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«LA EVOLUCIÓN SECRETA»

SILVIA RESORTE 

TEGE (2018)

 

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Superviviente de aquellos peligrosos y anfetamínicos años 80, Silvia Escario, esto es, Silvia Resorte, constituye, probablemente muy a su pesar, algo parecido a todo un icono de esa época. Tiene mucho de símbolo de una manera de entender la vida, o más bien de enfrentarse a ella a lo que tiene de gris, rutinaria y opresiva. En aquellos años la cantante fue la del pezón a través de una redecilla, o a la que alguien del público del Rockola quiso dejar sin camiseta sobre el escenario, la que quiso marcar la diferencia entre las muñequeras de pinchos que llevaba ella en Barcelona y las que utilizaba Alaska en Madrid.

Ahora que quizás estemos viviendo los momentos de lucha más decidida y convencida por parte de las generaciones más jóvenes por abolir de una vez por todas cualquier distinción discriminatoria por cuestiones de género, su figura junto a la de Ana Curra, las componentes de Vulpess o las de Chute de Esperma cobran una especial relevancia. En una escena en la que siguen existiendo reflujos y maneras impropias de un género que se debiera distinguir por su carácter contracultural y vanguardista, la pelea y provocación que sostuvieron todas ellas en condiciones especialmente adversas las coloca probablemente como verdaderas pioneras.

Si antes fue al frente de Último Resorte y más tarde con Berlín 80, desde hace un tiempo Silvia combate desde las filas de Algo Tóxico y Días de OdioAñade este contenido. Silvia Resorte sigue marcando con su cabellera luminosa el camino a la utopía, sigue indignándose ante las miradas de repulsa o de burla que adivina en los transeúntes de a pie con los que se cruza. Es la misma que acumula bloqueos de su cuenta de Facebook cada vez que los guardianes de la moral del gigante de la redes sociales considera que el material fotográfico de sus porno fiestas punk no es apropiado. Silvia sigue manteniéndose, a pesar del paso de los años, terrible, radical, excesiva, categórica. En realidad sigue siendo consecuente con los parámetros de conducta que garantizan el desarrollo de la libertad personal sin cortapisas de inercia sociales.

Por todo ello, si en Londres tuvieron a Johnny Rotten o Siouxie y en Berlín a Nina Hagen ¿por qué no se ha de reivindicar con igual determinación que en Barcelona tuvieron a Silvia?

Con este pequeño librito de relatos ella no hace sino abrir un frente más en una nueva dirección de su lucha, la de la escritura. El contenido de estos cuentos parece extraído del mundo de las pesadillas. Dice la introducción de su editorial que el texto narra sobre la salvación y la destrucción de la Humanidad. Quizá sea así, quizá sea ése el objetivo final que persigue, pero en cualquier caso, el formato escogido es sin duda el de un mal sueño, uno de aquellos antibióticos sueños de los que hablaba La Polla Records, esos momentos de pseudo realidad que da el éter hospitalario o los narcóticos medicinales.

Vomitona argumental en la que aparecen, entremezclados y arrastrados por el flujo de la narración ingredientes de lo más variopinto: movimientos de extrema derecha que consiguen instalarse en el poder, el odioso presidente de Estados Unidos, repúblicas catalanas independientes, incluso Fermín Muguruza el cantante y líder de Kortatu. Pero probablemente sea todo lo que subyace de fondo, las manías personales persecutorias, las paranoias opresoras, los laberintos cíclicos casi imposibles de romper o la personal visión de la lucha feminista lo que más interesante hacen este libro. Son todas ellas en realidad coordenadas válidas para entender a Silvia o al menos para poder interpretar las señales que emite al exterior. Resulta especialmente conmovedor ese último momento del drogadicto que con la jeringuilla clavada en el brazo yace agonizante tirado en un callejón que apesta a orines y emplea sus últimas fuerzas en llamar con un grito desgarrador a su madre.

Silvia concitaba tanto adhesiones incondicionales como repulsas decididas. Su personaje no admitía ni las medias tintas ni las valoraciones intermedias y eso evidentemente no ha cambiado con el paso del tiempo.

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ESTRICNINA
Fanzine de Ruidos y Danzas (1982 – 1984)
Rafa Cervera
Efe Eme, 2014

Coordinado y dirigido por un jovencísimo Rafa Cervera, los tres números del fanzine «Estricnina» (1982 – 1984) ven la luz en diseño facsímil de la mano de Efe Eme, conservando incólume todo el encanto artesanal del original: retales mecanografiados, recortados y fotocopiados dispuestos de manera abigarrada, también sus dificultades de legibilidad por tamaño de fuente o escasa nitidez en las sucesivas copias.

He de reconocer que tras avanzar por las páginas del primer número (otoño de 1982), uno no llegaba a comprender del todo el valor de este supuesto ejercicio de arqueología, incluso veía cierta ausencia de pudor en el rescate de este material por lo descuidado de la gramática y cierta arrogancia en el tono, propia de una época y edad determinados, que impregnaba la práctica totalidad de los textos; vaya, que los 20€ en que se habían tornado las 125pts. del momento se me estaban haciendo caros. Sin embargo, gradualmente me fui zambullendo y, a partir del segundo ejemplar (invierno de 1983) pero, sobre todo, en el tercer y último número (verano de 1983), me di cuenta de que lo que estaba entre mis manos tenía mucha miga.

La relevancia que atesoraron los fanzines en la música independiente queda patente en un simple gesto: la propia casa disquera, Hispavox, proporciona nada menos que diez ejemplares del flexi de despedida de Alaska y los Pegamoides«En el Jardín / Volar» (Hispavox, 1982)– a la publicación, que los sortea entre sus lectores en una simpática «sopa de Bowie». O en el hecho de que Ana Curra abra las puertas de su casa para una jugosa entrevista y posterior sesión fotográfica provocativa en su propia habitación, mientras Eduardo ve la tele en el salón con total normalidad. Una entrevista, por cierto, en un momento peliagudo, con los Pegamoides recién disueltos, en la que se habla de sus proyectos al margen de Hispavox, desde Parálisis Permanente a Seres Vacíos, también acompañada por Eduardo, o Negros S.A. junto a Los Nikis.

Esa frescura y descaro con que irrumpieron en el panorama musical underground es el mismo combustible con que accedían a la casa de la propia estrella -aura que se fomenta de manera bidireccional-, o al camerino del post concierto de turno, aunque fuese el del mismísimo John Cale. Pero también es una actitud, la manera de tomarse muy en serio lo que se estaba haciendo, de sentirse responsable de estar sentando los mimbres de la modernidad musical y de llevarlo hasta las últimas consecuencias, con ese tono pontificante que en realidad tampoco difiere tanto de lo que uno podría encontrarse a día de hoy en el timeline de su Facebook.

El ansia de cambio y las ganas de sentar las bases de una profesionalización -con sus managers, sus distribuidoras y sus sellos independientes- goza de total reciprocidad, y los grupos no tienen el más mínimo tapujo en mostrar sus intenciones de petarlo, grabar en estudios en condiciones, tener infinidad de galas y, en definitiva, vivir decentemente de ello. Todo eso acarrea unas exigencias mínimas sobre algo que recién acababa de surgir: de trato, de logística y de ponderación de la prensa establecida y su poder (claro, no existía Internet), aunque sea para ponerla a parir o tildarla de reaccionaria. Tiempos de gloria, por tanto, para la figura del periodista, especie de semidios, pero también para la pluma amateur, que recibe estas maneras en igualdad de condiciones. No se eluden tampoco las cuestiones referentes a cifras de ventas (muy superiores en comparación a las de ahora), el afán de hacer industria y crecer enfrentándose a las grandes barreras del todo por hacer, con ánimo y vigor, pero en un momento político y social favorable. Que los males que aquejaban entonces: la falta de distribución, el poco público, el cainismo… sean exactamente los mismos que existen ahora, no hace sino impregnar todas estas ilusiones con una pátina de descorazonador desánimo.

Esta construcción de una industria independiente se plantea como trampolín de oportunidades, filosofía del todo acertada para el que suscribe estas líneas siempre y cuando no conlleve pervertir la propuesta artística. Me adscribo a las palabras de Servando Carballar (Aviador Dro) en «La Edad de Oro» (TVE): «Debemos aspirar a la radicalización de la masa, no a la especialización de la elite». Es precisamente un adelantado Servando, capo de la incipiente DRO, objeto de críticas por su supuesto veletismo -de la hostilidad panfletaria hacia Los 40 Principales a la connivencia en la aparición de sus grupos-. En general, estas diatribas sobre la pureza dan lugar a situaciones algo cómicas, como el hecho de que la colaboradora Lola Dilla abandone la revista al darse pábulo a periodistas profesionales tales como Manrique o Ignacio Julià. El primero firma una altanera y derrotista columna sobre la falta de talento en el concurso de maquetas del programa radiofónico «Don Domingo» (RNE) y el segundo se queja de la incapacidad para la modernidad de Barcelona.

Las traducciones de entrevistas y especiales provenientes de la prensa extranjera constituyen un aspecto más que interesante. En concreto me sorprende mucho cómo treinta años después los grandes tótems siguen vigentes: Warhol (interesantísima y completa radiografía del personaje y su filmografía), la Velvet Underground, Brian Eno, David Byrne (reportaje traducción copia-pega algo plomazo), Alan Vega y otros más propios del momento como Siousxie, la escena neoyorquina más salvaje -Lidia Lunch, NY Dolls, Cramps…-, el «No New York» (Antilles, 1979) producido por Brian Eno y la querencia por las oscuridades de bandas como Echo & The Bunnymen, Killing Joke, Bauhaus, Theatre Of Hate o Adam & The Ants.

En el apartado nacional, Madrid es el epicentro de todo. Se incluyen entrevistas a un despechado Carlos Berlanga, moldeando aún su nuevo proyecto, Dynarama; a Alaska, a Glutamato Ye-Yé sin su cantante (por la mili, esa traba que padecieron muchos grupos en su desarrollo), una muy poco productiva a Gabinete Caligari (sin Jaime Urrutia, por lo mismo) e incluso a Eduardo Benavente poco antes de su trágico fallecimiento. Las plasmadas intenciones de Bonezzi de convertirse en compositor total al fichar por una multi, renegando incluso del sonido de los Zombies, sujeto a limitaciones económicas y técnicas, cuadran mucho con las expectativas respecto a la música anteriormente expuestas… También se da cabida a textos seudo intelectuales -y pedantones- como el de Santiago Auserón recreando una historia en torno a la estatua del Jardín Botánico -es justo decir que Radio Futura nos proporciona la réplica en la que es, probablemente, la entrevista nacional más reveladora para tomarle el pulso a la actitud del momento, además de por el consenso de respetabilidad en torno a ellos, erigidos como faro de la modernidad bien entendida-. El Zurdo también se prodiga por partida doble, firmando un interesante artículo sobre el eclecticismo y concediendo una entrevista donde sin tapujos se identifica con corrientes ideológicas que acabarían por condenarle al ostracismo. Almodóvar, quien por entonces andaba ya tramando su «Laberinto de Pasiones» (1982), hace alarde a partes iguales de petardeo y pedantería, pero también pone en evidencia una envidiable mezcolanza y permeabilidad en la época entre las diferentes disciplinas artísticas.

Pero, sin duda, lo más valioso es la importancia que se concede y la exhaustividad con que se desgrana -por cercanía y orgullo patrio- a la escena valenciana, sus zonas -El Carmen, Pelayo- y bares -Barraca, Metrópoli- y, esto menos relevante, sus dimes y diretes (mucho cotilleo, mucha pulla privada…). Por la seccion «Duduá» desfilan bandas como: Glamour -desde La Banda de Gaal– (abrieron las puertas a los grupos valencianos a la estela de Mecano), Esgrima, Fanzine, Betty Troupe, Video, Europa (luego Última Emoción), Garage (de Carlos Goñi), Interterror… así como todos los grupos recogidos por el cassette editado por NORMA (Neo Organización para la Revolución Magnética Avanzada): Seguridad Social (aún respetados), Información y Turismo, AM-FM, Los Inhumanos, Arpía, D.N.A., SS.SS., Blue Moon, Gabotti (líder de Esgrima), Peligro Inminente y Tripp. En última instancia, otras bandas como Cinema, Ceremonia, Sade, ADN, Proceso Inverso, Manía, Mamma Luna y La Morgue… Un intenso y menos conocido hervidero de grupos.

En ocasiones es imposible no esbozar una sonrisa ante tanta inocencia y nostalgia, enviar dinero en un sobre, incluso dólares a ROIR Tapes, como el que lanza una botella al océano. Pero es inevitable no sentir cierta envidia ante la atemporalidad de las noticias, lo pausado de la cocción de las propuestas, con tiempo para consolidarse y madurar (como el propio fanzine, que mejora a cada número). Tan sólo recordar en este punto que la publicación era prácticamente anual… Inimaginable algo así hoy día. En este punto de inocencia y dulce anacronismo, querría destacar el artículo firmado por Jaime Gonzalo sobre ROIR y el enaltecimiento desde el sello de las supuestas bondades del cassette frente al vinilo: «Creemos que las cintas no son sólo el nuevo rostro del futuro, son también el modo más práctico y divertido de escuchar música actualmente. Los discos se encorvan, se rompen, carraspean, acumulan polvo, se rayan, cogen grasa al ser manejados, requieren demasiado espacio para ser almacenados. Los cassettes son más manejables, más almacenables, precisan de menos cuidados y duran mucho más sin sufrir tantos daños a causa del entorno. No necesitan un equipo reproductor caro para ser escuchados fielmente. Y la calidad de reproducción es tan buena como los discos y, a menudo, mejor. ¡Ah, y tiene un gran ventaja! Si te aburres de escuchar la misma cinta puedes borrarla y regrabarla». Tampoco vamos a negar su importancia en la difusión y accesibilidad de la música en el momento, pero…

Finaliza la entrega con un interesante cuestionario a Nacho Canut, Poch, Alejo, Almodóvar, Auserón y Enrique Sierra, del cual se pueden extraer un par de conclusiones: La Mode era el grupo más odiado por Derribos Arias y el fanzine más molón del momento quizá fuera Moulinsart. Curiosa paradoja que sirve como epílogo a un -ahora sí- más que loable ejercicio de arqueología cultural y musical.

Cuando en petit comité comenté que estaba preparando un artículo sobre escenas musicales, desde LaFonoteca no parecieron muy entusiasmados, la verdad. Aunque hubo algún resoplo, se me insistió en que podía hablar de lo que quisiera y bueno, pues al final de eso mismo es de lo que he querido hablar. Cierto es que el asunto está un poco manido, pero no es menos cierto que algo hay en él que siempre provoca prurito y, si el objetivo es generar debate, hay que decir que el debate sobre las escenas no está apagado. Bueno, tampoco encendido, la verdad. Más bien echa algún hilillo de humo de vez en cuando. Se ha convertido en algo así como un fuego fatuo, un asunto fantasmagórico.

Hace poco, un twittero con el original nombre de «indiegnado» (los sagaces juegos de palabra con el «indie» están apunto de superar al “funk” en cantidad y calidad) clamaba ante sus ¡cuatro followers! contra “la absurda microescena madrileña pop de Solletico, Rusos Blancos, Hazte Lapón y Cosmen Adelaida. No puedo evitar ver en esto algo entrañable. Yo soy de la idea de que en España es imposible alcanzar el éxito sin que haya un grueso de gente que te deteste. La pena es que sólo hubiera cuatro testigos ante tal arremetida. Pero me ha vuelto a surgir la duda, ¿hoy día, hay escena o no la hay? Y más importante aún, ¿a alguien le importa lo más mínimo? Porque al fin y al cabo, ¿cuantas escenas han existido en España? Voy a intentar hacer un repaso rápido y a ver si sacamos algo en claro. Prometo ser lo menos riguroso posible, a ver si así, al menos, le damos chicha a un tema fofo.

Respecto a las escenas pasadas, seguramente la única que todo el mundo tenga clara es La Movida madrileña, aunque posiblemente, nadie sepa ya muy bien qué fue movida y qué no. Todos los grupos parecen haber adoptado el término o renegado de él según conveniencia, y con tanto intento de rentabilizar el concepto, este ha acabado funcionando prácticamente como sinónimo de “música española hecha en los 80”. Los recopilatorios de cuatro cedés de lo mejor de la década han acabado por mezclar la velocidad con el tocino, y aunque aún haya quien se acuerde de las viejas polémicas entre babosos y hornadas irritantes, al final Mamá y Glutamato Ye-Yé han acabado condenados a aparecer de la mano hasta el fin de los días. Protagonistas directos como la ubicua Alaska, que igual posa desnuda para una foto antitaurina, sale en portada de la revista Psychologies o hace de tertuliana en la COPE, siempre ha dicho que entonces eran cuatro gatos que salían apedreados de los conciertos patronales y a palos con las fuerzas del orden. No me extraña que no añore aquella época, cuando, con el tiempo, ha sido la que se ha llevado la parte más grande del pastel (al menos, una parte tan grande con la de Almodóvar).

Pero entonces, si los grupos no estaban unidos y el público no era tan abundante, ¿dónde estaba la escena? Sí que parece cierto que más allá de rivalidades coyunturales y dificultades de un país recién llegado a la democracia, hubo un continuo intercambio de ideas entre artistas, no sólo de la música, también del cine o las artes plásticas. E independientemente de que en lo primeros años la mayoría de los españoles permanecieran aún ajenos a aquella efervescencia, Madrid era un hervidero.

Más que el estilo musical, sometido a continuo cambio, incluso dentro de una misma banda en un corto espacio de tiempo, lo que los unió fue ese fluir de ideas. Luego las rivalidades no eran para tanto, por ejemplo Javier Urquijo, de Tosv, germen de Los Secretos, llegó a ser miembro de los Pegamoides durante un tiempo. Víctor Coyote, de Los Coyotes, daba al respecto una visión interesante: En esa época no había suficientes rockabillies, suficientes punks, suficientes siniestroso suficientes modscomo para abrir un bar para cada estilo, y entonces todos coincidían en la misma sala o en el mismo pub, y el intercambio de opiniones surgía de forma natural. Cuando aquella música minoritaria fue creciendo, las tribus se separaron, las ideas dejaron de mezclarse y ese fue el principio del fin.

Sí puede decirse que La Movida tuvo lugares comunes: fanzines como La Liviandad del Imperdible dieron un pueril pero potente componente ideológico, concursos como el Villa de Madrid abrieron paso a la joven cantera, Ordovás dio salida a las nuevas bandas en su programa de radio, y, de forma natural, nacieron nuevos sellos para sacar los primeros singles de estos grupos. Se abrieron salas, como Rock-Ola, que además de a Ramoncín, abrieron sus escenarios a bandas imberbes, que podían recibir los oportunos gargajos tan de moda en aquellos tiempos, pero también compartir cartel con Echo & The Bunnymen o Spandau Ballet. Más adelante, un interés político por destacar todo aquello como un paso de España hacia la modernidad dio como resultado un programa en la televisión estatal, «La Edad de Oro» (TVE), que además de dar difusión masiva (con sólo dos canales y sin mando a distancia no había guerra de shares) ha quedado como el mejor testimonio de la época. Pocos grupos de aquellos tuvieron carreras largas, y como herencia han quedado algunos discos disfrutables pero también mucha tontería, mirada con muy buenos ojos, y sin embargo, las crónicas ayudaron a darle el lustre que todo mito necesita.

Los 90 parece que están más claros. Indie(antes “música alternativa”) es aquello que salía en el «Generation Next Music» (1998) de Pepsi, ¿no? Bueno, aquel recopilatorio fue el primer contacto con aquella música que tuvimos muchos adolescentes, pero no hay que ser tramposos. Alternativo era lo que presentaba una alternativa a la música mainstream, aunque luego las marcas comerciales, siempre astutas, enturbiaran el espíritu inicial. Este fenómeno, más descentralizado que el anterior, tuvo epicentros esparcidos por la península. Sabemos que hubo un Xixon Sound, un Donosti Sound, que había escenas más o menos nutridas en Granada o Sevilla. Y también estaban Dover, que eran alternativos al principio, pero luego no, porque tuvieron éxito a partir de un anuncio de la tele, ¿no es así? Aunque eso también les sucediera a Australian Blonde, que eran un icono de aquella eclosión asturiana, junto a grupos como Penelope Trip, Los Locos de Paco Loco o Eliminator Jr. ¿Entonces, en que consistía la escena?

Fran Fernández, que lo vivió todo de primera mano, siempre dudó de que hubiera habido una escena real. Más bien eran unos pocos chavales interesados por nuevas bandas ruidosas, anglosajonas y americanas, como Ride, My Bloody Valentine, Dinosaur Jr. o Sonic Youth, referentes musicales que no compartían con la mayoría de la gente de su alrededor, lo que los animó a intentar hacerla ellos mismos. Esto posiblemente hubiera sido muy minoritario si no hubieran sido arrastrados por el fenómeno Nirvana, que al desbancar en las listas a Michael Jackson demostró las inmensas posibilidades comerciales de la música underground. Antes de eso, eran tan pocos que en Oviedo, uno de los dueños del bar Movie, que resistía desde del inicio de los 90 (recientemente cerró) me contaba que en esos años se acercaba a hablar con cualquiera que llevara una camiseta de The Pastels. El público era tan escaso que a veces sólo se iban a ver los unos a los otros; pero los propios grupos, a través de radios locales de escaso alcance, podían pinchar los discos que se traían de sus viajes a Inglaterra o directamente intercambiar en mano las cintas de cassette que grababan.

Así lo hicieron Tito Pintado o Ibón Errazkin, introduciendo nuevos sonidos, igual que hiciera Olvido Gara a finales de los 70. Estos fenómenos locales difícilmente se hubieran unificado si no hubieran existido fanzines como Malsonando, nuevos sellos, como Elefant o Acuarela, o concursos de maquetas como los de la revista Rockdelux, donde destacaron grupos como Los Planetas o Australian Blonde, aunque luego fueran premiados proyectos ignotos, como el grupo de hip hop Eat Meat. En aquellos primeros años, la prensa tuvo mucho importancia a la hora de apoyar a los nuevos músicos, valorando la novedad y el riesgo por encima de aspectos más discutibles. Una mirada crítica generosa dejó crecer a la bandas, haciendo la vista gorda ante plagios obvios, voces desafinadas, grabaciones apresuradas y letras muchas veces pobres.

Luego vino el tontipop. Eso también parece que fue una escena, ¿no? Y lo que les une está bastante claro, porque el nombre es delator: pop de tontos ¿o para tontos? Con la llegada de Meteosat cantando “Mi novio es bakala”, una horda de niños pijos dieron carpetazo al existencialismo abrasivo y la decadencia loser de los 90 saludando al nuevo milenio con ganas de diversión. Los recopilatorios de lo mejor del año, sin embargo, se llenaron sobre todo de canciones de herencia sixties y electropop de letras más costumbristas que bobas, influidas por Family y Los Fresones Rebeldes.

Aparecen grupos como Portonovo, Ellos, La Monja Enana, Me Enveneno de Azules, Mirafiori o La Casa Azul, muchos de los cuales tendrán una trayectoria breve, que a veces ni siquiera culmina en un disco. Pero radio y prensa, ansiosos de una nueva cosa de la que hablar, prestan atención a este “huracán de sensaciones pop, algo nuevo, diferente y muy moderno”, aunque no siempre los tratan con tanta amabilidad como a sus predecesores.

Hoy resulta curioso que por tontipop pasara, por ejemplo, un grupo como Astrud, que hablaba de “proyecciones mitopoyéticas” y hacían juegos de palabra con “lounge” y “Lynch” y que, con su pinta de empollones, más bien parecían los listos de la clase. Todo vuelve a ser confuso, pero lo que está claro es que, una vez más, parece que es una imprecisa etiqueta de la prensa la que actúa de aglutinante. La escena es fugaz y muere al poco de nacer, pero eso no es necesariamente un impedimento. Si uno lo piensa, más o menos eso duró el punk británico.

¿Qué pasó después? Pasa el tiempo sin que surja nada nuevo hasta que de repente, un polémico artículo de Rockdelux sobre las nuevas escenas de Madrid y Barcelona, (ignorando al resto de ciudades, por cierto) marcan un nuevo maridaje generacional. Los Punsetes en Madrid y Tarántula en Barcelona, con los sellos Gramaciones Grabofónicas y Producciones Doradas detrás, capitanean un nuevo relevo generacional.

Empieza a hablarse de Cohete y de Garzón, de Juanita y los Feos y de Decapante, de Za! y de Manos de Topo, de El Guincho y de Le Pianc. Pero, ¿puede haber escena entre grupos tan dispares? Si lo pensamos, el punk americano agrupó a Suicide y a Blondie, a Talking Heads y a Television, a Devo y a Patti Smith. Entonces, el nexo común fue una sala de conciertos, el CBGB. ¿Y aquí?

Pues no está claro, aunque hay salas en estas ciudades que se convierten en señeras, como es el caso de la madrileña Nasti, quizá la clave para entender comuniones tan eclécticas sea la influencia de Internet. Las canciones ahora se pueden oír de forma inmediata, sin necesidad de que exista formato físico, y los numerosos blogs musicales se encargan de pregonar las buenas nuevas y convertir algunas maquetas en vox populi. Puede parecer algo muy desmembrado, pero si hacemos un análisis más a fondo, si que puede decirse que hubo muchos nexos entre los grupos: conversaciones, colaboraciones, splits, conciertos compartidos, miembros que saltan de un grupo a otro. Las relaciones entre ellos son fáciles de rastrear, a través de los amigos que se exhibían en el entonces rutilante MySpace. Otra vez, aunque el germen real existe, es un artículo periodístico el que hace de cemento para que los oyente asocien algunos nombres.

Mi conclusión es que ese es el principal punto común en toda esta historia, las escenas existen si se hablan de ellas como tal. Son los cronistas los que convierten a unos grupos más o menos unidos por la afinidad y la coexistencia espacio-temporal en una escena. Entonces, volviendo al principio e intentando responder a “indiegnado”, ¿existe aún esa absurda microescena en Madrid a día de hoy? ¿La hubo en algún momento? ¿La va a haber en el futuro? Supongo que eso dependerá de que alguien quiera contarlo así. Muchas de las personas de generaciones anteriores puede que frunzan el ceño, es ley de vida. También George Harrison dijo que iba a dejar la música cuando surgió el punk.

Si establecemos similitudes con otras escenas, haberlas, haylas. Hay un concurso de grupos revelación del festival Contempopránea donde aparecen en puestos destacados grupos como Rusos Blancos, Cosmen Adelaida, Los Ingenieros Alemanes, Alborotador Gomasio o Ed Wood Lovers, hay un bonito disco llamado “No Te Apures Mamá, Es Sólo Música Pop” (LaFonoteca, 2011) donde muchos de esos nombres se repiten, añadiéndose otros como Solletico, Los Autócratas, Raúl Querido o Betacam y un concierto de presentación de este disco, con un lleno absoluto de la sala Siroco y un centenar de personas que se quedan a las puerta. Hay un blog (y radio) como Aplasta Tus Gafas de Pasta, en cuyos recopilatorios y fiestas pueden rastrearse las primeras grabaciones y actuaciones de algunos de estos grupos, así como los primeros debates sobre la presencia o no de una nueva escena. Hay continuas colaboraciones y nexos, hay nuevas publicaciones, como Jenesaispop, que han dado cuenta, aunque tímidamente, de estas primeras andanzas. También es cierto que hay una repercusión de público aún pequeña.

Posiblemente, hay tantos argumentos para estar a favor como en contra. Al fin y al cabo, la mayoría ni siquiera hemos publicado aún un disco largo, a pesar de que casi todos nos acercamos o superamos la treintena. Esto, al fin y al cabo, también puede ser el espíritu de los tiempos. La repercusión a la larga está aún por ver. ¿Alguien se acordará de todo esto? ¿Alguien se encargará de alimentar el mito? Vete tú a saber. Hagan sus apuestas.

The Breakfast Club
The Breakfast Club

Si hubiese que hacer una pirámide demográfica con la población que compone la escena musical española, el gráfico nos saldría con forma de ataúd. Y esto no es una metáfora gótica ni una hipérbole siniestra: es que cuando la población envejece a ritmo muy superior al que aparecen nuevas generaciones las barras que representan el crecimiento de demográfico forman una figura con esta fúnebre forma. Que se lo digan a Japón. Los expertos en economía aseguran que en 2050, si siguen la tendencia actual, la población activa del país nipón será tan reducida como el público de un concierto de la Nueva Oreja de Van Gogh.

Dios les libre para entonces de otro Fukushima, porque todos los bomberos van a estar en un geriátrico.

Aunque la SGAE cuenta con datos sobre los músicos que les tributan, no hay un instituto nacional de estadística que se dedique a llevar el censo de músicos españoles (si lo hubiese, el director general sería, con toda seguridad, Kiko Veneno), pero el Milodón se atreve a asegurar sin miedo a equivocarse que el pop español pasa por una fase vegetativa: es decir, está envejecido y envejeciendo.

Aquí nos metemos en terreno peliagudo por dos razones:
a) Continuar con este argumento obliga a una definición previa de los términos «escena musical española» y por supuesto «pop» (antes de seguir leyendo, podéis haceros fans de este grupo de Facebook)

b) Seguir adelante con esta exposición entraña un riesgo: herir la sensibilidad de los músicos implicados. Es fácil quitarle importancia a la anécdota de esos niños que te paran por la calle pare pedirte la hora y te tratan de «usted» y te llaman «señor». Pero cuando hace tiempo que ya no eres aquel tipo esbelto y con abundante flequillo que cabía perfectamente dentro de unos pantalones pitillo y la tonsura natural o la feliz tripa del hombre casado hacen acto de presencia es más difícil defender que te hayan publicado ya cinco discos (y cuatro sean mediocres).

¿Hay alguien ahí, MacFly?
¿Hay alguien ahí, MacFly?

Supongamos que «escena musical española» y «pop» son dos palabra baúl en las que queremos meter cosas que suenan mucho por la radio y que son bastante conocidas por el público general: acudamos entonces a alguna lista tan ramplona y uniformizadora como el propio hecho de hablar genéricamente de «escena musical» y de «pop». Vayamos a ver cuáles son los diez nombres encabezan hoy por hoy la lista Promusicae de los discos españoles más vendidos.

Y dice así:

Pablo Alborán
Sergio Dalma
Estopa
Manolo García
Dúo Dinámico
Amaral
Bunbury
Alejandro Sanz
Amaia Montero
Luz (Casal)

Correcto.

Nombres todos que ya aparecían en aquellas lista de Afyve que tan felices nos hicieron en los tiempos del Rockopop de Beatriz Pecker. Con la sola diferencia de que entonces todos ellos tenían veinte años menos. Y de que en aquel tiempo la venta de discos podía llegar a convertirse en una fuente de ingresos seria para quienes quisieran vivir de la música. Únicamente Pablo Alborán -un chaval de veintitrés que ha conquistado al público nacional con una propuesta flamenca tan fresca como los jerseys de cuello vuelto de Carlos Cano– es la excepción que confirma la regla.

Premio al Artista Revelación

Diréis:

– Pero Milodón, todos sabemos que las listas de ventas oficiales, controladas por majors y cercenadas por mil motivos, en un mundo dominado por las descargas libres, la escuchas en streaming y la autoedición, no representan en absoluto la realidad de lo que está ocurriendo en el panorama musical español (¿»Panorama musical español»? Joder, sal de mí, José Luis Moreno).

Y tenéis razón. Los rankings de Promusicae son tan fiables en la medición del pulso de la escena como un gallo de Portugal en la predicción del tiempo.

Por este motivo, el Milodón ha hecho un somero repaso de las listas de Lo Mejor de 2011 publicadas por revistas especializadas en los ires y venires de la industria independiente (¿es necesario concretar a qué nos referimos con «independiente»? Qué cansancio. Que ese post lo escriba otro) con la esperanza de que estos espacios de probada sensibilidad underground y gran habilidad prospectiva (Rockdelux, Jenesaispop, MondoSonoro), capaces de subdividir la música popular contemporánea en más de cincuenta y seis categorías diferentes, arrojasen algo de luz sobre el asunto.

La esperanza era encontrar bandas de veinteañeros con cuerpos en plenitud física y mentes inquietas en estado de bullición. Erecciones prodigiosas e ideas nuevas. Los Lady Gaga, los XX, los MGMT, los Vaccines españoles. Los Niños de San Ildefonso del predio alternativo. Juventud, divino tesoro.

Veamos un resumen de los nombres más frecuentes en las listas independientes de los mejores trabajos del año que acabamos de despedir (los números no responden a un orden concreto).

1. Nacho Vegas
2. Manos de Topo
3. Antónia Font
4. Parade
5. La Casa Azul
6. Nudozurdo
7. Russian Red
8. La Bien Querida
9. Christina Rosenvinge
10. Pony Bravo
11. Sr. Chinarro
12. Lisabö
13. Bigott
14. The New Raemon, Francisco Nixon y Ricardo Vicente
15. Manel

Interpretación de datos para la ubicación de estas bandas dentro de la pirámide demográfica:

1. La etiqueta yogurín no le encaja, ¿verdad?.
2. Los Artic Monkeys, también fueron jóvenes promesas. Pero ya no.
3. Su gran hit se titula «Calgary 88». Aquí huele a tienda de segunda mano.
4. ¿¡Aún publican!?
5. Guille Milkyway sale en las fotos de la comunión de Tino el de Parchís
6. Como Lori Meyers o Vetusta Morla, FUERON jóvenes
7. Aplíquese el epígrafe anterior.
8. Véase Christina Rosenvinge.
9. Véase La Bien Querida.
10. Hay que haberle dado varias vueltas al tacómetro para hacer esas letras.
11. Grecian 2000, s’il vous plait.
12. Atendiendo a la entrada de la Wikipedia: “Es un grupo de rock del País Vasco fundado en Irún en 1998”.
13. Es un señor mayor con pelo en la cara.
14. Tres señores mayores, dos, con muchísimo pelo en la cara.
15. Voluntariosos, pero no críos.

Diréis:

-Pero Milodón, estas listas no reflejan, ni muchísimo menos, la riqueza de lo que ocurre en pequeñas salas de conciertos, donde grupos que han autoproducido maquetas o publicado con sellos mínimos sus disquitos de 10″, forman parte de una comunidad efervescente. En este hueco es donde están escondidos los talentos insultantemente jóvenes.

Y el Milodón os dice: si esto fuese así (que no lo es) el resultado sería igualmente desolador. O peor. Significaría que la chavalada con ideas y energía renovadas no consiguen hacer llegar su talento a los circuitos comerciales. Y al fin y al cabo se trata de que la cosa rule, ¿no?. ¿O acaso hubiese dejado John Peel que The Smiths se quedasen para siempre tocando en un asqueroso cuchitril de Manchester?

-O sea, Milodón, que tu opinión es que la gente mayor de veinticinco años no tiene derecho a componer, tocar y editar su música.

No. Por su puesto que lo tienen. De hecho, aún esperamos grandes cosas de muchos compositores mayores de cincuenta.

Pero si los mitos de la historia de la música pop (rock o como demonios queráis llamar a cualquier de los cincuenta y cuatro subgéneros que os guste) se suelen morir a los veintisiete años es porque han ofrecido lo mejor de sí mismos mucho antes. Alaska tenía catorce años cuando se subió por primera vez a un escenario. Antonio Vega veintitrés cuando compuso «La chica de ayer». Santiago Auserón veinticinco cuando editó «Música Moderna» (Hispavox, 1980) con Radio FuturaDavid Summers diecinueve cuando salieron sus primeros singles con Hombres G.

¿Se acabó la historia de la música española el día que Jota cumplió cuarenta años y llevamos seis celebrando El Entierro de la Sardina? ¿Deberíamos poner en marcha políticas de natalidad musical en los institutos, de la misma manera que los japoneses subvencionan el segundo hijo? Y sobre todo, ¿de verdad es Pablo Alborán la nueva esperanza del pop patrio?

– Milodón. El cantante de Los Planetas tenía treinta y dos cuando la banda lanzó «Una Semana en el Motor de un Autobús» (RCA, 1998). Cierto, amigos. Y quizá ahí radique parte del problema. Aunque esto y el análisis de las causas profundas de este funeral ya es un tema de debate para otro día.