EL ORDEN DE LOS FACTORES ALTERA EL PRODUCTO

De todo un poco

Hace tiempo que Aviador Dro y Sus Obreros Especializados, con su coña verbenera post-industrial, proclamaron que la televisión era nutritiva, porque alimentamos nuestro espíritu a través de ella. Hoy día el asunto ha llegado aún más lejos si cabe y podría decirse que la televisión nos nutre literalmente; al menos es lo que podría inferirse dada la eclosión de programas de índole culinaria que acribilla la programación, ya sea en forma de cocineros en un plató, de documentales sobre lugares de interés gastronómico, de concursos… Incluso hay canales temáticos enteramente dedicados a la cocina.

En contra de lo que tal vez pueda parecer, no acostumbro a ver nada de todo ello y puedo jurar sobre un vinilo de Devo que jamás he visto ni uno de esos certámenes en los que los concursantes, modestos aficionados a cocinar, tienen que demostrar quién glasea o prepara una pepitoria mejor mientras un jurado les vapulea la autoestima. No sé cómo aún no han titulado alguno de esos espacios televisivos “La Naranja Mecánica”.

Confesaré, sin embargo, que unas semanas atrás me quedé enganchado viendo un programa culinario mientras cruzaba la parrilla televisiva a lomos de un zapin que no parecía tener fin. El motivo de detenerme en él fue encontrarme en pantalla con Ramón Arangüena, un periodista de corte humorístico que me hacía gracia y al que le había perdido la pista mucho long time ago. Por lo que colegí, ahora presenta un programa que consiste en visitar restaurantes y bares de renombre para que los chefs que los dirigen le enseñen a él a preparar pinchos y tapas. El programa en cuestión del otro día se realizaba en la cocina de Arzak. Este afamadérrimo cocinero le mostró al presentador los ingredientes de la tapa que iba a tener que elaborar: mango, chorizo, pasas, tónica y cebollino. Tener que mezclar dichos productos en un solo plato le resultó tan insólito a Arangüena, que le fue imposible reprimir una exclamación de incredulidad, justo en el mismo instante en que yo soltaba, antecedido de un exabrupto, el título de una canción de Astrud: “¡Café con cebolla!”.

Astrud, cual chef moderno, solían tener ideas de bombero, y en su caso es elogio. Eran capaces de ensamblar con toda naturalidad el Colacao, Ikea y Le Monde Diplomatique en la letra de una misma canción. Delirantes, mordaces e iconoclastas hasta la perturbación, el EP «Todo Nos Parece Una Mierda» (Sinnamon, 2004)Añade este contenido es una apoteósica condensación de su peculiar visión del mundo, y lo entregaron dentro de una caja de madera como si se tratara de un ataúd.

Manolo Martínez y Genís Segarra tenían alma de cóctel y dominaban el secreto arte de saber mezclar ingredientes discordantes. Preparé el mango con chorizo y tónica porque la expresión de gozoso asombro que se le dibujó al presentador al probarlo fue absolutamente reveladora. Escuchar a Astrud también puede llegar a tales extremos. Estoy en condiciones de confirmar ambos puntos.

Twitter: @goghumo

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