PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID, HOY

Desde tiempos inmemoriales Madrid suscita reacciones de amor – odio. Madrid fue el café de recuelo, el polvo en el aire y los pulmones, el vino de garrafa y el bardeo. La encrucijada de castellanos y manchegos en busca de una vida mejor, también de chulos y demás chusma camuflados en el bullicio de la ciudad para vivir del palo. Madrid es una ciudad cuya gloria gastronómica está basada en cualquier despojo procedente del puerco o la vaca, amén de esos calamares de un mar que queda un tanto retirado, rebozados a la romana con aceite del sudor de la frente de un churrero; o esa paella con carne, marisco y guisantes perpetua en los menús de los jueves por la gloria de Franco. Quisiera pensar que poco o nada queda de la altanería tópica del madrileño -al fin y al cabo, ¿quién o qué es madrileño en realidad?-, más allá de tras la barra de algún bar castizo, aunque quizá se haya transformado en esas hectáreas de torres de plantas infinitas semivacías destinadas a albergar un parque empresarial inexistente, a imagen y semejanza de los puentes franceses erigidos a mediados del siglo XIX para cruzar el caudal de un río escuálido, inferior al de muchos orines de las calles de Malasaña. Para colmo de males, últimamente hay más polución de lo normal y un poquito menos de libertades. Sólo un poquito. Asfixiante de junio a octubre, gélida el resto de meses… Vale, de acuerdo, ¡pero algo bueno tendrá! Pues, por ejemplo, nuestra escena musical. Veamos qué opinan de ello:

Caliza es una de las más recientes promesas de la independencia local. Con un halo misterioso desvelado en su debut como telonera de los Crash Course In Science en la Siroco hace unas semanas, los ritmos synth pop de la maqueta de cuatro temas que publicó en Bandcamp -y que casi inmediatamente retiró, suponemos que por la tentativa de algún sello-, han supuesto un soplo de aire fresco dentro de la algo estancada escena madrileña, en la que siguen surgiendo propuestas, pero no tantas provistas de cierta originalidad. Pues bien, su referencia a Madrid es, ni más ni menos, que la inadaptación, el sentimiento de asfixia de una ciudad que puede llegar a ser muy endogámica, sobre todo en lo que aquí nos atañe, y el anhelo de poder verla con «los ojos de quien nunca estuvo aquí».  Ojos de turista, que decimos en casa. Y qué gran verdad.

Linda Mirada pone el foco en «Hermosilla 69», es decir, en pleno Barrio de Salamanca, la llamada Milla de Oro de Madrid. Poco más tenemos que añadir ahí salvo que no nos parezca extraño que en ese Madrid no quiera quedarse. Ah, bueno, una pequeña reflexión: para los madrileños es cierto eso de «y nos dicen que aquí es donde tenemos que estar». Salvo contadas excepciones, pocas familias entenderán la decisión de marchar fuera a estudiar una carrera o, simplemente, a vivir la experiencia. Y es que Madrid ofrece tanto como enclaustra.

Una de las revelaciones de nuestro queridísimo -y definitivamente agotado- «Madrid Está Helado» (2012), fueron Teletransportarse a Soria, ahora en stand by. Su canción escogida, «Tormento I», supone uno de los más certeros retratos post adolescentes de la ciudad. Hay algo en ello que no es de extrañar, y no es otra cosa que haya sido un foráneo -de Castro Urdiales- el que lo haya realizado. Al fin y al cabo, nadie describió mejor Madrid que don Pío Baroja. La canción alude a todas las cosas que sin duda se le pueden achacar a la capital: la carestía de vida, la competividad y la lejanía del mar para quien ha tenido la suerte de poder disfrutarlo desde siempre. Hay una frase que quizá destaque sobre todas, la voluntad de que llegue un tsunami que nos arrastre hasta Portugal (en mi cabeza está seguir la saga iniciada en esta entrada con canciones dedicadas al país vecino). Y a veces uno piensa, en las tribulaciones de la gran ciudad, pues que ojalá.

Siguiendo la senda de grupos de fuera pero de aquí tenemos el ejemplo de los vasco-madrileños Ornamento y Delito, cuya demo «Putas y Cocheros» (2009) ya era toda una declaración de intenciones desde el título. El rock ácido y corrosivo de «Madrid», sus aullidos aludiendo a la nocturnidad y, sobre todo, una frase demoledora: «Vine a por pan y acabé con vino», reflejan una evidencia: que la noche madrileña, pese a su continua europeización y a su adiestramiento sigue siendo una de la más divertidas de Europa, seguramente por el carácter insurgente de la propia ciudad, y por tantos y tantos años de padecimiento y resistencia.

Sin embargo, los ¡Pelea! no se lo debían de pasar muy bien por acá… Para gustos, colores, claro está. No sorprende que poco después de estrenar su largo con Canadá y Gramaciones Gramofónicas por estos lares anunciaran su disolución… Estrés post traumático.

Para MAJESTAD la clave de la ciudad es «tener más paciencia que suerte». Y es cierto que confiar en la suerte no parece, ni en esta ni en otras circunstancias, dicho sea de paso, la mejor de las opciones. Madrid ofrece mucho, como ya hemos dicho, pero la paciencia -y el bolsillo- a veces se agotan antes; por lo que no estaría de más que nos lo pusieran a todos un poco más fácil, o al menos nos dejaran hacer sin trabas e intromisiones. En esa línea intuyo que va este aguerrido «Música Para Pelear» (Club Social, 2014).

Y en esta línea seguimos, ya para finalizar, con Pan y Toros, o cómo encontrar la calidez en cualquier rincón en una ciudad menos inhóspita y árida de lo que la leyenda dice; en la que la confluencia de energías vence con suficiencia al alienamiento, y en la que la inercia vital y creativa tan bien descrita por Salinger en «Franny y Zooey» (1961), quasi condenada a la semi clandestinidad, se abre paso entre los recovecos de las anquilosadas instituciones y los escombros de los bulldozers de la legalidad, para mirar de frente a otras capitales europeas, sobre todo en cuanto a autenticidad se refiere. Y no lo digo como forofo, sino con cierto conocimiento de causa.

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