REVERBERANDO

«Que Dios nos asista, hemos caído en manos de ingenieros». Ian Malcolm (Jeff Goldblum) en «Parque Jurásico» (Steven Spielberg, 1993).

Hace dos o tres años pasé unas vacaciones en Asturias junto a un amigo. Su familia es de Gijón y estuve durmiendo en su casa durante mi visita. No hace falta decir que el nivel gastronómico por allá es realmente bueno, sobre todo para un amante desquiciado de los quesos como yo. Un día estuvimos en casa de una tía suya que nos invitó a almorzar. La comida fue estupenda y también abundante: a la noche nadie quiso cenar. Solo que yo no quise dejar pasar la oportunidad de llevarme algo a la boca. Y, claro, estando en Asturias y buscando algo informal, mi amigo puso a mi disposición, para que pudiera picar cuanto quisiera, chorizo y cabrales. Como no conozco la mesura comí hasta hartarme. Conclusión: Al poco me retorcía de un ardor de estómago sin precedentes, las medicinas del botiquín no hicieron ningún efecto y al final acabé provocándome el vómito para librarme de aquel mal en una desagradable escena pero tras la cual, entre sudores, respiré aliviado y feliz.

El reverbes uno de los efectos básicos de la música. Es la contracción en inglés de la palabra reverberación (vamos, reverberation), y por eso suele conservar, en un texto escrito, esa «b» que eliminamos al hablar. La reverberación es una característica del sonido en un espacio y se define por los rebotes de las ondas sonoras contra las superficies que hay alrededor. Hasta que se extingue, un sonido puede rebotar innumerables veces contra dichas superficies, y el conjunto dota a cada lugar de una personalidad sonora única.

Cada estudio de grabación tiene una reverberación especial, algo que es muy apreciado por los productores. También suele disponer de una sala «seca», construida de tal forma que elimina en la medida de los posible cualquier rebote del sonido, en la que se suelen grabar voces para poder añadirles una reverberación artificial a través de un procesador de efectos. De estos hay innumerables clases y precios: algunos, usados en cine, cuestan miles de euros y son capaces de reproducir las características de cualquier lugar concreto que te puedas imaginar gracias a un softwarediseñado por un equipo de ingenieros que usan potentes ordenadores capaces de procesar todos los rebotes de una onda sonora de una frecuencia determinada y a una distancia concreta. A lo que hay que añadir que la onda principal transporta ondas secundarias de otras frecuencias (los armónicos). Sí, el sonido es uno de los fenómenos más complicados de estudiar de la Física.

Muchos aficionados, aunque no hayan cogido una guitarra en su vida, saben lo que es el reverb, por lo que me podría haber ahorrado la explicación anterior. Es más, muchos músicos de popno saben salir de las escalas mayores o menores, los acordes disminuidos les recuerdan a cuando a los quince años compraban revistas para aprender a tocar y piensan que más de tres acordes es jazzpero cuidan al milímetro la calidad del sonido que sale de sus amplificadores y se sienten con una seguridad increíble a la hora de pedir a un técnico, en un concierto o en una grabación, más reverb. Son famosos los casos de instrumentistas y productores que, para conseguir el reverbbrutal que oímos en muchos discos, se van a túneles, naves industriales, iglesias abandonadas (muchas transformadas en estudio de grabación), etc. Todo para conseguir exactamente el sonido que quieren, un timbre determinado y característico.

Decir que me gusta el reverbes como decir que me gusta que el sonido se propague en ondas. Pero cuando alguien lo afirma sabemos que se refiere a ese timbre especial conseguido en discos como el «Psychocandy» (Blanco y Negro, 1985) de los Jesus & Mary Chain y similares. Incluso podríamos decir que toda una corriente del pop indie, asociada a las siglas C86 o a la influencia del sello discográfico Sarah Records, tiene una de sus características definitorias en el uso indiscriminado de reverben todo lo que se le ocurriera. El problema es que, cuando una característica de un estilo de música se populariza, es usada hasta que se llega al extremo de la caricaturización. Algo parecido sucede con el lo fi, cuyo abuso es peligrosamente sonrojante.

No me malinterpreten, a mí me gusta el cabrales, lo adoro, pero en su justa medida y no a todas horas.

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