HISTORIA SAGRADA

Parálisis Permanente
Sopa de letras con caldo de codillo / Parálisis Permanente

 

La sopa tiene vocación de santa. De aspecto frágil y modesto, siempre reconforta cuando se la necesita, e incluso obra milagros en enfermos y ateridos. Nunca viste de gala; su valor reside en la sustancia, no en la apariencia. La sopa no tiene las ínfulas del consomé, tan concentrado en sí mismo, ni de las cremas, mucho más historiadas. La sopa es nutritiva y asequible para cualquiera. Pocos alimentos hay que no sean susceptibles de ser hervidos en agua para que aporten en ella su fundamento; igual sirven las verduras más humildes que un puñado de fideos. Por haber hay hasta sopa de piedras, según un antiguo cuento del folclore popular.

La sopa tiene devotos seguidores como fervorosos odiadores. Mafalda, por ejemplo, la detestaba hasta el punto de que con ella trazaba una barrera ideológica: o estabas a un lado o al otro; le servía para definir a una persona. Su hermano Guille, en cambio, era un entusiasta de este plato. Aunque no sabemos a qué lado se alineaban Eduardo Benavente y demás miembros de Parálisis Permanente, si eran degustadores de la sopa o si le hacían ascos, más claro está que a Ana Curra y Olvido Gara, autoras de la letra de “Quiero ser santa”, hubieran sido grandes beatas de haber nacido en otra época. La santa en la que querían convertirse era una santa postpunk, o sea, oscura y tétrica, de esas con sus llagas, sus éxtasis, sus flagelaciones y su cuerpo incorrupto. Esto último resulta muy útil para la ocasión, porque así, con huesos amojamados o ajamonados, se obtiene mejor caldo. Nunca una sopa sería más santa que a partir de un caldo hecho con huesos de una beata.

Parálisis Permanente clavaban la estética truculenta de la santería, que siempre ha ido muy de la mano del masoquismo. Quizá no hicieron milagros en sentido literal, pero por su aspecto y por su propia biografía, Benavente, Canut, Curra y el resto de su círculo de entonces podrían tener una entrada en algún libro de vida de santos. Y por el prodigio de su música, otra. “Quiero ser santa” abría la cara B de aquel mítico EP de 7’’, al que también daba título. Ana Curra sacaba de su piano eléctrico notas sombrías y chispazos abrasadores, lo que le confería ese tono de tortura que sacude la canción junto con un bajo lóbrego, guitarrazos restallantes, el aporreo inmisericorde de la batería. Un repique de campanas al comienzo y al final pone el decorado.

Santo también debió de ser el cerdo cuyo codillo acabó en mi olla. Con el caldo que dejó, días más tarde apenas necesité las cuatro canciones del disco y un paquete de sémola de letras. Si alguien se hubiera molestado en ordenar todas las que eché, habría leído lo siguiente:

«Quiero ser carbonizada
azotada, flagelada
levitar por las mañanas
y en el cuerpo tener llagas
quiero estar acongojada
alucinada y extasiada
tener estigmas en las manos
en los pies y en el costado.

Quiero estar mortificada
y vivir enclaustrada
quiero ser sacrificada
viajar a Roma y ver al papa
quiero que cuando me muera
mi cuerpo quede incorrupto
y que todos los que me vean
queden muertos de susto.»

Twitter: @goghumo

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