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Los Caramelos
Decir Los Caramelos es decir Charlie Mysterio, una de las figuras más enigmáticas y auténticas del panorama pop nacional. Abanderado del ultrapop y con tan solo una compilación de maquetas a sus espaldas –«Los Caramelos 1988-1999» (Spicnic, 2002)-, sus últimas apariciones musicales se debieron al proyecto que desde hace algunos años le une a Fernando Márquez (El Zurdo) y Clara Collantes: La Ruleta China. Sin embargo, y acicateado por Discos Walden, se supo que Charlie se metía en el estudio a dar forma a todo un LP. Previamente ya había abierto boca con un 7″ editado por el sello novel Bobo Integral, agotado en cuestión de semanas.

Dicho y hecho, hace tan sólo un mes salía a la luz «Esconde Tus Alas en la Torre Fantasma» (Discos Walden, 2014), larga duración de dieciocho deliciosos temas con los que Charlie Mysterio parecía quitarse una buena espina del pasado. El disco pronto tiene una gran acogida, generándose una importante expectación por su regreso a los escenarios, inicialmente teloneando a Ataque de Caspa en la presentación de su segundo disco, y luego ya en la suya propia, acompañado por Diego Migala y Blanca Lacasa (Plastic d’Amour).

Y no es para menos. Con referencias que van desde Vainica Doble a los Go-Betweens, Charlie se desnuda, nos muestra su lado más intimista y nos retrotrae al pop más delicioso en español de finales de los 90, a la nouvelle vague, al western, al humo de cigarro y a la bohemia. Todo un discazo de alguien del que si sabemos un poquito más es y será exclusivamente por sus canciones, aunque en esta entrevista intentemos lo contrario.

¿Quiénes son Los Caramelos? ¿Por qué tanto misterio?
Los Caramelos son un conjunto juvenil de folk ibérico con especial predilección por las melodías a tres voces y el joropo del llano.

¿Qué ha cambiado en Los Caramelos en todo este tiempo? ¿Qué permanece?
Todo ha cambiado, nada es lo mismo, hemos perdido la razón. Nos hemos politizado y formamos parte del Movimiento Marhuendista de Lavapiés. Permanece y aumenta considerablemente nuestra hermosura, juventud, energía, hobbies y ganas de propinar puntapiés en el trasero a quien se lo merezca.

Durante mucho tiempo lo único que había disponible tuyo era una recopilación de Spicnic que abarcaba, nada más y nada menos, que diez años de trayectoria resumida en veintinueve temas. ¿A qué es debido tan poco bagaje discográfico? ¿Cuántas canciones de Los Caramelos no han visto aún la luz?
La industria musical ya no existe. Se acabaron las figuras divinas de arreglistas, productores, etc. como antaño. En los días dorados del rock and roll era fácil editar canciones en vinilo. Hoy da vértigo pensar que se llegaban a fabricar ad libitum vinilos con tan sólo dos canciones, a veces incluso una. Había fábricas por todo el planeta, infinitud de sellos y demanda masiva. La FM gobernaba el mundo. Hoy aprovechamos al máximo los microsurcos del vinilo, que ha pasado a ser un bien escaso pero vital. Tal vez el único bien real de la industria musical. Los formatos digitales van cayendo, afortunadamente. Hay incluso quien vaticina en plan retro necro el regreso de las cassettes. Los Caramelos intentamos editar vinilos con el máximo número de canciones posible. Hay que sacarle jugo a la rodaja. Si contásemos con medios económicos -que no es el caso- no pararíamos de fabricar vinilos; sufriríamos de incontinencia vinílica; saturaríamos tiendas, kioscos, puestos callejeros, tops manta, gasolineras de carretera… ajenos a su viabilidad económica. Soñar es gratis; en el mundo real nos vemos obligados a fabricarlos muy de vez en cuando y en tiradas pequeñas que aseguren el retorno de la inversión a las pequeñas discográficas que apuestan por nosotros.

Durante todo este tiempo en silencio de Los Caramelos has estado embarcado en un proyecto junto a Fernando Márquez, El Zurdo y Clara Collantes: La Ruleta China. ¿Cómo es trabajar junto a Fernando? ¿Cómo sientes este proyecto? ¿Qué perspectivas de futuro tiene?
Tenemos un disco de 2008 a punto de ver al fin la luz. Trabajar con El Zurdo es una escuela. Me siento como un aprendiz en las artes y oficios frente a un maestro como es él.

Y de repente, un single y todo un LP. ¿Cómo se ha obrado el milagro?
No le des tanta importancia a las grabaciones, no hay que ser antiguo. Las canciones grabadas no son más que un engaño, un artificio. Una canción existe cuando la interpretas, no es obligatorio que la música sea enlatada. ¿Qué prefieres, escucharlas en vivo o en un gélido y monótono reproductor digital?

De todas tus facetas -DJ, diseñador, músico…- con cuál te sientes más cómodo? ¿Y como modo de vida?
La que más me gusta es la de periodista. Y dentro del mundo periodístico, la radio es mi medio favorito.

¿Cómo preparas el directo? De repente hay varios a la vista, sin ir más lejos este domingo, la semana que viene el del Festival Autoplacer… ¿Disfrutas el directo más que en el estudio?
El directo no lo preparo jamás. Me aburren los grupos de local de ensayo. Nosotros no ensayamos, tocamos. Nos da igual hacerlo en una sala de conciertos, en una plaza pública en un mediodía congelado o en un salón estilo Imperio con arañas de cristal. ¿Hay algo más inútil que ensayar? Lo peor de un directo es que sea un calco -a veces malo- de lo que se grabó en estudio. La música debe ser imperfecta, efervescente, desbocada, vibrante y auténtica, ¿no crees? El estudio es un sancta sanctorum, pero quedan lejos los tiempos de los productores-hechiceros. Hoy todo es standard, insípido y escasamente imaginativo. Lo difícil es establecer la fecha exacta en que todo se fue al traste.

Tu disco con Spicnic era más pop, más naíf. Este «Esconde Tus Alas», sin perder de vista el pop, sí que podríamos decir es, y perdón por la pereza de la expresión, un disco más maduro. ¿Lo sientes así? ¿Cuál es la canción del disco que más te representa?
Spicnic no sacó un disco sino una recopilación de canciones, un cajón desastre de demos, etc. No hay nada malo en que tú lo veas maduro. Maduro por la edad de los implicados. A las duras y a las maduras. Son tiempos duros y somos más duros. Será un disco maduro, pero no dura mucho y por él no doy un duro. Pero podemos jugar con las palabras y más aún con el tiempo. Nadie puede demostrar que sean grabaciones de 2014… tal vez se hicieran antes. Hay canciones que me gustan más y otras menos. En directo cambian mucho, como podrás comprobar el próximo domingo. Y es debido al privilegio inmenso de contar con Blanca Lacasa y Diego el Migala, que contribuyen poderosamente a enriquecerlas. Es un regalo tenerles a mi lado.

¿Cuál es tu proceso de composición? ¿Sigues alguna rutina? ¿De dónde proceden tus principales influencias?
Beber un buen café es un bello ejercicio con el cual el cerebro humano adquiere la fortaleza y flexibilidad necesarias para andar por la vida. Esa es mi única influencia y mi rutina. No soporto la bollería industrial, ni las tostadas de pan de molde prefabricado, ni el pescado caro, ni las picaduras de insectos, ni la densidad de la sangre a horas intempestivas… y mucho menos el café torrefacto de posguerra que aún se sirve incluso en los sitios más caros. Me gusta empezar el día con un plato abundante de churros y porras. Y ya no quedan apenas churrerías, es difícil encontrar bares que ofrezcan este manjar recién fabricado. Cuando era infante gustaba de mojar porras y churros en un gran vaso de leche chocolateada. Me parecía sublime el momento final tras el banquete: contemplar el gran surco de grasa que quedaba flotando en la leche. Me gusta el buen café, ¿y a ti? En la Península Ibérica sólo es posible degustar buen café en Portugal. Cuestión de cultura, sin duda. Forasteros, veraneantes, bañistas, viajantes de comercio, gauchos, nigromantes y trashumantes castellanos viejos allí lo buscamos. En esas nobles tierras hasta en la gasolinera más miserable le sirven a uno un espresso de caerse. Con poca agua y un café de alta calidad, que proviene de las antiguas colonias portuguesas. Encima a un precio muy popular. ¡Y la churrería es tan fácil de encontrar! Un día en Portugal es muy inspirador. Pero volvamos al día a día capitalino. Me niego a mojar el churro en un café torrefacto que sabe a agua turbia. Eso ya me pone de mal humor y me lleva a la descomposición, en vez de a lo que apuntas.

Si pudieras colaborar con alguien ausente, ¿con quién lo harías? ¿Dónde te gustaría tocar?
Me gustaría tocar el órgano de tubos en la iglesia de Teverga, frente a sus momias. De Teverga, en plena montaña astur, era mi bisabuelo. Mis ausentes favoritos son mis gloriosos antepasados, pero me suelen visitar en sueños. Los tengo muy presentes. Mi abuelo, por ejemplo, era un gran cantante y suele aparecer de vez en cuando para recriminarme las salidas nocturnas excesivas que no hacen sino deteriorar mis cuerdas vocales.

¿Cómo es tu relación actual con Discos Walden? ¿Estáis dando forma a nuevos proyectos de manera conjunta o habrá que esperar diez años más?
Habrá que esperar a que las arcas de Walden Records -subsidiaria de Discos Muerte, propiedad del supervillano Swan- se recuperen de los excesos de la Torre Fantasma. Tal vez en 2065 volvamos a la febril actividad.

Quien busque a Charlie Mysterio, ¿dónde lo puede encontrar?
En El Estado Mental Radio. Próximamente con un nuevo programa en las ondas (Moscas & Arañas) junto al gran Javi Bayo…

UN DRAMA EN CUATRO ACTOS

Acto 1
Debían ser los albores de la década del 2000. Ese año, una amiga y yo llevábamos lotería. Decidimos poner tramos según cual fuera la cuantía de lo ganado para gastarlo en una u otra cosa. Nos tocó una cantidad ínfima que encajaba en el tramo de «gastárselo todo en discos de serie media en Madrid Rock». Cobramos la pasta y para allá que nos fuimos. Compramos unos cuantos discos (creo que unos diez o quince cada una). Entre mis adquisiciones, el directo en el Olympia de Julio Iglesias del año 76. Aún no sé qué me llevó a acometer tal acto. Nunca había sido nada de Julio. Y si ahora sigue sin estar bien visto defender al señor Iglesias, en aquel momento, era un acto vergonzante, una osadía suicida. Al llegar a casa con el botín, el primero que pusimos fue el de Julio y ahí descubri(mos) un cantante limitado, sí, pero único; unas composiciones maravillosas y unos arreglos precisos. Unos hitacos, vamos. Quemé ese disco una y otra vez. Pero no pasé de ahí. Al poco tiempo, Julio me dio mi primera victoria… Un concurso de tapas musicales (canción y tapa a juego). La mía fue una tortilla de patata decorada con un «Hey!« en pimientos rojos mientras sonaba «Quiero».

Acto 2
Julio se quedó ahí para mí. Reposando unos años. Agazapado. Esperando su oportunidad. Esta me vino hace un año y pico. Me convocaron a una batalla de DJ’s. Preparando mi arsenal de hits, me acordé de Julio. Y entonces sí, entonces me empollé toda su discografía. Y descubrí que hasta el 81 (más/menos) este señor (truhán a ratos) tenía un temazo tras otro, unas versiones de enloquecer («Pequeñas manzanas verdes», «Sweet Caroline»…); y que, para más mérito, muchos de los clásicos Yulio eran de su cosecha. Vamos, que el tipo era compositor. Me hice fan ya rendida y sin complejos. Y él, en gratitud inconsciente, me proporcionó otra victoria. Gané a mi contrincante en la batalla, entre otras cosas, descolocándole al cascarle «Hombre solitario», un temazo que hasta los más puristas del jurado no pudieron dejar de aplaudir (y yo de presumir…)

Acto 3
Y ahí ya me solté el pelo y empecé mi labor mesiánica. El proceso era/es siempre idéntico. Mencionas el nombre de Julio y la reacción es, en todos los casos, calcada: ojos en blanco, cara de ascopena, sonrisas irónicas, gestos de incredulidad. Entonces viene el órdago en cuatro pasos:

a. Bufff, Julio Iglesias
b. Déjame que te ponga algún tema
c. Bufffff

d. Ostras, pues no está mal
Así he conseguido más de un adepto/vicioso a/de la causa Julio. Pero aun así, casi todos alzan la ceja cuando escuchan hablar del tal Julio.

Diciembre 2011. «El Topo» (2011) -la película de espías dirigida por Tomas Alfredson, el tipo de «Déjame Entrar» (2008), un sueco cero sospechoso de poder ser ya no fan de Julio, sino tan siquiera de conocer su obra-. Cuando la peli esta a punto de terminar, durante una fiesta suena «La mer», la famosa canción de Trenet, pero interpretada por ¡Julio Iglesias! en su directo en el Olympia (por cierto: supuestamente, la película está ambientada en el 73 y la canción es del 76; creo que fui la única en darme cuenta de esta gilipollez). Sentí aquello como una pequeña victoria moral. Ahora todo el indie se iba a rendir a la evidencia, ahora sí, Julio iba a empezar a ser molón; ahora sí, Julio iba a ser respetado.

Poco después, el día después de Navidad, RTVE emitió un especial Julio Iglesias, una entrevista bien larga con la feroz Pepa Bueno (que acabó derritiéndose: se ve que el semental conserva intactas sus dotes de seductor) y me pareció otro pequeño triunfo, si no fuera porque, como casi siempre me ocurre con el Ente, no pude dejar de pensar ¿dónde cojones habéis metido TODAS las imágenes de archivo de este tipo? ¿Por qué no habéis sacado más documentos históricos? ¿Por qué repetís una y otra vez «La vida sigue igual», que sí, que fue su buque insignia, pero coñe, que hay otras? ¿Por qué no empaparse del mundo Yulio si vas a hacer un especial de hora y media, demonios? En fin… Mientras, el Facebook ardía en comentarios jocosos sobre lo casposo que había sido el programa y, por ende, la figura de Julio… En fin (bis)…

Epílogo
Así, que sí, que la vida sigue igual. Y que Julio Iglesias por algún extraño motivo, o por muchos motivos bien sencillos no es respetado, ni tragado, ni tolerado por demasiadas gentes aquí. Para unos porque es el epítome de lo rancio, de una España anacrónica y desfasada; para otros porque representa ese prototipo odioso de pijo millonario que ha tenido demasiada suerte en la vida; para otros tantos porque es lo contrario al indie; para el mainstream ilustrado porque es un hortera; para unos pocos porque no canta demasiado y es una estatua en el escenario (me enteré en la entrevista televisiva de marras que su falta de movilidad se debe al famoso accidente que sufrió y que casi le deja en silla de ruedas). Si Francia reivindica a su Aznavour o a su Claude François e Italia se santigua al nombre de Tozzi o de Di Bari, ¿a qué tanta manía a Julio acá? Cosas de la idiosincracia española, supongo.

Siempre he pensado que las canciones hay que escucharlas. Sin más. Así que háganse/háganme un favor: escuchen estos temas (me quedo, eso sí, casi a las puertas de los 80, lamentándolo y mucho por «Lo mejor de tu vida»); y luego ya odien a gusto si es que pueden. A mí me es imposible.

Escucha la lista de canciones elaborada por Blanca Lacasa en Spotify