portada del disco La Lengua Popular

En “La Lengua Popular” (DRO / Atlantic, 2007) Andrés Calamaro confió el timón de la grabación a Gerardo “Cachorro” López (de quien fuera compañero en el grupo argentino Los Abuelos de la Nada). El resultado fue un éxito y el músico recuperó buena parte de su popularidad -aunque siempre había mantenido un muy respetable número de seguidores- gracias a un disco completo.

“La Lengua Popular” es un álbum con un sabor marcadamente tropical, y que fue celebrado por los aficionados al artista por suponer en cierto modo un regreso a la senda que había trazado con Los Rodríguez y en sus primeros discos en solitario. La colección de canciones es más afinada y regular que en “El Palacio de las Flores” (DRO / Atlantic, 2006), y Calamaro sube un par de peldaños respecto a este disco, aunque el repertorio todavía parece inferior al de obras maestras como “Alta Suciedad” (DRO, 1997) o “Honestidad Brutal” (DRO, 1999), sus disparos más certeros en solitario.

El álbum muestra, al igual que en “El Palacio de las Flores”, a un Calamaro vitalista y enamorado -“Soy tuyo”, “Cada una de tus cosas”, “De orgullo y de miedo”-. Su humor está también muy presente (algo que quizás se echaba de menos en anteriores entregas), como en “Sexy & barrigón”, donde el artista ironiza con su perdida condición de flaco más deseado del barrio (y es que, como bien dijo Josele Santiago en un concierto, “más vale tener un par de lorzas que ser un tío vinagre”). En “La mitad del amor” también hay bromas sobre su admirada melena: “Voy a tomarme hasta el pelo / mi pelo, por favor, con mucho hielo”.

El disco arranca con un homenaje a los compañeros fallecidos, “Los chicos”, canción de nervio rockero que tiene hechuras de ritmo futbolero -con unos coros pegadizos-, y que fue uno de los singles. Da paso a “Carnaval de Brasil”, un gran tema en el que Calamaro diserta sobre la inspiración y sus fuentes y hace un canto a las pequeñas cosas: “Las musas no son / mujeres ausentes / no son cuchillos en los dientes / no son martes de carnaval de Brasil”.

Cinco minutos más (minibar)”, el primer single, también muestra un perfil humorístico, retratando a un arquetípico artista ebrio de soledad en un hotel añorando el pasado: “Iba para torero cobarde y artista / y me quedé en un rincón neutral”.

Soy tuyo”, uno de los cortes más celebrados del disco, es una entregada canción de amor que explora el lado más tierno y luminoso del sexo, sin ningún pudor, de una manera que Andrés no había hecho antes en ninguno de sus trabajos. Ello supuso un reto para él y hasta cinco autores aparecen en los créditos -entre ellos, Joaquín Sabina o Jaime Urrutia-, aunque el grueso de la letra es del músico argentino.

Mi gin tonic”, otra buena canción que gana en cada escucha, carga contra la mediocridad de la vida: “hay un deseo que pido siempre que pasa un tren”. “La espuma de tus orillas”, una cumbia-rock que podrían firmar Los Fabulosos Cadillacs, tiene punch: “Vengo liviano como la espuma de las orillas / a contramano de la resaca del carnaval / mi sentimiento va a durar, el fuego no me va a quemar / ya no tengo espinas clavadas en el corazón”.

Cada una de tus cosas”, una “rumba que no sabe si es rumba” (o quizá bolero) en la que sobresale el arreglo de cuerdas, es una sentida declaración de amor. Comedor piquetero”, otro tema con aire Cadillacs y en el que dominan los vientos, exhala espíritu insurgente: “Vida paria en la burbuja inmobiliaria / ¿Quién bendice a los humildes y a los marginales?”.

La mitad del amor”, que pareciese un guiño al Jaime Urrutia de “Patente de Corso” (DRO, 2002), parte de la soledad y la desconfianza para celebrar el encuentro con uno mismo, la paz. Mi Cobain (Superjoint)”, que pone fin al repertorio, tiene un punto crítico y casi apocalíptico sobre la sociedad: “Los leones parecen olvidarse de que nunca fueron vegetarianos”.

En resumen, “La Lengua Popular” es un disco maduro y bien acabado,  y regular desde el principio hasta el final, lo que le diferencia para bien de “El Palacio de las Flores”, de alguna manera su predecesor. Aunque quizá necesite un par de escuchas para enganchar de verdad, con este álbum Calamaro parecía encontrar otra vez la receta de la Coca-Cola, su excepcional pulso a la hora de hacer canciones valiosas y accesibles.

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