JUVENTUD SIN ACCESO, MÚSICA SIN FUTURO

Fotografía de Miguel Trillo

El pasado 3 de abril, el grupo Grushenka anunciaba en su página de Facebook que su concierto previsto en la Sala Siroco se tenía que cancelar debido a que dos de sus componentes son menores de edad y, por tanto, no podían acceder al local. No es la primera vez que eso sucede (un caso similar que me cuentan fue el de June y los Sobrenaturales, también más o menos reciente). Independientemente de los posibles fallos de cálculo o excesos de celo de unos y otros, la mirada debería dirigirse a otro lugar: las leyes que, desde que se puso de moda en los medios el uso de la palabra “botellón”, han convertido en algo natural y asumido la prohibición de los menores de 18 años de acceder a conciertos en salas, tanto en virtud de espectadores como de músicos ejecutantes.

La normativa cambia según la Comunidad Autónoma, siendo Madrid la más restrictiva al respecto. Esto, además, se ha agravado después del caso Madrid Arena, y así se establecen sanciones bastante desorbitadas –tanto económicamente como dando lugar a la posibilidad de cierres- a las salas que hagan la vista gorda y no apliquen la prohibición. En otros lugares se abre ligeramente el abanico (bajar la edad de 18 a 16, permitir la entrada si se va acompañado de un familiar adulto y se presentan ciertos documentos) o incluso se han ideado soluciones como poner un sello o una pulsera identificativa a los menores para que no se les sirva alcohol. De hecho, uno de los puntos más calientes y absurdos de la normativa madrileña es que se obliga a que sean los porteros quienes pidan el DNI para conceder o denegar el acceso, cuando, si el problema reside en la venta de bebidas alcohólicas, debería ser en las barras donde se ejerciera ese control.

La extraña arbitrariedad de la ley lleva a que ésta se aplique, en realidad, solamente en los locales nocturnos de música en vivo. En recintos deportivos, plazas de toros o fiestas populares al aire libre la normativa es diferente, así como en iniciativas de conciertos “tolerados” –aplicando la simpática terminología perdonavidas del franquismo- como los de la plataforma U18, que trae a grupos superventas de amplio tirón juvenil a recintos donde no se vende ni se publicita alcohol. Todo esto implica, tal como se han encargado de denunciar las salas más pequeñas, que, en realidad, el apartheid no es tanto de tipo legal como económico: pueden programar conciertos para menores quienes tengan la pasta para hacerlo y no sufran una dependencia tan fuerte de lo que vendan en las barras. No hay problema ninguno en que, como así sucede, todo el mundo pueda ir a ver a One Direction, Justin Bieber o Imagine Dragons al Vicente Calderón o el Palacio de los Deportes Barclaycard Center. Es en tejidos más minoritarios y subterráneos donde la prohibición se hace más explícita y contundente, donde verdaderamente practicar o presenciar el pop y el rock en directo no se entiende como un acto cultural o ni siquiera de ocio y esparcimiento, sino como un hecho puramente delictivo.

Hace unos años, entrevistaba a The XX y me comentaban cómo se habían conocido con 15 años quedando para ir a conciertos de Queens Of The Stone Age o quien fuera, y yo me quedaba perplejo pensando en que eso aquí sería completamente imposible hoy en día. Por eso es tan difícil que en España pueda surgir un grupo como ese o como Arctic Monkeys o, más todavía, que el pop y el rock parezcan haberse convertido en cotos exclusivos de personas en torno a los 30 años, que nos hayamos cargado todo el caldo de cultivo futuro. Una de las cosas que más me llamó la atención al leer el libro “Música Moderna” (La Banda de Moebius, 1981), de Fernando Márquez, es el comprobar la edad que tenían los componentes de los grupos de la Nueva Ola en 1980 y 81: la gran mayoría comenzaban a tocar cuando estaban en el Bachillerato o incluso antes. No es sólo sintomático el caso de Alaska, que puede dar lugar a una rimbombante afirmación (si no la hubiesen dejado tocar con Kaka de Luxe, no existiría Kaka de Luxe, no habría habido año cero, no existiría La Movida, no habría nada) sino también el ver cómo muchos de los conciertos se celebraban en institutos, colegios mayores o lugares similares. La música estaba presente y naturalizada de forma mucho más notoria en los lugares de socialización, culturización y crecimiento.

Recientemente, uno de los componentes del grupo Belako se quejaba de que los periodistas éramos muy cansinos al mencionar siempre su edad, su “insultante juventud”, etc., como el valor más destacado al referirnos a ellos. Y tiene toda la razón: yo he sido uno de los que más ha caído en ese error, probablemente obnubilado al compararlos con la media de edad de los músicos en una escena independiente crecientemente senil y donde los cronistas somos cada vez más seniles también.

Otro fenómeno curioso que he percibido en los últimos años es la proliferación de conciertos de grupos más o menos alternativos para niños, y que pienso que obedecen a razones sociológicas distintas. La primera vez que lo vi fue en una carpa-guardería en el Primavera Sound, luego he visto surgir decenas de iniciativas similares, y creo que tiene más que ver con que los musiqueros hegemónicos de esta escena están en la edad de tener hijos y les inculcan su afición. Probablemente también sea más fácil conseguir subvenciones y ayudas para ello, y se abran muchas más puertas. Eso da lugar a una grotesca paradoja: se incita el sanísimo consumo de música en directo en la infancia pero, al llegar a la edad adolescente, se veta. Se amputa la afición creada justo en esos años intermedios en los que se construye el gusto y uno se va buscando a sí mismo como persona, justo las edades en que más te puede penetrar, convulsionar y remover. Es más: el hecho relacional y social de acudir a ver música en directo con tus amigos a los 16 ó 17 años (hay algo bastante castrador en los casos de la asistencia “tolerada” cuando se va acompañado de un familiar) también se amputa. Yo he sido testigo de conciertos para niños de Ian Mackaye y Billy Bragg pero, hoy en día, un adolescente no los puede ver si vienen a tocar en un club. Así de absurdo es el sistema.

Se ha hablado muchísimo de la subida del IVA cultural o de la piratería como factores que hacen peligrar el futuro de la música, pero tengo la impresión de que en este aspecto no se ha hecho el suficiente hincapié, de que se ha asumido con una extraña normalidad y resignación paralela a lo poco que ejercemos nuestra responsabilidad social como ciudadanos. Ha habido algunas iniciativas al respecto (muy interesante esta web, por ejemplo) pero bastante residuales, sin el impacto ni el eco ni la fuerza que deberían haber tenido. Me paro a pensar en ello con mucha frecuencia y pienso que, en realidad, lo que verdaderamente sí puede acabar con la música, si no lo está haciendo ya, es esta prohibición y también nuestra sumisión a la misma.

//////////// PIEZA EN CUATRO A RAÍZ DE ESTE POST ////////////////

Compartir:

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en linkedin
Compartir en pinterest
Compartir en whatsapp
Compartir en email

Comentarios

  1. Otra solución aunque utopica seria realizar los conciertos con menores involucrados en centros educativos tipo conservatorio porque el problema de base es q el pop rock todavia no esta considerado como musica culta. Hasta q eso llegue la solucion de la pulsera me parece bien

Dejar un comentario

El registro no es requerido


Comentando aceptas la Política de Privacidad