Etiqueta: ana curra

estricnina-31-10-14
ESTRICNINA
Fanzine de Ruidos y Danzas (1982 – 1984)
Rafa Cervera
Efe Eme, 2014

Coordinado y dirigido por un jovencísimo Rafa Cervera, los tres números del fanzine «Estricnina» (1982 – 1984) ven la luz en diseño facsímil de la mano de Efe Eme, conservando incólume todo el encanto artesanal del original: retales mecanografiados, recortados y fotocopiados dispuestos de manera abigarrada, también sus dificultades de legibilidad por tamaño de fuente o escasa nitidez en las sucesivas copias.

He de reconocer que tras avanzar por las páginas del primer número (otoño de 1982), uno no llegaba a comprender del todo el valor de este supuesto ejercicio de arqueología, incluso veía cierta ausencia de pudor en el rescate de este material por lo descuidado de la gramática y cierta arrogancia en el tono, propia de una época y edad determinados, que impregnaba la práctica totalidad de los textos; vaya, que los 20€ en que se habían tornado las 125pts. del momento se me estaban haciendo caros. Sin embargo, gradualmente me fui zambullendo y, a partir del segundo ejemplar (invierno de 1983) pero, sobre todo, en el tercer y último número (verano de 1983), me di cuenta de que lo que estaba entre mis manos tenía mucha miga.

La relevancia que atesoraron los fanzines en la música independiente queda patente en un simple gesto: la propia casa disquera, Hispavox, proporciona nada menos que diez ejemplares del flexi de despedida de Alaska y los Pegamoides«En el Jardín / Volar» (Hispavox, 1982)– a la publicación, que los sortea entre sus lectores en una simpática «sopa de Bowie». O en el hecho de que Ana Curra abra las puertas de su casa para una jugosa entrevista y posterior sesión fotográfica provocativa en su propia habitación, mientras Eduardo ve la tele en el salón con total normalidad. Una entrevista, por cierto, en un momento peliagudo, con los Pegamoides recién disueltos, en la que se habla de sus proyectos al margen de Hispavox, desde Parálisis Permanente a Seres Vacíos, también acompañada por Eduardo, o Negros S.A. junto a Los Nikis.

Esa frescura y descaro con que irrumpieron en el panorama musical underground es el mismo combustible con que accedían a la casa de la propia estrella -aura que se fomenta de manera bidireccional-, o al camerino del post concierto de turno, aunque fuese el del mismísimo John Cale. Pero también es una actitud, la manera de tomarse muy en serio lo que se estaba haciendo, de sentirse responsable de estar sentando los mimbres de la modernidad musical y de llevarlo hasta las últimas consecuencias, con ese tono pontificante que en realidad tampoco difiere tanto de lo que uno podría encontrarse a día de hoy en el timeline de su Facebook.

El ansia de cambio y las ganas de sentar las bases de una profesionalización -con sus managers, sus distribuidoras y sus sellos independientes- goza de total reciprocidad, y los grupos no tienen el más mínimo tapujo en mostrar sus intenciones de petarlo, grabar en estudios en condiciones, tener infinidad de galas y, en definitiva, vivir decentemente de ello. Todo eso acarrea unas exigencias mínimas sobre algo que recién acababa de surgir: de trato, de logística y de ponderación de la prensa establecida y su poder (claro, no existía Internet), aunque sea para ponerla a parir o tildarla de reaccionaria. Tiempos de gloria, por tanto, para la figura del periodista, especie de semidios, pero también para la pluma amateur, que recibe estas maneras en igualdad de condiciones. No se eluden tampoco las cuestiones referentes a cifras de ventas (muy superiores en comparación a las de ahora), el afán de hacer industria y crecer enfrentándose a las grandes barreras del todo por hacer, con ánimo y vigor, pero en un momento político y social favorable. Que los males que aquejaban entonces: la falta de distribución, el poco público, el cainismo… sean exactamente los mismos que existen ahora, no hace sino impregnar todas estas ilusiones con una pátina de descorazonador desánimo.

Esta construcción de una industria independiente se plantea como trampolín de oportunidades, filosofía del todo acertada para el que suscribe estas líneas siempre y cuando no conlleve pervertir la propuesta artística. Me adscribo a las palabras de Servando Carballar (Aviador Dro) en «La Edad de Oro» (TVE): «Debemos aspirar a la radicalización de la masa, no a la especialización de la elite». Es precisamente un adelantado Servando, capo de la incipiente DRO, objeto de críticas por su supuesto veletismo -de la hostilidad panfletaria hacia Los 40 Principales a la connivencia en la aparición de sus grupos-. En general, estas diatribas sobre la pureza dan lugar a situaciones algo cómicas, como el hecho de que la colaboradora Lola Dilla abandone la revista al darse pábulo a periodistas profesionales tales como Manrique o Ignacio Julià. El primero firma una altanera y derrotista columna sobre la falta de talento en el concurso de maquetas del programa radiofónico «Don Domingo» (RNE) y el segundo se queja de la incapacidad para la modernidad de Barcelona.

Las traducciones de entrevistas y especiales provenientes de la prensa extranjera constituyen un aspecto más que interesante. En concreto me sorprende mucho cómo treinta años después los grandes tótems siguen vigentes: Warhol (interesantísima y completa radiografía del personaje y su filmografía), la Velvet Underground, Brian Eno, David Byrne (reportaje traducción copia-pega algo plomazo), Alan Vega y otros más propios del momento como Siousxie, la escena neoyorquina más salvaje -Lidia Lunch, NY Dolls, Cramps…-, el «No New York» (Antilles, 1979) producido por Brian Eno y la querencia por las oscuridades de bandas como Echo & The Bunnymen, Killing Joke, Bauhaus, Theatre Of Hate o Adam & The Ants.

En el apartado nacional, Madrid es el epicentro de todo. Se incluyen entrevistas a un despechado Carlos Berlanga, moldeando aún su nuevo proyecto, Dynarama; a Alaska, a Glutamato Ye-Yé sin su cantante (por la mili, esa traba que padecieron muchos grupos en su desarrollo), una muy poco productiva a Gabinete Caligari (sin Jaime Urrutia, por lo mismo) e incluso a Eduardo Benavente poco antes de su trágico fallecimiento. Las plasmadas intenciones de Bonezzi de convertirse en compositor total al fichar por una multi, renegando incluso del sonido de los Zombies, sujeto a limitaciones económicas y técnicas, cuadran mucho con las expectativas respecto a la música anteriormente expuestas… También se da cabida a textos seudo intelectuales -y pedantones- como el de Santiago Auserón recreando una historia en torno a la estatua del Jardín Botánico -es justo decir que Radio Futura nos proporciona la réplica en la que es, probablemente, la entrevista nacional más reveladora para tomarle el pulso a la actitud del momento, además de por el consenso de respetabilidad en torno a ellos, erigidos como faro de la modernidad bien entendida-. El Zurdo también se prodiga por partida doble, firmando un interesante artículo sobre el eclecticismo y concediendo una entrevista donde sin tapujos se identifica con corrientes ideológicas que acabarían por condenarle al ostracismo. Almodóvar, quien por entonces andaba ya tramando su «Laberinto de Pasiones» (1982), hace alarde a partes iguales de petardeo y pedantería, pero también pone en evidencia una envidiable mezcolanza y permeabilidad en la época entre las diferentes disciplinas artísticas.

Pero, sin duda, lo más valioso es la importancia que se concede y la exhaustividad con que se desgrana -por cercanía y orgullo patrio- a la escena valenciana, sus zonas -El Carmen, Pelayo- y bares -Barraca, Metrópoli- y, esto menos relevante, sus dimes y diretes (mucho cotilleo, mucha pulla privada…). Por la seccion «Duduá» desfilan bandas como: Glamour -desde La Banda de Gaal– (abrieron las puertas a los grupos valencianos a la estela de Mecano), Esgrima, Fanzine, Betty Troupe, Video, Europa (luego Última Emoción), Garage (de Carlos Goñi), Interterror… así como todos los grupos recogidos por el cassette editado por NORMA (Neo Organización para la Revolución Magnética Avanzada): Seguridad Social (aún respetados), Información y Turismo, AM-FM, Los Inhumanos, Arpía, D.N.A., SS.SS., Blue Moon, Gabotti (líder de Esgrima), Peligro Inminente y Tripp. En última instancia, otras bandas como Cinema, Ceremonia, Sade, ADN, Proceso Inverso, Manía, Mamma Luna y La Morgue… Un intenso y menos conocido hervidero de grupos.

En ocasiones es imposible no esbozar una sonrisa ante tanta inocencia y nostalgia, enviar dinero en un sobre, incluso dólares a ROIR Tapes, como el que lanza una botella al océano. Pero es inevitable no sentir cierta envidia ante la atemporalidad de las noticias, lo pausado de la cocción de las propuestas, con tiempo para consolidarse y madurar (como el propio fanzine, que mejora a cada número). Tan sólo recordar en este punto que la publicación era prácticamente anual… Inimaginable algo así hoy día. En este punto de inocencia y dulce anacronismo, querría destacar el artículo firmado por Jaime Gonzalo sobre ROIR y el enaltecimiento desde el sello de las supuestas bondades del cassette frente al vinilo: «Creemos que las cintas no son sólo el nuevo rostro del futuro, son también el modo más práctico y divertido de escuchar música actualmente. Los discos se encorvan, se rompen, carraspean, acumulan polvo, se rayan, cogen grasa al ser manejados, requieren demasiado espacio para ser almacenados. Los cassettes son más manejables, más almacenables, precisan de menos cuidados y duran mucho más sin sufrir tantos daños a causa del entorno. No necesitan un equipo reproductor caro para ser escuchados fielmente. Y la calidad de reproducción es tan buena como los discos y, a menudo, mejor. ¡Ah, y tiene un gran ventaja! Si te aburres de escuchar la misma cinta puedes borrarla y regrabarla». Tampoco vamos a negar su importancia en la difusión y accesibilidad de la música en el momento, pero…

Finaliza la entrega con un interesante cuestionario a Nacho Canut, Poch, Alejo, Almodóvar, Auserón y Enrique Sierra, del cual se pueden extraer un par de conclusiones: La Mode era el grupo más odiado por Derribos Arias y el fanzine más molón del momento quizá fuera Moulinsart. Curiosa paradoja que sirve como epílogo a un -ahora sí- más que loable ejercicio de arqueología cultural y musical.

Parálisis Permanente - Adictos a la lujuria
El incombustible Marcos Gendre ha vuelto recientemente a la carga con otro capítulo de la historia musical de nuestro país, esta vez, la correspondiente al mítico grupo Parálisis Permanente a través de Quarentena Ediciones; un libro que viene a plasmar toda la leyenda que envuelve a la formación y en concreto a su líder indiscutible, Eduardo Benavente; pero que también efectúa un importante repaso a los prolegómenos y a lo que aconteció tras aquel fatal accidente de tráfico que le hizo perder la vida con tan sólo veinte años. En este punto, bastante tabú, se otorga la palabra a quien posiblemente más sufrió con todo ello: Ana Isabel Fernández, Ana Curra, pareja sentimental y creativa, quien responde sin tapujos y sin eludir las cuestiones más polémicas. Aquellas referentes a las drogas, a la ausencia de royalties procedentes del grupo por no figurar como miembro oficial al tener en la época contrato exclusivo con Hispavox e incluso las motivaciones que le hicieron presentar hace ya dos años y con otros miembros, «El Acto» (DRO, 1982). Interesante en este punto conocer las impresiones de Rafa Balmaseda, bajista, y la naturalidad y sencillez con que se explica su ausencia en esta gira, suprimiendo cualquier tipo de suspicacia: viviendo en otra ciudad y con una vida organizada en torno a otras prioridades se hacía imposible su presencia, sin más.

Se plantea el libro como una recopilación exhaustiva de testimonios y pareceres, recortes y entrevistas de la época y del momento actual. Por ahí pasan desde Patricia Godes, asumiendo un papel protagonista al ser responsable de uno de los prólogos, hasta el recientemente fallecido Javier Benavente, hermano de Eduardo y presente en la formación inicial, Jesús Ordovás, cronista de excepción de la época, de quien se reproduce a modo de epílogo una interesantísima entrevista inédita a Ana y Eduardo que desempolvara para su libro «La Revolución Pop» (Calamar, 2003) tras la extinción de Alaska y los Pegamoides… Así hasta completar el recorrido completo de la banda, llegando hasta la actualidad.

Y esta es, fundamentalmente, la virtud del libro: erigirse como aglutinador de un universo un tanto disperso. Adolece, quizá por las mismas, de un poquito de ritmo, al tratar de hilvanarse tantísimas citas, episodio en el cual participamos humildemente mi compañero TGL y un servidor. De este se reproduce íntegramente la crónica del ensayo al que pudo de manera privilegiada asistir cuando Ana Curra y sus nuevos secuaces estaban preparando la consabida presentación de «El Acto». Se echa en falta la pluma del escritor que, cuando se lanza, demuestra tenerla bien afilada, y en ocasiones la lectura se hace un tanto tediosa por lo ya comentado y por una homogeneización ortotipográfica algo descuidada.

Se habla del antes: desde los inicios de Eduardo en Plástico, el ingreso de Ana y Eduardo en los Pegamoides, su alianza musical y vital, sus viajes a Londres, la deriva hacia la oscuridad y la gestación de dos proyectos paralelos: el propio Parálisis Permanente, junto a Nacho y Johnny Canut, y Seres Vacíos, creado inicialmente para dar salida a las canciones de Ana que no tenían gran aceptación en Pegamoides -recordar en este punto que la mítica «Quiero ser Santa» de Parálisis Permanente fue compuesta por Ana Curra y la propia Olvido-… En definitiva, todo el meollo de grupos y subgrupos, ajenos y propios, que pululaban en la misma órbita hasta el momento clave de 1982 en que ven la luz dos discos capitales del pop español, el «Grandes Éxitos» (Hispavox, 1982) de los Pegamoides y «El Acto», tras un single compartido ese mismo año con Gabinete Caligari (Jaime Urrutia incluso llegó a formar parte de la formación inicial de Parálisis).

Quizá lo más curioso para los que ya estábamos al tanto de estas asociaciones sea el acopio de testimonios desperdigados en diferentes medios a lo largo de los años, lo cual nos permite conocer un poco más de las diferentes personalidades entrevistadas, además de un ingente cuadernillo con fotos y memorabilia cedidos por el entorno y allegados. Uno encuentra especialmente interesante los relacionados con Servando Carballar y todo lo que rodea a DRO y, en general, al surgimiento de la nada de una industria musical independiente. Pero cada uno puede encontrar su porción de interés en este libro, sea fanático o sea profano. A mí, entre medias de ambos, me ha descubierto entre otras cosas esta actuación televisiva más bestia si cabe que el ínclito piloto de «La Edad de Oro» de Paloma Chamorro. Y en realidad, es por detalles como este que el libro ya vale la pena.

Hace casi un año la gente del Fotomatón me invitó a participar en un pequeño homenaje que iban a rendir a «La Bola de Cristal» (1984-1988, TVE). De primeras me sentí muy feliz por la invitación porque los 80 españoles es una de las etapas que más me apasionan, pero enseguida fruncí un poco el ceño por lo manido del tema. Sin embargo, pensé que mi participación podía ser interesante precisamente porque al no haber vivido «La Bola» en sí -soy del 82- podía aportar un punto de vista alejado de la nostalgia del programa. Además, se me proponía algo tan concreto como la elección de un par de videoclips producidos por el propio programa y charlar sobre ellos. Extraer algunas conclusiones socio-culturales de cierta relevancia a partir de estas dos piezas me pareció una buena idea.

El primero que elegí fue el correspondiente a «Una noche sin ti» de Ana Curra, de 1985. La carrera en solitario de Ana tras el trágico fallecimiento de Eduardo Benavente echaba a andar con este corta duración. Rociada en purpurina, envuelta en un aura de musa glam, y con unos arreglos basados en guitarras potentes al más puro estilo Dinarama.

Destaco del vídeo varias cosas, comenzando por la vigencia de los créditos a modo de calculadora, sobre todo a raíz del regreso al retrofuturismo y los sintetizadores a partir de «Drive» (Nicolas Winding, 2011). Y otra, el protagonismo absoluto del grupo. Esto enlaza directamente con un tema tratado en varias ocasiones con mi compañero Julián Molero o con Ignacio de Discos Garibaldi, gente que vivió la época intensamente, sobre cómo los grupos se metían en la piel de artista tanto dentro como fuera del escenario, estableciendo una barrera psicológicamente infranqueable para el fan, el cual no los veía ni por asomo como al vecino del quinto, sino como auténticas estrellas. Y bueno, aunque algo llevado al extremo, no está mal la reflexión en un momento en que los últimos videoclips que se están realizando en este país tienden a mostrar historias animadas o perversiones erotico-festivas con leche y sustancias viscosas en lugar del grupo en sí, algo que, particularmente, sí echo en falta: Reforzar la imagen de grupo como tal. Por supuesto hay excepciones, y los vídeos de David Iñurrieta, miembro de Terrier, para grupos como Cosmen Adelaida, Fabuloso Combo Espectro o Biznaga lo son. Imaginativos pero sin perder de órbita al grupo.

Respecto al segundo, escogí «La evolución de las costumbres» de La Mode, de 1986. Quise destacar esta grandísima canción de la etapa post Fernando Márquez -su favorita de dicha etapa, por cierto- para, partiendo del hecho de que el videoclip fuera rodado en Fuenlabrada, incidir en el aspecto clave de la deslocalización cultural de la época.

Pronto fui interrumpido por un compañero de charla, pues al parecer había incurrido en un error en la localización, supuestamente Aluche. Como ellos estaban muy convencidos y yo no (había sacado la información de un comentario del vídeo de Youtube y no había podido contrastarla) y en realidad Aluche tampoco estropeaba mi enfoque, seguí con mi errático discurso. Ahora, un año después, hago un inciso en este artículo para corroborar a través de Mario Gil vía Facebook que el vídeo fue grabado en Fuenlabrada «una fría mañana de marzo de 1986». Es más, tan sólo un momento después irrumpía en escena Diego Valladolid, bajista de Solletico, para hacernos de guía turístico particular para todos aquellos interesados:


«Se sale de aquí:


Los pisos que se ven en construcción a partir del 00.24, se ha convertido en esto:


Aquí giran a la Calle Málaga, un horror de cruce. Girad la cámara a derecha e izquierda y maravillaos, ¡es la gloria!


Éste es el puente por el que pasan a partir del 02:35, donde Mario Gil se pone a tocar las air drums:


…y más o menos aquí acaba todo:»


Gracias, Diego.

El caso es que aunque luego Mario comentara que en realidad había sido cosa de RTVE, que ellos no habían tenido nada que ver con la elección del paraje y sus gentes –«lo que no se escucha en el vídeo es el ruido ambiente: pitadas monumentales, insultos de los transeúntes, el motor del camión y tampoco se ven los duros que nos tiraban desde las aceras»– esta victoria poética me envalentona para reforzar mi reflexión, que no es otra que la de que el hecho que desde hace ya mucho tiempo todo el ocio cultural y/o nocturno se haya concentrado en el centro, concretamente en Malasaña y alrededores, está colaborando a su propia asfixia. La llamada gentrificación nos es del todo desconocida en Madrid, y apenas pocos destellos se han producido en este sentido, alguno en Lavapiés (que sí, sigue siendo céntrico), donde de un tiempo a esta parte hay una efervescencia cultural brutal, pero donde aún quizá falten un par de enclaves de reunión, de referencia, sobre todo en cuanto al ocio musical se refiere, si bien ahí andan el Juglar, el Teatro del Arte y no tan alejado el Rock Palace;  y en torno a todo lo que comienza a suceder en el CA2M de Móstoles, y El Matadero en Legazpi, si acaso también en esa rara avis que es La Faena II en Suanzes.

Pero reconozcámoslo. Llevamos años siendo vagos e indulgentes, llegando tarde a los conciertos por apurar los últimos tragos en el sofá de casa de algún amigo a cinco minutos andando del garito en cuestión. Si a día de hoy un programa como «La Bola de Cristal» en la parrilla de TVE se nos hace de todo punto inconcebible, un templo del ocio nocturno como Rock-ola, en la calle Padre Xifre (también cortesía de Diego, experto en Google Street View, como se ve), según los estándares actuales, todavía estaría ni más ni menos que a distancia de pereza. A tomar por culo, vaya. Será cosa de la evolución de las costumbres. A ver si se vuelven a dar la vuelta. La verdad que falta poco para ello. Necesidad manda.

ParalítikosHalloween no existe, es una patraña. La celebración a base de disfraces de zombies, entrañas a flor de piel llamando a la provocación facilona y demás no es sino un invento de highschool estadounidense. Aun así, el metro de Madrid hervía con multitud de jóvenes (y no tan jóvenes) que acudían ataviados de esa guisa a las mil y una fiestas convocadas en la ciudad. Esa misma noche en el Wurlitzer Ballroom Paralítikos ofrecían su celebración particular. Pero ellos no necesitan fechas señaladas en el calendario para acercarse al lado oscuro, para cantarle a la parca: «El enterrador tenia razón / donde esté la motosierra que se quite lo demás«. Este es el tipo de visitas al camposanto que proponen los cántabros, no para depositar flores en la tumba de los familiares precisamente.

Repetía además el Wurli programación en tonos oscuros. Si hace un tiempo emparejó a Gruppo Paralelo con Kante Pinrelico, la pasada Noche de Difuntos fueron Espermatozombies los que oficiaron de anfitriones en el foro abriendo cartel para Paralitikos.

La última vez que había visto a los madrileños fue cuando presentaron su sencillo «Rumble Hits» (Rumble, 2011) en la sala Fax. Ha llovido bastante desde entonces; el grupo ha cambiado la formación, quedándose Nieto como único guitarrista. A mi juicio han consolidado su sonido, con un firme paso hacia registros siniestros, sin llegar a cruzar hacia las profundidades abisales de sus compañeros de cartel. Juegan quizá un poco al borde de este tipo de palos, como hacen por ejemplo los ya mencionados Gruppo Paralelo, banda que es por otro lado prima hermana de Espermatozombies. Pero sobre todo han madurado, y mucho, en su puesta en escena. Rut se mueve felina entre la contundencia física de Arturo y Nieto, mientras, desde atrás, Cecilia, sin concesión alguna en la aparente uniformidad en la presencia estética de la banda, se erige a las baquetas como uno de los valores seguros del sonido del grupo.

Espermatozombies se extendieron en una actuación generosa, que poco o nada tuvo que ver con el que hubiera dado un convidado de circunstancias con poco margen para mostrar sus capacidades. Sufrieron alguno de los problemas de sonido que luego se repetirían después con Paralitikos, pero evidenciaron que están en franca progresión. Gusta escuchar el nuevo material que tienen combinado con los que se están convirtiendo en pequeños clásicos. Me consta que muchos que no los habían escuchado antes disfrutaron de verdad con momentos como «La gente es gilipollas«.

Paralitikos cuenta en su formación con Rafa Balmaseda (Parálisis Permanente, Seres Vacíos, Vidas Ejemplares) desde que el 9 de junio pasado se subiera con ellos al escenario en Leioa a improvisar algún tema de Parálisis Permanente. Es un fichaje de autentico lujo, claro; especialmente para una banda que proclama abiertamente la deuda para con la mítica banda del malogrado Eduardo Benavente. Pero Paralitikos no es un mero grupo tributo, ni mucho menos. Finalizaron, eso sí, en lo que parece también una concesión para con el recién llegado, con versiones de «Adictos a la lujuria«, «Jugando a las cartas» y «Nacidos para dominar«, y durante el concierto no dejaron de tocar la canción que le han dedicado a Ana Curra en su último trabajo, «Diva perdida«. Ésa era además su parte de trato con la gran dama del punk oscuro nacional, ausente esa noche por su presentación de «El Acto» (DRO, 1982) en Murcia, pero que había prometido un viaje astral para acompañar a los Paralitikos.

Lastrados un tanto por los defectos del sonido que aquejaban esa noche a la Wurli (por lo visto se habían estropeado los monitores de la mesa del técnico), se atrincheraron los cántabros en la reverberación para el micro de Rikarditiko y en tratar de lidiar con los momentos en los que mayor divorcio parecía existir entre su guitarra y la línea que trazaban bajo y teclado por otro lado. A pesar de todas las dificultades lograron traspasar las mil y unas tormentas que trae su nuevo disco, «La Senda de los Antihéroes» (Artimaña, 2012), a los asistentes.

Es de largo, a mi juicio, su mejor disco, plagado de temas rotundos que ponen los pelos de punta. «¿Cómo pudieron olvidar la herencia de Nietzsche? ¿Por qué dejaron de creer en causas malditas? ¿Dónde ocultaron la grandeza de los antiheroes?«, cantan en la canción que da título al álbum. A lo largo de su trayectoria han pasado por más de una turbulencia. El disco es la mejor respuesta de madurez posible a todo ello, un zarpazo definitivo en su paranoica cruzada para con el medio hostil al que se enfrentan.

Su presentación en directo conmocionó la otra noche en el Wurli. Al menos a mi; me gusta mucha el afterpunk tal cual lo plantean y practican Paralítikos. No se detienen en exceso en tejer atmósferas planeadoras (salvo en la línea nueva que propone Elizia en los temas que canta ella, todo un acierto como quedó de manifiesto oyendo en directo «Songs of the darkness«), y basan todo en una puesta en escena sobria, fiel a unos parámetros propios de un género que sigue una liturgia y ritual oscuro prescindiendo de cualquier malabarismo o pirueta. Apuestan por contra en la agresividad propia del punk, en el desgarro y coros siniestros.

No olvidaron reservar un hueco para grandes perlas de su patrimonio: «Se murió por el camino«, «La motosierra«, «La ninfómana«… hasta el himno «Paralítikos«, incluido en su «Alas de Cuervo» (Horror Business, 2005).

Paralítikos no admiten medias tintas, no perdonan a un rebaño que se deja dirigir por mediocres, por los ciegos. Ellos cantan a los antihéroes, a los desheredados que creen en Nietzsche, a los que no tienen claro dónde reposarán sus huesos al morir. Ellos confían en los apóstatas, en los suicidas, en los herejes… Esa es la Noche de Difuntos tal y como la entienden Paralítikos.

Ana Curra El Acto cartel

Y por fin llegó el 9 de marzo; por fin llegó la presentación de Ana Curra de «El Acto» (DRO, 1982), y de la relectura de la práctica totalidad del repertorio de Parálisis Permanente. Se cerraba un período de preparación de la banda y de encendido debate en las autopistas de silicio de foros y blogs acerca de la empresa de la artista madrileña. A ella nos acercamos hace unos meses, visitándola en el local de ensayo y haciéndole una de las primeras entrevistas que concedió.

Mucha era la expectativa creada y el llenazo registrado en la sala Kapital de la calle Atocha hablaba bien a las claras del interés que había despertado la iniciativa. Tanto que tocó verlo desde el segundo piso de un local que hasta entonces era, ignorante de mi, lugar del chunda-chunda de legiones de jovenzuelos. En este tipo de citas los detalles cuentan, dan idea del tono, las ganas y las intenciones. Por eso resultó ilustrativo comprobar en el arranque del concierto la flexibilidad (literal) en escena y el puñetazo que dio sobre las teclas. Arrebatado golpe de efecto de la que otrora pasara por una teclista excesivamente ortodoxa a la que todos pedían que cambiara el solfeo por pasión.

Salió la banda contenida asegurándose de no descarrilar llevados por una explosión de ganas por demostrar qué es lo que traían preparado. Se mostraban solemnes, sobre todo en los primeros temas, en evidente contraste con Ana, quien con diferencia fue la que más kilómetros recorrió sobre el escenario. Dejó claro el buen estado de forma física por el que atraviesa, aunque yo hubiera apostado por los modos de liturgia del resto. El mensaje que quería transmitir la diva era otro muy distinto: anoche se trataba de un requiem festivo para el que además pidió de inmediato la adhesión total e incondicional. Anoche toda la Kapital era de los de Ana, que son muchos y todos convencidos.

No era manifiesto gratuito, ya que a pesar de la ya larga experiencia de toda la formación en estos menesteres no se pudo evitar que la semana última antes del concierto fuera una sucesión de consignas, ánimos y arengas para la movilización, como si de crear la atmósfera previa a una final de campeonato mundial o de vísperas de examen de reválida u oposición. Además, con todas las dentelladas sufridas en las jornadas previas, cualquier alianza era bienvenida, especialmente si venían del lado de históricos de la banda como Rafa Balmaseda. El bajista subió a las tablas durante un par de temas («Quiero ser santa» y «Esa extraña sonrisa«) en los que Ana se vio arropada por doblete tanto en guitarra como en el bajo.

Si bien el sosiego inicial le vino de perlas a los temas de atmósferas más densas, pronto se vio que si algo caracteriza a la nueva interpretación que propone Ana Curra para los temas de Parálisis Permanente pasa por resaltar lo que tienen de punk rock de combate. Las bestias pardas con las que se ha pertrechado no hacían sino esperar, cuchillo en boca, una señal de su líder para soltar una descarga propia de división acorazada. Ni las baquetas de Rafa Le Doc, ni el bajo de Manolo UVI, ni la guitarra de José Battaglio han ganado su reconocimiento tejiendo oscuridades de atmósferas góticas precisamente. Daba gusto verlos bramar los coros de los temas más combativos.

Tampoco fue César Scappa un mero subalterno. Siendo de los más cercanos a Ana y el propio Eduardo, se reservó la voz principal de «Esto no es«, algo que me consta no estaba decidido desde los primeros ensayos. Lo hizo además con un recuerdo previo para Toni Vázquez y Enrique Sierra, recientes pérdidas de la promoción de los 80.

Para el ausente más presente en el corazón de muchos, Eduardo, Ana Curra decidió interpretar un solo de teclado en un lapso de separación tras uno de los breves pasos por camerino que la banda hizo en la recta final. Ejecutado con la imagen del ya icono de aquellos días en la pantalla tras el escenario, coincidió con la que pasaría por la jugada tonta del concierto. Meditaba yo movido por los acordes del teclado de Ana sobre el pudor del momento, cuando se escuchó a una de las chicas de detrás, para nada adolescentes por otro lado, explicando que la imagen correspondía al novio de la cantante «que murió en un accidente». ¿Es ésta la falta de preparación de la que se quejan los profesores de Historia?

Cuidada escenografía por otro lado, con un escenario a medida, un entorno de teatro, con plateas a las que dedicar saludos o gestos y una pantalla enorme posterior que informaba al público de cuando salía la banda del estricto marco de «El Acto». Únicamente me pareció apreciar error en este sentido con «Adictos a la lujuria«, que el grupo ejecutó sin el logo del consabido disco como adorno.

Las quinielas eran para adivinar los temas reservados para el bis, sobre todo cuando el grupo parecía no parar en gastos al principio, derrochando candidatas claras para ello. Al final resultaron «Un día en Texas» y «Autosuficiencia». Yo creo que fueron las que más intensas me parecieron. Junto a «Unidos», una de mis favoritas, eso sí. Puestos a contribuir a herejías, ¿a nadie más le parece «Jugando a las cartas» con un punto excesivamente jovial para las siniestralidades de «El Acto»?

Habrá quienes hayan extrañado la voz de Eduardo, las atmósferas góticas de hace veinte años… Pero es que esto no es Paralisis Permanente, sino la deuda de Ana Curra y cuatro amigos para con todo aquello. A mi me alegra el haberlo visto y me quedo con la sensación de que gustaron incluso a muchos que iban convencidos de que no iba a ser así.

El próximo día 9 de marzo de 2012 Ana Curra inicia su proyecto de presentación de “El Acto” (DRO – Tres Cipreses, 1982), el álbum que publicara en los 80 Parálisis Permanente, en la madrileña sala Kapital. Antes de las Navidades tuvimos la oportunidad de presenciar un ensayo en el local en el que preparan los temas que tocarán. Una vez terminado el mismo, ya con unas cervezas de por medio en un bar de la zona, charlamos con ella y con el grupo que le acompañará sobre el escenario.

En su momento os dejamos aquí en el blog las impresiones que nos causó la visita, quedando tan sólo pendiente el que incluyésemos además la entrevista que hicimos en el encuentro. Quienes la ayudan a organizar su reaparición ante el gran público pidieron un poco más de tiempo antes de que fuesen apareciendo las conversaciones de la musa de los 80 con los diferentes medios. Tienes ahora la ocasión de leer lo que nos respondió entonces.

Empezamos preguntándole por la posible continuidad de la experiencia, una vez terminado el concierto en la sala Kapital. Nos responde estar centrada, antes de nada, en esa actuación. “Luego no sé nada, lo marcarán otros factores que no dependen de nosotros”, nos completa.

El grupo que la arropa está formada por gente de su total confianza: César Scappa (guitarra), José Battaglio (guitarra), Manolo UVI (bajo) y Rafa Le Doc (batería). Y lo sabemos porque le preguntamos por los criterios que siguió para elegirlos a ellos: “Los porqués de esta formación son varios, pero en primer lugar dejar claro que no se trata de reunir a la banda de Parálisis porque eso es imposible faltando Eduardo. A todos ellos los conozco desde hace mucho tiempo; he tocado con ellos en formaciones mías anteriores (excepto con Rafa que sí lo hice en la fiesta del Ágapo). Ellos conocieron a Eduardo e incluso César es quien le enseñó los primeros acordes a la guitarra cuando tocaban juntos en Escaparates”. Nos sigue contando Ana: “Con todos ellos me siento cómoda, son mis amigos, no necesitamos hablar para entendernos aunque lo hacemos y mucho para divertirnos. Y lo más importante, no lo hacen nada mal”.

La historia de colaboración entre ellos es larga: “César Scappa hizo un grupo llamado Escaparates en el que estaban El Ángel y Eduardo Benavente, en la misma época que Alaska y los Pegamoides. Compartíamos con ellos local de ensayo en Tablada. Con José Battaglio compartí mi época de Seres Vacíos (aunque en Seres Vacíos tuve dos formaciones distintas, José pertenece a la segunda). Manolo UVI entró conmigo en la formación de Ana Curra. Con ellos hice también el disco de Los Vengadores en recuerdo a Toti y la famosa actuación de Revólver. Y más recientemente, también con ellos hice la actuación del Ágapo”.

Además de todo este curriculum de los miembros de la banda con la propia Ana, a muy pocos se les escapa la condición de protagonistas directos de aquellos años 80 en la efervescente escena madrileña. Así, por ejemplo, Manolo, tras La UVI, participaría en bandas como Commando 9mm, y mucho después Punk Guerrilla. José por su parte fue miembro de la primera etapa de La Frontera, siendo partícipe de los dos primeros LP del grupo.

Son sin duda muchos los grupos que la hubieran acompañado en esta experiencia. A nosotros nos constan las simpatías manifestadas al respecto por ejemplo por Vómito, quienes acaban además de editar un trabajo con trece versiones del repertorio de Parálisis Permanente: “Paralizando 13” (Potencial Hardcore, 2011). Interrogamos a Ana sobre ello: “Lo de Vómito me parece un honor, pero hay un montón de grupos que reivindican sus influencias haciendo canciones de Parálisis o Seres Vacíos. Eso es siempre un halago. Creo que los músicos siempre dejamos constancia de nuestras referencias a través de versiones, aunque tengamos repertorio propio. Yo también lo hago”.

¿Ejercicio de nostalgia, homenaje, recuerdo, adaptación de aquellos temas a estos tiempos…? No nos resistimos a retrasar más nuestra pregunta acerca de las razones para lanzarse a este proyecto. “Lo que me mueve a hacer esta revisión en directo del repertorio de aquel momento mío es mas que nada una causa pendiente para mí y hacia la figura de Eduardo. En cuanto tuve el accidente nunca mas volví a tocar el repertorio entero, no podía, emocionalmente era demasiado duro y tampoco quería hacerlo. Me dediqué a hacer canciones nuevas con Seres Vacíos. En estos años siempre era recurrente para mí, yo me decía…tengo que hacer justicia a toda esa época tan increíble… Por otro lado, hay muy poca gente que pudo escucharlo en directo (creo que solo nos dio tiempo a ir a cuatro ciudades incluida Madrid). Los seguidores me lo han pedido siempre y por fin lo veo y lo siento que he de hacerlo”, nos responde.

Es precisamente al hilo de la respuesta que nos da Ana, que querríamos saber exactamente cuáles son sus expectativas con respecto a las posibles reacciones del público. Es de esperar que existan muchos que no vean con buenos ojos la revisión de una banda mítica como Parálisis Permanente sin la presencia de Eduardo. Ana Curra se muestra sin embargo mucho más pendiente de los aspectos personales de lo que ella entiende como una deuda para con Eduardo y aquellos tiempos que tuvo la fortuna de vivir. Evalúa para nosotros cuál es, en su opinión, la validez de su propuesta: “Para los que lo conocieron en su día es apetecible porque les retrotrae a un momento fascinante de sus vidas. La música es un asociador de ideas, imágenes y recuerdos muy potente y para los que no lo vivieron en su momento también puesto que Parálisis se ha escuchado en todos los bares de música, clubs y salas de culto de cada pueblo y ciudad de España”.

El grupo trabaja la práctica totalidad de repertorio de Parálisis Permanente, con el LP y los correspondientes sencillos incluidos. En una experiencia con tanta carga emotiva para nuestra protagonista, pudiera ser que, de entre todas las canciones, hubiese alguna con la que Ana se mostrase especialmente sensible. “Las mías con Eduardo son lógicamente las más intensas para mí. Con las de Nacho Canut y Eduardo me siento una fan y me lo paso genial cantándolas. Es como hacer versiones de tu grupo favorito”.

También nos preguntamos si el grupo busca la mayor fidelidad posible para con los originales o si trabajan en modificaciones o variaciones en las canciones. Ana es clara al respecto: “Las canciones son perfectas tal como son, pero hay variaciones, empezando por mi voz. Eduardo si las tocara hoy día sonaría diferente, sin duda. No me planteo ser fiel o dejar de serlo. Yo estaba allí y ahora estoy aquí, ¿soy la misma? Ningún día somos iguales al día siguiente. Sería tremendo y trágico quedarse anclado”.

Para acabar nuestra charla preguntamos por las razones, en opinión de Ana, por la repercusión e influencia de Parálisis Permanente después de tanto tiempo. “Yo creo que la vigencia de Parálisis Permanente se debe a una serie de factores. En primer lugar a las canciones que conectan totalmente con la edad de 20 años, inteligentes, audaces y sexuales con las hormonas en revolución. Hay muchos himnos dentro de este repertorio”.

Expectación pues por ver cómo salda su deuda Ana, por comprobar cómo suenan unos temas míticos tocados años después en manos de la que fue protagonista destacada de todo aquello.

Ana Curra presenta El ActoEn LaFonoteca hemos tenido ocasión de realizar una visita muy especial a partir de la cual queremos compartir con vosotros las impresiones y sensaciones que nos ha generado. Y es que Ana Curra nos ha abierto las puertas del local de ensayo en el que junto a una banda formada por amigos ponen a punto las canciones del repertorio de Parálisis Permanente que van a presentar en unos meses.

Desde que el pasado 21 de diciembre anunciase su intención de acometer el proyecto que ha bautizado “Ana Curra Presenta El Acto”, los medios musicales se han lanzado a hablar de la resurrección de la mítica banda. Ella, por su parte, presentaba la cuestión desde su página de Facebook como una causa pendiente personal que por fin se hará realidad. ¿Posibles claves para explicar el ejercicio de exorcismo de fantasmas interiores? ¿Es el recuerdo de unos años en su vida que nunca más van a volver lo que le ha movido a embarcarse en la empresa? Sea como fuese la realidad es que una vez cerrada su etapa a los teclados de Alaska y los Pegamoides, Parálisis Permanente, Seres Vacíos, Negros S.A., o su proyecto homónimo, a Ana Curra sólo se la había visto bajo los grandes focos en colaboraciones puntuales, siempre rodeada de músicos amigos. Su aparición más reciente había sido junto a Digital 21 en el Universimad 2010, pero probablemente pocos eran los que anticipaban el paso que estaba dispuesta a dar.

Pocos días antes de que todo se hiciera público, se nos presentó la oportunidad de visitar al grupo en el local de ensayo del madrileño barrio de Carabanchel donde ponen a punto las canciones. El caso es que cuando subíamos los escalones en penumbra hasta la tercera planta en la que nos esperaban, uno no podía evitar pensar en la solemnidad del momento, en lo que de histórico tiene esta vuelta especial de Ana a los escenarios. Con el paso que ha decidido dar la artista, inevitablemente se coloca bajo el escrutinio interrogante de quienes no acepten ejercicio alguno de revisionismo para con la histórica formación. Habrá sin duda quien celoso de preservar toda la mística que rodea a un grupo como Parálisis Permanente, no vea con buenos ojos la iniciativa de rescatar así su memoria. De todo ello tienen que ser conscientes, no sólo la propia Ana, que es quien más estará poniendo en juego emocionalmente, sino la banda de fieles que la acompañan. Y es que para la ocasión, los que la arropan son gente de su total confianza: César Scappa (guitarra), José Battaglio (guitarra), Manolo UVI (bajo) y Rafa -Le Doc- (batería). Cercanos a ella en algunos de sus proyectos y bandas anteriores, y reconocidos en otras míticas empresas personales de aquellos maravillosos 80.

En esta visita guiada a los interiores de los preparativos de uno de los eventos con mayúsculas del año que viene, Ana sólo nos ruega prescindir de la cámara de fotos y de nuestro bolígrafo y libreta. Son muchos los detalles que se están perfilando todavía, y nos manifiesta preferir respetar los tiempos y plazos proyectados con quienes la están ayudando. Ocasión habrá de completar con su voz la crónica que aquí os presentamos. En cualquier caso es un precio que pagamos gustosos por poder compartir con ellos, por breve que sea, interioridades, temores y emociones de estos primeros momentos.

En el pequeño habitáculo plagado de posters, carteles y fotografías, en el que nos reciben, les sorprendemos, en nuestro primer día de visita, cavilando y decidiendo sobre el sitio más adecuado de Madrid en el que arrancar el proyecto. Días después harían público que la cita será el 9 de marzo en la sala Kapital. En nuestra segunda entrada, tras las presentaciones con José, ausente el día anterior, inundaron la estancia con los acordes e intensidad de “Héroes”, que de siempre me pareció de mucho más vigor y pegada en la lectura que hiciera Parálisis Permanente que en el original de Bowie. A partir de allí, una sucesión de ensueño a través de unas canciones míticas, implacables, redondas. El orden de ejecución, los arreglos que están trabajando, los coros que están perfilando, el sonido de los teclados de la Ana del siglo XXI… son material a descubrir en marzo, cuando suban al escenario.

Con ellos nos dejaron compartir los sudores de las cuatro paredes entre las que nos confinamos por un espacio de casi dos horas. Espacio de tiempo que se llenó con las latas de cerveza de un pequeño frigorífico arrinconado en una esquina, con el humo de los cigarrillos en el extremo del mástil del bajo de Manolo y la guitarra de César, de la pericia de Rafa para hacerse con una baqueta cuando la otra salta de su mano sin interrumpir el tema que están tocando y de las conversaciones para mejorar los coros con polvos de estricnina de “Esto no es”

Luego, ya en el bar al que nos fuimos para hablar, la conversación iba y venía entre el pasado y el futuro más inmediato. De los ejercicios de memoria de una grabación corta pero que dio lugar a uno de los discos emblemáticos de los 80, «El Acto» (DRO, 1982); de unas sesiones fotográficas en las que las posiciones del cuerpo casi desnudo de Ana respondían a dictados y tensiones muy concretas para con otros, se saltaba a los criterios seguidos para elegir o descartar las canciones de Parálisis Permanente, a los técnicos de sonido que oficiarán de guardianes en la Kapital, a las preferencias de cada uno de los cinco con las canciones que tocarán…

En Ana nos pareció encontrar la mezcla de seguridad e ilusión suficiente con la que ahogar inevitables nervios y angustias; entre los compañeros de aventura, algo más liberados de presiones adicionales a las de cualquier músico que prepara un concierto, reinan las ganas por respetar un repertorio que no dudan en calificar de histórico y por ser protagonistas directos de algo para recordar con cariño.

Ana Curra ha dado un paso adelante y ofrece, para aquellos fans de Parálisis Permanente que así lo quieran, un viaje de retorno con el que saldar la cuenta pendiente que tiene con lo vivido entonces. Ella, protagonista de todo aquello, tiene sin embargo clara la necesidad de subir al escenario. En marzo sabremos por qué.

Poco antes de acudir a nuestra cita con Ana Curra, bromeaba con un amigo sobre estos tiempos de redes sociales, blogsy demás soportes de comunicación que te obligan a poder contar con una foto o un vídeo con el que dar certificado de realidad a una experiencia vivida. La mañana después de nuestra charla con el grupo, no contaba con ninguno de estos salvoconductos que me demostrasen que no había sido víctima de ensoñación alguna. El pitido en mis oídos tras la descarga sufrida en aquel local de ensayo y las muestras de afecto firmadas en las portadas de los vinilos que llevé conmigo para la ocasión me hicieron recuperar inmediatamente la sonrisa.