo una seña de identidad innegable. El problema quizá viene cuando aparecen sucedáneos que se agarran a esa temática como la única posible y, quedándose en lo superficial, acaban haciendo cada vez peores copias de la idea original. Afortunadamente, algunos heterodoxos de las letras de pop y rock español nos han enseñado que hay un camino más allá del amor, el lamento y la deriva existencial, y que ese camino no pasa necesariamente por el hermetismo, la poética vacía y la vaguedad argumental. Con esta excusa voy a repasar en diez nombres lo que para mi representa esa manera de entender el texto como algo narrativo y abierto a los más improbables temáticas.

Vainica Doble: Vainica doble es, sin duda, uno de los más extraños casos que se ha visto en esta tierra. Santonja y Van-Aerssen eran capaces de hacer una canción a una funcionaria («La funcionaria»), reclamar con psicodelia cañí los productos de la tierra («Déjame vivir con alegría») o abrir un disco con una amarga canción sobre una amistad decepcionante («Réquiem por un amigo»). En su lírica, los refranes y la terminología popular conforman un mundo tan personal e intransferible como sus giros y armonías vocales.

Mecano: Cuesta creer ahora la popularidad que alcanzó un grupo que a veces dedicó sus canciones a las temáticas más marcianas. Su primer éxito estaba inspirado en una resaca («Hoy no me puedo levantar»), pero no sólo eso, también fueron capaces de cantar a cementerios («No es serio este cementerio»), perras astronautas («Laika»), y excéntricos personajes («Dalai Lama», «‘Eungenio’ Salvador Dalí»). En las canciones de Mecano cabe desde la frivolidad esteta («Maquillaje»), a la trascendencia naïf («El fallo positivo»), pasando por el cuento gótico («Hijo de la luna»).

Antònia Font: Los mallorquines llevan colgada, casi desde el inicio, la etiqueta de exquisita rareza. Por cantar en mallorquín sin sonar a cançó catalana, por inspirarse casi exclusivamente en otros heterodoxos como Jaume Sisa, y por meternos en un mundo extraño, lleno de astronautas rimadores, robots con sentimientos, alpinistas-samurais, iglús y batiscafos. Con esa materia prima cocinan fantásticas historias, instan a los alienígenas a hacer una visita turística a este planeta de polvo y de mierda que es la tierra («Extraterrestres») o dedican una canción entera a las ocurrencias de su compositor, Joan Miquel Oliver, cuando está aburrido con un papel delante («Wa yeah!»)

Single: Quizá la depuración definitiva de la manera de entender la música de Ibón Errazkin, el hombre que creó el, posiblemente, primer grupo indie de la historia de España. Single es un grupo de barroquismo marciano, capaz también de hacer canción de cualquier cosa. Con ese estilo narrativo que bordea lo relamido para alcanzar lo genial, igual hacen una oda al trino de un pájaro («Pio Pio»), al amor platónico entre un perro y su dueña, desde el punto de vista del perro («Mi perrito librepensador») o la eterna procrastinación de dos amantes («Posponías»).

Airbag: Aunque gran parte de su repertorio encuentra la inspiración en las historias de amor y desengaño post-adolescente, hay otro grueso de las canciones de punk pop de la banda que encaran las temáticas más freaks. Han dedicado varias canciones a sus películas favoritas, como a «La Matanza de Texas» (Tobe Hooper, 1974) –«Familia de subnormales todos locos»-, a «El Resplandor» (Stanley Kubrick, 1980) –«El resplandor»– o «La Mujer Explosiva» (John Hughes, 1985) –«Ciencia explosiva»-, suelen hablar de cómics, videojuegos y ciencia ficción y han dedicado sus singles más exitosos a temas como el suceso de Roswell («Roswell 1947») o la mafia rusa («Mafia rusa en la Costa del Sol»).

Los Punsetes: El sarcasmo y el humor retorcido de Los Punsetes supuso un soplo de aire fresco para el panorama nacional. Lo que ha marcado la diferencia de su monolítico post-punk han sido sus particulares letras. Tras sorprender con un himno dedicado a la excesiva presencia policial en la noche de Malasaña («Dos policías»), han tenido palabras para la gente que mira en los accidentes («Accidentes»), los tipos que observan con asco a las parejas («Queridoalberto») o la tendencia de la naturaleza al desastre («Lo natural»). Entropía y misantropía, solo ellos podían hacer un estribillo mandando a tomar culo a tus amigos («Tus amigos») y conseguir que se coree en las discotecas.

Ornamento y Delito: Tan oscuros como Los Punsetes, pero sin recurrir al humor, o haciéndolo con tanta seriedad que no se le ve la gracia a la cosa. Ornamento y Delito presentan los temas más escabrosos con una crudeza que hiela la sangre. Así, adolescentes violentos («Policía»), licenciados abúlicos («Beñat») y ciudades corrompidas («Madrid») pueden ser objeto de un frío análisis, que revela lo grotesca que es la realidad cotidiana. Como la rara avis que son, pueden permitirse sacar un single («Bono es Dios») en que a través de una anécdota personal, abordan el origen de la gente que hoy copa el establishment musical.

Klaus & Kinski: Los murcianos han definido su peculiarísima personalidad no sólo a través del eclecticismo, sino también a través de sus textos. Así, pueden retorcer los refranes («Ojo por diente», «Lo que no cura mata»), dedicar un bolero a Mengele («Mengele y el amor»), hacer un charlestón político-económico para Bakunin («Carne de Bakunin») o darle sabor folk al lamento de un niño lleno de miedos («Mamá, no quiero ir al colegio»).

Raúl Querido: Conocido por su incontinencia creativa y por haber dedicado canciones con sorna a Christina Rosenvinge, Amaia Montero, Antonio Luque o Mai Meneses, entre otros, la canción para Raúl Querido es una libreta abierta a cualquier tipo de reflexión. Detrás del humor cafre y punk («Sostres Sostres», «NNO, Nana del Nuevo Orden») suele haber una provocación con enjundia, pero ante la tentación de leerle sólo en clave de postmodernidad, es recomendable acercarse al Raúl más reflexivo («Reinventar el domingo», «Invierno perpetuo») donde las inquietudes personales alcanzan una franqueza devastadora.

Astrud: En ese arte de hacer canción de cualquier cosa, nadie ha alcanzado un nivel tan depurado como Astrud. Todos los temas valen, desde un niño que acaba de enterarse de que no existen los Reyes Magos («Son los padres»), a las deletéreas personalidades de los poetas patrios («Nuestros poetas»), pasando por la añoranza de un bar que cerró («Acordarnos»). Salen victoriosos de casi cualquier reto, ya sea cantar a la grabación de un CD casero («CD»), dedicar un pasodoble a un chiste sobre la personalidad española («Hay un hombre en España»), abordar lo decorativo de las ansiedades neuróticas («Miedo a la muerte estilo imperio»), hacer una canción sobre afirmaciones que se hacen y se deshacen como si fueran un dibujo de Escher («Me desdigo») o dedicar una letra a la última vez que se hacen las cosas («La última»). Las canciones parecen hacer de diván para las angustias y fantasías de Manolo, y hasta cuando habla de amor, lo puede hacer de las maneras más exóticas, por ejemplo, con Noam Chomsky protagonizando un improbable idilio por la red («Noam Chomsky»).

El camino de los heterodoxos no acaba aquí, claro. Canciones de bandas nuevas como «Cruzo los dedos» de Doble Pletina, que aborda la desidia de una ciudad que se vuelve cada vez menos excitante, «Trovadores» de Solletico, que repasa la evolución de la música cantada a lo largo de la historia o «Sentido y referencia» de Los Lagos de Hinault, que analiza una conversación trivial desde distintos focos, son buenos ejemplos de que hay aún espacio y talento para salir de la obviedad a la hora de hacer una canción. Parece que sí, que hay vida más allá del amor.