FRAGANCIA ENREDADA EN EL VIENTO

Papaya con carabineros/ María Jiménez
Papaya con carabineros/ María Jiménez

Intentaré hablar de María Jiménez sin que me salga una sarta de adjetivos como si fuera una ristra de ajos. Y digo bien que lo voy a intentar, porque sé que me costará, que tendré que esforzarme, que reprimirme, pero sabed que a mí toda la impetuosidad de esta cantante me arrastra, me exalta y me atiborra la mente de calificativos. Qué narices, no me aguanto. Ahí va: bulldozer arrollador, tornado del flamenco y sus arrabales, propaladora de energía, cuando canta te tiemblan las piernas y te peina pa’trás, fuerza rubia, lugareña exótica, talentazo brioso, inaudito camaleón, artista huracanada, potencia del cante, ardiente fuego fogoso, chorro pasional, resurrección salvaje, tierno volcán, suprahumana, insufladora, temperamento desbordado, lúcida evocación de lo que llaman vida.

Esta sevillana ha sido siempre una gran intérprete, de esas cuya personalidad fagocita lo que toca, en este caso, lo que canta. Igual que el bogavante ilumina cualquier plato en el que aparece, María Jiménez mejora una canción si participa en ella. Chano Lobato, Joaquín Sabina o La Cabra Mecánica, por ejemplo, lo saben. Un dueto con Tom Jones habría sido lo más parecido a un tsunami del espectáculo. Además, siempre ha poseído esa capacidad para hacer de todo un poco —ya sean rumbas, tangos, bulerías, boleros, rancheras o baladas— tan desmadejadamente brillante, tan a su manera, a lo lolafloresco en cierto sentido.

Desde su primer álbum (Movieplay, 1976) pisó para dejar huella. Y eso que empieza con unos teclados progresivos (volverán de nuevo al final) que ocultan, como un telón antes de abrirse, lo que se vendrá a continuación. Con golpes de pecho, se irá abriendo camino corte a corte, con una seguridad y un temple propios únicamente de los llamados para ser auténticos artistas. Según haga falta en cada caso, muestra vigor, sensibilidad, firmeza, sensualidad; se muere de amor como no está dispuesta a aguantar tonterías. Es cierto que venía rodada (la llamaban La Pipa en los tablaos), pero aún así hay que tener agallas como papayas para dejar grabado un primer disco como este. Hay en él una madurez impropia de quien tiene 21 años, como ella tenía entonces.

Es un disco que pide cocinar algo fresco, muy fresco, singular, aromático, que lleve fruta, marisco, hierbabuena, sésamo… Se me está acabando lo bueno que tengo.

Twitter: @goghumo

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