portada del disco Ortopedias Bonitas

“Se les ama o se les odia”. Sin duda es el comentario más repetido al leer sobre el disco de debut de Manos de Topo. Lo más curioso es que esto siempre aparece dentro del marco de un elogioso comentario posterior o anterior. Por lo tanto o se les ama, o se les ama, porque no parecen contar con esos supuestos “odios” que se les atribuye.

Mucha prensa ha generado “Ortopedias Bonitas” (La Colazione / Strange Ones, 2007). Tanta como la que ya presagiaban los comentarios por toda la red que habían levantado sus maquetas previas. ¿Un hype?.

Utilizando los medios que permite Internet para crear un estado de opinión en el que se recalcaba que, si no te gustaba, era poco menos que no te habías enterado de nada (como si se tratase del traje nuevo del emperador), el disco fue recibido con algarabía entre los comentaristas.

Las referencias que se citaban al hablar del mismo eran El Niño Gusano y Sr. Chinarro. Es curioso que se recurriera a estos nombres insignes de la música independiente de este país, ya que, por desgracia, en ningún momento se refleja ni una pálida sombra de tan estimulantes referencias. Si esos dos grupos utilizaban sus influencias para elaborar un discurso radicalmente novedoso, Manos de Topo busca algo menos ambicioso y bastante más frustrante: la diferencia a cualquier precio.

El problema de buscar la diferencia es no encontrarla. Cantar fuera de tono en una especie de intento de impresión momentánea, tiene eso, el impacto de la primera escucha. Pero poco recorrido en las sucesivas, todo lo contrario que la compleja elaboración musical y vocal de, por ejemplo, unos El Niño Gusano artífices de melodías extravagantes y creativas que siempre sorprendían cada pocos segundos. El paupérrimo nivel musical de "Ortopedias Bonitas" no se puede justificar desde cualquier esperanza de supuesto ingenio en los textos. Una pobreza instrumental que a veces asombra cercana a cualquier grupo que lleve ensayando unas pocas semanas. Los juegos vocales, fuera de la supuesta novedad de la forma de cantar, apenas pasan de morosos a partir de la cuarta o quinta escucha.

El, en teoría, punto fuerte del disco, que son los textos, no son más que una acumulación de alguna especie de escatología a nivel de Barrio Sésamo que sólo pueden escandalizar o provocar la sonrisa a oyentes muy poco curtidos. Si de verdad alguien piensa que la letra de “Brumel” tiene algo más que la apariencia respecto a los textos de Antonio Luque, en los que retorcía imágenes de la infancia como por ejemplo en “Nosequé-nosécuántos” (Acuarela, 1998), es que sólo se ha quedado en la superficie de esas similitudes.

Aún así, el disco posee algunas composiciones brillantes, como “Ballas en Dallas” o el single “El cartero”, al que acompañaba un video resultón. Pero, por ejemplo, la primera es la muestra perfecta de cómo la necesidad de hacer las cosas de una manera supuestamente “original” da al traste con canciones que sí funcionan. Además de ser la mejor a nivel instrumental y en la que deja algo de lado la forma de cantar más que irritante, cansina, tras un puente vuelve a la necesidad de epatar con letras que echan por tierra todo lo conseguido en el resto de la canción.

En resumen, el problema no es que se ame o se odie el disco sino que, en general, lo que ocurre en él es tan poco significativo que no provoca otra cosa que indiferencia.

Compartir

Otros Discos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Esta web utiliza cookies propias para facilitar tu navegación y una atención personalizada gracias a la información estadística que obtenemos tras analizar hábitos de navegación. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

ACEPTAR
Aviso de cookies