LA CENA DE NAVIDAD

Escena de la Cena de Navidad con cuñado comiendo el plato principal mientras se despide a niños pidiendo el aguinaldo, Siglo XV.
Escena de la Cena de Navidad con cuñado comiendo el plato principal mientras se despide a niños pidiendo el aguinaldo, Siglo XV.

 

La Navidad. Ese periodo del año en el que celebramos la llegada del invierno haciéndolo pasar por el nacimiento de Jesús para que no parezca una patochada. Esa época en la que comemos bebés como si no hubiera un mañana y retamos a nuestro cuerpo a sobrevivir en una vorágine de colesterol, grasas saturadas, azúcar procesado e inmensas cantidades de alcohol etílico. Una época en la que los jefes regalan jamones a sus empleados y decoramos nuestras casas con plantas de plástico que ni siquiera pretenden parecer plantas de verdad. Unas semanas llenas de locura. Tiene hasta su música propia: Los Villancicos.

Un mundo fascinante el de los villancicos. Se cantan puerta por puerta para conseguir dinero. Si en marzo se planta uno en la puerta de una persona a cantarle «Un buen día» de Los Planetas, queda raro, pero en Navidad podemos conseguir que nos den dinero solo por cantar algo de unos peces que beben en un río.

Los villancicos además dicen mucho de su país de origen. Al menos los españoles. Si miramos a nuestros rivales anglosajones encontramos perfectas obras melódicas, con sublimes armonías vocales, cambios de tonalidad, riqueza coral…, se vienen a la mente «O Holy Night», «Adeste Fideles», «Silent Night (o Noche de Paz)», «Amazing Grace», hasta «El Tamborilero».

Ahora pensemos en los nuestros, en los de la pandereta, en los de la botella de anís y la zambomba. «Campana sobre campana», «Los peces en el río», «La Marimorena», «Veinticinco de Diciembre». Dicen mucho de nuestra cultura, son villancicos que perfectamente podría haber compuesto Manolo el del Bombo. Incluso existe un villancico llamado «Alepún Catapúm», por amor de Dios. Son machacones, rancios, irritantes, sobre todo si son los mixes clásicos interpretados por niños con voces prepúberes, con unos registros que casi imitan al sónar de las ballenas. Incluso las versiones españoles de villancicos extranjeros funcionan mal, porque es que hay que usar una pandereta.

Sin embargo hay uno, UNO, que merece respeto y reconocimiento. Hablo de «Los campanilleros». Tiene ese algo que hace que los villancicos extranjeros sea tan grandes. Y es un villancico andaluz. En concreto, hay una versión en los conciertos de Radio 3 de un grupo que particularmente me dice muy poco, Supersubmarina, que es de lo mejor que se ha hecho en cuanto a villancicos nacionales. Vale, puede que sea algo panderetero o que esta versión en concreto ponga en evidencia cosas que uno no ve cuando lo canta Manolo Escobar. Pero sigue siendo el mejor villancico español de la historia.

El grabado trata sobre una fábula muy bonita y muy agradable en la que Cronos, hijo de Urano, después de castrar a su padre, se casa con su hermana Rea y tienen hijos y de todo, si no, para qué se van a casar. La cosa es que se profetizó que uno de sus hijos acabaría con Cronos, así que Cronos se comía a todos los bebés que Rea le daba. Al final Rea rescata a uno, que resultó ser Zeus y cumplió la profecía. Porque por eso es una profecía. Moraleja: Cronos, el Tiempo, se come a todos los hombres y no podemos escapar de él. A no ser que seamos un Dios de la talla de Zeus.

Y por eso celebramos la navidad. Porque ser Dios debe molar y hay que conmemorarlo. Aunque Jesucristo naciera en verano.

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