PEQUEÑO CIRCO, HISTORIA ORAL DEL INDIE EN ESPAÑA

Pequeño CircoPEQUEÑO CIRCO
Historia oral del indie en España
Nando Cruz
Contra Ediciones, 2015

He de reconocer que no las tenía todas conmigo a la hora de enfrentarme a «Pequeño Circo» (Contra Ediciones, 2015). Empezando por lo superficial, sus casi 1000 páginas se me antojaban excesivas, casi innecesarias. En lo más profundo, el mito de una época podía quedar hecho trizas definitivamente. Y, la verdad, una vez terminado, ni una cosa ni la otra: el libro no solo se lee con avidez e interés, sino que además ofrece tantos puntos de vista que es imposible ya no destruir un mito, sino crearlo siquiera. Queda claro que algo pasó, por supuesto. Pero casi nadie lo describe de la misma manera. Nando Cruz, además, es sin duda una de las voces más autorizadas para llevar a cabo la misión de responder qué fue eso del indie español, de dónde salió y qué ha dejado como legado.

Varios son los aciertos de «Pequeño Circo», siendo quizá el más importante el formato. El autor no redacta ni opina ni mete baza más allá del prólogo, sino que deja que sean los protagonistas de la historia los que hablen en primera persona para contar su verdad. Una verdad que son muchas, las de cada uno de los entrevistados, y que conforman una mezcla de la que va brotando la historia (me da pudor escribirlo con mayúscula). La división en tres partes también hace del libro algo atractivo, y le da lógica. La primera, la más extensa, divide el indie geográficamente por escenas en lo que se presenta como un capricho (¿qué tienen que ver Nosoträsh con Manta Ray más allá de ser de Gijón?) pero que pronto se torna en un hallazgo: el lugar de procedencia marca las diferentes formas de hacer, desde el cooperativismo de Sevilla a la organización por bares de Malasaña, de la soledad del raro en Pamplona a la influencia de la orografía en Bembibre, donde no llegaban «Los 40» pero sí Radio 3.

De esta manera, viajando de lugar en lugar, da buena cuenta de lo que pasó desde finales de los 80 hasta bien entrados los 90 en lugares tan dispares como Pradejón, Malasaña, Mallorca, Sevilla, Barcelona y hasta Perú, que tiene un capítulo dedicado a Coco y Mario de Silvania y Ciëlo. Y, entre medias, otro viaje: el de la gira Noise Pop que conectó en cierta manera a las diferentes escenas que surgían y que sirvió para descubrir que, aunque fueran pocos, no estaban solos. También sirve esta primera parte para hacer justicia con los pioneros, aquellos que abrieron caminos antes inexistentes y que, como suele pasar, fueron injustamente apartados cuando el indie explotó. Hablamos, y ellos también lo hacen, de bandas que existieron en el puente incierto que existió entre La Movida y el indie, como Sex Museum, Los Enemigos, Lagartija Nick, Surfin’ Bichos, Cancer Moon o Los Bichos. Proyectos nacidos en una época que les era adversa y cuyos destinos fueron muy dispares. Especial atención merecen los que tuvieron finales más dramáticos, los Josetxos, Anitua de Cancer Moon y Ezponda de Los Bichos, que dejaron su impronta para siempre en muchos de los artistas que aparecen en el libro. También algunos de los grupos menos reivindicados de la primera hornada indie quedan, al menos para los entrevistados, reconocidos en sus (pequeños, insustanciales) logros, como es el caso de Penelope Trip, que casi solo reciben buenas palabras, las hermanas Espín de Iluminados, incansables agitadoras desde Bullas (Murcia) apenas recordadas hoy, o los responsables de la sala La Imagen de Pradejón, que convirtió el pueblo riojano en improbable lugar de peregrinación.

Una vez detectados, presentados y localizados los protagonistas, la segunda parte se centra en conocer lo que rodea a los grupos y qué pudo contribuir a la creación de una escena o, incluso, una industria: sellos discográficos, distribuidoras, revistas, festivales y programas de radio. En estas páginas Cruz organiza las voces del indie para desgranar, a veces de manera cruda y otras con la mayor elegancia que permite la situación, las prácticas de una industria que no existía, donde el dinero se movía sin que los grupos se enteraran (y, a qué negarlo, sin preocuparse lo más mínimo por enterarse), los egos y las luchas de poder que acabaron con los inicios colaborativos y prometedores, la dejadez de la mayoría de los grupos ante el éxito y cómo conseguirlo, el ombliguismo de una escena que no admitía críticas, la vanidad, los errores y la actitud general de clase media acomodada que reinaba por entonces, en los años 90. La reflexión que deja es agridulce, pero clara: que el individualismo (y sus consecuencias) fue una característica inamovible de los 90 en general y del indie en particular, que alguno detectó pero no se atrevió a denunciar, y que acabó siendo determinante para que la cosa no arrancara del todo. Ante la opinión contemporánea y extendida de que los grupos indies de los 90 iban a lo suyo, estaban adormecidos social y políticamente y tenían el individualismo por bandera, se añade que estos males se extendían al grueso de actores, desde locutores de radio que peleaban por ser los descubridores del último grito a sellos que hacían y deshacían sin contar en ningún momento con los grupos. Los líos con las multinacionales, la presencia de los grupos indies en campañas de publicidad, la alegría económica del momento y las cesiones para triunfar quedan perfectamente explicadas, con opiniones completamente enfrentadas que abarcan los extremos de la independencia pura y radical que niega todo contacto con la masa, a los proyectos subterráneos que intentaron equilibrar la dignidad ética con los dudosos actos necesarios para poder vivir de la música.

Entonces, ¿qué fue el indie? ¿Merece un tomo de este porte? ¿Ha quedado algo de aquellos tiempos? Son algunas de las cuestiones que aborda la tercera parte, en la que la perspectiva histórica cobra todo el sentido y resta importancia social a lo que ocurrió. Si hoy hay algo parecido a una industria musical aparte de las multinacionales, los inicios estuvieron en los años relatados en «Pequeño Circo», sin duda. Si hoy hay proyectos en activo como Los Planetas, Single, Hidrogenesse, La Bien Querida, Corizonas, Fran Nixon o Tachenko, fue porque del excesivo (superlativo, exagerado, inasumible) número de bandas que surgieron entre 1988 y 1998, algo de talento tenía que haber, aunque la cantidad de cadáveres que quedaron en el camino sea enorme. Y, sobre todo, de allí surgió, no una industria, sino dos formas de entender la música que ahora mismo representan dos ideologías en el indie (en su sentido más amplio): la de abrazar el capitalismo, las marcas, el dinero y convertir la música en un trabajo y un negocio como cualquier otro que avanza al calor de las tendencias y las modas; y la autogestión, la resistencia y la defensa del arte y la ética frente a viento y marea. Y la explicación de todo está ahí, en el indie de los 90, que, como bien se cuenta en el libro, no es tan homogéneo como quisieron presentarlo. En esa escena confluyeron pijos vascos obsesionados con la técnica musical, yonkis, El País de las Tentaciones, lo que hoy llamaríamos emprendedores, el hardcore, los fanzines de fotocopia y grapa, las casa okupas (a las que algunos se refieren como gaztetxes y otros, ejem, como squats), «Los 40», las drogas, las deudas y las bancarrotas, los cheques millonarios, la muerte, personas de orígenes obreros, genios, arribistas… y así hasta el infinito. Una variedad sin control ni organización que, cuando se organizó y controló, dio pie a la aparición de varias vías de hacer las cosas con coherencia.

En el apartado más frívolo, «Pequeño Circo» además hará las delicias de los que vayan buscando carroña, cotilleo indie y frustraciones ajenas. La autocensura no es la norma, desde luego, y allí Dover hablan a las claras de Subterfuge, los Stamp y los Mondo Brutto siguen tan a lo suyo como hace veinte años, se homenajea a los difuntos (Sergio Algora y Pedro San Martín), las estrellas de la época hablan sin pudor de sus carreras (la iluminación de J Planetas, la simpatía y sinceridad de Amparo Llanos) y los perdedores reconocen sus miserias. Si se me permite el inciso personal, como seguidor de Elefant Records agradecí los pocos pelos en la lengua que muestra Luis Calvo, que no duda a la hora de opinar de lo que pasó y de defender una idea (la de crear una escena fuera como fuera) sin preocuparse de lo que puedan pensar los demás. No solo queda recogida una época con la mirada del presente, sino que cada uno de los entrevistados, tras muchas páginas de declaraciones, opiniones y sentencias, dejan la sensación de autorretrato involuntario que genera simpatías y aversiones (y, en algunos casos, indiferencia) a raudales.

Una obra extensa, quizá solo imprescindible para los que vivimos, admiramos y conocemos ese momento, que enriquece debates actuales y aclara algunos puntos negros y rumores nunca confirmados. Por supuesto, adolece de alguna omisión (la presencia de mujeres es casi anecdótica, por ejemplo), lo que lleva a pensar que el trabajo de Nando Cruz podría haberse extendido hasta el infinito a la hora de explorar los recovecos del indie.

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