ÉCHATE UN CANTECITO (Y ALGO DE MORRO, TAMBIÉN)

La Riviera y su palmera
La Riviera y su palmera

Hace algo menos de dos semanas me enteré en el cumpleaños de una amiga de que Kiko Veneno iba a actuar en la Joy Eslava rindiendo tributo a uno de los discos más míticos de su discografía y, por ende, de la música española: «Échate Un Cantecito» (BMG / Ariola, 1992). Desde el momento en que me enteré del evento, tarde y de casualidad como casi siempre, me sentí azorado porque pensaba que ya no quedarían entradas. Ver en directo a Kiko Veneno en una sala con la acústica de la Joy Eslava, tocando al completo dicho disco y a un precio razonable se me antojaba como un plan irresistible.

Llegué a casa de madrugada y totalmente roto, por lo que tan sólo me sentí con fuerzas para autoenviarme desde la cama con la patata que tengo por smartphone un email para recordarme al despertar que pillase las entradas sin falta, una para mí, y otra para Luismi, quien por cierto realizó el perfil de Kiko Veneno en la web y al cual estaba seguro de que la sorpresa le haría ilusión. Al levantarme al día siguiente, compré las entradas sin problemas. Al día siguiente mi amigo Antonio hizo lo propio, y al siguiente mi amigo Íker. Qué extraño, pensaba. ¿Era posible que la coincidencia con el primer día del Primavera Sound de Barcelona pudiera afectar de tal manera? O igual es que la gente, como nosotros, no se había enterado de este acontecimiento…

Nada de eso. Lo que había sucedido es que desde la organización, la cual por supuesto no habrá reparado en ninguno de los factores que llevan a comprar una entrada para un concierto, se habían vendido entradas de más hasta hacer necesario mover el evento de sala a una de mayor aforo. De ello me enteré, de nuevo, de casualidad. Ningún aviso oficial personalizado, ni por parte de la organización, ni por parte de esos innecesarios intermediarios a través de los cuales has de comprar la entrada cuya labor parece finalizar una vez te han cobrado la pertinente comisión y todas aquellas que te han podido colar en el transcurso de la operación. Para colmo el medio en cuestión celebraba el cambio de sala, como un éxito del bueno de Kiko.

Pues hombre, yo me alegro por Kiko, cómo no, pero me cago en lo demás. La Riviera es una sala en la cual he recibido últimamente un trato infame, con una acústica y una visibilidad terribles, que me pilla a desmano y que choca con unos compromisos previos que había organizado dicho día. De haber sabido que el concierto sería en La Riviera, seguramente no hubiera comprado la entrada porque, ahora sí, esta se me hace cara. Y estoy seguro de que no soy yo el único. Ya no se trata de la legitimidad con que se ha realizado este cambio, pues de seguro en la letra pequeña la organización se cubre las espaldas ante esto, sino de la irrespetuosidad hacia el consumidor. ¿Era tan difícil hacer dos días seguidos en la Joy si la demanda era tan elevada? El maltrato en este caso se hace más palmario cuando procede de una industria en horas bajas que lo menos que podría hacer es mimar con celo a sus clientes, pero que no hace sino desprender un tufo caduco en cada uno de sus movimientos.

En definitiva, intentaremos disfrutar de joyas como ésta en directo, siempre y cuando lo permita la palmera de La Riviera.

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