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“Politiqueo, eso es politiqueo. Niños, que no os dais cuenta”, nos decía a mis hermanos y a mí el creador de nuestros días mientras cenábamos al tiempo que negaba con la cabeza. Siempre que lo decía mi padre iba ya sin camiseta porque se acercaba el verano, y nosotros hacíamos caso omiso. Daba igual que nuestro padre pudiera tener razón (y en cierto modo quizá la tuviera), ahí estábamos los tres ilusionados pegados a la tele, porque la canción española ese año era buena y la letra muy bonita. Y si un danés no la apreciaba es que era realmente un tontaina; de fondo y siendo parte casi ya de la banda sonora del Festival de Eurovisión, una voz grave, firme, muy timbrada. Una voz cálida y segura: “Qué bien habla Uribarri”, decía mi madre. Ahí nos enteramos de su nombre, esa voz que se parecía a la de Constantino Romero, pero que no era, se parecía… ¿Serían familia? Probablemente no, descartábamos enseguida ese pensamiento. Lo que sí teníamos claro es que era casi de la nuestra. Vale que sólo la escuchábamos una vez al año, pero también es cierto que lo hacíamos con ilusión, como la visita de el tío hermano de tu madre que vive fuera de la ciudad y que te trae regalos.

Porque la voz de Uribarri es una de esas voces que siempre han estado ahí. Empezó en la radio muy joven y tras abandonar la carrera de Derecho, se presentó a «Caras Nuevas» (TVE, 1957-1958), una suerte de «Operación Triunfo» (2001-2011) para comunicadores cuyo premio consistía en que TVE te hiciera un contrato. Más de cuarenta años después vio cómo una concursante de un programa de talentos rompía registros de seguimiento en España de su amado festival, curiosa forma de cerrar un círculo. Dentro del ente público hizo casi de todo: fue la voz y la cara de los únicos informativos en la televisión en España y todo el país se agolpaba en la tele (propia o del vecino) para ver «Cesta y Puntos» (TVE, 1965-1971).

Pero la música seguía reclamándole un lugar en su carrera, desde dentro de su corazón entre leonés y madrileño burbujeaba la necesidad de estar vinculado a ella. No lo hacía desde que ponía algún que otro minisurco en Radio Juventud, allá cuando empezaba. Así vino «Aplauso» (TVE, 1978-1983), espacio que dirigió durante años. Por allí pasaron desde los Jackson Five hasta Raphael, Camilo Sesto, Radio Futura o Mecano, pasando por Tip y Coll, Martes y Trece o Las Hermanas Hurtado; incluso al principio se atrevió a dirigir el programa y a ponerse delante de las cámaras, con su amplia sonrisa y su talento innato para la comunicación como contrapunto una guapísima Silvia Tortosa, de la que siempre me he confesado fan desde que pude ver «Pánico en el Transiberiano» (Eugenio Martín, 1972) haciendo de condesa rusa.

Cualquier palo dentro de la comunicación televisiva era viable para José Luis: tertulias, contenido taurino, magazines vespertinos… incluso hacer de adivino. Volviendo a lo que decía antes de mis hermanos y yo viendo el festival, no podíamos creernos lo que hacía ese hombre, ¡sabía ya las puntuaciones! Seguro que hacía trampa, o la haría si no fuera porque un hombre tan amable no podía hacer esas cosas. De ahí la conclusión: era adivino.

Años después y ya uno contando con la suficiente madurez mental como para saber por qué sabía Uribarri las puntuaciones, pude verlo en una entrevista que le hicieron en la tele. Una jauría de los más mediáticos periodistas cardíacos le preguntaron por el hecho, él se encogió de hombros con humildad; simplemente, contestó, no era una cuestión de saber más que nadie ni de ser un estudioso, sino de experiencia. El amor que sentía por su profesión le hizo volver a trabajar en el Festival tras ser cesado después de dieciocho años de comentarista. Hasta el final estuvo trabajando; porque no era más que un hombre experimentado y de la vieja escuela, que le tocó ser periodista en una época en la que las noticias te las daba el gobierno, y que sin haber tocado nunca el delay de un ampli está vinculado a la música popular española de forma irremediable para siempre. Gracias por todo, José Luis; Uribarri: twelve points.