portada del disco El Pardo - 2013

Probablemente cuando dentro de años se hable de las protestas que pusieron en la calle a millones de personas que mostraban su repulsa ante cómo se gestionaba la convulsión de una de las mayores crisis económicas del siglo XXI, habrá quien vea en la respuesta ciudadana un rayo de esperanza, un último signo de que la ciudadanía puede tener en sus manos la posibilidad de mostrar su desencanto o desesperación ante una situación que les angustia y oprime.

Quien busque entonces posibles signos de dicha respuesta airada en la música tendrá por fuerza que reparar en discos como "El Pardo - 2013". Porque si bien es cierto que comparte con bandas como Fabuloso Combo Espectro, Ansaldo Tropical o Juventud Juché, una lectura personal, rabiosa y vibrante del post-punk, El Pardo apuesta por un decidido compromiso político con la denuncia y ganas de cambiar las cosas.

Todo ha transcurrido muy rápido desde el comienzo de las actividades de esta célula que es El Pardo a comienzos de 2013, de manera inesperada además. Lo que en principio parecía ser el arropo de Raúl Querido para corresponder a la invitación formulada para participar en un festival, terminó siendo el caldo de cultivo ideal en el que desarrollar una activa manera de transmitir rabia con la que provocar la reacción en el oyente.

Quizás por esa urgencia e inmediatez con la que han hecho las cosas los madrileños, la misma que por otro lado parece requerir la situación en la que vivimos, se abundan en las referencias explícitas al momento presente y los símbolos del mismo: el presidente del Gobierno, los ataques al Congreso de los Diputados, los desahucios... Maniobras similares a las que hicieron en tiempos The Clash para protestar por los cierres de emisoras piratas de radio o los que formulara Tijuana in Blue ante la construcción de presas o autopistas, por poner algún ejemplo. Se corre el riesgo, eso sí, de que el disco quede coyuntural, demasiado apegado a una fecha, a un año concreto.

Si se echa la vista atrás es para ironizar amarga y descarnadamente acerca de la inmovilidad de los 90: "Yo no soy de izquierdas, tampoco de derechas / Tan sólo soy indie, fan de Los Planetas". Críticas a la opción de quedarse en la habitación de casa sin hacer nada para que cambien las cosas ahí afuera en la calle.

En un disco elaborado sobre parámetros de recitado o directamente spoken word ("La charla final") que retrotrae a figuras como Jello Biafra o Henry Rollins cuando abandonaron sus bandas, al Mark E. Smith de The Fall e incluso a algunas maneras de Velvet Undergound o The Doors frente a un muro espeso de sonido de muchas capas, las letras no desperdician oportunidad de lanzarse a la crítica. A la caricatura explícita a la incapacidad de Mariano Rajoy hay que añadir una más mordaz referencia a la mostrada por la masa que le ha votado.

Sarcasmo igualmente ante la subyugación ante las clases ociosas, las clases odiosas, las que nos dan de comer cerdo en lo que ellos degustan caviar. Castas perpetuadas en un poder que detentan por decreto genético, hereditario y al que es ajeno el resto, la clase obrera. "Las clases ociosas" es un gran tema.

Llamada a la acción, linchemos a esos ídolos políticos o lancemoslos al agua con el estómago lleno de monedas de dos euros. El Congreso tiene que arder, dicen en la arrebatadora "La hoguera de San Jerónimo", de ahí el león flamígero que ha diseñado Roque Romero para la portada. El Pardo busca la reacción del que escucha.

Pudiera ser que el disco no termine de convencer al seguidor asiduo del punk habitual, al uso. Sus requiebros arties, su innegable deuda para con una oleada de bandas que desarrollaron una vía alternativa del punk del 77 inglés más espesa musicalmente, menos directa (Wire, Swell Maps, Gang Of Four, incluso Throbbing Gristle) puede suponer un esfuerzo que no todos quieran hacer. Y creo que harían mal. La acidez de su denuncia convierte a El Pardo en un más que interesante estilete anti-sistema.

"La charla final" con la que cierran el disco es un auténtico decálogo de intenciones. Una arenga, panfletaria dirán algunos, de lo que se cuece en el ánimo de la banda. Soportada en lo musical por la improvisación al piano de Fernando Epelde (Modulok, El Tonto del Pueblo) que acudió ignorante de las características del tema a la grabación. Viene precedida de la tormenta de sonido que es "De temporada", donde canta Koldo.

La anécdota, en un disco tan conceptual, es "El Pardo". Breve en su minuto y medio de duración fue compuesto a ultimísima hora por Raúl Querido, que la enarbola como ejemplo de la intensidad creativa de los dos días que se pasaron en los estudios DGR Sónica de Ramón Moreira.

Colaboró Beatriz Vaca (Narcoléptica, Hielo en Varsovia) con delays en "Las clases ociosas" y guitarras en "¡Son los 90!"., y participó Marta López, la primera batería que tuvo la banda, en "El inútil de Mariano". A pesar de la brevedad de su paso por el grupo, el disco está dedicada a ella. Son ya dos las dedicatorias que atesora, porque Tigres Leones le reservaron una canción. Empieza pues a acumular méritos para convertirse en algo así como una musa de lo que se cuece en el indie de Madrid.

El Pardo no deja impasible a nadie, y este disco es una muestra. Algo parece estar moviéndose musical y socialmente, y te piden que no te lo pierdas quedándote al margen.

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